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Bueno, cuando se hubieron ido todos, el rey le preguntó a Mary Jane cuántas habitaciones libres tenían, y ella dijo que tenía una habitación de sobra, que serviría para el tío William, y que ella le daría su propia habitación al tío Harvey, que era un poco más grande, y que se mudaría a la habitación con sus hermanas y dormiría en una camita; y en el desván había un cuchitril pequeño, con un jergón. El rey dijo que el cuchitril le serviría a su criado—o sea, a mí.
Así que Mary Jane nos subió, y les enseñó sus habitaciones, que eran sencillas pero agradables. Dijo que haría sacar sus vestidos y un montón de otras cosas de su cuarto si estorbaban al tío Harvey, pero él dijo que no estorbaban. Los vestidos colgaban a lo largo de la pared, y delante había una cortina de calicó que llegaba hasta el suelo. En un rincón había un viejo baúl de pelo, y en otro una caja de guitarra, y toda clase de chucherías y cachivaches por ahí, como las muchachas adornan una habitación. El rey dijo que con esos arreglos la habitación parecía más hogareña y más agradable, y que por tanto no los molestaran. La habitación del duque era bastante pequeña, pero más que suficiente, y lo mismo mi cuchitril.
Aquella noche hubo una cena grande, y estaban todos aquellos hombres y mujeres, y yo me quedé detrás de las sillas del rey y del duque y los serví, y los negros servían al resto. Mary Jane se sentó a la cabecera de la mesa, con Susan a su lado, y dijo lo malos que estaban los bizcochos, y lo pésimas que eran las conservas, y lo duros y correosos que estaban los pollos fritos—y toda esa clase de tonterías, como hacen siempre las mujeres para sacar cumplidos; y la gente sabía que todo estaba excelente, y lo decían—decían «¿Cómo _consigue_ que los bizcochos se doren tan bien?» y «¿Dónde, por el amor de Dios, _consiguió_ estos encurtidos tan asombrosos?» y toda esa charla de farsa, tal como la gente siempre hace en una cena, ya saben.
Y cuando terminó todo, el labio-leporino y yo cenamos en la cocina con las sobras, mientras los otros ayudaban a los negros a recoger las cosas. La del labio leporino se puso a interrogarme sobre Inglaterra, y maldita si no pensé que el hielo se volvía muy fino a veces. Ella dice:
—¿Has visto alguna vez al rey?
—¿A quién? ¿A Guillermo Cuarto? Pues apuesto a que sí—va a nuestra iglesia. Sabía que había muerto años atrás, pero no lo dejé traslucir. Así que cuando digo que va a nuestra iglesia, ella dice:
—Qué—¿regularmente?
—Sí—regularmente. Su banco está justo enfrente del nuestro—al otro lado del púlpito.
—Pensé que vivía en Londres.
—Pues sí. ¿Dónde _iba_ a vivir?
—Pero pensé que _tú_ vivías en Sheffield.
Vi que estaba en un aprieto. Tuve que fingir que me atragantaba con un hueso de pollo, para ganar tiempo y pensar cómo bajar otra vez. Entonces digo:
—Quiero decir que va a nuestra iglesia regularmente cuando está en Sheffield. Eso es solo en verano, cuando viene a tomar los baños de mar.
—Pero cómo hablas—Sheffield no está en el mar.
—Bueno, ¿quién dijo que sí?
—Pues tú.
—Yo _no_ dije tal cosa.
—Sí lo dijiste.
—No lo hice.
—Lo dijiste.
—Nunca dije nada por el estilo.
—Bueno, ¿qué _dijiste_ entonces?
—Dije que venía a tomar los baños de _mar_—eso es lo que dije.
—Bueno, entonces, ¿cómo va a tomar baños de mar si no está en el mar?
—Mira—digo—, ¿has visto alguna vez agua de Congress?
—Sí.
—Bueno, ¿tuviste que ir a Congress para conseguirla?
—Pues no.
—Pues Guillermo Cuarto tampoco tiene que ir al mar para conseguir un baño de mar.
—Entonces, ¿cómo lo consigue?
—Lo consigue como la gente de por aquí consigue el agua de Congress—en barriles. Allá en el palacio de Sheffield tienen hornos, y él quiere el agua caliente. No pueden hervir esa cantidad de agua allá lejos en el mar. No tienen comodidades para eso.
—Ah, ya veo. Podrías haber dicho eso desde el principio y ahorrar tiempo.
Cuando dijo eso vi que estaba fuera de peligro otra vez, y me sentí cómodo y contento. Luego, ella dice:
—¿Tú también vas a la iglesia?
—Sí—regularmente.
—¿Dónde te sientas?
—Pues, en nuestro banco.
—¿De _quién_ es el banco?
—Pues, _nuestro_—de tu tío Harvey.
—¿El de él? ¿Para qué _quiere_ un banco?
—Lo quiere para sentarse. ¿Qué _creíste_ que lo quería?
—Pues pensé que estaría en el púlpito.
Maldito, olvidé que era predicador. Vi que estaba en un aprieto otra vez, así que jugué otro hueso de pollo y pensé otro poco. Entonces digo:
—Cáspita, ¿crees que no hay más que un predicador por iglesia?
—Pues, ¿para qué quieren más?
—¡Qué! ¿predicar ante un rey? Nunca he visto una muchacha como tú. No tienen menos de diecisiete.
—¡Diecisiete! Dios mío, pues no pondría yo semejante fila ni aunque no llegara nunca a la gloria. Tiene que llevarles una semana.
—Tonterías, no _todos_ predican el mismo día—solo _uno_ de ellos.
—Bueno, entonces, ¿qué hacen los demás?
—Oh, no gran cosa. Holgazanean, pasan la bandeja—y una cosa u otra. Pero principalmente no hacen nada.
—Bueno, entonces, ¿para qué _sirven?_
—Pues, sirven para el _estilo_. ¿No sabes nada?
—Pues no _quiero_ saber semejante tontería. ¿Cómo tratan a los criados en Inglaterra? ¿Los tratan mejor que nosotros a nuestros negros?
—_¡No!_ Un criado no es nadie allá. Los tratan peor que a perros.
—¿No les dan vacaciones, como hacemos nosotros, la semana de Navidad y Año Nuevo, y el Cuatro de Julio?
—Oh, ¡escucha! Cualquiera diría que _no_ has estado nunca en Inglaterra por eso. Por Dios, Jo—por Dios, Joanna, no ven un día de fiesta de fin de año a fin de año; nunca van al circo, ni al teatro, ni a los espectáculos de negros, ni a ninguna parte.
—¿Ni a la iglesia?
—Ni a la iglesia.
—Pero _tú_ siempre ibas a la iglesia.
Bueno, me quedé colgado otra vez. Olvidé que era el criado del viejo. Pero al minuto siguiente entré en una especie de explicación de cómo un criado era distinto de un criado común y _tenía_ que ir a la iglesia quisiera o no, y sentarse con la familia, por ser la ley. Pero no lo hice muy bien, y cuando acabé vi que ella no estaba satisfecha. Ella dice:
—A ver, honestamente, ¿no me has estado contando un montón de mentiras?
—Honestamente—digo yo.
—¿Nada de eso?
—Nada de eso. Ni una mentira—digo yo.
—Pon tu mano sobre este libro y dilo.
Vi que no era más que un diccionario, así que puse mi mano sobre él y lo dije. Entonces ella pareció quedar un poco más satisfecha, y dice:
—Bueno, entonces creeré parte; pero espero en el cielo no creer el resto.
—¿Qué es lo que no vas a creer, Joe?—dice Mary Jane, entrando con Susan detrás—. No está bien ni es amable que le hables así, y él un extraño y tan lejos de los suyos. ¿Cómo te gustaría que te trataran así?
—Siempre eres igual, Maim—siempre metiéndote a ayudar a alguien antes de que le hagan daño. No le he hecho nada. Ha contado algunas exageraciones, supongo, y dije que no me tragaría todo; y eso es todo y cada grano de lo que _dije_. Supongo que puede aguantar una cosita así, ¿no?
—No me importa si fue poca o mucha; él está aquí en nuestra casa y es un extraño, y no estuvo bien que lo dijeras. Si estuvieras en su lugar te haría sentir avergonzado; y por tanto no deberías decirle nada a otra persona que la haga sentir _avergonzada_.
—Pero, Mam, él dijo...
—No importa lo que _él dijera_—eso no es lo que cuenta. Lo que cuenta es que lo trates con _amabilidad_, y no digas cosas que le recuerden que no está en su propio país ni entre los suyos.
Dije para mí: _esta_ es una muchacha a la que estoy dejando que ese viejo reptil le robe su dinero.
Entonces Susan _ella_ entró dando vueltas; y si me creen, ¡sí que le cantó las cuarenta a la del labio leporino!
Dije para mí: y _esta es otra_ a la que estoy dejando que les robe su dinero.
Luego Mary Jane tomó otro turno, y volvió a entrar dulce y encantadora—que era su modo; pero cuando acabó apenas quedaba nada de la pobre del labio leporino. Así que ella gritó.
—Muy bien, entonces—dicen las otras muchachas—; pídele perdón.
Lo hizo; y lo hizo hermoso. Lo hizo tan hermoso que daba gusto oírlo; y deseé poder contarle mil mentiras, para que lo hiciera otra vez.
Dije para mí: _esta es otra_ a la que estoy dejando que les robe su dinero. Y cuando terminó todas se esmeraron en hacerme sentir como en casa y saber que estaba entre amigos. Me sentí tan vil y bajo y miserable que dije para mí: mi decisión está tomada; les guardo ese dinero o reviento.
Así que entonces salí—a dormir, dije, queriendo decir más tarde o más temprano. Cuando me quedé solo me puse a pensar el asunto. Dije para mí: ¿voy a ese doctor, en privado, y delato a estos farsantes? No—eso no sirve. Podría decir quién se lo contó; entonces el rey y el duque me harían la vida imposible. ¿Voy, en privado, y se lo digo a Mary Jane? No—no me atrevo. Su cara les daría una pista, seguro; tienen el dinero, y saldrían disparados y se escaparían con él. Si ella trajera ayuda, me vería metido en el asunto antes de que acabara, supongo. No; no hay buen camino salvo uno. Tengo que robar ese dinero, de algún modo; y tengo que robarlo de un modo que no sospechen que fui yo. Tienen aquí un buen negocio, y no se van a ir hasta haber explotado a esta familia y a este pueblo al máximo, así que encontraré oportunidad de sobra. Lo robaré y lo esconderé; y más adelante, cuando esté río abajo, escribiré una carta y le diré a Mary Jane dónde está escondido. Pero mejor lo escondo esta noche si puedo, porque el doctor quizá no ha aflojado tanto como aparenta; podría asustarlos para que salgan de aquí todavía.
Así que, pensé, voy a registrar sus habitaciones. Arriba el pasillo estaba oscuro, pero encontré la habitación del duque, y empecé a palpar por allí con las manos; pero recordé que no sería muy propio del rey dejar que otro cuidara ese dinero sino él mismo; así que fui a su habitación y empecé a palpar por allí. Pero vi que no podía hacer nada sin vela, y no me atrevía a encender una, claro. Así que juzgué que tenía que hacer lo otro—esperarlos y escuchar a escondidas. Por entonces oí sus pasos que venían, y iba a escabullirme debajo de la cama; alcancé a ella, pero no estaba donde pensé que estaría; pero toqué la cortina que escondía los vestidos de Mary Jane, así que salté detrás de esa y me acurruqué entre los vestidos, y me quedé allí perfectamente quieto.
Entraron y cerraron la puerta; y lo primero que hizo el duque fue agacharse y mirar debajo de la cama. Entonces me alegré de no haber encontrado la cama cuando la quise. Y sin embargo, ya saben, es como natural esconderse debajo de la cama cuando uno anda en algo privado. Se sientan entonces, y el rey dice:
—Bueno, ¿qué pasa? Y cuéntalo medianamente corto, porque es mejor que estemos allá abajo fomentando el luto que aquí arriba dándoles chance de hablar de nosotros.
—Bueno, es esto, Capet. No estoy tranquilo; no estoy cómodo. Ese doctor me preocupa. Quería saber sus planes. Tengo una noción, y creo que es buena.
—¿Cuál es, duque?
—Que mejor nos escurrimos de aquí antes de las tres de la mañana, y salimos río abajo con lo que tenemos. Especialmente, viendo que lo conseguimos tan fácil—_devuelto_ a nosotros, arrojado a nuestras cabezas, por así decir, cuando claro suponíamos tener que robarlo de vuelta. Estoy por dejarlo y largarme.
Eso me hizo sentir bastante mal. Hace una o dos horas habría sido un poco distinto, pero ahora me hizo sentir mal y decepcionado. El rey estalla y dice:
—¿Qué! ¿Y no vender el resto de la propiedad? ¿Marcharnos como un montón de tontos y dejar ocho o nueve mil dólares en propiedad tirados por ahí solo esperando a ser recogidos?—y todo buen material, vendible también.
El duque refunfuñó; dijo que el saco de oro bastaba, y no quería ir más lejos—no quería robarle _todo_ a un montón de huérfanos.
—Pero cómo hablas—dice el rey—. No les robaremos nada salvo este dinero. Los que _compran_ la propiedad son los perjudicados; porque en cuanto se sepa que no era nuestra—lo que no tardará tras habernos escurrido—la venta no será válida, y todo volverá a la herencia. Estos huérfanos recuperarán su casa, y eso es suficiente para _ellos_; son jóvenes y ágiles, y fácilmente ganan la vida. _Ellos_ no van a sufrir. Por Dios, hay miles y miles que no están ni cerca de tan bien. Bendito seas, _ellos_ no tienen de qué quejarse.
Bueno, el rey lo dejó ciego de hablar; así que al fin cedió, y dijo está bien, pero dijo que creía que era una tontería quedarse, con ese doctor encima. Pero el rey dice:
—Al diablo el doctor. ¿Qué nos importa _él_? ¿No tenemos a todos los tontos del pueblo de nuestro lado? ¿Y no es esa mayoría suficiente en cualquier pueblo?
Así que se prepararon para bajar las escaleras otra vez. El duque dice:
—No creo que hayamos puesto ese dinero en buen lugar.
Eso me animó. Había empezado a pensar que no iba a conseguir pista alguna que me ayudara. El rey dice:
—¿Por qué?
—Porque Mary Jane estará de luto de aquí en adelante; y antes que te des cuenta el negro que arregla los cuartos recibirá orden de empacar estos trapos y guardarlos; y ¿crees que un negro puede toparse con dinero y no tomar prestado un poco?
—Tienes la cabeza en su sitio otra vez, duque—dice el rey; y viene a palpar debajo de la cortina a dos o tres pies de donde yo estaba. Me pegué fuerte a la pared y me quedé muy quieto, aunque tembloroso; y me pregunté qué me dirían esos tipos si me pillaban; y traté de pensar qué mejor hacer si me pillaban. Pero el rey agarró el saco antes de que pudiera pensar más de medio pensamiento, y nunca sospechó que yo andaba por ahí. Tomaron y metieron el saco por un rasgón en el colchón de paja que estaba debajo del colchón de plumas, y lo hundieron un pie o dos entre la paja y dijeron que ya estaba bien, porque un negro solo arregla el colchón de plumas, y no voltea el de paja sino como dos veces al año, así que no corría peligro de robo ahora.
Pero yo sabía mejor. Lo saqué de ahí antes de que bajaran la mitad de las escaleras. Tanteé hasta mi cuchitril, y lo escondí allí hasta encontrar mejor oportunidad. Juzgué que mejor lo escondía afuera de la casa en alguna parte, porque si lo echaban de menos registrarían la casa bien; eso lo sabía muy bien. Entonces me metí en la camita, con la ropa puesta; pero no habría podido dormir aunque quisiera, estaba en tal sudor por acabar con el asunto. Poco a poco oí subir al rey y al duque; así que me bajé del jergón y me quedé con la barbilla arriba de mi escalera, y esperé a ver si pasaba algo. Pero no pasó nada.
Así que aguanté hasta que todos los ruidos tardíos cesaron y los tempranos no habían empezado; y entonces bajé por la escalera.