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¡Cuán diferentes fueron los sentimientos con que Emma volvió a la casa de los que había llevado al salir! —entonces solo se atrevía a esperar un poco de alivio en su sufrimiento; —ahora se hallaba en un exquisito agitar de felicidad, y felicidad tal, además, que creía habría de ser aún mayor cuando aquel agitar hubiera pasado.
Se sentaron a tomar el té —el mismo grupo alrededor de la misma mesa— ¡cuántas veces se había reunido así! —y cuántas veces sus ojos se habían posado en los mismos arbustos del césped, y observado el mismo hermoso efecto del sol poniente! —Pero nunca en tal estado de ánimo, nunca en nada parecido; y con dificultad pudo reunir bastante de su yo habitual para ser la atenta señora de la casa, o incluso la atenta hija.
El pobre sr. Woodhouse sospechaba apenas lo que se tramaba contra él en el pecho de aquel hombre a quien acogía tan cordialmente, y cuya salud por el paseo a caballo esperaba tan ansiosamente que no hubiera sufrido resfriado. —Si hubiera podido ver el corazón, habría cuidado muy poco por los pulmones; pero sin la más lejana imaginación del mal inminente, sin la más leve percepción de nada extraordinario en el semblante o el comportamiento de ninguno de los dos, repitió muy a gusto todos los rumores recibidos del sr. Perry, y habló con gran complacencia de sí mismo, totalmente ajeno a lo que ellos podrían haberle contado a cambio.
Mientras el sr. Knightley permaneció con ellos, la fiebre de Emma continuó; pero cuando se fue, ella comenzó a serenarse y apaciguarse un poco —y en el transcurso de la noche en vela, que fue el tributo por semejante velada, encontró uno o dos puntos tan serios que considerar, que la hicieron sentir que aun su felicidad debía tener algún desmerecimiento. Su padre —y Harriet. No podía estar sola sin sentir todo el peso de sus reclamaciones por separado; y cómo resguardar el confort de ambos al máximo, fue la cuestión. Respecto a su padre, fue una cuestión pronto resuelta. Apenas sabía aún qué pediría el sr. Knightley; pero un muy breve parlamento con su propio corazón produjo la más solemne resolución de no abandonar jamás a su padre. —Lloró incluso ante la idea de ello, como un pecado de pensamiento. Mientras él viviera, no podría ser sino un compromiso; pero se halagaba con que, librado del peligro de apartarla, podría llegar a ser un aumento de consuelo para él. —Cómo obrar lo mejor posible por Harriet, fue decisión más difícil; —cómo librarla de cualquier dolor innecesario; cómo hacerle cualquier reparación posible; cómo parecer lo menos posible su enemiga. —Sobre estos asuntos, su perplejidad y aflicción eran muy grandes —y su mente hubo de pasar una y otra vez por cada amargo reproche y doloroso pesar que la habían rodeado nunca. —Solo pudo resolver al fin, que evitaría aún un encuentro con ella, y comunicaría cuanto debiera decirse por carta; que sería deseable de modo inefable alejarla por un tiempo de Highbury, y —entregada a un esquema más— casi resolvió que podría ser practicable obtener una invitación para ella a Brunswick Square. —Isabella se había complacido con Harriet; y unas semanas en Londres habrían de darle algún entretenimiento. —No creía propio de la naturaleza de Harriet escapar a ser beneficiada por la novedad y la variedad, por las calles, las tiendas y los niños. —En cualquier caso, sería prueba de atención y bondad de su parte, de quien todo se debía; una separación por el presente; un aplazar el día malo, cuando hubieran de estar todas juntas de nuevo.
Se levantó temprano, y escribió su carta a Harriet; ocupación que la dejó tan seria, tan cercana a la tristeza, que el sr. Knightley, al caminar hacia Hartfield para el desayuno, no llegó en absoluto demasiado pronto; y media hora hurtada después para recorrer de nuevo el mismo terreno con él, literal y figuradamente, fue del todo necesaria para restituirla en su parte correspondiente de la felicidad de la víspera.
No la había dejado él mucho tiempo, de ningún modo bastante para que ella tuviera la menor inclinación de pensar en otra persona, cuando le trajeron una carta de Randalls —una carta muy gruesa; —ella adivinó lo que debía contener, y deploró la necesidad de leerla. —Ahora estaba en perfecta caridad con Frank Churchill; no quería explicaciones, solo quería tener sus pensamientos para sí —y en cuanto a entender algo de lo que él escribiera, estaba segura de ser incapaz de ello. —Había, sin embargo, que pasar por ello. Abrió el paquete; era demasiado cierto que así era; —una nota de la sra. Weston para ella, daba paso a la carta de Frank a la sra. Weston.
«Tengo el mayor placer, mi querida Emma, en remitirte lo adjunto. Sé qué cabal justicia le harás, y apenas dudo de su feliz efecto. —Creo que nunca discreparemos materialmente otra vez sobre el autor; pero no te entretendré con un largo preámbulo. —Estamos bastante bien. —Esta carta ha sido la cura de toda la pequeña nerviosidad que he sentido últimamente. —No me gustaron del todo tus aspectos el martes, pero fue una mañana poco benigna; y aunque nunca confesarás verse afectada por el tiempo, creo que todo el mundo siente un viento del nordeste. —Sentí mucho por tu querido padre en la tormenta del martes por la tarde y ayer por la mañana, pero tuve el consuelo de saber anoche, por el sr. Perry, que no lo había enfermado.
»Tuya siempre, »A. W.»
[_A la sra. Weston_.]
Windsor —julio.
MI QUERIDA SEÑORA:
«Si ayer me hice inteligible, esta carta será esperada; pero esperada o no, sé que será leída con candor e indulgencia. —Usted es toda bondad, y creo que habrá menester de toda su bondad para perdonar algunas partes de mi conducta pasada. —Pero he sido perdonado por quien tuvo aún más que resentir. Mi valor crece mientras escribo. Es muy difícil para el próspero ser humilde. Ya he tenido tal éxito en dos solicitudes de perdón, que puedo estar en peligro de creerme demasiado seguro del suyo, y del de aquellos entre sus amigos que tuvieron algún motivo de ofensa. —Todos ustedes deben esforzarse por comprender la exacta naturaleza de mi situación cuando llegué por primera vez a Randalls; deben considerarme como quien tenía un secreto que guardar a toda costa. Este fue el hecho. Mi derecho a colocarme en situación que requiriera tal ocultamiento, es otra cuestión. No la discutiré aquí. Por mi tentación de _creerlo_ un derecho, remito a cualquier censurador a una casa de ladrillo, con ventanas de guillotina abajo y postigos arriba, en Highbury. No me atreví a dirigirme a ella abiertamente; mis dificultades en el estado de entonces de Enscombe han de ser demasiado conocidas para requerir definición; y tuve la fortuna de prevalecer, antes de separarnos en Weymouth, e inducir a la mente femenina más recta de la creación a rebajarse en caridad a un compromiso secreto. —Si ella hubiera rehusado, habría enloquecido. —Pero estará usted pronta a decir, ¿cuál era su esperanza al hacer esto? —¿Qué aguardaba usted? —A cualquier cosa, a todo —al tiempo, al azar, a las circunstancias, a efectos lentos, a estallidos súbitos, a la perseverancia y al cansancio, a la salud y a la enfermedad. Toda posibilidad de bien estaba ante mí, y la primera de las bendiciones asegurada, al obtener sus promesas de fe y correspondencia. Si necesita mayor explicación, tengo el honor, mi querida señora, de ser hijo de su esposo, y la ventaja de heredar una disposición a esperar el bien, que ninguna herencia de casas o tierras podrá igualar en valor. —Veáme, pues, en estas circunstancias, llegando en mi primera visita a Randalls; —y aquí soy consciente de error, pues tal visita hubiera podido pagarse antes. Mirará atrás y verá que no vine hasta que la srta. Fairfax estaba en Highbury; y como _usted_ fue la persona desdeñada, me perdonará al instante; pero debo trabajar en la compasión de mi padre, recordándole que mientras me alejé de su casa, tanto tiempo perdí la bendición de conocerla. Mi comportamiento, durante la quincena muy feliz que pasé con ustedes, no creo, espero, me expusiera a reprensión, salvo en un punto. Y ahora llego a la principal, la única parte importante de mi conducta mientras le pertenecí, que excita mi propia ansiedad, o requiere muy solícita explicación. Con el mayor respeto, y la más cálida amistad, menciono a la srta. Woodhouse; mi padre quizá pensará que debo añadir, con la más honda humillación. —Unas pocas palabras que se le escaparon ayer dicen su opinión, y alguna censura reconozco merecer. —Mi comportamiento con la srta. Woodhouse indicó, creo, más de lo debido. —Para ayudar a un ocultamiento tan esencial para mí, fui llevado a hacer más que un uso permitible de la clase de intimidad en que fuimos arrojados de inmediato. —No puedo negar que la srta. Woodhouse fue mi objeto ostensible —pero estoy seguro de que creerá la declaración, de que de no haber estado convencido de su indiferencia, no me habrían inducido miras egoístas a seguir. —Amable y deliciosa como es la srta. Woodhouse, nunca me dio la idea de una joven propensa a apegarse; y que estaba perfectamente libre de toda tendencia a apegarse a mí, era tanto mi convicción como mi deseo. —Ella recibió mis atenciones con una fácil, amistosa, bonachona jovialidad, que me convenía exactamente. Parecimos entendernos. Por nuestra situación relativa, tales atenciones le eran debidas, y así se sintió. —Si la srta. Woodhouse comenzó realmente a entenderme antes de expirar aquella quincena, no puedo decir; —cuando fui a despedirme de ella, recuerdo que estuve a un momento de confesar la verdad, y entonces imaginé que no estaba sin sospecha; pero no dudo de que desde entonces me ha descubierto, al menos en algún grado. —Puede que no haya conjeturado el todo, pero su viveza ha de haber penetrado una parte. No puedo dudarlo. Hallará, cuando el asunto se libre de sus presentes trabas, que no la tomó del todo por sorpresa. Ella me dio a menudo indicios de ello. Recuerdo que me dijo en el baile, que debía a la sra. Elton gratitud por sus atenciones a la srta. Fairfax. —Espero que esta historia de mi conducta hacia ella sea admitida por usted y mi padre como gran atenuante de lo que vieron mal. Mientras me consideraron culpable contra Emma Woodhouse, no podía merecer nada de ninguno. Absuélvame aquí, y procúreme, cuando sea permitido, la absolución y buenos deseos de aquella dicha Emma Woodhouse, a quien miro con tal afecto fraternal, que anhelo tenerla tan hondamente y tan felizmente enamorada como yo. —Cualesquiera cosas extrañas que dije o hice durante aquella quincena, ahora tiene usted una llave para ellas. Mi corazón estaba en Highbury, y mi negocio era llevar mi cuerpo allá tan a menudo como pudiera, y con la menor sospecha. Si recuerda alguna rareza, póngalas todas al cuenta correcta. —Del pianoforte tan hablado, siento solo necesario decir, que su pedido fue absolutamente desconocido para la srta. F—, quien nunca me habría permitido enviarlo, si se le hubiera dado opción. —La delicadeza de su mente a lo largo de todo el compromiso, mi querida señora, está muy por encima de mi poder de hacerle justicia. Pronto, espero ardientemente, la conocerá usted a fondo ella misma. —Ninguna descripción puede describirla. Ella debe decirle qué es —mas no de palabra, pues nunca hubo criatura humana que así reprimiera deliberadamente su propio mérito. —Desde que comencé esta carta, que será más larga de lo previsto, he tenido noticias suyas. —Ella da buena cuenta de su salud; pero como nunca se queja, no me atrevo a fiar. Quiero tener su opinión de su semblante. Sé que pronto la visitará; ella vive con temor a la visita. Quizá ya se haya hecho. Escríbame sin demora; estoy impaciente por mil particularidades. Recuerde cuán pocos minutos estuve en Randalls, y en qué estado tan desconcertado, tan loco: y no estoy mucho mejor aún; sigo insano ya sea por felicidad o por miseria. Cuando pienso en la bondad y favor que he hallado, en su excelencia y paciencia, y la generosidad de mi tío, enloquezco de gozo: pero cuando recuerdo toda la inquietud que le causé, y cuán poco merezco ser perdonado, enloquezco de enojo. ¡Si pudiera verla otra vez! —Pero no debo proponerlo aún. Mi tío ha sido demasiado bueno conmigo para abusar. —Debo aún añadir a esta larga carta. No ha oído todo lo que debe oír. No pude dar ayer detalle conexo; pero la súbita, y, en un aspecto, intempestiva manera en que el asunto estalló, necesita explicación; pues aunque el evento del 26 del pasado, como concluirá, me abrió de inmediato las más felices perspectivas, no me habría precipitado a medidas tan tempranas, salvo por las muy particulares circunstancias, que no me dejaban una hora que perder. Yo mismo me habría retraído de algo tan apresurado, y ella habría sentido todo escrúpulo mío con multiplicada fuerza y refinamiento. —Pero no tuve elección. El apresurado compromiso que ella había contraído con aquella mujer —Aquí, mi querida señora, me vi obligado a dejar de pronto, para recobrar y componerme. —He estado caminando por el campo, y ahora, espero, bastante racional para hacer el resto de mi carta lo que debe ser. —Es, en efecto, un retroceso muy mortificante para mí. Me comporté vergonzosamente. Y aquí puedo admitir, que mis modales con la srta. W., al ser desagradable a la srta. F., fueron altamente censurables. _Ella_ los desaprobó, lo cual debió haber bastado. —Mi pretexto de ocultar la verdad no lo consideró suficiente. —Ella se disgustó; yo lo pensé irrazonablemente; la creí, en mil ocasiones, innecesariamente escrupulosa y cauta: la creí hasta fría. Pero siempre tuvo razón. Si hubiera seguido su juicio, y sometido mis ánimos al nivel de lo que ella juzgaba propio, habría escapado a la mayor infelicidad que he conocido. —Disputamos. —¿Recuerda la mañana pasada en Donwell? —_Allí_ todo pequeño descontento ocurrido antes llegó a crisis. Llegué tarde; la encontré caminando sola a casa, y quise caminar con ella, pero no lo permitió. Se negó absolutamente a consentirlo, lo que entonces me pareció sumamente irrazonable. Ahora, sin embargo, no veo sino un grado muy natural y coherente de discreción. Mientras yo, para cegar al mundo sobre nuestro compromiso, me comportaba una hora con objetable particularidad hacia otra mujer, ¿había ella de consentir luego una propuesta que pudiera haber hecho inútiles todas las precauciones previas? —Si nos hubieran visto caminando juntos entre Donwell y Highbury, la verdad habría sido sospechada. —Estaba yo, con todo, lo bastante loco para resentirme. —Dudé de su afecto. Lo dudé más al día siguiente en Box Hill; cuando, provocada por tal conducta de mi parte, tal vergonzoso, insolente abandono de ella, y tal aparente devoción a la srta. W., como habría sido imposible para cualquier mujer de sentido soportar, ella habló su resentimiento en forma de palabras perfectamente inteligibles para mí. —En suma, mi querida señora, fue una disputa sin culpa de su parte, abominable de la mía; y volví esa misma tarde a Richmond, aunque podría haber quedado con ustedes hasta la mañana siguiente, meramente porque quise estar lo más enojado con ella posible. Aun entonces, no fui tan necio como para no pensar en reconciliarme a tiempo; pero yo era el ofendido, ofendido por su frialdad, y me fui resuelto a que ella hiciera las primeras avances. —Siempre me felicitaré a mí mismo de que no estuviera usted en la partida de Box Hill. Si hubiera presenciado mi comportamiento allí, apenas supongo que hubiera vuelto a pensar bien de mí. Su efecto sobre ella aparece en la inmediata resolución que produjo: tan pronto como halló que yo había partido realmente de Randalls, aceptó la oferta de aquella entrometida sra. Elton; cuyo todo sistema de trato hacia ella, a propósito, me ha llenado siempre de indignación y odio. No debo querellarme con un espíritu de tolerancia que ha sido tan ricamente extendido hacia mí mismo; pero, de otro modo, protestaría en voz alta contra la parte de él que esa mujer ha conocido. —¡«Jane», en efecto! —Observará que aún no me he permitido llamarla por ese nombre, ni aun a usted. Piense, pues, lo que debí haber sufrido al oírlo lanzado entre los Elton con toda la vulgaridad de la repetición innecesaria, y toda la insolencia de superioridad imaginaria. Tenga paciencia conmigo, pronto habré acabado. —Ella aceptó esa oferta, resuelta a romper conmigo del todo, y escribió al día siguiente para decirme que nunca habríamos de encontrarnos otra vez. —_ELLA_ _SINTIÓ_ _EL_ _COMPROMISO_ _COMO_ _FUENTE_ _DE_ _ARREPENTIMIENTO_ _Y_ _MISERIA_ _PARA_ _AMBOS_: _LO_ _DISOLVIÓ_. —Esta carta me llegó la misma mañana de la muerte de mi pobre tía. Le respondí dentro de una hora; pero por la confusión de mi mente, y la multiplicidad de negocios caídos sobre mí de una vez, mi respuesta, en vez de enviarse con las muchas otras cartas de ese día, fue encerrada en mi escritorio; y yo, confiando en haber escrito bastante, aunque solo unas pocas líneas, para satisfacerla, quedé sin inquietud alguna. —Me decepcionó algo no tener noticias suyas pronto; pero excusé su conducta, y estaba demasiado ocupado, y —¿puedo añadir? —demasiado alegre en mis perspectivas para ser quisquilloso. —Nos mudamos a Windsor; y dos días después recibí un paquete de ella, ¡todas mis cartas devueltas! —y unas pocas líneas al mismo tiempo por el correo, expresando su extremo asombro por no haber tenido la menor respuesta a la suya; y añadiendo, que como el silencio en tal punto no podía malinterpretarse, y como debía ser igualmente deseable para ambos concluir todo arreglo subordinado cuanto antes, ahora me enviaba, por medio seguro, todas mis cartas, y rogaba que si no podía disponer directamente de las suyas, para enviarlas a Highbury dentro de una semana, las remitiera después de ese plazo a ella en —: en fin, la dirección completa del sr. Smallridge, cerca de Bristol, se me quedó mirando. Conocí el nombre, el lugar, lo conocí todo, e instantáneamente vi lo que ella había estado haciendo. Era perfectamente acorde con aquel temple de carácter que yo sabía poseer; y el secreto que había mantenido, sobre tal designio en su carta anterior, era igualmente descriptivo de su ansiosa delicadeza. Por el mundo no habría ella parecido amenazarme. —Imagine el golpe; imagine cómo, hasta que detecté mi propio desliz, rabié contra los deslices del correo. —¿Qué había de hacerse? —Una sola cosa. —Debía hablar con mi tío. Sin su sanción no podía esperar ser escuchado de nuevo. —Hablé; las circunstancias estaban a mi favor; el reciente evento había ablandado su orgullo, y estaba, antes de lo que anticipara, totalmente reconciliado y complaciente; y pudo decir al fin, pobre hombre, con un hondo suspiro, que deseaba hallara tanta felicidad en el matrimonio como él había tenido. —Sentí que sería de distinta suerte. —¿Dispuesta a compadecerme por lo que debí sufrir al abrirle la causa, por mi suspense mientras todo estaba en juego? —No; no me compadezca hasta que llegué a Highbury, y vi cuán mal la había dejado. No me compadezca hasta que vi su semblante pálido, enfermo. —Llegué a Highbury a la hora del día en que, por mi conocimiento de su tardío desayuno, estaba cierto de buena chance de hallarla sola. —No me decepcionó; y al fin no me decepcionó tampoco el objeto de mi viaje. Un gran trecho de muy razonable, muy justo desagrado hube de disuadir. Pero está hecho; estamos reconciliados, más queridos, mucho más queridos que nunca, y ni un momento de inquietud puede ocurrir entre nosotros otra vez. Ahora, mi querida señora, la libero; pero no pude concluir antes. Mil y mil gracias por toda la bondad que nunca dejó de mostrarme, y diez mil por las atenciones que su corazón dictará hacia ella. —Si me cree en camino de ser más feliz de lo que merezco, estoy muy de su opinión. —La srta. W. me llama el hijo de la buena fortuna. Espero que tenga razón. —En un respecto, mi buena fortuna es indudable, la de poder suscribirme,
Su obligado y afecto hijo,
F. C. WESTON CHURCHILL.