Español
Mientras tanto, Pietro, mientras era llevado a la horca por los alguaciles, siendo azotado por ellos en el camino, pasó, según plugo a quienes conducían la comitiva, frente a una hostería donde se hallaban tres nobles de Armenia, que habían sido enviados por el rey de aquel país como embajadores a Roma, para tratar con el Papa ciertos asuntos de gran importancia, concernientes a una cruzada que estaba a punto de emprenderse, y que se habían apeado allí para tomar algunos días de descanso y refrigerio. Habían sido muy honrados por los nobles de Trápani, y especialmente por Messer Américo, y al oír pasar a los que conducían a Pietro, se asomaron a una ventana para ver. Ahora bien, Pietro estaba desnudo hasta la cintura, con las manos atadas a la espalda, y uno de los tres embajadores, hombre de gran edad y autoridad, llamado Fineo, divisó en su pecho una gran mancha bermeja, no pintada, sino impresa naturalmente en su piel, a la manera de lo que las mujeres de aquí llaman _rosas_.
Viendo esto, le vino de pronto a la memoria un hijo suyo que los corsarios le habían llevado quince años atrás en la costa de Lázistan y del cual nunca después había podido tener noticia alguna; y considerando la edad del pobre desdichado que era azotado, pensó que, si su hijo viviera, tendría la edad que Pietro parecía tener. Por lo cual comenzó a sospechar por aquella señal que debía de ser él, y pensó que, si en verdad fuera su hijo, aún debería acordarse de su nombre, del de su padre y de la lengua armenia. Así, al acercarse, gritó diciendo: «¡Eh, Teodoro!» Pietro, al oír esto, levantó al punto la cabeza, y Fineo, hablando en armenio, le dijo: «¿De qué tierra eres y de quién eres hijo?»
Los alguaciles que lo tenían a su cargo se detuvieron con él, por respeto al noble, de modo que Pietro respondió, diciendo: «Yo era de Armenia e hijo de un tal Fineo, y fui traído aquí, siendo niño pequeño, por no sé qué gentes.»
Fineo, al oír esto, lo reconoció con certeza como el hijo que había perdido, por lo que bajó, llorando, con sus compañeros, y corrió a abrazarlo entre todos los alguaciles; luego, echándole sobre los hombros un manto de la más rica seda, que llevaba sobre sus propias espaldas, rogó al oficial que lo escoltaba hacia la ejecución que tuviera a bien esperar allí hasta que le llegara orden de llevar de vuelta al prisionero; a lo cual respondió que lo haría de buena gana.
Ahora bien, Fineo había sabido ya la razón por la cual Pietro era llevado a la muerte, habiéndolo divulgado el rumor por todas partes; por lo que de inmediato se encaminó, con sus compañeros y su séquito, a donde Micer Currado y le habló así: «Señor, aquel a quien habéis condenado a morir, como esclavo, es un hombre libre y mi hijo, y está dispuesto a tomar por esposa a aquella de quien se dice que ha privado de su doncellez; por lo que os plazca diferir la ejecución hasta tanto se sepa si ella lo quiere por marido, de modo que, en caso de que ella estuviere dispuesta, no se os halle haber obrado contra la ley.» Micer Currado, al oír que el condenado era hijo de Fineo, se maravilló y, confesando que lo que éste decía era verdad, se avergonzó un tanto de la injusticia de la fortuna e inmediatamente hizo llevar a Pietro a su casa; luego, enviando a llamar a Micer Amerigo, le informó de estas cosas.
Messer Amerigo, que para entonces creía muertos a su hija y a su nieto, era el hombre más afligido del mundo por lo que había hecho, viendo que todo podría haberse remediado muy bien, con tal de que Violante estuviese aún viva. Sin embargo, despachó un mensajero adonde estaba su hija, con la intención de que, en caso de que su mandamiento no se hubiese cumplido, no se llevase a efecto. El mensajero encontró al criado enviado por Messer Amerigo reprendiendo a la dama, ante quien había puesto el puñal y el veneno, porque no hacía su elección tan pronto como él deseaba, y habría querido constreñirla a tomar el uno o el otro.
Pero, al oír el mandamiento de su señor, la dejó en paz, y volviendo a Messer Amerigo, le contó cómo estaba el caso, para gran satisfacción de este, quien, dirigiéndose adonde estaba Fineo, se disculpó, casi con lágrimas, lo mejor que supo, por lo que había pasado, pidiendo perdón por ello y afirmando que, si Teodoro quisiera tomar a su hija por esposa, estaría en extremo complacido de dársela. Fineo recibió con agrado sus disculpas y respondió:
—Mi intención es que mi hijo tome a vuestra hija por esposa; y si no lo quiere, que siga su curso la sentencia dictada contra él.
En consecuencia, estando así de acuerdo, ambos se dirigieron adonde Teodoro moraba aún todo temeroso de la muerte, aunque se regocijaba de haber hallado de nuevo a su padre, y le preguntaron su parecer acerca de aquello. Cuando oyó que, si él quería, podría tener a Violante por esposa, fue tal su gozo que le pareció haber pasado del infierno al cielo de un salto, y respondió que aquello sería para él el mayor de los favores, con tal de que a ambos pluguiera. Entonces enviaron a conocer el ánimo de la joven, la cual, mientras permanecía en espera de la muerte, la más afligida mujer del mundo, al oír lo que había acaecido y lo que estaba por acaecer a Teodoro, tras mucha plática, comenzó a dar algún crédito a sus palabras y, tomando un poco de consuelo, respondió que, si hubiera de seguir sus propios deseos en el asunto, ninguna mayor ventura podría sobrevenirle que ser la esposa de Teodoro; empero, haría aquello que su padre le mandase.
Así pues, estando todos de acuerdo, los dos amantes se casaron con la mayor magnificencia, con suma satisfacción de todos los vecinos; y la joven, cobrando ánimo y dejando criar a su hijito, volvió a ser en poco tiempo más hermosa que nunca. Luego, ya levantada del lecho de parto, salió al encuentro de Fineo, cuyo regreso se esperaba de Roma, y le rindió reverencia como a padre; por lo cual él, sumamente complacido de tener una nuera tan hermosa, hizo celebrar sus nupcias con la mayor pompa y regocijo, y recibiéndola como hija, desde entonces la tuvo como tal. Y transcurridos algunos días, embarcándose con su hijo, con ella y con su nietecito, los llevó consigo a Lazistán, donde los dos amantes moraron en paz y felicidad mientras les duró la vida.
LA OCTAVA HISTORIA
[Día Quinto]
NASTAGIO DEGLI ONESTI, ENAMORÁNDOSE DE UNA DAMA DE LA FAMILIA TRAVERSARI, MALGASTA SUS BIENES SIN SER CORRESPONDIDO, Y YÉNDOSE, POR INSTANCIA DE SUS PARIENTES, A CHIASSI, ALLÍ VE A UN JINETE DAR CAZA A UNA DONCELLA, MATARLA Y HACERLA DEVORAR POR DOS PERROS. CON ELLO INVITA A SUS PARIENTES Y A LA DAMA QUE AMA A UNA CENA, DONDE SU AMADA VE A LA MISMA DONCELLA HECHA PEDAZOS, Y TEMIENDO UNA SUERTE PARECIDA, TOMA A NASTAGIO POR MARIDO.
Apenas había callado Lauretta, cuando Filomena, por mandamiento de la reina, comenzó así: «Amables damas, así como la piedad es en nosotras alabada, así también la crueldad es rigurosamente vengada por la justicia divina; y para probároslo y exhortaros del todo a purgaros de ella, me place contaros una historia no menos lastimera que deleitosa.»
En Rávena, antiquísima ciudad de Romaña, hubo en otros tiempos muchos nobles y gentiles hombres, y entre ellos un joven llamado Nastagio degli Onesti, a quien la muerte de su padre y de un tío suyo había dejado rico más allá de toda estimación, y que, como suele acontecer a los mozos, hallándose sin esposa, se enamoró de una hija de Meser Paolo Traversari, doncella de mucha más alta alcurnia que la suya, esperando con sus modales atraerla a que le amase. Pero estas cosas, aunque grandes y loables y dignas de encomio, no solo no le aprovecharon nada; antes parecía que le dañaban, de tan cruel, obstinada e intratable como se le mostraba la doncella amada, crecida quizá, ora por su sin par belleza, ora por la nobleza de su linaje, hasta el punto de volverse tan soberbia y desdeñosa que ni él ni cosa alguna que a él pluguiese le placían.
Esto era tan penoso de soportar para Nastagio que muchas veces, por despecho, cansado de quejarse, pensó en matarse, pero se contuvo; y una y otra vez se propuso dejarla por completo o, si pudiera, tenerla en odio, tal como ella lo tenía a él. Pero en vano tomaba tal resolución, pues cuanto más le faltaba la esperanza, más parecía redoblarse su amor. Así pues, persistió en amar y en gastar sin límite ni medida, hasta que a algunos de sus amigos y parientes les pareció que iba a consumirse a sí mismo y su hacienda; por lo cual le rogaron una y otra vez y le aconsejaron que se marchara de Rávena y fuera a residir algún tiempo en otro lugar, pues, haciéndolo así, menguarían tanto su pasión como sus gastos.
Nastagio se burló durante mucho tiempo de este consejo; pero, al fin, instado por ellos y no pudiendo ya decir que no, prometió hacer lo que le pedían y mandó hacer grandes preparativos, como si se dispusiera a ir a Francia o a España o a algún otro lugar lejano. Entonces, montando a caballo en compañía de muchos de sus amigos, salió de Rávena y se dirigió a un lugar llamado Chiassi, a unas tres millas de la ciudad, donde, mandando traer tiendas y pabellones, dijo a los que lo habían acompañado hasta allí que pensaba quedarse y que podían volver a Rávena. En consecuencia, habiendo acampado allí, se puso a llevar la vida más espléndida y magnífica que jamás se viera, invitando ya a unos, ya a otros, a cenar y a comer, como solía.
Sucedió un día, hallándose ya casi al comienzo de mayo y siendo el tiempo muy hermoso, que, habiendo entrado en pensamiento de su cruel amada, mandó a todos sus sirvientes que lo dejasen solo, para poder meditar más a su gusto, y vagó paso a paso, perdido en melancólica cavilación, hasta que llegó [de mala gana] al pinar. La quinta hora del día estaba ya casi pasada y había andado una buena media milla por el bosque, sin acordarse ni de comer ni de otra cosa alguna, cuando le pareció de pronto oír un terrible gran lamento y fuertes gritos proferidos por una mujer; con lo cual, rota su dulce meditación, alzó la cabeza para ver qué era aquello y se maravilló de hallarse entre los pinos; entonces, mirando hacia adelante, vio a una hermosísima doncella venir corriendo, desnuda, a través de un matorral espeso poblado de maleza y zarzas, hacia el lugar donde él estaba, llorando y pidiendo merced a gritos, toda despeinada y desgarrada por los arbustos y las espinas.
A sus talones corrían dos enormes y feroces mastines, que la seguían muy de cerca y a menudo la mordían cruelmente cuando la alcanzaban; y tras ellos vio venir cabalgando sobre un corcel negro a un caballero armado con armadura de color sombrío, de aspecto muy iracundo y con un estoque en la mano, amenazándola de muerte con palabras viles y espantosas.
Esta visión llenó a un tiempo el ánimo de Nastagio de terror y asombro, y luego le movió a compasión por la desdichada dama, de donde nació el deseo de librarla, si pudiera, de tamaña angustia y muerte. Hallándose sin armas, corrió a tomar la rama de un árbol para hacer de ella una clava, y armado con ella avanzó al encuentro de los perros y del caballero. Cuando este lo vio, le gritó desde lejos, diciendo: «Nastagio, no te entrometas; deja que los perros y yo hagamos lo que esta malvada mujer ha merecido». Mientras hablaba, los perros, asiendo fuertemente a la doncella por los flancos, la detuvieron, y el caballero, llegando, se apeó de su caballo; entonces Nastagio se le acercó y le dijo: «No sé quién puedas ser tú, que tan bien me conoces; pero esto te digo: es gran villanía que un caballero armado procure matar a una mujer desnuda y le eche los perros encima como si fuera una fiera; ciertamente, la defenderé cuanto pueda».
—Nastagio —respondió el caballero—, yo era de la misma ciudad que tú, y aún eras un niño pequeño cuando yo, que me llamaba Messer Guido degli Anastagi, estaba aún más apasionadamente enamorado de esta mujer de lo que tú estás ahora de aquella de los Traversari; y mi mala fortuna, por su dureza de corazón y barbarie, llegó a tal extremo que un día me maté en la desesperación con este estoque que ves en mi mano, y fui condenado a castigo eterno. Ni pasó mucho tiempo antes de que ella, que se alegró sin medida de mi muerte, muriera también; y por el pecado de su crueldad y del deleite que tuvo en mis tormentos (de lo cual no se arrepintió, como quien no pensaba haber pecado en ello, sino más bien haber merecido recompensa), fue y está asimismo condenada a las penas del infierno.
En donde no bien hubo descendido cuando le fue decretado, y a mí también, como penitencia de ello, que huyera ante mí y que yo, que una vez la amé tan querida, la persiguiera, no como a una amada dueña, sino como a enemiga mortal, y que, cuantas veces la alcanzara, la matara con este estoque, con el cual yo mismo me maté, y, rasgándole los lomos, le arrancara de su cuerpo, como verás enseguida, aquel duro y frío corazón, donde ni el amor ni la piedad pudieron jamás entrar, junto con las demás entrañas, y los diera a los perros para comer. Y no pasa mucho tiempo antes de que, como lo quieren la justicia y el poderío de Dios, se levante de nuevo, como si no hubiera muerto, y comience nuevamente su lamentable huida, mientras los perros y yo volvemos a perseguirla.
Y cada viernes acontece que la alcanzo aquí a esta hora y ejecuto en ella la matanza que verás; y no pienses que descansamos los demás días; no, la sorprendo en otros lugares, donde ella pensó y obró cruelmente contra mí. Así, siendo, como ves, de su amante convertido en su enemigo, me es menester perseguirla de esta manera tantos años como meses fue ella cruel conmigo. Por tanto, déjame llevar a efecto la justicia de Dios y no busques oponerte a lo que no podrás impedir.
Nastagio, oyendo estas palabras, retrocedió, sobrecogido de terror, sin que un solo pelo de su cuerpo dejara de erizarse, y mirando a la miserable doncella, comenzó a aguardar temerosamente lo que el caballero habría de hacer. Este, una vez puso fin a su discurso, corrió, con la espada en mano, cual si fuera un perro rabioso, hacia la doncella, que, caída de rodillas y sujeta por los dos mastines, le pedía clemencia a gritos, y asestándole un golpe con todas sus fuerzas en mitad del pecho, la atravesó de parte a parte. Apenas hubo recibido aquel golpe, cayó postrada en tierra, aún llorando y clamando; entonces el caballero, echando mano a su cuchillo de caza, le abrió los lomos y, arrancándole el corazón y cuanto allí había, lo arrojó a los dos mastines, que lo devoraron al instante, pues estaban muy hambrientos.
Ni pasó mucho tiempo antes de que, como si nada de esto hubiera acontecido, la doncella se levantara de repente y comenzara a huir hacia el mar, con los perros tras ella que aún la desgarraban; y en poco tiempo se alejaron tanto que Nastagio no pudo verlos más. Este, viendo tales cosas, permaneció un gran rato entre la piedad y el temor, y luego le vino al pensamiento que aquello podría serle de gran provecho, pues acontecía cada viernes; por lo cual, marcando el lugar, volvió a sus criados y después, cuando le pareció oportuno, hizo llamar a varios de sus parientes y amigos y les dijo: «Mucho me habéis instado a que deje de amar a esta mi enemiga y ponga fin a mis gastos, y estoy dispuesto a hacerlo, con tal de que me consigáis un favor; el cual es éste: que el próximo viernes procuréis que Messer Paolo Traversari y su esposa, su hija, todas sus parientas y cuantas otras damas os plazcan vengan aquí a cenar conmigo».
Aquello para lo cual deseo esto, lo veréis entonces. Esto les pareció cosa bien poca de hacer, por lo cual, de vuelta a Rávena, a su debido tiempo invitaron a aquellos a quienes Nastagio quería cenar consigo; y aunque no fue fácil empresa traer allá a la joven a quien amaba, no obstante ella acudió con las otras damas. Mientras tanto, Nastagio hizo preparar un magnífico banquete y mandó poner las mesas bajo los pinos, alrededor del lugar donde había presenciado la matanza de la cruel dama.
Llegado el momento, sentó a los caballeros y a las damas a la mesa, y dispuso las cosas de manera que su amada quedase justo frente al lugar donde el hecho había de ocurrir. Así, apenas se sirvió el último plato, cuando el desgarrador clamor de la doncella perseguida comenzó a oírse por todos, ante lo cual cada uno de los convidados se maravilló y preguntó qué sucedía, mas nadie supo decirlo; entonces todos se levantaron de sus asientos y, mirando qué pudiera ser aquello, vieron a la doncella afligida, al caballero y a los perros; ni tardaron mucho en tenerlos allí entre ellos. Grande fue el griterío contra los perros y el caballero, y muchos se lanzaron a socorrer a la doncella; pero el caballero, hablándoles como había hablado a Nastagio, no solo los hizo retroceder, sino que a todos llenó de terror y asombro.
Entonces hizo como había hecho antes, ante lo cual todas las damas que allí estaban (y eran muchas las presentes que habían sido parientas tanto de la afligida doncella como del caballero, y que recordaban tanto su amor como su muerte) lloraron tan lastimosamente como si hubieran visto aquello hecho contra sí mismas.
Llevada la cosa a su fin e idos la doncella y el caballero, la aventura puso a aquellos que la habían visto en muchos y variados discursos; mas entre los que más se espantaron fue la cruel doncella amada de Nastagio, que había visto y oído distintamente todo el caso y entendido que aquellas cosas le concernían más que a ningún otro de los allí presentes, acordándose de la crueldad que todavía había usado con Nastagio; por lo cual le pareció que ya huía ante su airado amante y que tenía los mastines a sus talones. Tal fue el terror que esto despertó en ella que, para que no le acaeciera aquello, no bien halló oportunidad (que le fue ofrecida aquella misma tarde) cuando, trocando su odio en amor, envió a Nastagio una doncella suya de confianza, que le rogó que le pluguiera ir a ella, pues estaba dispuesta a hacer todo aquello que fuera de su placer.
NOVELA NONA [Jornada Quinta]
Le respondió que aquello le era en extremo agradable, pero que, si a ella placía, deseaba gozar de ella con honra, a saber, tomándola por mujer. La doncella, que sabía que de nadie sino de ella misma dependía que no hubiese sido su esposa, le respondió que mucho le placía; y haciendo ella misma de mensajera, dijo a su padre y a su madre que estaba contenta de ser la mujer de Nastagio, de lo cual se regocijaron sobremanera. Y él, desposándola el domingo siguiente y celebrando sus nupcias, vivió con ella largo tiempo y felizmente. Ni fue este espanto la causa de aquel bien solamente; antes bien, todas las damas de Rávena cobraron tanto miedo por ello, que en lo sucesivo fueron mucho más dóciles a los deseos de los hombres de lo que antes habían sido.
Capítulo 45: Parte 45 Segmento 26 de 29. Traduzca solo este segmento; no resuma ni se refiera a otros segmentos.
FEDERIGO DEGLI ALBERIGHI AMA Y NO ES AMADO. MALGASTA SU HACIENDA EN PRODIGAL HOSPITALIDAD HASTA QUE NO LE QUEDA MÁS QUE UN SOLO HALCÓN, EL CUAL, NO TENIENDO OTRA COSA, DA A COMER A SU DAMA, POR HABER ELLA VENIDO A SU CASA; Y ELLA, SABIENDO ESTO, CAMBIA DE PENSAMIENTO Y TOMÁNDOLO POR MARIDO, LO HACE RICO DE NUEVO
Habiendo callado Filomena, la reina, viendo que no quedaba nadie por narrar sino solo ella y Dioneo, cuyo privilegio le confería el derecho de hablar el último, dijo, con alegre aspecto: "A mí me corresponde ahora narrar, y yo, queridísimas damas, lo haré de buen grado, contando una historia en parte semejante a la anterior, a fin de que no solo conozcáis cuánto puede el amor de vosotras[285] en los corazones gentiles, sino que aprendáis a ser vosotras mismas, cuando convenga, dispensadoras de vuestras mercedes, sin dejar siempre que la fortuna sea vuestra guía, la cual las más de las veces, como acontece, no da con discreción, sino sin medida alguna.
Debes saber, pues, que Coppo di Borghese Domenichi, que fue en nuestros días y quizá aún vive, hombre de gran estima y autoridad en nuestra ciudad, ilustre y digno de eterna memoria, mucho más por sus maneras y su mérito que por la nobleza de su sangre, hallándose ya cargado de años, se deleitaba a menudo en conversar con sus vecinos y con otros sobre cosas pasadas, las cuales sabía referir mejor y con más orden, memoria y elegancia de lenguaje que ningún otro hombre.
Entre otras cosas suyas dignas de recordarse, solía contar que hubo una vez en Florencia un joven llamado Federigo, hijo de Meser Filippo Alberighi, y renombrado por sus hechos de armas y su cortesía por encima de cualquier otro caballero de Toscana; el cual, como acontece a la mayoría de los gentileshombres, se enamoró de una dama llamada Madama Giovanna, tenida en su tiempo por una de las más hermosas y vivarachas damas que había en Florencia; y para ganar su amor, celebraba justas y torneos, daba fiestas y regalos, y gastaba su hacienda sin medida alguna; pero ella, no menos virtuosa que bella, no hacía caso alguno de estas cosas hechas por su causa, ni de quien las hacía. Gastando así Federigo mucho más allá de sus medios y sin obtener nada, su riqueza, como fácilmente sucede, con el correr del tiempo llegó a su fin, y quedó pobre, ni le quedó nada más que una pobrecilla granja, con cuyas rentas vivía muy escasamente, y además un halcón que tenía, uno de los mejores del mundo.
Por lo cual, estando más enamorado que nunca y pareciéndole que ya no podría hacer en la ciudad la figura que habría deseado, fijó su morada en Campi, donde tenía su granja, y allí sobrellevó su pobreza con paciencia, dedicándose a la cetrería cuando podía y sin pedir nada a nadie.