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Hecho esto, se apresuró a abrir a su marido, a quien dijo, tan pronto como entró en la casa: «Muy pronto has despachado esta cena tuya». «Ni siquiera la hemos probado», respondió él; y ella dijo: «¿Cómo es eso?». «Te lo contaré», dijo él. «Apenas nos habíamos sentado a la mesa, Ercolano, su mujer y yo, cuando oímos a alguien estornudar muy cerca, de lo cual no hicimos caso ni a la primera ni a la segunda; pero, como el que estornudaba estornudase una tercera, una cuarta, una quinta y muchas otras veces, a todos nos hizo maravillar; entonces Ercolano, que estaba algo enojado con su mujer porque nos había tenido un buen rato de pie ante la puerta sin abrirnos, dijo como airado: "¿Qué significa esto? ¿Quién es el que así estornuda?" Y, levantándose de la mesa, se encaminó a una escalera que estaba allí cerca, bajo la cual, junto al pie de la escalera, había un tabique de tablas, donde guardar toda clase de cosas, como vemos que hacen cada día aquellos que ponen en orden sus casas.»
Parecióle que de allí provenía el ruido de los estornudos, y abrió una puertecilla que allí había; y apenas hubo hecho esto, salió de allí el más espantoso hedor de azufre que pudiera imaginarse. Algo de este olor nos había ya llegado, y quejándonos de ello, la dama había dicho: —Es porque estaba ahora mismo ocupada en blanquear mis velos con azufre, y después puse la cazuela, sobre la cual los había tendido para que recibieran los vapores, debajo de la escalera, de modo que aún humea de ello.
En cuanto el humo se hubo disipado un tanto, Ercolano miró dentro del armario y allí divisó al que había estornudado y que aún estaba a punto de estornudar, porque los vapores del azufre lo obligaban a ello, y en verdad ya le habían oprimido tanto el pecho que, de haberse demorado un poco más, no hubiera vuelto a estornudar ni a hacer otra cosa en su vida. Ercolano, al verlo, gritó:
—¡Ahora, mujer, veo por qué, cuando vinimos aquí hace un rato, nos tuvieron tanto tiempo a la puerta sin abrírnosla! ¡Pero que jamás vuelva a tener yo cosa que me plazca si no te lo pago!
La dama, al oír esto y ver que su pecado estaba descubierto, no se detuvo a poner excusa alguna, sino que se levantó de la mesa y huyó a no sé adónde.
Ercolano, sin reparar en la huida de su mujer, una y otra vez le ordenaba al que había estornudado que saliera; pero éste, que ya estaba en las últimas, no se movía, por más que le dijera; por lo que, cogiéndolo por un pie, lo arrastró fuera de su escondite y corrió a buscar un cuchillo para matarlo; pero yo, temiendo a la policía por mi propia cuenta, me levanté y no permití que lo matara ni le hiciera daño alguno; antes bien, gritando y defendiéndolo, di la voz de alarma a algunos vecinos, que acudieron y, tomando al joven medio muerto, lo sacaron de la casa no sé a dónde. Por lo cual, siendo nuestra cena perturbada por estas cosas, no sólo no la he terminado, sino que, como he dicho, ni siquiera la he probado.
La dama, al oír esto, supo que había otras mujeres tan sabias como ella, aunque a veces les acaecía alguna desgracia por ello, y de buena gana habría defendido con palabras a la esposa de Ercolano; pero pareciéndole que, censurando las faltas ajenas, podría abrir más libre camino a las propias, comenzó a decir: «¡Bonitas cosas! ¡Santa y virtuosa debe de ser ella, en verdad! ¡Ella, ante quien, como soy mujer honrada, me habría confesado, tan espiritual me parecía! Y lo peor es que, siendo ya vieja, da un excelente ejemplo a las jóvenes.»
Maldita sea la hora en que vino al mundo, y maldita sea también ella, que se deja vivir, mujer pérfida y vil que debe ser, oprobio y vergüenza general de todas las damas de esta ciudad, que, echando a los vientos su honor y la fe prometida a su marido y la estimación del mundo, no se avergüenza de deshonrarle a él, y consigo misma, por otro hombre, siendo él tan hombre y tan honrado ciudadano y que tan bien la trataba! ¡Así Dios me salve, no debería tenerse piedad de mujeres como ella; deberían ser condenadas a muerte; deberían ser arrojadas vivas al fuego y quemadas hasta convertirse en cenizas.' Entonces, acordándose de su galán, a quien tenía cerca, escondido bajo la artesa, comenzó a exhortar a Pietro a que se fuese a la cama, pues ya era hora; pero él, con más ganas de comer que de dormir, preguntó si había algo de cena. '¿Cena, dices?' respondió la dama. '¡A fe que estamos acostumbrados a cenar cuando tú estás fuera! ¡Linda cosa, por cierto! ¿Acaso me tomas por la mujer de Ercolano?'
¡Ay, por qué no te vas a dormir esta noche! ¡Cuánto mejor harás!» Y aconteció que, habiendo llegado aquella tarde ciertos labradores de Pietro con diversas cosas de la granja, y habiendo puesto sus asnos, sin darles de beber, en una pequeña establo contiguo al cobertizo, uno de ellos, que estaba muy sediento, sacó la cabeza del cabestro y, saliendo del establo, fue oliendo todo por todas partes, por si acaso pudiera encontrar agua; y yendo así, llegó pronto al gallinero, bajo el cual estaba el joven. Éste, por cuanto le convenía permanecer a gatas, había sacado los dedos de una mano por el suelo más allá del gallinero; y fue tal su ventura, o mejor digamos su desventura, que el asno le puso la pezuña sobre ellos, por lo cual el joven, sintiendo un dolor grandísimo, lanzó un terrible grito.
Pietro, al oír esto, se maravilló y percibió que el ruido venía de dentro de la casa; por lo cual salió al cobertizo, y oyendo que el otro aún clamaba, pues el asno no había levantado el casco de sus dedos, sino que todavía los pisaba con fuerza, dijo: «¿Quién anda ahí?» Entonces, corriendo hacia el gallinero, lo levantó y divisó al joven, quien, además del dolor que padecía por los dedos que le había aplastado el casco del asno, estaba todo tembloroso de miedo de que Pietro le hiciese algún daño.
Éste, conociéndole por uno a quien mucho tiempo había perseguido para sus lascivos fines, le preguntó qué hacía allí; a lo cual él nada respondió, sino que le rogó, por amor de Dios, que no le hiciese mal alguno. Dijo Pietro: «Levántate y no temas que te haga daño alguno; mas dime cómo vienes aquí y con qué propósito.» El joven le contó todo; con lo cual Pietro, no menos gozoso de haberle hallado que afligida estaba su mujer, tomándole por la mano, le llevó a la cámara, donde la dama le esperaba con el mayor espanto del mundo, y sentándose frente a ella, dijo: «Pero ahora maldijiste a la mujer de Ercolano y afirmaste que debía ser quemada y que era la vergüenza de todas vosotras mujeres; ¿por qué no hablaste de ti misma? O, si no quisiste hablar de ti misma, ¿cómo pudo tu conciencia permitirte hablar así de ella, sabiendo que tú misma habías hecho lo mismo que ella?»
Ciertamente, ninguna otra cosa te movió a ello sino que vosotras, las mujeres, estáis hechas así y procuráis cubrir vuestras propias faltas con las ajenas; ¡ojalá cayera fuego del cielo para quemaros a todas, generación perversa que sois!
La dama, viendo que, en el primer ardor del descubrimiento, él no le había hecho daño alguno más que de palabra, y pareciéndole que estaba todo alborozado por tener de la mano a un mancebo tan gallardo, cobró ánimo y dijo:
—De esto, en verdad, estoy muy bien segura: que tú harías venir fuego del cielo para quemarnos a todas las mujeres, pues eres tan aficionado a nosotras como un perro a los garrotazos; mas, por la cruz de Cristo, no has de lograr tu deseo. Empero, de buen grado querría tener un poco de plática contigo, para saber de qué te quejas. Ciertamente, sería linda cosa que intentases igualarme con la mujer de Ercolano, que es una azota-pechos, una huele-pecados, y alcanza de su marido cuanto quiere y es de él tenida en aprecio como conviene a una esposa; lo cual no es mi caso.
Porque, aunque concedo que de ti estoy bien vestida y calzada, sabes demasiado bien cómo me va en lo demás y cuánto hace que no has dormido conmigo; y preferiría andar descalza y en harapos, y ser bien tratada por ti en el lecho, que tener todas estas cosas, siendo tratada como lo soy por ti. Entiéndelo claramente, Pietro: soy una mujer como las demás y deseo lo que las otras mujeres desean; así que, si me lo procuro, no teniéndolo de ti, no tienes por qué censurarme por ello; al menos, te hago ese honor de no habérmelas con mozos de cuadra y con tiñosos.
[Nota 289: _es decir_, una devota hipócrita y fingida, que cubre una vida licenciosa con apariencia de santidad.]
Pietro percibió que a ella no le faltarían palabras para toda aquella noche; por lo que, como quien poco se cuidaba de ella, dijo: «Mujer, no más por ahora; te satisfaré cumplidamente en este asunto; pero nos harás un gran favor si nos das algo de cenar, pues me parece que este joven, como yo, aún no ha cenado.» —Ciertamente, no —respondió la dama—; aún no ha cenado, porque nos sentábamos a la mesa cuando llegaste en mala hora. —Ve, entonces —replicó Pietro—, dispon que cenemos, y después arreglaré este asunto de tal manera que no tendrás motivo de queja. La dama, viendo que su marido estaba satisfecho, se levantó e hizo volver a poner la mesa; luego, haciendo traer la cena que había preparado, cenó alegremente en compañía de su menguado marido y del joven.
Después de la cena, lo que Pietro ideó para la satisfacción de los tres se me ha escapado de la memoria; pero esto sí sé: que a la mañana siguiente llevaron de vuelta al joven a la plaza pública, no del todo seguro de cuál de los dos había sido más aquella noche, si mujer o marido. Por lo cual, queridas damas mías, esto os diré: "Quien os la haga, hacedla vosotras a él"; y si no podéis en el momento, guardadlo en la memoria hasta que podáis, para que reciba tan bueno como da."
* * * * *
Dioneo, habiendo puesto fin a su cuento, que había sido menos reído por las damas [de lo habitual], más por vergüenza que por el poco deleite que en él hallaron, la reina, viendo llegado el fin de su soberanía, se puso en pie y, quitándose la corona de laurel, la colocó con alegría sobre la cabeza de Elisa, diciendo: "En vos, señora, en adelante recae el mandar."
Capítulo 47: Parte 47 Segmento 15 de 29. Traduzca solo este segmento; no resuma ni se refiera a otros segmentos.
Elisa, aceptando el honor, hizo tal como se había hecho antes que ella, pues, habiendo primero, a satisfacción de la compañía, dado orden al senescal de aquello que fuere menester durante el tiempo de su mandato, dijo: «Muchas veces hemos oído decir cómo, merced a dichos agudos, réplicas prontas y avisos oportunos, muchos han logrado con una respuesta certera[290] quitar el filo a los dientes ajenos o rehuir peligros inminentes; y, por cuanto la materia es buena y puede ser útil,[291] quiero que mañana, con la ayuda de Dios, se discurra dentro de estos términos, a saber: DE QUIEN, SIENDO ASALTADO CON ALGÚN DICHO BURLESCO, SE HA VINDICADO O CON ALGUNA RÉPLICA PRONTA O AVISO HA ESCAPADO DE PÉRDIDA, PELIGRO O VERGÜENZA.»
[Nota 290: Lit. un bocado debido o merecido (*debito morso*). Menciono esto para mostrar la conexión con los dientes.]
Esto fue muy alabado por todos;[291] por lo cual la reina, levantándose, los despidió a todos hasta la hora de la cena. La honorable compañía, viéndola levantada, se puso en pie, y cada uno, según la costumbre, se dedicó a lo que más le agradaba. Pero, habiendo cesado ya el canto de los grillos, la reina hizo llamar a todos y se dirigieron a la cena, la cual, despachada con alegre regocijo, todos se dedicaron a cantar y hacer música; y habiendo Emilia, por mandato de la reina, comenzado un baile, a Dioneo se le pidió que cantara una canción, por lo que de inmediato entonó: «Señora Aldruda, levanta tu faldita, que te traigo, te traigo, buenas nuevas». Con lo cual todas las damas se echaron a reír, y especialmente la reina, que le mandó dejar esa y cantar otra.
[291] Una elipsis de un tipo común en Boccaccio y en todos los antiguos escritores italianos, que significa «puede ser útil ampliar el tema en cuestión».
Dijo Dioneo: «Señora, si tuviera un tamboril, cantaría "Recogeos las faldas, os ruego, señora Lampaza", o "Bajo el olivo está la hierba"; ¿o queréis que os diga "Las olas del mar me hacen gran mal"? Pero no tengo tamboril, así que escoged cuál de esos otros queréis. ¿Os placerá que diga "Salid acá, para que sea cortado, como un mayo en medio de los prados"?» —No —respondió la reina—; dadnos otro. —Entonces —dijo Dioneo—, ¿cantaré "Señora Simona, embarrilad, embarrilad, que no es el mes de octubre"? Dijo la reina riendo: —Mal año para ti; cantadnos uno bueno, si queréis, que de esos no queremos ninguno. —No, señora —replicó Dioneo—, no os afanéis; mas ¿cuál de estos os gusta más? Sé más de mil. ¿Queréis "Esta mi concha, si no la pellizco bien", o "Quedo y suave, esposo mío", o "Compraré un gallo, un gallo de cien libras esterlinas"?»
Con esto, la reina, algo provocada, aunque todas las demás damas reían, dijo: —Dioneo, deja las burlas y cántanos una buena; si no, probarás cómo sé enojarme. Al oír esto, él dejó sus chanzas y donaires y de inmediato se puso a cantar de esta guisa:
¡Oh Amor, la luz amorosa que de los lindos ojos de aquella bella irradia me ha hecho tuyo y suyo en guisa de servidor!
El esplendor de sus hermosos ojos hizo que tus llamas se encendieran por vez primera en mi pecho, pasando a través de los míos; sí, y tu virtud primero a mi pensar hizo manifiesto su rostro bello, el cual, figurándomelo, tejo y ante su altar coloco todas las virtudes que a ella sacrifico, que se convierten en la nueva ocasión de mis suspiros.
Así, mi querido señor, tu vasallo me he vuelto Y de tu poder aguardo obedientemente Gracia para mi humildad; Mas no sé si del todo es conocida El alto deseo que en mi pecho has puesto Y mi fe pura, no menos, De aquella que posee Mi corazón, que de ninguno bajo el cielo, Salvo de ella sola, paz tomaría o preciaría.
Por lo cual te ruego, mi dulce señor y amo, Descúbrelelo y haz que pruebe Un poco de tu ardor Hacia mí,--pues ves que en el fuego, Amando, languidezco y de tormento me consumo Poco a poco a sus pies,-- Y también, en tiempo oportuno, Encomiéndame a su favor de tal modo Como yo rogaría por ti, si llegara la necesidad.
[293: Esta singularmente ingenua manera de toma y daca de pedir un favor a un Dios recuerda el antiguo epitafio escocés citado por el Sr. George Macdonald:]
Aquí yazgo yo, Martín Elginbrodde: Ten piedad de mi alma, Señor Dios; Como yo haría, si yo fuera Dios Y tú fueras Martín Elginbrodde.]
Dioneo, con su silencio, mostrando que su canción había concluido, la reina dejó cantar a muchos otros, habiendo no obstante elogiado mucho la suya. Luego, pasada parte de la noche y sintiendo la reina que el calor del día era ya vencido por el frescor de la noche, mandó a cada cual que, a su placer, se retirara a descansar para el día siguiente.
AQUÍ TERMINA LA QUINTA JORNADA DEL DECAMERÓN
_Jornada Sexta_
AQUÍ COMIENZA LA SEXTA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL, BAJO EL GOBIERNO DE ELISA, SE DISCURRE DE AQUEL QUE, SIENDO ASALTADO CON ALGÚN DICHO BURLESCO, SE HA VINDICADO, O CON ALGUNA RESPUESTA PRONTA O AVISO HA ESCAPADO DE PÉRDIDA, PELIGRO O VERGÜENZA.
Capítulo 47: Parte 47
La luna, estando ya en medio del cielo, había perdido su resplandor, y cada parte de nuestro mundo estaba iluminada por la nueva luz que llegaba, cuando, levantándose la reina y haciendo llamar a su compañía, todos con paso lento salieron y deambularon sobre la hierba cubierta de rocío hasta una pequeña distancia de la hermosa colina, manteniendo diversos discursos de una cosa y otra y debatiendo acerca de la mayor o menor bondad de las historias contadas, mientras renovaban sus risas por las diversas aventuras en ellas relatadas, hasta que, alzándose el sol y comenzando a calentar, les pareció bien a todos volver a casa. Por lo cual, deshaciendo sus pasos, regresaron al palacio y allí, por mandato de la reina, estando ya las mesas puestas y todo sembrado de hierbas olorosas y hermosas flores, se dispusieron a comer, antes de que el calor aumentara.
Cumplido esto alegremente, antes que hiciesen otra cosa, cantaron diversas canzonetas hermosas y placenteras, tras lo cual unos se fueron a dormir, mientras otros se sentaron a jugar al ajedrez y otros a las tablas, y Dioneo se puso a cantar, junto con Lauretta, de Troilo y Crésida. Luego, llegada la hora de reunirse de nuevo según la acostumbrada manera, todos, convocados de parte de la reina, se sentaron, según su usanza, alrededor de la fuente; pero, cuando estaba a punto de pedir el primer cuento, aconteció una cosa que aún no había acontecido allí, a saber, que ella y todos oyeron un gran clamor hecho por las mozas y los criados de la cocina.
El senescal, llamado y preguntado quién era el que así gritaba y cuál podía ser la ocasión del alboroto, respondió que el clamor era entre Licisca y Tindaro, pero que no sabía la causa de ello, por no haber llegado sino entonces para hacerlos estar quietos, cuando había sido convocado de parte de ella. La reina le mandó traer al punto allí a los dos culpables, y una vez comparecidos, les preguntó cuál era la causa de su clamor; y al ofrecerse Tindaro a responder, Licisca, que era ya entrada en años y algo dominante, encendida por el griterío que había armado, volviéndose a él con aire airado, dijo: —Mirad a este bruto de hombre que se atreve a hablar delante de mí, ¡estando yo presente! Dejadme hablar a mí.
Luego, volviéndose a la reina: —Señora —dijo ella—, este sujeto quiere enseñarme, por cierto, a conocer a la mujer de Sicofante, y ni más ni menos que si yo no hubiese sido familiar con ella, quiere hacerme creer que, la primera noche que su marido durmió con ella, el Escudero Maul hizo su entrada en el Monte Negro por fuerza y con derramamiento de sangre; y yo digo que no es verdad; antes entró en paz y con gran contentamiento de los de dentro. ¡A fe! Este sujeto es bastante simple para creer que las mozas son tan bobas que se están perdiendo su tiempo, aguardando la conveniencia de sus padres y hermanos, que seis veces de siete tardan tres o cuatro años más de lo que debieran en casarlas. ¡Bien les iría, por cierto, si aguardasen tanto!
Por Cristo que su fe (y yo sé lo que digo cuando así juro) no tengo una sola comadre que haya ido doncella al matrimonio; y en cuanto a las esposas, bien sé cuántas y qué trucos les hacen a sus maridos; y este mentecato querría enseñarme a conocer a las mujeres, como si yo hubiera nacido ayer."
[Nota 295: _Messer Mazza_, es decir, veretrum.]
[Nota 296: _Monte Nero_, es decir, vas muliebre.]
Mientras Licisca hablaba, las damas se reían sin cesar de tal modo que era como para sacarles todos los dientes; y la reina le impuso silencio hasta una buena media docena de veces, pero en vano; no cesó hasta que hubo dicho cuanto quería. Cuando por fin hubo dado fin a su plática, la reina se volvió a Dioneo y dijo, riendo:
—Dioneo, este es asunto de tu jurisdicción; por lo cual, cuando hayamos dado fin a nuestros cuentos, tú procederás a dictar la sentencia definitiva sobre ello.
A lo que él respondió con presteza:
—Señora, la sentencia ya está dictada, sin oír más del asunto; y digo que Licisca tiene razón, y opino que es tal como ella dice, y que Tindaro es un asno.
Licisca, al oír esto, se echó a reír y, volviéndose a Tindaro, dijo:
—Te lo dije; vete y que Dios te acompañe; ¿piensas que sabes más que yo, tú, cuyos ojos aún no están secos? ¡Merced! No he vivido aquí abajo por nada; ¡no, no!
Y a no haber la reina, con airado semblante, impuesto silencio a la joven y enviado lejos a ella y a Tindaro, mandándole que no hiciera más palabras ni clamor, si no quería ser azotada, no habrían tenido nada que hacer todo aquel día sino atenderla. Cuando se hubieron ido, la reina llamó a Filomena para que diese comienzo a las historias del día, y ella, alegremente, comenzó así:
[Nota 297: _es decir_, que aún es una criatura, en lenguaje moderno: "Cuyos labios aún están húmedos con la leche de su madre."]
LA PRIMERA HISTORIA
[Día Sexto]
UN GENTILHOMBRE SE COMPROMETE CON MADAMA ORETTA A LLEVARLA A CABALLO CON UN CUENTO; PERO, CONTÁNDOLO SIN ORDEN, ELLA LE RUEGA QUE LA HAGA BAJAR.
"Las doncellas, como estrellas en las noches serenas, son ornamento de los cielos, y las flores y los arbustos frondosos, en la primavera, de los verdes campos y las laderas; así también las loables maneras y los buenos discursos se adornan con salidas ingeniosas, las cuales, por ser breves, sientan mejor a las mujeres que a los hombres, pues el hablar mucho está más vedado a aquéllas que a éstos. Verdad es, sin embargo, cualquiera que sea la causa, ya sea la cortedad de nuestro[298] entendimiento o alguna particular animadversión que el cielo guarda a nuestros tiempos, que hoy en día quedan pocas o ninguna mujer que sepa decir una palabra aguda en el momento oportuno, o que, si se les dice, sepan aprehenderla como conviene; lo cual es un reproche general a todo nuestro sexo.
Empero, pues que Pampinea ha dicho ya bastante sobre el tema,[299] no me propongo decir más al respecto; mas, para daros a entender cuánta virtud hay en los dichos agudos, cuando se pronuncian en la ocasión debida, me place relataros la cortés manera en que una dama impuso silencio a un caballero.
[Nota 298: _es decir_, de las mujeres.]