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A la mañana siguiente llegó la siguiente carta, muy inesperada, de Isabella:
_Bath, abril_
Mi queridísima Catherine:
He recibido tus dos amables cartas con la mayor alegría, y tengo mil disculpas que ofrecerte por no haberlas respondido antes. En verdad, me avergüenza bastante mi dejadez; pero en este horrible lugar uno no encuentra tiempo para nada. He tenido la pluma en la mano para comenzar una carta para ti casi todos los días desde que partiste de Bath, pero siempre me lo ha impedido algún necio trivial u otro. Te ruego que me escribas pronto, y dirige la carta a mi propio hogar. Gracias a Dios, dejamos este vil lugar mañana. Desde que te fuiste, no he tenido placer alguno en él: el polvo es insoportable; y todas las personas que a uno le importan se han ido. Creo que si pudiera verte no me importaría lo demás, pues me eres más querida de lo que nadie pueda imaginar. Estoy muy inquieta por tu querido hermano, pues no he tenido noticias suyas desde que partió a Oxford; y temo que haya algún malentendido.
Sus amables oficios lo arreglarán todo: él es el único hombre a quien he amado o podría amar, y confío en que usted le convencerá de ello. Las modas de primavera han llegado en parte; y los sombreros son los más horrorosos que pueda imaginarse. Espero que pase el tiempo agradablemente, pero temo que nunca piensa en mí. No diré todo lo que podría decir de la familia con la que usted está, porque no querría ser poco generosa, ni ponerla en contra de aquellos a quienes estima; pero es muy difícil saber en quién confiar, y los jóvenes nunca conocen su propia mente dos días seguidos. Me alegra decir que el joven a quien, por encima de todos los demás, particularmente aborrezco, ha dejado Bath. Usted comprenderá, por esta descripción, que me refiero al capitán Tilney, quien, como recordará, estaba asombrosamente dispuesto a seguirme y molestarme antes de que usted se marchara. Después empeoró, y se convirtió por completo en mi sombra. Muchas muchachas podrían haberse dejado engañar, pues nunca se vieron tales atenciones; pero yo conocía demasiado bien al sexo voluble.
Se marchó a su regimiento hace dos días, y confío en que nunca más me veré molestada con él. Es el petimetre más grande que he visto jamás, y asombrosamente desagradable. Los dos últimos días estuvo siempre al lado de Charlotte Davis: me dio lástima su gusto, pero no le hice caso. La última vez que nos encontramos fue en Bath Street, y entré directamente en una tienda para que no me hablara; ni siquiera quise mirarlo. Después entró en la sala de la fuente; pero no lo habría seguido por nada del mundo. ¡Qué contraste entre él y tu hermano! Te ruego que me des noticias de este último: estoy muy preocupada por él; parecía tan incómodo cuando se fue, con un resfriado o algo que afectaba su ánimo. Le escribiría yo misma, pero he extraviado su dirección; y, como insinué antes, temo que haya interpretado mal algo en mi conducta.
Te ruego que le expliques todo a su satisfacción; o, si aún abriga alguna duda, una línea suya dirigida a mí, o una visita a Putney cuando venga a la ciudad, podría arreglarlo todo. No he ido a los salones en muchísimo tiempo, ni al teatro, excepto anoche que fui con los Hodges, por divertirnos, a mitad de precio: me incitaron a ello; y estaba decidida a que no dijeran que me encerraba porque Tilney se había ido. Dio la casualidad de que nos sentamos junto a los Mitchell, y fingieron sorprenderse mucho de verme fuera. Conocía su rencor: en otro tiempo no podían ser corteses conmigo, pero ahora están llenos de amistad; pero no soy tan necia como para dejarme engañar por ellos. Ya sabes que tengo un espíritu bastante firme por mí misma.
Anne Mitchell había intentado ponerse un turbante como el mío, tal como lo llevé la semana anterior en el Concierto, pero hizo una obra deplorable: daba la casualidad de que favorecía a mi extraño rostro, creo; al menos Tilney me lo dijo en aquel momento, y dijo que todas las miradas estaban sobre mí; pero él es el último hombre cuya palabra aceptaría. Ahora no visto nada más que púrpura: sé que me veo horrible con ella, pero no importa: es el color favorito de tu querido hermano. No pierdas tiempo, mi queridísima y dulcísima Catherine, en escribirle a él y a mí,
Quien siempre soy, etc.
Tal cúmulo de artificio superficial no podía engañar ni a Catherine. Sus inconsistencias, contradicciones y falsedades la impresionaron desde el primer momento. Se avergonzaba de Isabella, y se avergonzaba de haberla amado alguna vez. Sus protestas de afecto eran ahora tan repugnantes como vacías sus excusas, y sus exigencias, impudentes. «¡Escribir a James de su parte! no, James no debería volver a oír el nombre de Isabella pronunciado por ella otra vez.»
Cuando Henry llegó de Woodston, ella les comunicó a él y a Eleanor que su hermano estaba a salvo, felicitándolos sinceramente por ello, y leyendo en voz alta los pasajes más importantes de su carta con gran indignación. Cuando hubo terminado de leerla: —Hasta ahí llegó Isabella —exclamó—, ¡y toda nuestra intimidad! Debe de pensar que soy idiota, o no habría escrito semejante cosa; pero quizá esto ha servido para darme a conocer su carácter mejor de lo que ella conoce el mío. Ya veo lo que se traía entre manos. Es una coqueta vanidosa, y sus artimañas no han dado resultado. No creo que haya sentido jamás aprecio ni por James ni por mí, y ojalá nunca la hubiera conocido.
—Pronto será como si nunca la hubieras conocido —dijo Henry.
—Solo hay una cosa que no puedo comprender. Veo que ella ha tenido designios sobre el capitán Tilney, que no han tenido éxito; pero no comprendo qué ha estado haciendo el capitán Tilney todo este tiempo. ¿Por qué había de prestarle tales atenciones como para hacer que riñera con mi hermano, y luego marcharse él mismo?
—Muy poco tengo que decir sobre los motivos de Frederick, tales como creo que han sido. Tiene sus vanidades, igual que Miss Thorpe, y la principal diferencia es que, al tener una cabeza más fuerte, estas aún no le han perjudicado a él mismo. Si el *efecto* de su conducta no os parece justificable, mejor será que no busquemos la causa.
—Entonces, ¿no suponéis que alguna vez se preocupó de verdad por ella?
—Estoy convencido de que nunca lo hizo.
—¿Y solo fingió hacerlo para causar daño?
Henry inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
—Pues bien, he de decir que no me gusta nada en absoluto. Aunque todo haya resultado tan bien para nosotros, no me gusta nada en absoluto. Y, a decir verdad, no hay gran mal hecho, pues no creo que Isabella tenga corazón que perder. Pero, ¿y si él la hubiera hecho enamorarse perdidamente de él?
—Pero antes hemos de suponer que Isabella tuviera un corazón que perder, y que en consecuencia hubiera sido una criatura muy distinta; y, en tal caso, habría recibido un trato muy distinto.
—Muy propio de ti defender a tu hermano.
—Y si tú defendieras al _tuyo_, no te afligirías mucho por el desengaño de la señorita Thorpe. Pero tu mente está torcida por un principio innato de integridad general, y por ello no es accesible a los fríos razonamientos del parcialismo familiar, ni a un deseo de venganza.
Catherine quedó tan colmada de cumplidos que se le pasó toda amargura. Frederick no podía ser imperdonablemente culpable mientras Henry se mostraba tan agradable. Resolvió no contestar la carta de Isabella y procuró no pensar más en el asunto.