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Hay algunas empresas en las que un desorden cuidadoso es el verdadero método.
Cuanto más indago en este asunto de la pesca de ballenas, y empujo mis investigaciones hasta la misma fuente de él, tanto más me impresiona su gran honorabilidad y antigüedad; y especialmente cuando hallo a tantos grandes semidioses y héroes, profetas de toda clase, que de una u otra manera han derramado distinción sobre ella, me siento transportado por la reflexión de que yo mismo pertenezco, aunque solo subordinadamente, a una fraternidad tan blasonada.
El gallardo Perseo, hijo de Júpiter, fue el primer ballenero; y sea dicho para eterno honor de nuestra profesión, que la primera ballena atacada por nuestra hermandad no fue muerta con ningún intento sórdido. Aquellos eran los días caballerescos de nuestra profesión, cuando solo llevábamos armas para socorrer a los afligidos, y no para llenar las lámparas de los hombres. Todo el mundo conoce la bella historia de Perseo y Andrómeda; cómo la hermosa Andrómeda, hija de un rey, fue atada a una roca en la costa del mar, y cuando el Leviatán estaba a punto de llevársela, Perseo, el príncipe de los balleneros, avanzando intrépido, arponeó al monstruo, y liberó y desposó a la doncella. Fue una admirable hazaña artística, raras veces lograda por los mejores arponeros de hoy día; pues este Leviatán fue muerto al primer lanzamiento. Y que nadie dude de esta historia arkita; pues en la antigua Jope, hoy Jaffa, en la costa siria, en uno de los templos paganos, estuvo en pie por muchas edades el vasto esqueleto de una ballena, que las leyendas de la ciudad y todos los habitantes afirmaban ser los mismos huesos del monstruo que Perseo mató. Cuando los romanos tomaron Jope, el mismo esqueleto fue llevado a Italia en triunfo. Lo que parece más singular y sugestivamente importante en esta historia, es esto: fue desde Jope que Jonás se hizo a la mar.
Afin a la aventura de Perseo y Andrómeda—en verdad, por algunos supuesta derivada indirectamente de ella—está aquella famosa historia de San Jorge y el Dragón; el cual dragón sostengo yo que fue una ballena; pues en muchas crónicas antiguas las ballenas y los dragones se confunden extrañamente, y a menudo se ponen uno por otro. «Tú eres como un león de las aguas, y como un dragón del mar», dice Ezequiel; con lo cual, claramente significando una ballena; en verdad, algunas versiones de la Biblia usan esa misma palabra. Además, mucho restaría a la gloria de la hazaña si San Jorge hubiera encontrado solo a un reptil rastrero de tierra, en vez de batallar con el gran monstruo del abismo. Cualquier hombre puede matar una serpiente, pero solo un Perseo, un San Jorge, un Coffin, tienen el corazón para avanzar resueltamente hacia una ballena.
No nos engañen las pinturas modernas de esta escena; pues aunque la criatura encontrada por aquel valiente ballenero de antaño se representa vagamente con forma de grifo, y aunque la batalla se describe en tierra y el santo a caballo, sin embargo, considerando la gran ignorancia de aquellos tiempos, cuando la verdadera forma de la ballena era desconocida para los artistas; y considerando que, como en el caso de Perseo, la ballena de San Jorge pudo haber salido arrastrándose del mar a la playa; y considerando que el animal montado por San Jorge pudo haber sido solo una gran foca, o caballo marino; teniendo todo esto en mente, no parecerá del todo incompatible con la sagrada leyenda y los más antiguos dibujos de la escena, el sostener que este llamado dragón no fue otro que el gran Leviatán mismo. En realidad, puesto ante la estricta y penetrante verdad, todo este cuento correrá la misma suerte que aquel ídolo de pescado, carne y ave de los filisteos, llamado Dagón; quien, siendo plantado ante el arca de Israel, se le cayó la cabeza de caballo y ambas palmas de las manos, y solo le quedó el tronco o parte pescada. Así, pues, uno de nuestro propio y noble cuño, aun un ballenero, es el guardián tutelar de Inglaterra; y por buen derecho, nosotros los arponeros de Nantucket deberíamos ser enrolados en la más noble orden de San Jorge. Y por tanto, no nos miren con desdén los caballeros de esa honorable compañía (ninguno de los cuales, me atrevo a decir, ha tenido que ver jamás con una ballena como su gran patrón), pues aun en nuestras chaquetas de lana y calzones alquitranados estamos mucho mejor titulados a la condecoración de San Jorge que ellos.
Si admitir o no a Hércules entre nosotros, sobre esto permanecí dubitativo largo tiempo: pues aunque según las mitologías griegas, aquel antiguo Crockett y Kit Carson—aquel fornido hacedor de alegres buenas obras, fue tragado y vomitado por una ballena; todavía, si eso lo hace estrictamente un ballenero, podría debatirse. En ninguna parte aparece que él arponeara realmente su pez, a menos, en verdad, desde adentro. No obstante, puede ser tenido por una especie de ballenero involuntario; en todo caso la ballena lo capturó a él, si él no capturó a la ballena. Lo reclamo para uno de nuestro clan.
Pero, según las mejores autoridades contradictorias, esta historia griega de Hércules y la ballena se considera derivada de la aún más antigua historia hebrea de Jonás y la ballena; y viceversa; ciertamente son muy similares. Si reclamo al semidiós, ¿por qué no al profeta?
Ni solo héroes, santos, semidioses y profetas comprenden toda la lista de nuestra orden. Falta aún nombrar a nuestro gran maestro; pues como los reyes reales de los tiempos antiguos, hallamos las cabeceras de nuestra fraternidad en nada menos que en los grandes dioses mismos. Aquella maravillosa historia oriental ha de ser ahora referida del Shaster, que nos da al temible Vishnoo, una de las tres personas en la deidad de los hindúes; nos da a este divino Vishnoo mismo por nuestro Señor;—Vishnoo, quien, por la primera de sus diez encarnaciones terrenales, ha para siempre apartado y santificado la ballena. Cuando Brahma, o el Dios de los dioses, dice el Shaster, resolvió recrear el mundo tras una de sus disoluciones periódicas, dio a luz a Vishnoo, para presidir la obra; pero los Vedas, o libros místicos, cuya lectura pareció indispensable para Vishnoo antes de comenzar la creación, y que por tanto debieron contener algo en forma de sugerencias prácticas para jóvenes arquitectos, estos Vedas yacían en el fondo de las aguas; así que Vishnoo se encarnó en una ballena, y sumergiéndose en él hasta las profundidades últimas, rescató los sagrados volúmenes. ¿No fue este Vishnoo un ballenero, entonces? aun como un hombre que monta un caballo es llamado jinete.
¡Perseo, San Jorge, Hércules, Jonás y Vishnoo! ¡ahí tenéis una lista de miembros! ¿Qué club sino el de los balleneros puede encabezar semejante rol?