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cuadros de escenas de la caza de ballenas.
En conexión con los monstruosos cuadros de ballenas, me siento fuertemente tentado aquí a entrar en aquellas historias aún más monstruosas sobre ellas que pueden hallarse en ciertos libros, tanto antiguos como modernos, especialmente en Plinio, Purchas, Hackluyt, Harris, Cuvier, etc. Pero paso de largo ese asunto.
Solo conozco cuatro esbozos publicados de la gran Ballena Cachalote; el de Colnett, el de Huggins, el de Frederick Cuvier y el de Beale. En el capítulo anterior se ha hecho referencia a Colnett y a Cuvier. El de Huggins es muy superior a los de ellos; pero, con gran diferencia, el de Beale es el mejor. Todos los dibujos de Beale de esta ballena son buenos, excepto la figura central en el cuadro de tres ballenas en diversas actitudes, que encabeza su segundo capítulo. Su frontispicio, con botes atacando a Ballenas Cachalotes, aunque sin duda calculado para excitar el escepticismo civil de algunos hombres de salón, es admirablemente correcto y vivaz en su efecto general. Algunos de los dibujos de la Ballena Cachalote en J. Ross Browne son bastante correctos en su contorno; pero están grabados de modo despavorido. No es, sin embargo, culpa suya.
De la Ballena Franca, los mejores esbozos pictóricos están en Scoresby; pero están dibujados a una escala demasiado pequeña para transmitir una impresión deseable. Solo tiene un cuadro de escenas de caza de ballenas, y esta es una triste deficiencia, porque es solo por medio de tales cuadros, cuando están bien hechos, que se puede derivar una idea veraz de la ballena viva tal como la ven sus cazadores vivos.
Pero, tomadas en conjunto, con mucho las más finas, aunque en algunos detalles no las más correctas, presentaciones de ballenas y escenas de caza de ballenas que puedan hallarse en parte alguna, son dos grandes grabados franceses, bien ejecutados, y tomados de pinturas de uno llamado Garnery. Respectivamente, representan ataques a la Ballena Cachalote y a la Ballena Franca. En el primer grabado se describe a una noble Ballena Cachalote en toda la majestad de su fuerza, apenas surgida de las profundidades del océano bajo el bote, y llevando bien alta en el aire la terrorífica ruina de las planchas destrozadas. La proa del bote está parcialmente intacta, y se la muestra justo balanceándose sobre la espina del monstruo; y de pie en esa proa, por aquel único e incomputable destello de tiempo, se contempla a un remero, medio envuelto por el incitado y hirviente chorro de la ballena, y dispuesto a saltar, como desde un precipicio. La acción de todo el conjunto es maravillosamente buena y verdadera. El cubo de línea medio vacío flota en el blanqueado mar; los palos de madera de los arpones derramados se mecen oblicuos en él; las cabezas de la tripulación que nada están esparcidas en torno a la ballena en expresiones contrastantes de espanto; mientras que en la negra y tempestuosa distancia el barco se precipita sobre la escena. Podría encontrarse una falta seria en los detalles anatómicos de esta ballena, pero pase eso; pues, por mi vida, no podría dibujar una mejor.
En el segundo grabado, el bote está en el acto de acercarse al costado barnizado de una gran Ballena Franca en carrera, que revuelca su negra y musgosa mole en el mar como algún deslizamiento de rocas musgosas desde los acantilados patagónicos. Sus chorros son erectos, plenos y negros como el hollín; de modo que por un humo tan abundante en la chimenea, pensaríais que debe de estar cociéndose un valiente banquete en las grandes entrañas de abajo. Aves marinas picotean los pequeños cangrejos, moluscos y otros caramelos y macarrones marinos que la Ballena Franca a veces lleva sobre su pestilente lomo. Y todo el tiempo el leviatán de gruesos labios se lanza a través del profundo, dejando toneladas de tumultuosos cuajos blancos en su estela, y haciendo que el ligero bote se bambolee en los oleajes como una esquife atrapada cerca de las ruedas de paletas de un vapor oceánico. Así, el primer plano es todo furiosa conmoción; pero detrás, en admirable contraste artístico, está el nivel vidrioso de un mar en calma, las velas caídas y sin almidonar del inerte barco, y la masa inerte de una ballena muerta, una fortaleza conquistada, con la bandera de captura colgando perezosamente del palillo de ballena insertado en su respiradero.
Quién sea o fuera Garnery el pintor, no lo sé. Pero doy mi vida a que o bien estaba prácticamente familiarizado con su tema, o de lo contrario fue maravillosamente instruido por algún experimentado ballenero. Los franceses son los muchachos para pintar acción. Id y contemplad todas las pinturas de Europa, ¿y dónde hallaréis tal galería de conmoción viviente y respirante sobre el lienzo, como en aquel triunfal salón de Versalles; donde el contemplador se abre paso, a la desbandada, a través de las consecutivas grandes batallas de Francia; donde cada espada parece un destello de las auroras boreales, y los sucesivos reyes y emperadores armados pasan como una carga de centauros coronados? No del todo indignos de un lugar en esa galería, son estos cuadros de batallas marinas de Garnery.
La aptitud natural de los franceses para captar lo pintoresco de las cosas parece evidenciarse de modo peculiar en las pinturas y grabados que tienen de sus escenas de caza de ballenas. Sin una décima parte de la experiencia de Inglaterra en la pesquería, y sin la milésima parte de la de los americanos, no obstante han provisto a ambas naciones con los únicos esbozos acabados en absoluto capaces de transmitir el verdadero espíritu de la caza de la ballena. En su mayor parte, los dibujantes de ballenas ingleses y americanos parecen enteramente contentos con presentar el contorno mecánico de las cosas, tal como el perfil vacío de la ballena; lo cual, en cuanto a efecto pintoresco se refiere, equivale aproximadamente a esbozar el perfil de una pirámide. Incluso Scoresby, el justamente renombrado ballenero de la Franca, después de darnos un rígido perfil de cuerpo entero de la ballena de Groenlandia, y tres o cuatro delicados miniaturas de narvales y marsopas, nos obsequia con una serie de grabados clásicos de garfios de bote, cuchillos de picar y grapas; y con la diligencia microscópica de un Leuwenhoeck somete a la inspección de un mundo estremecido noventa y seis facsímiles de cristales de nieve ártica magnificados. No pretendo menoscabar al excelente navegante (lo honro como a un veterano), pero en asunto tan importante fue ciertamente un descuido no haber procurado para cada cristal una declaración jurada tomada ante un Juez de Paz de Groenlandia.
Además de aquellos finos grabados de Garnery, hay otros dos grabados franceses dignos de mención, de alguien que firma como "H. Durand". Uno de ellos, aunque no precisamente adaptado a nuestro propósito presente, merece no obstante ser mencionado por otras razones. Es una escena de mediodía tranquilo entre las islas del Pacífico; un ballenero francés anclado, cerca de la costa, en una calma, y tomando agua a bordo perezosamente; las velas aflojadas del barco, y las largas hojas de las palmas en el fondo, ambas caídas juntas en el aire sin brisa. El efecto es muy fino, cuando se considera con referencia a su presentación de los rudos pescadores bajo uno de sus pocos aspectos de reposo oriental. El otro grabado es un asunto muy distinto: el barco al pairo sobre el mar abierto, y en el mismo corazón de la vida leviatánica, con una Ballena Franca al costado; la nave (en el acto de cortar) escorada hacia el monstruo como si fuera un muelle; y un bote, apartándose apresuradamente de esta escena de actividad, está a punto de dar caza a ballenas en la distancia. Los arpones y las lanzas yacen nivelados para su uso; tres remeros están justo asentando el mástil en su agujero; mientras que por un súbito balanceo del mar, la pequeña embarcación se alza medio erguida fuera del agua, como un caballo que se encabrita. Del barco, el humo de los tormentos de la ballena hirviente sube como el humo sobre un pueblo de herrerías; y a barlovento, una nube negra, que se alza con presagio de chubascos y lluvias, parece apresurar la actividad de los excitados marineros.