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«Creo que es superfluo decir que yo era muy vanidoso. Si uno no tiene vanidad en esta vida nuestra, no hay razón suficiente para vivir. Así que para aquel domingo me había ocupado en disponer con gusto las cosas para la cena y el _soirée_ musical. Me había comprado a mí mismo numerosas cosas para la cena, y había elegido a los invitados. Hacia las seis llegaron, y tras ellos Troujatchevski, en su frac, con brillantes en los gemelos de la camisa, de mal gusto. Se conducía con soltura. A todas las preguntas respondía con prontitud, con una sonrisa de contento y comprensión, y esa expresión peculiar que pretendía significar: “Todo lo que ustedes puedan decir y hacer será exactamente lo que yo esperaba”. Todo lo que en él no era correcto lo noté ahora con especial placer, pues todo tendía a tranquilizarme y a demostrarme que ante mi mujer él se hallaba en tal grado de inferioridad que, como ella me había dicho, no podía rebajarse hasta su nivel.
Menos por las seguridades de mi esposa que por los atroces sufrimientos que sentía en los celos, ya no me permitía estar celoso.
A pesar de eso, no me sentía a gusto con el músico ni con ella durante la cena y el tiempo que transcurrió antes de que comenzara la música. Involuntariamente seguía cada uno de sus gestos y miradas. La cena, como todas las cenas, fue tediosa y convencional. Poco después comenzó la música. Él fue a buscar su violín; mi mujer se acercó al piano y revolvió entre las partituras. ¡Oh, cómo recuerdo todos los detalles de aquella velada! Recuerdo cómo trajo el violín, cómo abrió el estuche, quitó la sarga bordada por mano de una dama, y comenzó a afinar el instrumento. Todavía puedo ver a mi mujer sentarse, con una falsa actitud de indiferencia, bajo la cual era evidente que ocultaba una gran timidez, timidez que se debía especialmente a su relativa falta de conocimientos musicales. Se sentó con esa falsa actitud frente al piano, y entonces comenzaron los preliminares habituales—los _pizzicati_ del violín y la disposición de las partituras.
Recuerdo entonces cómo se miraron el uno al otro, y dirigieron una ojeada a sus oyentes, que tomaban asiento. Se dijeron unas pocas palabras, y la música comenzó. Tocaron la ‘Sonata Kreutzer’ de Beethoven. ¿Conocéis el primer _presto?_ ¿Lo conocéis? ¡Ah!” . . .
Posdnicheff lanzó un suspiro, y permaneció en silencio durante largo tiempo.
“Terrible cosa es esa sonata, sobre todo el _presto_. Y terrible cosa es la música en general. ¿Qué es? ¿Por qué hace lo que hace? Dicen que la música conmueve el alma. ¡Estupidez! ¡Mentira! Actúa, actúa de un modo espantoso (hablo por mí), pero no en un sentido ennoblecedor. No actúa ni ennobleciendo ni envileciendo, sino de un modo irritante. ¿Cómo lo diré? La música me hace olvidar mi situación real. Me transporta a un estado que no es el mío. Bajo la influencia de la música me parece realmente sentir lo que no siento, comprender lo que no comprendo, tener facultades que no puedo tener. La música me parece obrar como el bostezo o la risa; no tengo deseo de dormir, pero bostezco cuando veo bostezar a otros; sin razón para reír, me río cuando oigo reír a otros. Y la música me transporta inmediatamente a la condición de alma en que se hallaba quien compuso la música en aquel tiempo. Me confundo con su alma, y con él paso de una condición a otra.
¿Pero por qué? ¿No sé nada de eso? Pero el que escribió la Sonata Kreutzer de Beethoven sabía bien por qué se encontraba en una cierta condición. Esa condición lo llevó a ciertas acciones, y por esa razón para él tenía un significado, pero para mí ninguno, ninguno en absoluto. Y por eso la música provoca una excitación que no lleva a una conclusión. Por ejemplo, se toca una marcha militar; el soldado marcha al son de esa marcha, y la música está acabada. Se toca un baile; yo he terminado de bailar, y la música está acabada. Se canta una misa; recibo el sacramento, y de nuevo la música está acabada. Pero cualquier otra música provoca una excitación, y esa excitación no está acompañada de lo que propiamente debe hacerse, y por eso la música es tan peligrosa, y a veces actúa de manera tan espantosa.
«En China la música está bajo el control del Estado, y así es como debe ser. ¿Es admisible que el primero que llegue pueda hipnotizar a una o más personas y luego hacer con ellas lo que le plazca? ¿Y especialmente que el hipnotizador sea el primer individuo inmoral que se presente? Es un poder terrible en manos de cualquiera, sea quien sea. Por ejemplo, ¿se les debería permitir tocar esta “Sonata Kreutzer”, el primer _presto_, —y hay muchas parecidas—, en salones, entre damas con vestidos escotados, o en conciertos, y luego terminar la pieza, recibir los aplausos y empezar otra? Estas cosas deberían tocarse solo en determinadas circunstancias, únicamente cuando sea necesario incitar ciertas acciones correspondientes a la música. Pero incitar una energía de sentimiento que no corresponde ni al tiempo ni al lugar, y que se gasta en nada, no puede dejar de actuar peligrosamente. En mí, en particular, esta pieza obró de manera espantosa.»
Se habría dicho que en mí se habían desarrollado nuevos sentimientos, nuevas virtualidades que antes yo ignoraba. «¡Ah, sí, eso es! ¡De ningún modo como viví y pensé antes! ¡Así es como se debe vivir!»
Así le hablaba a mi alma mientras escuchaba aquella música. ¿Qué cosa nueva era esa que así aprendía? No llegaba a comprenderlo, pero la conciencia de aquel estado indefinido me llenaba de gozo. En aquel estado no había lugar para los celos. Las mismas caras, y entre ellas él y mi esposa, las veía bajo una luz distinta. Aquella música me transportaba a un mundo desconocido, donde no había lugar para los celos. Los celos y los sentimientos que los provocan me parecían trivialidades indignas de consideración.
“Tras el _presto_ siguió el _andante_, poco novedoso, con variaciones triviales, y el débil _finale_. Luego tocaron más, a petición de los invitados: primero una elegía de Ernst, y después varias otras piezas. Estuvieron muy bien, pero no produjeron en mí ni la décima parte de la impresión que me causó la primera pieza. Me sentí ligero y alegre durante toda la velada. En cuanto a mi mujer, jamás la había visto como aquella noche. Aquellos ojos brillantes, aquella severidad y expresión majestuosa mientras tocaba, y luego aquella languidez absoluta, aquella sonrisa débil, lastimera y feliz después de terminar: lo vi todo y no le di importancia, creyendo que ella sentía lo mismo que yo, que para ella, como para mí, se habían revelado sentimientos nuevos, como a través de una niebla. Durante casi toda la velada no sentí celos.
Dos días después debía partir hacia la asamblea del Zemstvo, y por eso, al despedirse de mí y llevándose consigo todas sus partituras, Troujachevski me preguntó cuándo volvería. Deduje de ello que creía imposible venir a mi casa durante mi ausencia, y eso me agradó. Ahora no habría de volver antes de su partida de la ciudad. Así que nos despedimos de manera definitiva. Por primera vez le estreché la mano con placer y le agradecí la satisfacción que me había proporcionado. También se despidió de mi mujer, y su separación me pareció muy natural y apropiada. Todo fue maravillosamente. Mi mujer y yo nos retiramos, muy satisfechos de la velada. Hablamos de nuestras impresiones en términos generales, y estuvimos más cerca y más amigos de lo que habíamos estado en mucho tiempo.