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Siendo muchacho había obtenido premios en el Colegio de Moulins, donde nació, y había sido coronado por la mano del Duque de Nivernais, a quien él llamaba el Duque de Nevers. Ni la Convención, ni la muerte de Luis XVI, ni Napoleón, ni el retorno de los Borbones, ni nada más había logrado borrar el recuerdo de aquella coronación. El Duque de Nevers era, a sus ojos, la gran figura del siglo. “¡Qué encantador gran señor! —decía—, ¡y qué buen aire tenía con su cinta azul!”
A los ojos del señor Gillenormand, Catalina II había reparado el crimen de la partición de Polonia comprando, por tres mil rublos, el secreto del elixir de oro a Bestucheff. Se animaba con este tema: “¡El elixir de oro! —exclamaba—, el tinte amarillo de Bestucheff, las gotas del general Lamotte, en el siglo XVIII… ¡ese era el gran remedio para las catástrofes del amor, la panacea contra Venus, a un luis la botellita de media onza! Luis XV envió doscientas botellitas al Papa”. Se habría irritado mucho y perdido el equilibrio si alguien le hubiera dicho que el elixir de oro no es más que el percloruro de hierro. El señor Gillenormand adoraba a los Borbones y sentía horror por 1789; narraba sin cesar de qué manera se había salvado durante el Terror, y cómo había tenido que mostrar una gran alegría e ingenio para no ser decapitado. Si algún joven se atrevía a pronunciar un elogio de la República en su presencia, se ponía púrpura y se enfurecía hasta el punto de casi desmayarse. A veces aludía a sus noventa años y decía: “Espero no ver el noventa y tres dos veces”. En esas ocasiones, insinuaba a la gente que pensaba vivir hasta los cien años.