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No es menester preguntar si la dama quedó desconsolada al oír esto de aquel a quien amaba más que a ninguna otra cosa; y después de un rato dijo:
—Habéis hecho la obra de un caballero desleal y vil, como lo sois; pues, si yo, sin ser forzada por él, le hice señor de mi amor y en ello os ofendí, no él, sino yo debía haber llevado el castigo de ello. Pero Dios me libre de que jamás otro manjar siga a tan noble vianda como el corazón de un caballero tan valiente y tan cortés como era Sir Guillaume de Guardestaing.
Entonces, poniéndose en pie, sin ninguna vacilación, se dejó caer de espaldas por una ventana que estaba detrás de ella y que era muy alta sobre el suelo; por lo cual, al caer, no solo murió, sino que quedó casi hecha pedazos.
El señor Guillem, al ver esto, quedó muy consternado y le pareció que había obrado mal; por lo cual, temiendo a los campesinos y al Conde de Provenza, hizo ensillar sus caballos y huyó. Al día siguiente se supo por toda la comarca cómo habían pasado las cosas; entonces los dos cuerpos fueron recogidos, con sumo dolor y lamentación, por las gentes de Guardestaing y por las de la dama, y puestos en un mismo sepulcro en la capilla del castillo de esta última; y sobre él se escribieron unos versos que daban a entender quiénes eran los que allí estaban enterrados y la manera y ocasión de su muerte.
LA DÉCIMA HISTORIA
[Día Cuarto]
La esposa de un médico pone a su amante en un cofre, creyéndolo muerto, y dos usureros se llevan el cofre a su propia casa, con galán y todo. Este, que solo está narcotizado, vuelve en sí enseguida y, al ser descubierto, lo toman por ladrón; pero la doncella de la dama asegura a la Señoría que ella misma lo había puesto en el cofre robado por los dos usureros, por lo cual él se libra de la horca y los ladrones son multados con ciertas sumas de dinero.
Filostrato, habiendo dado fin a su relato, solo restaba que Dioneo cumpliera su tarea, quien, sabiéndolo y habiéndoselo ordenado el rey en ese instante, comenzó de esta manera:
—Las tristezas que hoy se han contado de amores infortunados han entristecido no solo vuestros ojos y corazones, señoras, sino también los míos; por lo cual he anhelado ardientemente que se les pusiera fin. Ahora que, alabado sea Dios, han terminado (a menos que yo quisiera añadir una mala adición a tan triste mercancía, de lo cual Dios me guarde), comenzaré, sin proseguir tan doloroso tema, con algo más alegre y mejor, dando así quizás un buen argumento para lo que se ha de narrar el día siguiente.
Debéis saber, pues, hermosísimas doncellas, que hubo en Salerno, no hace mucho tiempo, un famosísimo médico cirujano, llamado maestro Mazzeo della Montagna, el cual, hallándose ya en la extrema vejez, tomó por esposa a una bella y gentil damisela de su ciudad, y la mantenía mejor provista de suntuosos y ricos vestidos y joyas y de todo cuanto puede complacer a una dama que a mujer alguna de aquel lugar. Verdad es que andaba ella fría la mayor parte del tiempo, pues su marido la tenía mal abrigada en el lecho; porque, así como Messer Ricardo di Chinzica (de quien ya os hemos hablado) enseñaba a su mujer a guardar los días de santos y fiestas, así también el médico le hacía creer que el yacer una sola vez con una mujer le obligaba a no sé cuántos días de estudio para reponer las fuerzas, con otros disparates semejantes; de lo cual ella vivía en extremo descontenta y, como mujer discreta y de alto espíritu, pensó que, para administrar mejor los bienes de la casa, le convenía tomar el camino real y buscar cómo gastar la hacienda ajena.
Con este fin, considerando a diversos jóvenes, al fin halló uno a su gusto y en él puso toda su esperanza; de lo cual, dándose él cuenta, y agradándole ella muchísimo, de igual manera volvió todo su amor hacia ella.
El galán en cuestión se llamaba Ruggieri da Jeroli, hombre de noble nacimiento, pero de vida licenciosa y conducta censurable, hasta el punto de que no le quedaba ni amigo ni pariente que le quisiera bien o deseara verlo, y estaba difamado en todo Salerno por robos y otras bellaquerías de las más viles; pero de esto la dama se cuidaba poco, pues él le agradaba por otras razones, y con la ayuda de una doncella suya, obró de tal manera que se juntaron.
Después de que hubieron tomado algún deleite, la dama procedió a censurar su pasada manera de vivir y a rogarle que, por el amor que le tenía, desistiera de esas malas costumbres; y para darle los medios de hacerlo, se puso a socorrerlo, ora con una suma de dinero, ora con otra.
De esta guisa moraban juntos, con la mayor discreción, hasta que aconteció que un enfermo que tenía una pierna gangrenada fue puesto en manos del médico. El maestro Mazzeo, tras examinar el caso, dijo a los parientes del enfermo que, si no se le extraía un hueso cariado que tenía en la pierna, sería menester cortarle todo el miembro o morir; y que, sacándole el hueso, podría recuperarse, pero que no se encargaría de él de otro modo que como de un hombre muerto. A esto accedieron aquellos a quienes el enfermo pertenecía, y se lo entregaron bajo tales condiciones.
El médico, juzgando que el paciente no podría soportar el dolor ni consentiría que se le operara sin un opiáceo, y habiendo dispuesto emprender el asunto al caer la tarde, hizo destilar aquella mañana cierta agua de su composición, la cual, bebida por el enfermo, le haría dormir todo el tiempo que considerase necesario para llevar a cabo la operación sobre él; y trayéndola a casa, la colocó en su cámara, sin decir a nadie qué era.
Llegada la hora de vísperas y estando el médico a punto de acudir al paciente en cuestión, le llegó un mensajero de ciertos muy grandes amigos suyos de Malfi, encargándole que por nada del mundo dejara de personarse allí en el acto, pues se había producido una gran reyerta en la que muchos habían resultado heridos. El maestro Mazzeo difirió, por consiguiente, el cuidado de la pierna hasta la mañana siguiente, y embarcándose en una barca, se fue a Malfi; por lo cual su esposa, sabiendo que aquella noche no volvería a casa, hizo venir a Ruggieri, como era su costumbre, y llevándolo a su cámara, lo encerró dentro, una vez que las demás personas de la casa se habían ido a dormir.
Ruggieri, entretanto, permaneciendo en la cámara, aguardando a su amante, y hallándose—ya por la fatiga soportada aquel día, ya por la carne salada que había comido, o acaso por el ayuntamiento—adolorido y sediento, vio el frasco de agua que el médico había preparado para el enfermo, el cual estaba en la ventana, y teniéndolo por agua de beber, lo llevó a su boca y se lo bebió todo; ni tardó mucho en que un gran sueño se apoderase de él y se durmiese.
La dama acudió a la cámara tan pronto como pudo y, hallando a Ruggieri dormido, le empujó y le mandó en voz baja que se levantara, mas sin efecto alguno, pues él no respondía ni se movía lo más mínimo; por lo cual ella, algo molesta, le empujó con más fuerza, diciendo: «¡Arriba, dormilón! Si tenías ganas de dormir, debías haberte ido a tu propia casa y no venir aquí.» Ruggieri, así empujado, cayó al suelo desde un arcón sobre el que yacía y no dio más señal de vida que un cuerpo muerto; entonces la dama, ya algo alarmada, comenzó a intentar levantarlo y a sacudirlo con más brío, pellizcándole la nariz y tirándole de la barba, mas todo en vano; había atado su asno a una estaca bien firme.[257] Ante esto, empezó a temer que estuviera muerto; no obstante, procedió a pellizcarle con fuerza y a quemarle la carne con una vela encendida, mas todo sin resultado; por lo cual, no siendo doctora, aunque su marido era médico, no dudó de que estuviera muerto en verdad.
Como le amaba sobre todas las cosas, no era menester preguntar si estaba desconsolada por ello; y no atreviéndose a dar voces, silenciosamente se puso a llorar sobre él, lamentando tan grave infortunio.
[Nota 257: Manera proverbial de decir que estaba profundamente dormido.]
Al cabo de un rato, temiendo añadir vergüenza a su pérdida, pensó que le convenía sin dilación hallar manera de sacar de casa al muerto y, no sabiendo cómo ingeniárselo, llamó quedamente a su doncella y, descubriéndole su desventura, le pidió consejo. La doncella se maravilló sobremanera y ella misma tiró y pellizcó a Ruggieri, pero, hallándolo sin sentido ni movimiento, convino con su señora en que ciertamente estaba muerto y le aconsejó sacarlo de la casa. Dijo la dama: «¿Y dónde podemos ponerlo de modo que no se sospeche, cuando mañana por la mañana sea visto, que ha sido traído de aquí?» «Señora», respondió la doncella, «vi esta noche al anochecer, frente a la tienda de nuestro vecino el carpintero, un cofre no muy grande, el cual, si el dueño no lo ha vuelto a meter dentro, vendrá muy a propósito para nuestro asunto; pues podemos tenderlo en él, después de darle dos o tres cuchilladas con un cuchillo, y dejarlo allí.»
No sé por qué razón quien lo hallare habría de suponer que fue puesto ahí desde esta casa más bien que de otro lugar; antes bien, se creerá más fácilmente, visto que era un joven de vida licenciosa, que lo ha dado muerte algún enemigo suyo, mientras andaba urdiendo alguna fechoría u otra, y que después lo metieron en el cofre.
El consejo de la doncella plugo a la señora, salvo que no quiso oír hablar de darle herida alguna, diciendo que por nada del mundo su corazón sufriría hacerlo. Así que la envió a ver si el cofre estaba aún donde lo había señalado, y ella volvió al punto y dijo: «Sí». Entonces, siendo joven y robusta, con ayuda de su ama, cargó a Ruggieri sobre sus hombros y, sacándolo,—mientras la señora iba delante para mirar si venía alguien,—lo metió en el cofre y, cerrando la tapa, lo dejó allí. Ahora sucedió que, uno o dos días antes, dos jóvenes que prestaban a usura se habían instalado en una casa un poco más allá, y careciendo de mobiliario, pero con intención de ganar mucho y gastar poco, habían visto ese día el cofre en cuestión y habían planeado entre ellos, si permanecía allí esa noche, llevárselo a su propia casa.
En consecuencia, llegada la medianoche, salieron y, hallando el cofre aún allí, sin buscar más allá, se lo llevaron apresuradamente, aunque les pareció algo pesado, a su propia casa, donde lo dejaron junto a una cámara en la que dormían sus esposas y, dejándolo allí, sin preocuparse por el momento de acomodarlo con demasiado esmero, se fueron a la cama.
Acercándose la mañana, Ruggieri, que había dormido mucho tiempo, habiendo ya digerido la poción somnífera y agotado sus efectos, despertó; y aunque su sueño se había interrumpido y sus sentidos estaban en parte restablecidos, quedaba aún un mareo en su cerebro que lo aturdía, no solo aquella noche, sino algunos días después. Abrió los ojos y, al no ver nada, extendió las manos de un lado a otro y, hallándose en el cofre, pensó para sí y dijo: «¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Duermo o estoy despierto? En cualquier caso, recuerdo que esta noche entré en la cámara de mi señora, y ahora me parece que estoy en un cofre. ¿Qué significa esto? ¿Habrá vuelto el médico, u otro accidente habrá ocurrido, por el cual la dama me haya escondido aquí mientras yo dormía? Me parece que así debió ser; ciertamente así fue.»
Por lo cual, se dispuso a permanecer quieto y a escuchar si oía algo; y después de haber permanecido así un buen rato, sintiéndose algo incómodo en el cofre, que era pequeño, y molestándole el costado sobre el que yacía, quiso volverse al otro lado, y lo hizo tan diestramente que, empujando con los lomos contra uno de los lados del cofre, que no había sido asentado en un lugar llano, hizo que primero se inclinara hacia un lado y después se volcara. Al caer, hizo un gran ruido, por lo cual las mujeres que dormían cerca despertaron y, asustadas, enmudecieron de miedo. Ruggieri se alarmó mucho con la caída del cofre, pero, al ver que se había abierto en la caída, prefirió, si alguna otra cosa había de suceder, estar fuera de él que permanecer dentro. Así pues, salió y, entre no saber dónde estaba y una cosa y otra, se puso a andar a tientas por la casa, por si acaso encontraba una escalera o una puerta por donde pudiera escaparse.
Las mujeres, al oír esto, comenzaron a decir: «¿Quién está ahí?» Pero Ruggieri, que no conocía la voz, no respondió; por lo que ellas se pusieron a llamar a los dos jóvenes, quienes, por haber trasnochado, dormían profundamente y no oyeron nada de todo aquello. Entonces las mujeres, cobrando más miedo, se levantaron y, dirigiéndose a las ventanas, se pusieron a gritar: «¡Ladrones! ¡Ladrones!». Ante esto, varios vecinos acudieron y entraron en la casa, unos por el tejado y otros por una parte u otra; y los jóvenes también, despertando por el ruido, se levantaron y prendieron a Ruggieri, quien, hallándose allí, estaba como fuera de sí por el asombro y no veía forma de escapar. Luego lo entregaron a los alguaciles del gobernador de la ciudad, que habían acudido ya al ruido, y lo llevaron ante su jefe.
Éste, por cuanto era tenido de todos por un muy ruin sujeto, al punto le sometió a tormento, y confesó haber entrado en la casa de los usureros para robar; con lo cual el gobernador pensó en mandarlo ahorcar sin dilación.
La noticia corrió por todo Salerno aquella mañana: Ruggieri había sido sorprendido en el acto de robar en casa de los prestamistas. Al oírlo la dama y su doncella, quedaron tan llenas de extraño y excesivo asombro que estuvieron a punto de persuadirse de que no habían hecho, sino soñado, lo que habían hecho durante la noche; y la dama, además, sintió tal congoja ante la noticia del peligro en que Ruggieri se hallaba, que estuvo a punto de enloquecer. Poco después de media tercia, el médico, que había regresado de Malfi y deseaba medicinar a su paciente, pidió su agua preparada y, al encontrar vacío el frasco, levantó un gran alboroto, diciendo que nada podía permanecer en su casa como debía. La dama, que ya estaba afligida por otra gran pena, le respondió con enojo, diciendo: «¿Qué dirías, doctor, de un asunto grave, cuando tal escándalo das por un frasquito de agua derramado? ¿Acaso no hay más agua que encontrar en el mundo?»
—Mujer —replicó el médico—, ¿piensas que esto era agua común? No lo era; antes bien, era un agua preparada para causar sueño; y le contó para qué ocasión la había hecho. Cuando ella lo oyó, comprendió al punto que Ruggieri había bebido el opiato y que por eso les había parecido muerto, y dijo a su marido: —Doctor, no lo sabíamos; haced, pues, más de esa agua. Y el médico, viendo que no podía hacer otra cosa, mandó hacerla de nuevo.
Poco después, la criada, que había ido por mandato de su señora a informarse de lo que se decía de Ruggieri, volvió y le dijo: —Señora, todos hablan mal de Ruggieri; ni, por cuanto pude oír, hay amigo ni pariente que se haya levantado o piense levantarse para ayudarle, y se tiene por cierto que el prefecto de policía le hará ahorcar mañana. Además, tengo una cosa extraña que contaros, a saber: me parece que he descubierto cómo entró en casa de los prestamistas, y oíd cómo. Ya sabéis al carpintero frente a cuyo taller estaba el cofre donde lo pusimos; ahora mismo estaba en las palabras más acaloradas del mundo con uno a quien parece que el cofre pertenecía; pues éste le pedía el precio del cofre, y el carpintero respondió que no lo había vendido, sino que aquella noche se lo habían robado.
A eso, «No es así», respondió el otro, «no, tú lo vendiste a los dos jóvenes, los prestamistas de allí, como me dijeron anoche, cuando lo vi en su casa en el momento en que Ruggieri fue apresado.» «Mienten», respondió el carpintero. «Yo nunca se lo vendí a ellos; sino que me lo robaron anoche. Vayamos a ellos.» Así que se fueron de común acuerdo a casa de los prestamistas, y yo volví aquí. De este modo, como podéis ver, concluyo que Ruggieri fue transportado adonde fue hallado; pero cómo volvió a la vida no puedo adivinarlo.
La dama comprendió entonces muy bien cómo estaban las cosas y, contando a la doncella lo que había oído del médico, le suplicó su ayuda para salvar a Ruggieri, pues que podría, si quisiera, a la vez salvarle y preservar su honra. Dijo ella: «Señora, enseñadme cómo, y de buena gana haré cualquier cosa.» Entonces la dama, cuyo ingenio se aguzaba por la urgencia del caso, habiendo pensado rápidamente en lo que se había de hacer, instruyó detalladamente a la doncella al respecto, la cual se encaminó primero al médico y, llorando, comenzó a decirle: «Señor, me cumple pediros perdón por una gran falta que he cometido contra vos.» «¿En qué?», preguntó el médico, y ella, sin dejar de llorar, respondió: «Señor, ya sabéis qué clase de joven es Ruggieri da Jeroli. Hace algún tiempo tomó afición a mí, y en parte por miedo y en parte por amor, hube de convertirme en su amante.»
Anoche, sabiendo que estabais fuera, me engatusó de tal manera que le traje a vuestra casa para yacer conmigo en mi cámara; y él, estando sediento, y yo no teniendo adónde acudir más de prisa por agua o vino, y no queriendo que vuestra dama, que estaba en la sala, me viese, me acordé de haber visto un frasco de agua en vuestra cámara. Así que corrí por él y, dándole el agua para beber, repuse el frasco donde lo había tomado, de lo cual hallo que habéis hecho gran alboroto en la casa. Y ciertamente confieso que hice mal; mas ¿quién no yerra a veces? En verdad, estoy sumamente apenada de haberlo hecho, no tanto por la cosa en sí como por lo que de ello ha sucedido y por cuya razón Ruggieri está en peligro de perder la vida. Por lo cual os ruego, cuanto más puedo, que me perdonéis y me deis licencia para ir a socorrer a Ruggieri en cuanto me sea posible.
El médico, oyendo esto, aunque estaba enojado, respondió en tono de burla: —Tú misma te has dado la penitencia por ello, pues, mientras anoche creíste tener un mozo gallardo que te sacudiera bien las enaguas, tuviste un perezoso. Ve, pues, y procura la liberación de tu amante; pero de aquí en adelante cuida de no traerlo más a la casa, o te pagaré esta vez y aquella juntas.
La doncella, creyendo que le había ido bien en el primer lugar, se encaminó, lo más rápido que pudo, a la prisión, donde yacía Ruggieri, y sonsacó al carcelero para que la dejara hablar con el preso. Tras instruirle sobre las respuestas que debía dar al prefecto de policía, si quería escapar, logró obtener acceso al propio magistrado. Éste, por ser ella joven y lozana, antes de escucharla quiso echar el garfio a la buena moza, de lo cual ella, para ser mejor oída, no se mostró nada esquiva; luego, una vez cumplida la debida molienda, —Señor —dijo—, tenéis aquí a Ruggieri da Jeroli preso por ladrón; pero la verdad no es así.
Entonces, comenzando desde el principio, le contó toda la historia; cómo, siendo su amante, lo había llevado a la casa del médico y le había dado a beber el agua adormecida, sin saber lo que era, y cómo lo había puesto en el arca por muerto; tras lo cual le contó la conversación que había oído entre el maestro carpintero y el dueño del arca, mostrándole así cómo Ruggieri había llegado a la casa de los prestamistas.
[Nota 259: O «habiéndose levantado de la molienda» (_levatasi dal macinio_).]
El magistrado, considerando fácil llegar a la verdad del asunto, interrogó primero al médico sobre si era cierto lo del agua y halló que era tal y como ella había dicho; por lo cual mandó comparecer al carpintero, a aquel a quien pertenecía el cofre y a los dos prestamistas, y tras mucho parlamento, descubrió que estos últimos habían robado el cofre durante la noche y lo habían puesto en su casa. Finalmente, hizo llamar a Ruggieri y le preguntó dónde había dormido aquella noche, a lo que respondió que no sabía dónde había estado; recordaba ciertamente haber ido a pasar la noche con la criada del maestro Mazzeo, en cuya cámara había bebido agua por una gran sed que tenía; pero qué había sido de él después no lo sabía, salvo que, al despertar, se halló en casa de los prestamistas, dentro de un cofre.
El prefecto, oyendo estas cosas y tomando en ello gran placer, hizo que la doncella, Ruggieri, el carpintero y los usureros repitieran su historia una y otra vez; y al final, viendo que Ruggieri era inocente, lo puso en libertad y multó a los usureros con diez onzas por haber robado el cofre. Cuán grato fue esto para Ruggieri, no hay necesidad de preguntarlo, y fue de inmensurable agrado para su amada, quien junto con su amante y la preciosa doncella, que le había propuesto asestarle los tajos con el cuchillo, muchas veces después rieron y se burlaron del asunto, continuando aún sus amores y su deleite de bien en mejor; lo cual bien quisiera yo que así me aconteciera, salvo siempre el ser metido en el cofre.
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