Español
He dedicado no poca atención a ese tema nada exento de controversias que es la piel de la ballena. He sostenido disputas sobre ella con balleneros experimentados en alta mar, y con naturalistas eruditos en tierra. Mi opinión original permanece inalterada; pero no es más que una opinión.
La cuestión es, qué es y dónde está la piel de la ballena. Ya sabéis qué es su grasa. Esa grasa es de una consistencia semejante a la de una carne de vaca firme y de grano compacto, pero más dura, más elástica y compacta, y varía de ocho o diez a doce y quince pulgadas de espesor.
Ahora bien, por muy absurdo que pueda parecer al principio hablar de la piel de un ser vivo con tal consistencia y espesor, en realidad estos no son argumentos contra tal suposición; porque no podéis levantar ninguna otra capa envolvente y densa del cuerpo de la ballena sino esa misma grasa; y la capa envolvente más externa de cualquier animal, si es razonablemente densa, ¿qué puede ser sino la piel? Es cierto que, del cuerpo muerto e intacto de la ballena, podéis raspar con la mano una sustancia infinitamente delgada y transparente, algo semejante a los más tenues filamentos de cola de pescado, solo que es casi tan flexible y suave como el satén; esto es, antes de secarse, pues entonces no solo se contrae y se espesa, sino que se vuelve bastante dura y quebradiza. Tengo varios de esos trocitos secos, que uso como marcadores en mis libros de ballenas. Es transparente, como dije antes; y al colocarla sobre la página impresa, a veces me he complacido imaginando que ejercía una influencia de aumento. En cualquier caso, es agradable leer sobre ballenas a través de sus propios anteojos, por así decirlo. Pero a lo que voy aquí es esto. Esa misma sustancia infinitamente delgada, semejante a la cola de pescado, que, lo admito, reviste el cuerpo entero de la ballena, no ha de considerarse tanto como la piel de la criatura, cuanto como la piel de la piel, por decirlo así; pues sería simplemente ridículo afirmar que la piel propia de la tremenda ballena es más delgada y tierna que la piel de un niño recién nacido. Pero basta de esto.
Suponiendo que la grasa es la piel de la ballena; entonces, cuando esta piel, como en el caso de un Cachalote muy grande, produce el volumen de cien barriles de aceite; y, cuando se considera que, en cantidad, o más bien en peso, ese aceite, en su estado exprimido, es solo las tres cuartas partes, y no la sustancia entera de la capa; puede así formarse una idea de la enormidad de esa masa animada, de la cual una mera parte de su mero integumento produce un lago de líquido tal. Calculando diez barriles por tonelada, tenéis diez toneladas como peso neto de solo tres cuartas partes de la materia de la piel de la ballena.
En vida, la superficie visible del Cachalote no es lo menos notable entre las muchas maravillas que presenta. Casi invariablemente, está toda ella cruzada y recruzada en oblicuo por innumerables marcas rectas en denso orden, algo semejantes a las de los más finos grabados de línea italianos. Pero estas marcas no parecen estar impresas sobre la sustancia de cola de pescado antes mencionada, sino que parecen verse a través de ella, como si estuvieran grabadas en el propio cuerpo. Ni es esto todo. En algunos casos, para el ojo vivo y observador, esas marcas lineales, como en un auténtico grabado, solo sirven de fondo para delimitaciones muy distintas. Estas son jeroglíficas; es decir, si llamáis jeroglíficos a esos misteriosos cifras en los muros de las pirámides, entonces esa es la palabra propia para usar en la presente conexión. Por mi memoria retentiva de los jeroglíficos de un Cachalote en particular, me impresionó mucho una lámina que representaba los antiguos caracteres indios cincelados en las famosas palizadas jeroglíficas a orillas del alto Misisipí. Como esas rocas místicas, también la ballena de marcas místicas permanece indescifrable. Esta alusión a las rocas indias me recuerda otra cosa. Además de todos los demás fenómenos que presenta el exterior del Cachalote, no pocas veces muestra el lomo, y más especialmente los flancos, borrados en gran parte de la apariencia lineal regular, por razón de numerosos rasguños rudos, de aspecto del todo irregular y casual. Diría que esas rocas de Nueva Inglaterra en la costa del mar, que Agassiz imagina llevar las marcas de violento roce con vastos icebergs a la deriva—diría, que esas rocas no deben parecerse poco al Cachalote en este particular. También me parece que tales rasguños en la ballena probablemente se deben a contacto hostil con otras ballenas; pues los he notado más en los toros grandes y adultos de la especie.
Una palabra o dos más acerca de este asunto de la piel o grasa de la ballena. Ya se ha dicho que se le arranca en largos pedazos, llamados pedazos de manta. Como la mayoría de los términos marineros, este es muy feliz y significativo. Pues la ballena está en verdad envuelta en su grasa como en una auténtica manta o colcha; o, mejor aún, como un poncho indio pasado por la cabeza, y ceñido a su extremidad. Es por razón de este acogedor mantamiento de su cuerpo, que la ballena puede mantenerse cómoda en todo tiempo, en todos los mares, épocas y mareas. ¿Qué sería de una ballena de Groenlandia, digamos, en esos mares estremecidos y helados del Norte, si careciera de su acogedor sobretodo? Es cierto que se hallan otros peces sumamente vivaces en esas aguas hiperbóreas; pero estos, obsérvese, son vuestros peces de sangre fría, sin pulmones, cuyos propios vientres son refrigeradores; criaturas que se calientan al abrigo de un iceberg, como un viajero en invierno se calentaría ante el fuego de una posada; mientras que, como el hombre, la ballena tiene pulmones y sangre caliente. Congélale la sangre, y muere. ¡Cuán maravilloso es entonces—salvo tras explicación—que este gran monstruo, para quien el calor corporal es tan indispensable como lo es para el hombre; cuán maravilloso que se le encuentre en su hogar, sumergido hasta los labios de por vida en esas aguas árticas! donde, cuando los marineros caen por la borda, a veces se les halla, meses después, congelados perpendicularmente en los corazones de campos de hielo, como una mosca pegada en ámbar. Pero más sorprendente es saber, como se ha probado por experimento, que la sangre de una ballena polar es más caliente que la de un negro de Borneo en verano.
Me parece, en verdad, que aquí vemos la rara virtud de una fuerte vitalidad individual, y la rara virtud de gruesas paredes, y la rara virtud de amplitud interior. ¡Oh, hombre! admira y modela te a ti mismo según la ballena. Tú también, permanece caliente entre el hielo. Tú también, vive en este mundo sin ser de él. Está fresco en el ecuador; mantén tu sangre fluida en el Polo. Como la gran cúpula de San Pedro, y como la gran ballena, conserva, ¡oh hombre!, en todas las estaciones una temperatura tuya propia.
Pero ¡cuán fácil y cuán desesperado enseñar estas bellas cosas! De edificios, ¡cuán pocos son cupulados como San Pedro! de criaturas, ¡cuán pocas vastas como la ballena!