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Hasta aquí, al tratar descriptivamente del Cachalote, me he detenido principalmente en las maravillas de su aspecto exterior; o bien, por separado y en detalle, en algunas pocas características estructurales interiores. Pero para alcanzar una comprensión amplia y cabal de él, me corresponde ahora desabotonarlo aún más, y desatando los corchetes de sus calzas, aflojando sus ligas, y soltando los ganchos y ojales de las junturas de sus huesos más íntimos, ponerlo ante vosotros en su ultimátum; es decir, en su esqueleto incondicional.
Pero cómo ahora, Ismael. ¿Cómo es que tú, mero remero en la pesquería, pretendes saber algo acerca de las partes subterráneas de la ballena? ¿Acaso el erudito Stubb, montado sobre tu cabestrante, dictaba conferencias sobre la anatomía de los Cetáceos; y con ayuda del cabrestante, alzaba una costilla de muestra para exhibición? Explícate, Ismael. ¿Puedes sacar a cubierto una ballena adulta para examinarla, como un cocinero sirve un lechón asado? Ciertamente que no. Un testigo veraz has sido hasta ahora, Ismael; pero cuida cómo te aproprias del privilegio de Jonás solo; el privilegio de discurrir sobre las vigas y las jácenas; las correas, el caballete, las soleras y los cimientos que componen la armazón del leviatán; y tal vez de las cubas de sebo, las lecherías, las despensas y los queseríos en sus entrañas.
Confieso que, desde Jonás, pocos balleneros han penetrado muy adentro bajo la piel de la ballena adulta; no obstante, he sido bendecido con una oportunidad de disecarlo en miniatura. En un barco de mi pertenencia, un pequeño cachorro de Cachalote fue en una ocasión izado corporalmente a cubierta por su bolsa o saco, para hacer vainas para los arpones y para las puntas de las lanzas. ¿Crees que dejé pasar esa ocasión sin usar mi hacha de bote y mi navaja, y romper el sello y leer todos los contenidos de aquel joven cachorro?
Y en cuanto a mi exacto conocimiento de los huesos del leviatán en su gigantesco desarrollo adulto, por ese raro saber estoy endeudado con mi difunto amigo real Tranquo, rey de Tranque, uno de los Arsácidas. Pues hallándome en Tranque, años atrás, cuando iba adscrito al buque mercante Dey de Argel, fui invitado a pasar parte de las fiestas arsácidas con el señor de Tranque, en su retirada villa de palmeras en Pupella; una quebrada a orilla del mar no muy lejana de lo que nuestros marineros llamaban Pueblo-Bambú, su capital.
Entre muchas otras finas cualidades, mi real amigo Tranquo, dotado de un devoto amor por todas las cosas de bárbaro arte, había reunido en Pupella cuanto objeto raro pudieran inventar los más ingeniosos de su pueblo; principalmente maderas talladas de prodigiosos diseños, conchas cinceladas, lanzas incrustadas, remos costosos, canoas aromáticas; y todo esto distribuido entre cuantas maravillas naturales las olas, cargadas de prodigios y tributos, hubieran arrojado a sus costas.
Caudal entre estas últimas era un gran Cachalote, que, tras una inusitadamente larga y furiosa tormenta, había sido hallado muerto y encallado, con la cabeza contra un cocotero, cuyas caídas, emplumadas y penachudas, parecían su verde jet. Cuando el vasto cuerpo hubo por fin sido despojado de sus envolturas de una braza de hondo, y los huesos secos como el polvo al sol, entonces el esqueleto fue cuidadosamente transportado río arriba por la quebrada de Pupella, donde un gran templo de palmeras señoriales lo cobijaba ahora.
Las costillas colgaban con trofeos; las vértebras estaban talladas con anales arsácidas, en extraños jeroglíficos; en el cráneo, los sacerdotes mantenían una inextinguible llama aromática, de suerte que la mística cabeza volvía a lanzar su vaporoso chorro; mientras que, suspendida de una rama, la terrorífica mandíbula inferior vibraba sobre todos los devotos, como la espada colgada del cabello que tanto aterró a Damocles.
Fue una vista prodigiosa. El bosque estaba verde como los musgos del Valle Helado; los árboles se alzaban altos y altivos, sintiendo su savia viva; la diligente tierra bajo ellos era como el telar de un tejedor, con una magnífica alfombra sobre él, cuyas lianas formaban la urdimbre y la trama, y las vivas flores las figuras. Todos los árboles, con todas sus ramas cargadas; todos los arbustos, y helechos, y hierbas; el aire portador de mensajes; todos estos incansablemente estaban activos. A través de los entrelaces de las hojas, el gran sol parecía un volante volante tejiendo el inagotable verdor. ¡Oh, tejedor ocupado! ¡tejedor invisible!—pausa—una palabra—¿hacia dónde fluye la tela? ¿qué palacio podrá adornar? ¿para qué tantos afanes sin cesar? Habla, tejedor—detén tu mano—pero una sola palabra contigo. No—el volante vuela—las figuras flotan fuera del telar; la alfombra de ráfaga perpetuamente se desliza lejos. El dios-tejedor, él teje; y por ese tejer queda sordo, que no oye voz mortal; y por ese zumbido, nosotros también, que miramos el telar, quedamos sordos; y solo cuando lo escapamos oiremos las mil voces que por él hablan. Pues aun así es en todas las fábricas materiales. Las palabras habladas que son inaudibles entre los volantes volantes; esas mismas palabras se oyen claras fuera de los muros, brotando de las abiertas ventanas. Por ello han sido detectados villanías. Ah, mortal, pues, estate atento; pues así, en todo este estruendo del telar del gran mundo, tus más sutiles pensamientos pueden ser oídos de lejos.
Ahora, en medio del verde, inquieto de vida telar de aquel bosque arsácida, el gran, blanco, venerado esqueleto yacía recostado—un gigantesco holgazán. Sin embargo, como la siempre tejida urdimbre y trama verde se entremezclaba y zumbaba a su alrededor, el mighty holgazán parecía el astuto tejedor; él mismo todo tejido de lianas; cada mes asumiendo más verde, más fresco verdor; pero él mismo un esqueleto. La Vida plegaba a la Muerte; la Muerte enrejaba a la Vida; el dios lúgubre desposó a la juvenil Vida, y engendró sus rizadas glorias.
Ahora, cuando con el real Tranquo visité esta prodigiosa ballena, y vi el cráneo como altar, y el humo artificial ascendiendo de donde el verdadero chorro había brotado, me maravillé de que el rey considerase una capilla como objeto de arte. Él rió. Pero más me maravillé de que los sacerdotes jurasen que aquel humeante chorro suyo era genuino. De un lado a otro pasé ante este esqueleto—aparté las lianas—atravesé las costillas—y con una bola de hilo arsácida, erré, giré largo entre sus muchos serpenteantes, umbríos colinados y cenadores. Pero pronto mi hilo se acabó; y siguiéndolo de vuelta, emergí por la abertura donde entré. No vi cosa viviente dentro; no había sino huesos.
Cortándome una verde vara de medir, una vez más me sumergí dentro del esqueleto. Desde su aspillera en el cráneo, los sacerdotes me percibieron tomando la altura de la última costilla. «¡Cómo ahora!» gritaron; «¿Osa medir a nuestro dios? Eso es para nosotros». «Sí, sacerdotes—bien, ¿cuánto lo hacen entonces?». Pero aquí sobrevino una fiera contienda entre ellos, acerca de pies y pulgadas; se rompieron los cráneos unos a otros con sus varas de medir—el gran cráneo retumbó—y aprovechando aquella dichosa ocasión, concluí aprisa mis propias mediciones.
Estas mediciones propongo ahora poner ante vosotros. Pero primero, sea registrado, que, en este asunto, no soy libre de proferir cuantas medidas fantaseadas me plazca. Porque hay autoridades esqueléticas a las que podéis referiros, para poner a prueba mi exactitud. Hay un Museo Leviatánico, me dicen, en Hull, Inglaterra, uno de los puertos balleneros de aquel país, donde tienen algunas finas muestras de rorcuales y otras ballenas. Asimismo, he oído que en el museo de Manchester, en Nuevo Hampshire, tienen lo que los propietarios llaman «el único espécimen perfecto de una ballena de Groenlandia o de Río en los Estados Unidos». Además, en un lugar de Yorkshire, Inglaterra, Burton Constable por nombre, un tal Sir Clifford Constable tiene en su posesión el esqueleto de un Cachalote, pero de tamaño moderado, de ningún modo de la magnitud adulta de mi amigo el Rey Tranquo.
En ambos casos, las ballenas encalladas a las que pertenecen estos dos esqueletos, fueron originalmente reclamadas por sus dueños sobre similares fundamentos. El Rey Tranquo apoderándose de la suya porque la quería; y Sir Clifford, porque era señor de las señorías de aquellas partes. La ballena de Sir Clifford ha sido articulada por entero; de modo que, como un gran baúl de cajones, podéis abrirlo y cerrarlo, en todas sus óseas cavidades—desplegar sus costillas como un gigantesco abanico—y oscilar todo el día sobre su mandíbula inferior. Cerraduras han de ponerse en algunas de sus trampillas y postigos; y un lacayo mostrará a las futuras visitas con un manojo de llaves al costado. Sir Clifford piensa cobrar dos peniques por un vistazo a la galería de susurros en la columna espinal; tres peniques por oír el eco en la hueca de su cerebelo; y seis peniques por la inigualable vista desde su frente.
Las dimensiones del esqueleto que ahora procederé a sentar están copiadas verbatim de mi brazo derecho, donde las tenía tatuadas; pues en mis salvajes errancias en aquel período, no había otro modo seguro de preservar tan valiosas estadísticas. Pero como me faltaba espacio, y deseaba que las otras partes de mi cuerpo permaneciesen en blanco para un poema que entonces componía—al menos, las partes no tatuadas que pudieran quedar—no me molesté con las pulgadas impares; ni, en verdad, deberían las pulgadas entrar en modo alguno en una adecuada medición del congruente de la ballena.