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—Sí, mucho peor que el animal es el hombre cuando no vive como hombre. Tal era yo. Lo horrible es que creía, puesto que no me dejaba seducir por otras mujeres, que llevaba una vida familiar honesta, que era un ser muy moral, y que si teníamos disputas, la culpa era de mi esposa y de su carácter.
—Pero es evidente que la culpa no era suya. Era como todo el mundo, como la mayoría. Fue educada según los principios que exige la situación de nuestra sociedad; es decir, como se educa a todas las jóvenes de nuestras clases pudientes, sin excepción, y como no pueden menos de ser educadas. Cuántas veces oímos o leemos reflexiones sobre la condición anormal de la mujer y sobre lo que debería ser. Pero esas no son más que vanas palabras. La educación de la mujer resulta de la visión real, y no imaginaria, que el mundo concibe de la vocación femenina. Según esta visión, la condición de la mujer consiste en procurar placer, y a ese fin se dirige su educación. Desde la infancia no se le enseña sino aquellas cosas que están calculadas para aumentar su encanto. Toda joven se acostumbra a pensar únicamente en eso.
“Así como los siervos eran educados únicamente para complacer a sus amos, la mujer es educada para atraer a los hombres. No puede ser de otro modo. Pero ustedes dirán, quizá, que eso se aplica solamente a las muchachas que han sido mal educadas, y que existe otra educación, una educación seria, en las escuelas, una educación en las lenguas muertas, una educación en las instituciones de partería, una educación en los cursos de medicina y en otros cursos. Es falso.
“Todo tipo de educación femenina tiene por único objeto la atracción de los hombres.
“Unas atraen por la música o por los rizos, otras por la ciencia o por la virtud cívica. El objeto es el mismo, y no puede ser de otro modo (puesto que no existe otro objeto): seducir al hombre para poseerlo. Imagínense cursos de instrucción para mujeres y una ciencia femenina sin hombres —esto es, mujeres sabias, y hombres que no las _conocen_ como sabias. ¡Oh, no! Ninguna educación, ninguna instrucción puede cambiar a la mujer mientras su ideal supremo sea el matrimonio y no la virginidad, la libertad de la sensualidad. Hasta ese momento, seguirá siendo una sierva. Basta con imaginar, olvidando la universalidad del caso, las condiciones en que se crían a nuestras jóvenes, para no asombrarse de la depravación de las mujeres de nuestras clases altas. Lo contrario sería lo que causaría asombro.
Sigue mi razonamiento. Desde la infancia, vestidos, adornos, limpieza, gracia, bailes, música, lectura de poesías, novelas, canto, teatro, conciertos, para uso dentro y fuera de casa, según las mujeres escuchen o practiquen. Con eso, completa ociosidad física, cuidado excesivo del cuerpo, gran consumo de dulces; y Dios sabe cómo sufren las pobres doncellas por su propia sensualidad, excitada por todas estas cosas. Nueve de cada diez son torturadas intolerablemente durante el primer período de madurez, y después, si no se casan a los veinte años. Eso es lo que no queremos ver, pero los que tienen ojos lo ven de todos modos. E incluso la mayoría de estas desdichadas criaturas están tan excitadas por una sensualidad oculta (y es suerte que esté oculta) que no sirven para nada. Solo se animan en presencia de los hombres. Toda su vida se pasa en preparativos para la coquetería, o en la coquetería misma.
En presencia de los hombres se animan demasiado; empiezan a vivir por la energía sensual. Pero en el momento en que el hombre se va, la vida se detiene.
"Y eso, no en presencia de un hombre determinado, sino en presencia de cualquier hombre, con tal de que no sea del todo repulsivo. Dirán ustedes que esto es una excepción. No, es una regla. Solo que en unas se hace muy evidente, y en otras menos. Pero ninguna vive su propia vida; todas dependen del hombre. No pueden ser de otro modo, puesto que para ellas la atracción del mayor número de hombres es el ideal de vida (las jóvenes y las casadas), y es por esta razón que no tienen otro sentimiento más fuerte que el de la necesidad animal de toda hembra que trata de atraer al mayor número de machos para aumentar las oportunidades de elección. Así es en la vida de las jóvenes, y así continúa durante el matrimonio. En la vida de las jóvenes es necesario para la selección, y en el matrimonio es necesario para dominar al marido."
Sólo una cosa suprime o interrumpe estas tendencias por un tiempo,—a saber, los hijos,—y entonces sólo cuando la mujer no es un monstruo,—es decir, cuando amamanta a sus propios hijos. Aquí nuevamente interviene el doctor.
“Con mi mujer, que deseaba amamantar a sus propios hijos, y que amamantó a seis de ellos, sucedió que el primer hijo estaba enfermizo. Los médicos, que cínicamente la desnudaban y la palpaban por todas partes, y a quienes yo tenía que agradecer y pagar por esos actos,—estos queridos médicos decidieron que no debía amamantar a su hijo, y fue temporalmente privada del único remedio contra la coquetería. Una nodriza terminó de criar a este primogénito,—es decir, nos aprovechamos de la pobreza y la ignorancia de una mujer para arrebatársela a su propio hijito en favor del nuestro, y para ello la vestimos con un _kakoschnik_ adornado con galones de oro. Sin embargo, esa no es la cuestión; pero en mi mujer se despertó de nuevo aquella coquetería que había dormido durante el período de lactancia. Gracias a eso, ella reavivó en mí los tormentos de celos que antes había conocido, aunque en un grado mucho menor.”