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Según la costumbre, estaban bombando la nave a la mañana siguiente; y he aquí que con el agua subió no poca cantidad de aceite; los toneles de abajo debían de haber sufrido una mala filtración. Se mostró gran preocupación; y Starbuck bajó al camarote para informar de este desfavorable suceso.*
*Entre los balleneros de cachalote que llevan a bordo cantidad considerable de aceite, es un deber regular semanal pasar una manguera al fondo de la bodega y empapar los toneles con agua de mar; la cual, a intervalos variables, es luego extraída por las bombas del barco. De este modo se procura mantener los toneles húmedos y bien cerrados; mientras que por el carácter cambiado del agua extraída, los marineros detectan fácilmente cualquier seria pérdida en la preciosa carga.
Ahora, desde el Sur y el Oeste, el Pequod se acercaba a Formosa y a las islas Bashee, entre las cuales yace una de las salidas tropicales desde las aguas de China hacia el Pacífico. Y así encontró Starbuck a Ahab con una carta general de los archipiélagos orientales desplegada ante él; y otra aparte que representaba las largas costas orientales de las islas japonesas—Niphon, Matsmai y Sikoke. Con su nueva pierna de marfil blanco como la nieve apoyada contra la pierna atornillada de su mesa, y con una larga navaja podadora en la mano, el prodigioso viejo, de espaldas a la puerta de la escala, fruncía el ceño y trazaba de nuevo sus viejas rutas.
—¿Quién anda ahí? —oyendo el paso en la puerta, pero sin volverse—. ¡A cubierta! ¡Fuera!
—El capitán Ahab se equivoca; soy yo. El aceite de la bodega está goteando, señor. Debemos izar los aparejos de Burton y abrir la carga.
—¿Izar los Burton y abrir la carga? Ahora que nos acercamos al Japón; ¿poner el barco en capa aquí una semana para remendar un paquete de viejas aros?
—O hace eso, señor, o desperdiciamos en un día más aceite del que podamos recuperar en un año. Lo que hemos venido veinte mil millas a buscar vale la pena guardarse, señor.
—Así es, así es; si lo conseguimos.
—Hablaban del aceite de la bodega, señor.
—Y yo no hablaba ni pensaba en eso en absoluto. ¡Fuera! ¡Que gotee! Yo mismo estoy todo goteando. ¡Sí! goteras en goteras; no solo lleno de toneles que gotean, sino que esos toneles que gotean están en un barco que gotea; y eso es una situación mucho peor que la del Pequod, hombre. Sin embargo no paro a tapar mi gotera; pues ¿quién puede hallarla en el casco profundamente cargado; o cómo esperar taparla, aun si se hallara, en el huracán aullante de esta vida? ¡Starbuck! No haré izar los Burton.
—¿Qué dirán los armadores, señor?
—Que los armadores se pongan en la playa de Nantucket y aullen más fuerte que los tifones. ¿A qué le importa eso a Ahab? ¿Armadores, armadores? Siempre estás predicándome, Starbuck, sobre esos míseros armadores, como si los armadores fueran mi conciencia. Pero mira, el único verdadero dueño de algo es su comandante; y escucha, mi conciencia está en la quilla de este barco.—¡A cubierta!
—Capitán Ahab —dijo el segundo, enrojeciendo, adentrándose más en el camarote, con un atrevimiento tan extrañamente respetuoso y cauteloso que casi parecía no solo buscar evitar por todos lados la menor manifestación externa de sí mismo, sino que dentro también parecía más que a medias desconfiado de sí—, un hombre mejor que yo podría bien pasar por alto en ti lo que pronto resentiría en un hombre más joven; sí, y en uno más feliz, capitán Ahab.
—¡Diablos! ¿Te atreves entonces siquiera a pensar de mí críticamente?—¡A cubierta!
—No, señor, aún no; lo suplico. Y me atrevo, señor—¡a ser tolerante! ¿No nos entenderemos mejor que hasta ahora, capitán Ahab?
Ahab tomó un mosquete cargado del bastidor (que forma parte del mobiliario del camarote de la mayoría de los balleneros del Sur), y apuntándolo hacia Starbuck, exclamó: —¡Hay un solo Dios que es Señor sobre la tierra, y un solo Capitán que es señor sobre el Pequod!—¡A cubierta!
Por un instante, en los ojos centelleantes del segundo, y en sus mejillas encendidas, casi habrías pensado que realmente había recibido el destello del tubo apuntado. Pero, dominando su emoción, se levantó medio calmado, y al abandonar el camarote, se detuvo un instante y dijo: —Has ultrajado, no insultado, a mí, señor; pero por eso no te pido que te guardes de Starbuck; te reirías; pero que Ahab se guarde de Ahab; guárdate de ti mismo, viejo.
—Se vuelve valiente, pero no obstante obedece; ¡el más cuidadoso de los valientes! —murmuró Ahab, mientras Starbuck desaparecía—. ¿Qué fue lo que dijo—Ahab guárdese de Ahab—hay algo ahí! Entonces, usando inconscientemente el mosquete como bastón, con ceño de hierro paseó de un lado a otro en el pequeño camarote; pero pronto los gruesos pliegues de su frente se relajaron, y devolviendo el arma al bastidor, subió a cubierta.
—Eres demasiado buen sujeto, Starbuck —dijo quedo al segundo; luego alzando la voz a la tripulación—: ¡Cobren las velas de gavias altas, y aferren las gavias, proa y popa; pongan la verga mayor a la contra; arriba Burton, y abran la carga en la bodega principal.
Sería quizá vano conjeturar exactamente por qué, respecto a Starbuck, Ahab actuó así. Pudo haber sido un destello de honestidad en él; o mera política prudente que, en las circunstancias, prohibía imperiosamente el menor síntoma de abierta desafección, por transitoria que fuera, en el importante oficial jefe de su barco. Como quiera que fue, sus órdenes se ejecutaron; y los Burton fueron izados.