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Fue apenas unos pocos días después de encontrar al francés, cuando un acontecimiento sumamente significativo le sobrevino al más insignificante de la tripulación del Pequod; un acontecimiento muy lamentable; y que terminó proveyendo a la a veces loca y alegre y predestinada nave de una profecía viviente y siempre acompañante de cualquier desastroso desenlace que pudiera ser el suyo.
Ahora bien, en el barco ballenero, no es todo el mundo el que sale en los botes. Se reservan unos pocos hombres, llamados guardianes del barco, cuya función es manejar la nave mientras los botes persiguen la ballena. Por lo general, estos guardianes son tan recios como los hombres que componen las tripulaciones de los botes. Pero si acontece haber a bordo un sujeto demasiado endeble, torpe o temeroso, ese sujeto es seguro de ser hecho guardián del barco. Así ocurrió en el Pequod con el pequeño negro Pippin por mote, Pip por abreviatura. ¡Pobre Pip! ya habéis oído hablar de él antes; debéis recordar su pandereta en aquella dramática medianoche, tan lúgubre-alegre.
En su aspecto exterior, Pip y Dough-Boy formaban un parejo, como un poni negro y uno blanco, de igual desarrollo, aunque de color disímil, uncidos en un mismo y excéntrico tiro. Pero mientras el desdichado Dough-Boy era por naturaleza torpe y torcido en su intelecto, Pip, aunque demasiado tierno de corazón, era en el fondo muy brillante, con aquella agradable, genial y jovial brillantez peculiar de su tribu; tribu que siempre disfruta todas las fiestas y festividades con más fino y libre deleite que cualquier otra raza. Para los negros, el calendario del año no debería mostrar sino trescientos sesenta y cinco cuatro de julio y años nuevos. Ni sonriáis así mientras escribo que este pequeño negro era brillante, pues aun la negrura tiene su brillo; mirad aquel lustroso ébano, empanelado en los gabinetes de los reyes. Pero Pip amaba la vida, y todas las pacíficas seguridades de la vida; de modo que el pánico negocio en que de algún modo inextricablemente había quedado atrapado, había empañado muy tristemente su brillo; aunque, como pronto se verá, lo que así fue temporalmente sojuzgado en él, al final estaba destinado a ser lúgidamente iluminado por extrañas y salvajes llamas, que ficticiamente lo exhibían con diez veces el lustre natural con que en su nativa Tolland County en Connecticut, él había en otro tiempo alegrado mucha jarana de violinista en el prado; y al melodioso anochecer, con su alegre ¡ja-ja!, había vuelto el redondo horizonte en una pandereta de estrellas campanillas. Así, aunque a la clara luz del día, suspendida contra un cuello de venas azules, la pura gota de diamante brillará saludable; sin embargo, cuando el astuto joyero quiera mostraros el diamante en su más impresionante lustre, lo apoya contra un fondo sombrío, y entonces lo enciende, no por el sol, sino por algunos gases antinaturales. Entonces brotan aquellas fulguraciones ígneas, infernalmente soberbias; entonces el diamante de maléfico resplandor, antes el más divino símbolo de los cristalinos cielos, parece alguna joya de corona robada al Rey del Infierno. Pero vayamos a la historia.
Aconteció que en el asunto del ámbar gris, el remero de popa de Stubb se torció la mano de tal modo, que por un tiempo quedó bastante inútil; y, temporalmente, Pip fue puesto en su lugar.
La primera vez que Stubb bajó con él, Pip mostró mucho nerviosismo; pero afortunadamente, por esa vez, escapó del contacto cercano con la ballena; y por tanto salió no del todo desacreditado; aunque Stubb, observándolo, tuvo cuidado, después, de exhortarlo a que cultivara su coraje al máximo, pues a menudo podría hallarlo necesario.
Ahora, en la segunda bajada, el bote remó hacia la ballena; y cuando el pez recibió el hierro arrojado, dio su acostumbrado tirón, que en esta ocasión aconteció estar justo debajo del asiento del pobre Pip. El involuntario sobresalto del momento lo hizo saltar, con el remo en mano, fuera del bote; y de tal manera, que parte de la línea floja de la ballena golpeando su pecho, la llevó consigo por la borda, de modo que quedó enredado en ella al fin cuando cayó plof al agua. En ese instante la ballena herida partió en furiosa carrera, la línea se tendió rápidamente; y ¡presto! el pobre Pip vino espumeando hasta los escobenes del bote, remorsablemente arrastrado allí por la línea, que había dado varias vueltas alrededor de su pecho y cuello.
Tashtego estaba en la proa. Estaba lleno del fuego de la caza. Odiaba a Pip por poltrón. Arrebatando el cuchillo de bote de su vaina, suspendió su filo agudo sobre la línea, y volviéndose hacia Stubb, exclamó interrogativamente, «¿Corto?». Mientras tanto el azul y ahogado rostro de Pip decía claramente, Hacedlo, por el amor de Dios. Todo pasó en un destello. En menos de medio minuto, esto entero ocurrió.
«¡Maldito, corta!» rugió Stubb; y así la ballena se perdió y Pip se salvó.
Tan pronto como se recobró, el pobre pequeño negro fue asaltado por gritos y execraciones de la tripulación. Permitiendo tranquilamente que aquellas irregulares maldiciones se evaporaran, Stubb entonces, de un modo llano, práctico, pero aún medio humorístico, maldijo a Pip oficialmente; y hecho esto, oficiosamente le dio mucho saludable consejo. La sustancia era, Nunca saltes de un bote, Pip, excepto... pero todo lo demás fue indefinido, como lo es el más sensato consejo siempre. Ahora, en general, _Quédate en el bote_, es vuestro verdadero lema en la ballenería; pero casos a veces ocurrirán en que _Salta del bote_ es aún mejor. Más aún, como si percibiendo al fin que si diese a Pip consejo concienzudo sin diluir, le dejaría demasiado margen para saltar en el futuro; Stubb súbitamente soltó todo consejo, y concluyó con una perentoria orden, «Quédate en el bote, Pip, o por el Señor, no te recogeré si saltas; ten eso en cuenta. No podemos permitirnos perder ballenas por la gente como tú; una ballena vendería por treinta veces lo que tú, Pip, en Alabama. Ten eso en mente, y no saltes más». Por esto quizá Stubb indirectamente insinuó, que aunque el hombre ama a su semejante, sin embargo el hombre es un animal hace-dinero, propensión que muy a menudo interfiere con su benevolencia.
Pero todos estamos en manos de los Dioses; y Pip saltó otra vez. Fue bajo circunstancias muy similares a la primera actuación; pero esta vez no llevó la línea consigo; y por tanto, cuando la ballena partió a correr, Pip quedó atrás en el mar, como el baúl de un viajero apresurado. ¡Ay! Stubb fue demasiado fiel a su palabra. Era un hermoso, pródigo, azul día; el mar constelado calmado y fresco, y tendido planamente, todo alrededor, hasta el horizonte, como piel de batidor de oro martillada hasta lo extremo. Bamboleándose arriba y abajo en ese mar, la cabeza de ébano de Pip se mostraba como una cabeza de clavos. Ningún cuchillo de bote se alzó cuando cayó tan rápidamente a popa. La inexorable espalda de Stubb le fue vuelto; y la ballena fue alada. En tres minutos, toda una milla de océano sin orilla estaba entre Pip y Stubb. Desde el centro del mar, el pobre Pip volvió su crespo, rizado, negro cabeza al sol, otro náufrago solitario, aunque el más alto y el más brillante.
Ahora, en tiempo calmo, nadar en el abierto océano es tan fácil para el nadador practicado como ir en un coche de muelles a tierra. Pero la espantosa soledad es intolerable. La intensa concentración de sí mismo en medio de tal inmensidad sin corazón, ¡Dios mío! ¿quién puede contarlo? Notad, cómo cuando los marineros en una calma muerta se bañan en el abierto mar—notad cuán estrechamente abrazan su barco y solo costean a lo largo de sus lados.
Pero ¿había Stubb realmente abandonado al pobre pequeño negro a su suerte? No; no lo intentaba, al menos. Porque había dos botes en su estela, y supuso, sin duda, que ellos por supuesto llegarían a Pip muy rápidamente, y lo recogerían; aunque, en verdad, tales consideraciones hacia remeros puestos en peligro por su propia timidez, no siempre son manifestadas por los cazadores en todos los casos similares; y tales casos no infrecuentemente ocurren; casi invariablemente en la pesquería, un cobarde, así llamado, es marcado con el mismo despiadado detestamiento peculiar de las navales y ejércitos militares.
Pero aconteció así, que aquellos botes, sin ver a Pip, súbitamente avistando ballenas cerca de ellos a un lado, viraron, y dieron caza; y el bote de Stubb estaba ya tan lejos, y él y toda su tripulación tan intentos sobre su pez, que el anillado horizonte de Pip comenzó a expandirse a su alrededor miserablemente. Por la más mera casualidad el mismo barco al fin lo rescató; pero desde esa hora el pequeño negro anduvo por la cubierta como un idiota; tal, al menos, dijeron que era. El mar le había mantenido en burla su finito cuerpo arriba, pero ahogado lo infinito de su alma. No del todo ahogado, sin embargo. Más bien llevado vivo a profundidades maravillosas, donde extrañas formas del deswarped mundo primal se deslizaban de un lado a otro ante sus pasivos ojos; y el miser-hombre pez, Sabiduría, reveló sus atesorados montones; y entre las jubilosas, despiadadas, siempre-juveniles eternidades, Pip vio los multitudinarios, Dios-omnipresentes, insectos de coral, que del firmamento de aguas hundieron los colosales orbes. Vio el pie de Dios sobre el pedal del telar, y lo habló; y por tanto sus compañeros de barco lo llamaron loco. Así la locura del hombre es el sentido del cielo; y errando de toda razón mortal, el hombre llega al fin a aquel celestial pensamiento, que, para la razón, es absurdo y frenético; y bien o mal, se siente entonces sin compromiso, indiferente como su Dios.
Por lo demás, no culpéis a Stubb demasiado duramente. La cosa es común en esa pesquería; y en la secuela de la narración, entonces se verá qué abandono semejante me sobrevino a mí mismo.