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La sorpresa del señor y la señora Morland al ser requeridos por el señor Tilney para que consintieran en que se casara con su hija fue, durante unos minutos, considerable, pues jamás les había pasado por la cabeza sospechar un afecto por cualquiera de las dos partes; pero como, después de todo, nada podía ser más natural que Catherine fuera amada, pronto aprendieron a considerarlo con solo la feliz agitación del orgullo satisfecho y, en cuanto a ellos concernía, no tenían una sola objeción que oponer. Sus modales agradables y su buen juicio eran recomendaciones evidentes por sí mismas; y como nunca habían oído mal de él, no era propio de ellos suponer que pudiera contarse mal alguno. La buena voluntad supliendo el lugar de la experiencia, su carácter no necesitaba certificación. «Catherine será, sin duda, una joven ama de casa triste y descuidada», fue la observación premonitoria de su madre; pero rápida fue la consolación de que no hay nada como la práctica.
No existía, en suma, más que un obstáculo que mencionar; pero hasta que ese obstáculo no se eliminara, les resultaría imposible sancionar el compromiso. Sus temperamentos eran apacibles, pero sus principios firmes, y mientras el padre prohibiera tan expresamente aquella unión, no podían permitirse alentarla. Que el General se presentara a solicitar la alianza, o que incluso la aprobara de todo corazón, no eran lo bastante exigentes como para imponerlo como condición manifiesta; pero era preciso que se otorgara la apariencia decorosa del consentimiento, y una vez obtenida esta —y sus propios corazones les hacían confiar en que no podría negarse por mucho tiempo—, su aprobación voluntaria seguiría de inmediato. Su _consentimiento_ era todo lo que deseaban. No se sentían más inclinados que autorizados a exigir su _dinero_.
De una fortuna muy considerable, su hijo estaba, mediante capitulaciones matrimoniales, asegurado a la postre; su renta actual era una renta de independencia y comodidad, y bajo todo punto de vista pecuniario, era un partido que superaba las aspiraciones de su hija.
Los jóvenes no podían sorprenderse ante una decisión semejante. Lo sentían y lo deploraban, pero no podían resentirse de ello; y se separaron esforzándose por esperar que un cambio así en el general, que cada cual creía casi imposible, pudiera producirse pronto para reunirlos de nuevo en la plenitud de un afecto privilegiado. Henry regresó a lo que era ya su único hogar, para velar por sus jóvenes plantaciones y proseguir sus mejoras en provecho de ella, cuya participación en ellas esperaba con ansia; y Catherine permaneció en Fullerton para llorar. Si los tormentos de la ausencia se vieron aliviados por una correspondencia clandestina, no preguntemos. El señor y la señora Morland nunca lo hicieron: habían sido demasiado bondadosos para exigir promesa alguna; y siempre que Catherine recibía una carta, como en aquella época sucedía con bastante frecuencia, ellos miraban hacia otro lado.
La ansiedad que, en este estado de su cariño, debía ser la parte de Henry y Catherine, y de todos los que amaban a uno u otro, en cuanto a su desenlace final, difícilmente puede extenderse, me temo, hasta el pecho de mis lectores, que verán en la elocuente reducción de las páginas que tienen ante sí que todos nos apresuramos juntos hacia la felicidad perfecta. Los medios por los que se llevó a cabo su temprano matrimonio pueden ser la única duda: ¿qué circunstancia probable podría influir en un temperamento como el del General? La circunstancia que principalmente surtió efecto fue el matrimonio de su hija con un hombre de fortuna e importancia, que tuvo lugar en el transcurso del verano —un aumento de dignidad que lo sumió en un acceso de buen humor, del cual no se recuperó hasta que Eleanor obtuvo de él el perdón para Henry, y su permiso para que “fuera un necio si así lo quería!”
El matrimonio de Eleanor Tilney, su alejamiento de todos los males de un hogar como Northanger había llegado a ser por el destierro de Henry, al hogar de su elección y al hombre de su elección, es un acontecimiento que espero dará general satisfacción entre todos sus conocidos. Mi propia alegría con tal motivo es muy sincera. No conozco a nadie más merecedora, por mérito sin pretensiones, ni mejor preparada por habitual sufrimiento, para recibir y disfrutar de la felicidad. Su inclinación por este caballero no era de origen reciente; y a él solo lo había retenido largo tiempo la inferioridad de su posición para declarársele. Su inesperada elevación a un título y a una fortuna había eliminado todas sus dificultades; y jamás había amado el General a su hija tan bien en todas sus horas de compañía, utilidad y paciente resignación como cuando por primera vez la saludó con un «¡Su Señoría!». Su esposo era realmente digno de ella; independientemente de su título nobiliario, su riqueza y su afecto, era, con toda precisión, el joven más encantador del mundo.
Cualquier otra definición de sus méritos ha de ser innecesaria; el joven más encantador del mundo se presenta al instante ante la imaginación de todos nosotros. En cuanto al caballero en cuestión, por lo tanto, solo tengo que añadir—consciente de que las reglas de la composición prohíben introducir un personaje no conectado con mi fábula—que este era el mismísimo caballero cuyo negligente criado dejó tras de sí aquella colección de facturas de lavandería, resultante de una larga visita a Northanger, por la cual mi heroína se vio envuelta en una de sus más alarmantes aventuras.
La influencia del vizconde y de la vizcondesa en favor de su hermano se vio reforzada por el exacto conocimiento que, en cuanto el general se mostró dispuesto a ser informado, ellos pudieron darle de la situación del señor Morland. Ese conocimiento le enseñó que había sido tan engañado por la primera jactancia de Thorpe sobre la riqueza de la familia como por su posterior y maliciosa destrucción de la misma; que en ningún sentido de la palabra eran menesterosos ni pobres, y que Catherine tendría tres mil libras. Era esta una enmienda tan sustancial de sus recientes expectativas que contribuyó en gran manera a allanar el descenso de su orgullo; y no careció de efecto la noticia reservada que, a costa de no pocas molestias, se procuró: que la propiedad de Fullerton, al hallarse enteramente a disposición de su actual propietario, quedaba, por consiguiente, abierta a toda codiciosa especulación.
En virtud de esto, el General, poco después del matrimonio de Leonor, permitió que su hijo volviera a Northanger, y, desde allí, lo hizo portador de su consentimiento, muy cortésmente redactado en una página llena de vanas protestas dirigidas al señor Morland. El acontecimiento que autorizaba no tardó en suceder: Enrique y Catalina se casaron, las campanas repicaron, y todos sonrieron; y, como esto ocurrió dentro del año siguiente al primer día en que se conocieron, no parecerá, después de todas las terribles demoras ocasionadas por la crueldad del General, que hubieran sido perjudicados de manera esencial.
Para empezar una felicidad perfecta a las respectivas edades de veintiséis y dieciocho años, no está nada mal; y profesando, además, mi convicción de que la injusta interferencia del General, lejos de ser realmente perjudicial para su dicha, quizá contribuyó a ella, mejorando su mutuo conocimiento y fortaleciendo su apego, dejo que lo decida, a quienquiera que le concierna, si la tendencia de esta obra es recomendar la tiranía paterna o recompensar la desobediencia filial.
NOTA SOBRE EL TEXTO
*Northanger Abbey* fue escrita en 1797–98 con un título diferente. El manuscrito fue revisado hacia 1803 y vendido a un editor londinense, Crosbie & Co., quien lo devolvió en 1816. El texto de Signet Classic se basa en la primera edición, publicada por John Murray, Londres, en 1818, el año siguiente a la muerte de la señorita Austen. La ortografía y la puntuación se han ajustado en gran medida a los usos británicos modernos.