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El capítulo anterior dio cuenta de un inmenso cuerpo o manada de Cachalotes, y también se dio entonces la causa probable que induce tales vastas agregaciones.
Ahora bien, aunque a veces se encuentran cuerpos tan grandes, sin embargo, como debe haberse visto, aun en el día de hoy, ocasionalmente se observan pequeñas bandas desprendidas, que abarcan de veinte a cincuenta individuos cada una. Tales bandas se conocen como escuelas. Generalmente son de dos clases; las compuestas casi enteramente de hembras, y las que no reúnen sino machos jóvenes y vigorosos, o toros, como se les designa familiarmente.
En caballeresca asistencia a la escuela de hembras, se ve invariablemente un macho de magnitud plenamente crecida, pero no viejo; quien, ante cualquier alarma, evidencia su galantería poniéndose en la retaguardia y cubriendo la huida de sus damas. En verdad, este caballero es un otomano lujurioso, nadando por el mundo acuático, rodeado y acompañado por todos los consuelos y caricias del harén. El contraste entre este otomano y sus concubinas es notable; porque, mientras él siempre tiene las mayores proporciones leviatánicas, las damas, aun en pleno crecimiento, no tienen más de un tercio de la mole de un macho de tamaño promedio. Son comparativamente delicadas, en verdad; me atrevo a decir que no exceden de media docena de yardas de cintura. No obstante, no puede negarse que, en conjunto, están hereditariamente entitled a _en bon point_.
Es muy curioso observar a este harén y a su señor en sus vagabundeos indolentes. Como gente de moda, están siempre en movimiento en busca ociosa de variedad. Los encuentras en la Línea a tiempo para la plena flor de la estación ecuatorial de alimentación, habiendo regresado quizá de pasar el verano en los mares del Norte, y así engañando al verano de todo cansancio y calor desagradable. Cuando han holgazaneado arriba y abajo por el paseo del ecuador un rato, parten hacia las aguas orientales en anticipación de la temporada fresca allí, y así evaden la otra temperatura excesiva del año.
Cuando avanzan serenamente en uno de estos viajes, si se ven extrañas y sospechosas visiones, mi señor ballena mantiene un ojo cauteloso en su interesante familia. Si algún joven Leviatán injustificadamente atrevido que pasa por allí se atreve a acercarse confidencialmente a una de las damas, ¡con qué prodigiosa furia asalta el Bajá a ese, y lo persigue lejos! ¡Altos tiempos, en verdad, si a libertinos jóvenes sin principios como él se les permite invadir la santidad de la dicha doméstica; aunque haga lo que haga el Bajá, no puede mantener al más notorio Lothario fuera de su lecho; pues, ¡ay!, todos los peces yacen en común. Como en tierra, las damas a menudo causan los más terribles duelos entre sus admiradores rivales; así mismo con las ballenas, que a veces llegan a batalla mortal, y todo por amor. Combaten con sus largas mandíbulas inferiores, a veces entrelazándolas, y así luchando por la supremacía como alces que guerreramente entrelazan sus astas. No pocas son capturadas llevando las profundas cicatrices de estos encuentros—cabezas surcadas, dientes quebrados, aletas recortadas; y en algunos casos, bocas torcidas y dislocadas.
Pero suponiendo que el invasor de la dicha doméstica se da a la fuga al primer embate del señor del harén, entonces es muy divertido observar a ese señor. Suavemente insinúa de nuevo su vasta mole entre ellas y se deleita allí un rato, aún en tantaliana vecindad del joven Lothario, como el piadoso Salomón devotamente adorando entre sus mil concubinas. Concediendo que haya otras ballenas a la vista, los pescadores raras veces darán caza a uno de estos Gran Turcos; pues estos Gran Turcos son demasiado pródigos de su fuerza, y por tanto su untuosidad es poca. En cuanto a los hijos e hijas que engendran, bueno, esos hijos e hijas deben cuidar de sí mismos; al menos, solo con la ayuda materna. Pues como ciertos otros amantes omnívoros errantes que podrían nombrarse, mi Señor Ballena no tiene gusto por la nursery, por mucho que por el boudoir; y así, siendo un gran viajero, deja sus bebés anónimos por todo el mundo; cada bebé un exótico. A buen tiempo, no obstante, a medida que el ardor de la juventud declina; a medida que los años y los abatimientos aumentan; a medida que la reflexión presta sus solemnes pausas; en fin, a medida que una lassitude general sobrecoge al saciado turco; entonces un amor por la comodidad y la virtud suplanta el amor por las doncellas; nuestro otomano entra en la impotente, arrepentida y amonestadora etapa de la vida, abjura, disuelve el harén, y crecido en un ejemplar y huraño viejo, anda solo por entre meridianos y paralelos diciendo sus oraciones, y advirtiendo a cada joven Leviatán de sus errores amorosos.
Ahora, como el harén de ballenas es llamado por los pescadores una escuela, así el señor y maestro de esa escuela es técnicamente conocido como el maestro de escuela. Por tanto no es de estricto carácter, por muy admirablemente satírico que sea, que después de ir él mismo a la escuela, salga luego por el mundo inculcando no lo que allí aprendió, sino la necedad de ello. Su título, maestro de escuela, muy naturalmente parecería derivado del nombre otorgado al harén mismo, pero algunos han conjeturado que el hombre que primero así intituló a esta clase de ballena otomana, debió haber leído las memorias de Vidocq, e informádose de qué clase de maestro de escuela de pueblo era aquel famoso francés en su juventud, y cuál era la naturaleza de aquellas ocultas lecciones que inculcaba en algunos de sus pupilos.
El mismo retraimiento y aislamiento al que el maestro ballena se entrega en sus años avanzados, es cierto de todos los Cachalotes ancianos. Casi universalmente, una ballena solitaria—como se llama a un Leviatán solitario—resulta ser un anciano. Como el venerable y musgo-barba Daniel Boone, no querrá a nadie cerca sino a la Naturaleza misma; y a ella toma por esposa en la naturaleza salvaje de las aguas, y la mejor de esposas ella es, aunque guarda tantos huraños secretos.
Las escuelas compuestas solo de machos jóvenes y vigorosos, mencionadas previamente, ofrecen un fuerte contraste con las escuelas harén. Pues mientras aquellas ballenas hembras son característicamente tímidas, los machos jóvenes, o toros de cuarenta barriles, como los llaman, son de lejos los más pugnaces de todos los Leviatanes, y por proverbio los más peligrosos de encontrar; exceptuando aquellas maravillosas ballenas de cabeza gris, encanecidas, a veces encontradas, y estas pelearán contigo como fieros demonios exasperados por una gota penal.
Las escuelas de toros de cuarenta barriles son mayores que las escuelas harén. Como una turba de jóvenes colegiales, están llenas de pelea, diversión y maldad, dando tumbos por el mundo a un ritmo tan temerario y alborotador, que ningún prudente asegurador los aseguraría más de lo que lo haría con un muchacho revoltoso en Yale o Harvard. Pronto abandonan esta turbulencia, sin embargo, y cuando están como tres cuartas partes crecidos, se disuelven, y por separado andan en busca de asentamientos, esto es, harenes.
Otro punto de diferencia entre las escuelas macho y hembra es aún más característico de los sexos. Supón que golpeas a un toro de cuarenta barriles—pobre diablo! todos sus camaradas lo abandonan. Pero golpea a un miembro de la escuela harén, y sus compañeras nadan a su alrededor con todo token de preocupación, a veces demorándose tan cerca y tanto tiempo, que ellas mismas caen presa.