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Apenas llegaron allí, fueron reconocidos por los marineros rodios, que habían desembarcado de su nave, y uno de ellos corrió ligero a una aldea cercana, adonde se habían retirado los jóvenes gentileshombres rodios, y les dijo que, por ventura, Cimón e Ifigenia habían llegado allí a bordo de su nave, impelidos, como ellos mismos, por el mal tiempo. Ellos, al oír esto, se alegraron sobremanera y, acudiendo a toda prisa a la orilla del mar con un buen número de aldeanos, prendieron a Cimón, junto con Ifigenia y toda su compañía, que ya habían desembarcado y tomado consejo para huir a un bosque vecino, y los condujeron a la aldea. Llegada la noticia a Pasimondas, presentó su queja al senado de la isla y, según lo acordado con ellos, Lisímaco, en quien residía aquel año la suprema magistratura de los rodios, viniendo de la ciudad con gran compañía de hombres de armas, llevó a Cimón y a todos los suyos a prisión.
De tal guisa perdió el desdichado y enamorado Cimón a su Ifigenia, poco antes ganada por él, sin haber tomado de ella más de uno o dos besos; mientras que ella fue recibida por muchas nobles damas de Rodas y consolada tanto por el pesar que tuvo de su apresamiento como por la fatiga padecida a causa del mar agitado; y con ellas permaneció hasta el día señalado para sus nupcias.
[Nota 265: _Per fortuna._ Esto también puede traducirse como "por tempestad", siendo _fortuna_ un nombre para una ráfaga o huracán, que Boccaccio usa en otros lugares con el mismo sentido.]
En cuanto a Cimón y sus compañeros, les fue concedida la vida, en consideración de la libertad dada por ellos a los jóvenes rodios el día anterior —aunque Pasimondas empleó todo su empeño en procurar que fuesen condenados a muerte—, y fueron sentenciados a prisión perpetua, en la cual, como bien puede creerse, permanecieron abatidos y sin esperanza de alivio alguno. Sin embargo, mientras Pasimondas, con la mayor celeridad posible, apresuraba los preparativos de sus próximas nupcias, la fortuna, como si se arrepintiese del súbito agravio hecho a Cimón, hizo surgir una nueva circunstancia para su liberación, la cual fue de esta manera.
Pasimondas tenía un hermano llamado Ormisdas, menor en años, pero no en mérito, que durante largo tiempo había estado en tratos para desposar a una bella y noble doncella de la ciudad, llamada Casandra, a quien Lisímaco amaba ardientemente, y el enlace se había roto en varias ocasiones por diversos contratiempos adversos.
Ahora Pasimondas, estando a punto de celebrar sus propias nupcias con la mayor suntuosidad, pensó para sí que sería excelente si pudiera lograr que Ormisdas tomara esposa igualmente en la misma ocasión, para no recurrir de nuevo a gastos y festejos. En consecuencia, retomó las negociaciones con los padres de Casandra y las llevó a buen término; por lo cual él y su hermano acordaron, de común acuerdo con ellos, que Ormisdas tomara por esposa a Casandra el mismo día en que él mismo tomara a Ifigenia.
Oyendo esto Lisímaco, le fue desagradable en sumo grado, pues se vio privado de la esperanza que acariciaba de que, si Ormisdas no la tomaba, ciertamente la tendría él. Sin embargo, como hombre prudente, ocultó su despecho y se puso a meditar de qué manera podría impedir que aquello tuviera efecto, mas no veía camino posible sino el de robarla. Esto le parecía fácil de llevar a cabo por el cargo que ocupaba, pero consideraba la acción mucho más deshonrosa que si no hubiera tenido tal cargo. Finalmente, sin embargo, tras larga deliberación, el honor cedió ante el amor y determinó, viniese lo que viniese, robar a Casandra. Entonces, pensando en la compañía que habría de necesitar y el camino que debía seguir para lograrlo, se acordó de Cimón, a quien tenía en prisión con sus camaradas, y concluyó que no podría hallar mejor ni más fiel compañero que Cimón para aquel asunto.
Por consiguiente, aquella misma noche lo hizo entrar secretamente en su cámara y se puso a hablarle de esta manera: «Cimón, así como los dioses son excelentísimos y liberales dadores de bienes a los hombres, así también son sagacísimos probadores de sus virtudes, y a aquellos a quienes hallan resueltos y constantes bajo todas las circunstancias los tienen por merecedores, como a los más dignos, de las más altas recompensas. Han querido tener prueba más cierta de tu valía de la que pudiste mostrar dentro de los límites de la casa de tu padre, a quien sé abundantemente dotado de riquezas; por lo cual, primero, con los punzantes estímulos del amor te hicieron pasar de animal insensato a hombre, y después, con la adversa fortuna y ahora con la dura prisión, quieren probar si tu espíritu no cambia de aquello que era cuando poco ha te alegrabas del premio obtenido.»
Si ese[266] es el mismo que otrora fuera, nunca te concedieron cosa tan gozosa como la que ahora se preparan a otorgarte, y la cual, para que recobres tus acostumbradas fuerzas y reasumas tu antiguo espíritu, me propongo descubrirte.
[Nota 266: _es decir, tu espíritu_.]
Pasimondas, regocijándose con tu desventura y diligente promotor de tu muerte, se afana cuanto puede en celebrar sus nupcias con tu Ifigenia, para gozar así del premio que la fortuna primero te concedió risueña y después, enturbiada, te arrebató de pronto. Cuánto debe esto afligirte, si amas como creo, lo sé por mí mismo, a quien Ormisdas, su hermano, apareja en un mismo día semejante injuria en la persona de Casandra, a quien amo sobre todas las cosas. Para escapar de tan gran agravio y pesar de la fortuna, ningún camino veo que ella nos deje abierto, sino el valor de nuestras almas y el poder de nuestras diestras; por lo cual nos es menester tomar nuestras espadas y abrirnos paso hacia el rapto de nuestras dos amadas, a ti por segunda vez y a mí por primera.
Si, pues, te es caro recobrar—no diré tu libertad, de la cual me parece que poco te importa sin tu dama, sino—a tu amada, los dioses la han puesto en tus manos, si estás dispuesto a secundarme en mi empresa.'
Con estas palabras, todo el espíritu perdido de Cimón se reavivó en él, y respondió sin demasiada consideración: —Lisímaco, no puedes tener compañero más esforzado ni más leal que yo en semejante empresa, si es que me ha de sobrevenir lo que afirmas; por tanto, ordéname lo que consideres que debo hacer, y te hallarás potentísimamente secundado. Entonces dijo Lisímaco: —De aquí al tercer día, las recién casadas entrarán por primera vez en las casas de sus maridos; en ellas, tú con tus compañeros armados y yo con algunos amigos míos, en quienes tengo gran confianza, nos introduciremos al anochecer y, arrebatando a nuestras amadas de en medio de los invitados, las llevaremos a un barco que he hecho equipar en secreto, dando muerte a cualquiera que presuma de oponer resistencia. El plan complació a Cimón, y permaneció tranquilo en la prisión hasta el tiempo señalado.
Llegado el día de la boda, grande y magnífica fue la pompa de la fiesta, y cada parte de la casa de los dos hermanos estaba llena de júbilo y regocijo; por lo cual Lisímaco, habiendo preparado todo lo necesario, dividió en tres grupos a Cimón y a sus compañeros, junto con sus propios amigos, todos armados bajo los vestidos, y después de haberlos inflamado primero con muchas palabras para su propósito, envió secretamente uno de ellos al puerto, para que nadie pudiera impedirles subir a bordo del barco cuando fuera necesario. Luego, viniendo con los otros dos, cuando le pareció tiempo, a casa de Pasimondas, dejó uno de ellos en la puerta, para que nadie pudiera encerrarlos dentro ni impedirles la salida, y con Cimón y los demás subió por las escaleras.
Al llegar al salón donde las recién casadas estaban sentadas ordenadamente a la mesa con otras muchas damas, se abalanzaron sobre ellas y, derribando las mesas, cada uno tomó a su amada y, entregándolas a sus compañeros, les mandaron que las llevasen inmediatamente a la nave que aguardaba. Las novias se echaron a llorar y a gritar, como también hicieron las demás damas y los sirvientes, y toda la casa se llenó de súbito clamor y lamento.
Cimón y Lisímaco y sus compañeros, desenvainando las espadas, se dirigieron a la escalera sin hallar oposición alguna, pues todos les daban paso; y al bajar, Pasimondas se les presentó delante con un gran garrote en la mano, atraído allí por el alboroto; pero Cimón le asestó un golpe tan recio en la cabeza que, partiéndosela en dos, lo dejó muerto a sus pies. El desdichado Ormisdas, que acudía en ayuda de su hermano, fue asimismo muerto de un golpe de Cimón, y otros varios que procuraron acercarse fueron de igual modo heridos y rechazados por los compañeros de éste y de Lisímaco, quienes, dejando la casa llena de sangre, de gritos, de llantos y de dolor, se reunieron y se encaminaron a la nave con sus presas, sin que nadie los estorbase. Allí embarcaron con sus damas y todos sus compañeros, hallándose ya la playa llena de gente armada que venía al rescate de las señoras; y hundiendo los remos en el agua, se alejaron gozosos a sus asuntos.
Llegados en seguida a Creta, fueron allí recibidos con alegría por muchos, tanto amigos como parientes, y, desposando a sus amadas con gran pompa, se entregaron al gozoso disfrute de su conquista. Largos y ruidosos fueron los clamores y las discordias en Chipre y en Rodas por causa de sus hechos; pero, finalmente, sus amigos y parientes, interponiéndose en uno y otro lugar, hallaron medio de ajustar las cosas de modo que, tras algún destierro, Cimón volvió gozoso a Chipre con Ifigenia, mientras Lisímaco, de igual modo, volvió a Rodas con Casandra, y cada uno vivió larga y felizmente con su amada en su propia tierra.
LA SEGUNDA NOVELA
[Día Quinto]
COSTANZA AMA A MARTUCCIO GOMITO Y, OYENDO QUE ESTÁ MUERTO, SE EMBARCA POR DESESPERACIÓN SOLA EN UNA BARCA, LA CUAL ES LLEVADA POR EL VIENTO A SUSA. HALLANDO A SU AMANTE VIVO EN TÚNEZ, SE DESCUBRE A ÉL, Y ÉL, GOZANDO DE GRAN FAVOR DEL REY POR LOS CONSEJOS DADOS, LA DESPOSA Y VUELVE RICO CON ELLA A LÍPARI
La reina, viendo terminada la historia de Pamfilo, después de haberla alabado mucho, encargó a Emilia que prosiguiera contando otra; y ella comenzó así: «Todos deben deleitarse naturalmente en aquellas cosas en las que ven que las recompensas se siguen conforme a los afectos;[267] y puesto que el amor, a la larga, merece más bien felicidad que aflicción, yo, tratando el presente tema, obedeceré a la reina con mucho mayor placer para mí que el que obedecí al rey en el de ayer».
[Nota 267: Sin. inclinaciones (_affezioni_). Este es un pasaje algo oscuro, debido a la vaguedad de la palabra _affezioni_ (sin. _affetti_) en esta posición, y puede traducirse, con aproximadamente la misma probabilidad, de más de una manera.]
Debéis saber, pues, gentiles damas, que cerca de Sicilia hay una islita llamada Lípari, donde, no ha mucho tiempo, vivía una doncella muy hermosa llamada Costanza, nacida de una familia muy principal de allí. Acaeció que un joven de la misma isla, llamado Martuccio Gomito, muy agradable y bien criado y de aprobado valor en su oficio, se enamoró de ella; y ella de igual manera ardía por él, de suerte que nunca estaba contenta sino cuando lo veía. Martuccio, deseando tomarla por esposa, la pidió a su padre, el cual respondió que era pobre y que por eso no se la daría. El joven, airado al verse desechado por pobreza, de acuerdo con ciertos amigos y parientes suyos, equipó una nave ligera y juró no volver jamás a Lípari, si no era rico.
Así pues, partió de allí y, haciéndose corsario, se dedicó a recorrer la costa de Berbería saqueando a todos los más débiles que él; en lo cual la fortuna le fue bastante favorable, si hubiera sabido poner límite a sus deseos; pero, no bastándole haberse enriquecido mucho, él y sus compañeros, en breve espacio de tiempo, aconteció que, mientras buscaban enriquecerse en exceso, fue apresado, tras una larga defensa, y despojado con todos sus compañeros por ciertos navíos de los sarracenos, quienes, después de echar a pique la nave y saquear a la mayor parte de la tripulación, llevaron a Martuccio a Túnez, donde fue puesto en prisión y largo tiempo mantenido en la miseria.
[Nota 269: _Valoroso nel suo mestiere._ No parece que Martuccio fuera artesano, y es posible, por tanto, que Boccaccio pretendiera que la palabra _mestiere_ se entendiera en el sentido (para mí desconocido) de "condición" o "estado", en cuyo caso el pasaje se leería: "hombre de valía para (_es decir_, en cuanto convenía a) su [humilde] estado"; y esta parece una lectura probable.]
La noticia llegó a Lípari, no por uno ni por dos, sino por muchas y diversas personas, de que él y todos los que iban en la barca se habían ahogado; por lo cual la muchacha, que había estado afligida sin medida por la partida de su amante, al oír que había muerto con los demás, lloró amargamente y resolvió en sí misma no vivir más. Pero, no sufriéndole el corazón darse muerte por violencia, determinó dar nueva ocasión a su muerte. Así, salió secretamente una noche de casa de su padre y, encaminándose al puerto, topó con una barca de pescadores, un poco apartada de las otras naves, la cual, por cuanto sus dueños acababan de desembarcar de ella, halló provista de mástil, vela y remos.
En ésta se embarcó apresuradamente y remó mar adentro; luego, siendo algo diestra en el arte de navegar, como lo son en su mayoría las mujeres de aquella isla, hizo vela y, echando al mar los remos y el timón, se encomendó del todo a la merced de las olas, pensando que forzosamente había de suceder que el viento volcase una barca sin carga ni timonel o la estrellase contra alguna roca y la deshiciese, de modo que no podría, aun queriendo, escapar, sino que por necesidad había de ahogarse. Así, envolviéndose la cabeza con un manto, se tendió llorando en el fondo de la barca.
[Nota 270: Lit. necesidad (_necessità_).]
[Nota 271: _es decir_, usar una nueva (o extraña) manera de exponerse a una muerte inevitable (_nuova necessità dare alla sua morte_).]
Mas acaeció del todo lo contrario de lo que ella había imaginado, pues, siendo el viento norte y muy ligero, y no habiendo casi mar, la barca resistió en seguro y la llevó al día siguiente, hacia vísperas, a una playa junto a una ciudad llamada Susa, a un buen centenar de millas más allá de Túnez. La muchacha, que, por lo que pudiera suceder, no había alzado ni querido alzar la cabeza, no sintió más el estar en tierra que el estar en el mar; pero, como la suerte lo quisiera, había en la playa, cuando la barca tocó en ella, una pobre mujer que estaba recogiendo del sol las redes de los pescadores, sus amos, la cual, al ver la barca, se maravilló de cómo hubiese encallado a toda vela en la tierra. Pensando que los pescadores que iban a bordo estaban dormidos, se acercó a la barca y, no viendo en ella a nadie sino a la doncella dicha, que dormía profundamente, la llamó muchas veces; y, habiéndola al fin despertado y conociéndola por su hábito como cristiana, le preguntó en latín cómo había llegado allí, en aquella barca, toda sola.
La muchacha, al oírla hablar en latín, sospechó que un cambio de viento la habría devuelto a Lipari y, poniéndose en pie de repente, miró a su alrededor, pero no reconoció el país; y al verse en tierra, preguntó a la buena mujer dónde estaba; a lo que ella respondió: «Hija mía, estás cerca de Susa, en Berbería». Al oír esto, la muchacha se entristeció de que Dios no hubiera querido concederle la muerte que buscaba; y temiendo la vergüenza y sin saber qué hacer, se sentó al pie de su barca y se puso a llorar.
[Nota 272: _es decir_, no sabía si estaba en tierra o en el agua, tan absorta estaba en su desesperación.]
La buena mujer, viendo esto, se apiadó de ella y, a fuerza de ruegos, la llevó a una pequeña choza suya y allí la halagó de tal modo que la muchacha le contó cómo había llegado allí; entonces, viendo que estaba en ayunas, puso ante ella su propio pan duro, algo de pescado y agua, y tanto le rogó que comió un poco. Costanza le preguntó después quién era ella, que así hablaba latín; a lo que respondió que era de Trapani, que se llamaba Carapresa y que servía allí a ciertos pescadores cristianos. La muchacha, al oír el nombre de Carapresa, aunque estaba sumamente afligida y no sabía qué razón la movía, lo tomó por buen augurio el haber oído ese nombre y comenzó a esperar, sin saber qué, y a disminuir un tanto su deseo de morir. Luego, sin revelar quién era ni de dónde venía, le suplicó encarecidamente a la buena mujer que, por amor de Dios, se compadeciera de su juventud y le diera algún consejo sobre cómo podría escapar de cualquier afrenta que le fuera ofrecida.
[Nota al pie 273: O «auguró bien al oír el nombre». _Carapresa_ significa «una presa o ganancia querida o preciosa».]
Carapresa, como buena mujer que era, al oír esto, la dejó en su choza mientras recogía apresuradamente sus redes; luego, volviendo a ella, la envolvió de pies a cabeza en su propio manto y la llevó a Susa, donde le dijo: «Costanza, te llevaré a la casa de una muy buena dama sarracena, a quien sirvo a menudo en sus asuntos y que es vieja y compasiva. Te encomendaré a ella cuanto pueda, y estoy muy segura de que te recibirá de buen grado y te tratará como a una hija; y tú, permaneciendo con ella, esfuérzate al máximo en servirla para ganarte su favor, hasta que Dios te envíe mejor ventura». Y así como dijo, así lo hizo.
La dama, que era ya muy entrada en años, al oír la historia de la mujer, miró a la muchacha a la cara y se puso a llorar; luego, tomándola de la mano, la besó en la frente y la llevó a su casa, donde ella y otras mujeres habitaban sin hombre alguno, y todas trabajaban con sus manos en diversos oficios, haciendo labores de seda, fibra de palma y cuero. Costanza pronto aprendió a hacer algunas de estas tareas y, poniéndose a trabajar con las demás, ganó tal favor de la dama y de las otras que era cosa maravillosa; ni pasó mucho tiempo antes de que, con su enseñanza, aprendiera su lengua.
Mientras ella permanecía así en Susa, siendo ya llorada en su patria como perdida y muerta, aconteció que, siendo un tal Mariabdela rey de Túnez, un joven de gran familia y mucho poder en Granada, afirmando que aquel reino le pertenecía, reunió una gran multitud de gentes y atacó al rey Mariabdela para arrebatarle el reinado. Esto llegó a oídos de Martuccio Gomito, que estaba en prisión, y como conocía muy bien la lengua berberisca y oía que el rey hacía grandes esfuerzos por su defensa, dijo a uno de los que lo tenían a él y a sus compañeros en custodia: «Si pudiese hablar con el rey, mi corazón me asegura que podría darle un consejo con el cual ganaría esta su guerra.»
El alcaide refirió estas palabras a su señor, y éste las llevó sin dilación al rey, quien mandó traer a Martuccio y le preguntó cuál podría ser su consejo; a lo cual respondió él de esta manera: «Señor mío, si, cuando otras veces he frecuentado estos vuestros dominios, he observado bien el orden que guardáis en vuestras batallas, me parece que las libráis más con arqueros que con otra cosa alguna; por lo cual, si se hallara un medio por el cual a los ballesteros de vuestro adversario les faltaran saetas, mientras los vuestros tuvieran abundancia de ellas, pienso que vuestra batalla sería ganada.» «Sin duda —respondió el rey—, y si esto pudiera lograrse, me tendría por seguro de la victoria.» Entonces, «Señor —dijo Martuccio—, si vos queréis, esto puede hacerse muy bien, y oiréis cómo. Habéis de mandar hacer las cuerdas de los arcos de vuestros arqueros mucho más delgadas que las que comúnmente se usan en todas partes, y después mandar hacer saetas cuyas muescas no sirvan sino para estas cuerdas delgadas.»
Esto debe hacerse tan secretamente que vuestro adversario no sepa nada de ello; de otro modo hallaría remedio para ello; y la razón por la cual os aconsejo así es esta: después de que los arqueros enemigos y los vuestros hayan disparado todas sus flechas, sabéis que, mientras dure la batalla, será necesario que vuestros enemigos recojan las flechas disparadas por vuestros hombres, y estos, de igual manera, recojan las suyas; pero el enemigo no podrá hacer uso de vuestras flechas, debido a las estrechas muescas que no admitirán sus gruesas cuerdas, mientras que lo contrario les sucederá a vuestros hombres con las flechas enemigas, pues las cuerdas delgadas admitirán excelentemente las flechas de muesca ancha; y así vuestros hombres tendrán abundancia de municiones, mientras que los otros sufrirán falta de ellas.
[Nota 274: Este nombre es aparentemente una deformación del árabe _Amir Abdullah_.]