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Escudriñar los rasgos de su rostro, o palpar los bultos del cráneo de este Leviatán; es algo que ningún Fisonomista ni Frenólogo ha emprendido hasta ahora. Semejante empresa parecería casi tan esperanzada como que Lavater hubiera examinado las arrugas de la Roca de Gibraltar, o que Gall hubiera montado una escalera y manipulado la Cúpula del Panteón. Sin embargo, en aquella su famosa obra, Lavater no solo trata de los diversos rostros de los hombres, sino que también estudia atentamente los rostros de caballos, aves, serpientes y peces; y se detiene en detalle sobre las modificaciones de expresión discernibles en ellos. Ni Gall y su discípulo Spurzheim han dejado de lanzar algunas sugerencias tocante a las características frenológicas de seres distintos del hombre. Por tanto, aunque estoy mal calificado como pionero en la aplicación de estas dos semi-ciencias a la ballena, haré mi esfuerzo. Lo intento todo; logro lo que puedo.
Considerada fisiognómicamente, la Ballena Cachalote es una criatura anómala. No tiene nariz propiamente dicha. Y puesto que la nariz es la más central y conspicua de las facciones; y puesto que quizá modifica y finalmente controla más su expresión combinada; de ahí que parezca que su total ausencia, como apéndice externo, debe afectar en gran medida el semblante de la ballena. Pues como en la jardinería de paisajes, un chapitel, cúpula, monumento o torre de algún tipo, se considera casi indispensable para la culminación de la escena; así ningún rostro puede estar fisiognómicamente en armonía sin el elevado campanario de celosía de la nariz. ¡Arrancad la nariz del mármol Júpiter de Fidias, y qué lastimoso remanente! No obstante, Leviatán es de tan portentosa magnitud, sus proporciones son tan majestuosas, que la misma deficiencia que en el esculpido Júpiter fuera horrenda, en él no es defecto alguno. Antes bien, es una grandeza añadida. Una nariz a la ballena habría sido impertinente. Mientras en vuestro viaje fisiognómico navegáis en vuestro bote alrededor de su vasta cabeza, vuestras nobles concepciones de él no son nunca insultadas por el reflejo de que tiene nariz que tirar. Un pedante conceito pestilente, que tan a menudo insistirá en intrusarse aun al contemplar al más poderoso bedel real en su trono.
En algunos particulares, quizá la más imponente visión fisiognómica que se tiene de la Ballena Cachalote, es la del frente completo de su cabeza. Este aspecto es sublime.
En el pensamiento, una hermosa frente humana es como el Oriente cuando lo inquieta la mañana. En el reposo del pastizal, la frente encrespada del toro tiene un toque de lo grandioso. Empujando pesados cañones por desfiladeros de montaña, la frente del elefante es majestuosa. Humana o animal, la frente mística es como aquel gran sello dorado que los emperadores germanos fijaban a sus decretos. Significa —“Dios: hecho este día por mi mano.” Pero en la mayoría de las criaturas, nay en el propio hombre, muy a menudo la frente no es sino una simple franja de tierra alpina tendida a lo largo de la línea de las nieves. Pocas son las frentes que como las de Shakespeare o Melanchthon se elevan tan alto y descienden tan bajo, que los mismos ojos parecen lagos de montaña claros, eternos, sin marea; y por encima de ellos en las arrugas de la frente, parece que rastreáis los pensamientos astados que descienden a beber, como los cazadores de las Tierras Altas rastrean las huellas de nieve del ciervo. Pero en la gran Ballena Cachalote, esta alta y poderosa dignidad deísta inherente a la frente está tan inmensamente amplificada, que al mirarla, en esa vista de frente completa, sentís la Deidad y los poderes temibles más forcefulmente que al contemplar cualquier otro objeto en la naturaleza viviente. Pues no veis un punto preciso; no se revela facción distinta alguna; ni nariz, ojos, oídos, ni boca; no tiene rostro, propiamente; nada sino aquel único amplio firmamento de frente, plegado con enigmas; bajando mudamente con la condena de botes, y naves, y hombres. Ni de perfil disminuye esta prodigiosa frente; aunque vista de ese modo su grandeza no os domina tanto. De perfil, percibís claramente aquella depresión horizontal, semicreciente en medio de la frente, que, en el hombre, es la marca de genio de Lavater.
Pero ¿cómo? ¿Genio en la Ballena Cachalote? ¿Ha escrito la Ballena Cachalote algún libro, pronunciado algún discurso? No, su gran genio se declara en no hacer nada particular para probarlo. Se declara además en su silencio piramidal. Y esto me recuerda que si la gran Ballena Cachalote hubiera sido conocida por el joven Mundo Oriental, habría sido deificada por sus pensamientos infantil-mágicos. Ellos deificaron al cocodrilo del Nilo, porque el cocodrilo carece de lengua; y la Ballena Cachalote no tiene lengua, o al menos es tan excesivamente pequeña, como para ser incapaz de protrusión. Si en adelante alguna nación altamente culta y poética atrajere de vuelta a su derecho natal, a los alegres dioses del primero de mayo de antaño; y los entronizare vivamente otra vez en el ahora egoísta cielo; en la ahora deshabitada colina; entonces estad seguros, exaltada al alto asiento de Júpiter, la gran Ballena Cachalote señoreará.
Champollion descifró los arrugados jeroglíficos del granito. Pero no hay Champollion que descifre el Egipto del rostro de cada hombre y de cada ser. La fisonomía, como cualquier otra ciencia humana, no es sino una pasajera fábula. Si entonces, Sir William Jones, que leía en treinta lenguas, no pudo leer el rostro del más simple campesino en sus significados más profundos y sutiles, ¿cómo podrá el iletrado Ishmael esperar leer el awe-inspiring caldeo de la frente de la Ballena Cachalote? Solo pongo esa frente ante vos. Leedla si podéis.