Español
[Nota 299: Véase antes, pág. 43, Introducción al último cuento de la Primera Jornada.]
Como muchas de vosotras, señoras, podéis conocer de vista o haber oído contar, no ha mucho tiempo en nuestra ciudad hubo una dama noble, cortés y bien hablada, cuyo valer no merecía que su nombre quedase sin decir. Llamábase, entonces, la señora Oretta, y era mujer de Micer Geri Spina. Acaeció que, como nosotras ahora, se hallaba en el campo, yendo de un lugar a otro por vía de diversión, con una compañía de damas y caballeros, a quienes había aquel día convidado a comer en su casa; y siendo el camino, belié, algo largo desde el lugar de donde partieron hasta aquel adonde todos pensaban ir a pie, uno de los caballeros le dijo:
—Señora Oretta, si vos place, yo os llevaré a caballo gran parte del camino que hemos de hacer con una de las más bellas historias del mundo.
—No, señor —respondió la dama—; os lo ruego de inmediato; en verdad, me será muy agradable.
El señor caballero, a quien quizá no le iba mejor con la espada al cinto que con el cuento en la lengua, oyendo esto, comenzó un cuento suyo que, en sí, era en verdad muy bueno; pero él, repitiendo una misma palabra tres o cuatro o hasta media docena de veces, volviendo luego atrás y diciendo a veces: «No dije bien», y errando a menudo en los nombres y poniendo uno por otro, lo estropeaba cruelmente; y tanto más cuanto que se expresaba muy mal, habida cuenta de la calidad de las personas y de la naturaleza de los incidentes de su historia. Por lo cual, la señora Oretta, escuchándole, fue más de una vez acometida de un sudor y de un desfallecimiento del corazón, como si estuviera enferma y cercana a su fin; y al fin, no pudiendo soportarlo más y viendo al caballero enzarzado en un embrollo del que no parecía que hubiera de librarse, le dijo con gentileza: «Señor, este vuestro caballo tiene un trote demasiado duro; por lo que os ruego que tengáis a bien hacerme bajar».
El caballero, que por ventura entendía más de una indirecta que de contar un cuento, tomó la burla en buena parte y, echándola a risa, se puso a discurrir de otras cosas y dejó sin terminar el cuento que había comenzado y conducido tan mal.
SEGUNDA HISTORIA
CISTI EL PANADERO, CON UNA PALABRA DE SU MANERA, HACE QUE MESSER GERI SPINA SE DÉ CUENTA DE UNA INDISCRETA PETICIÓN SUYA
El dicho de madama Oretta fue muy alabado por todos, damas y caballeros, y la reina, mandando que Pampinea prosiguiese, comenzó así: «Bellas damas, no sabría, por mi propio impulso, decidir cuál es más censurable: si la naturaleza al ajustar un cuerpo vil a un alma noble, o la fortuna al imponer una condición vil a un cuerpo dotado de un alma noble, como hemos podido ver que acontece en uno de nuestros conciudadanos, Cisti, y en muchos otros; al cual Cisti, estando dotado de un espíritu muy elevado, la fortuna lo hizo panadero.»
Y por esto, ciertamente, debería maldecir por igual a la naturaleza y a la fortuna, si no supiera que la una es prudentísima y la otra tiene mil ojos, aunque los necios la pinten ciega; y así imagino que, siendo sumamente prudentes, hacen aquello que a menudo hacen los seres humanos, quienes, inciertos de los acontecimientos futuros, entierran sus cosas más preciosas, para sus necesidades, en los lugares más humildes de sus casas, por ser los menos sospechosos, y de allí las sacan en sus mayores necesidades, habiéndolas entretanto el lugar humilde guardado más seguramente que la hermosa cámara. Y así, paréceme, los gobernantes del mundo esconden a menudo sus cosas más preciosas bajo la sombra de oficios y condiciones tenidos por los más viles, a fin de que, sacándolas de allí en tiempo de necesidad, su lustre resplandezca más brillante.
Lo cual, cómo Cisti el panadero lo hiciera manifiesto, aunque en asunto de poca monta, devolviendo a Messer Geri Spina (a quien el cuento que acabo de referir de madama Oretta, su mujer, me ha traído a la memoria) los ojos del entendimiento, me place mostraros en una brevísima historia.
Debo contaros, pues, que el papa Bonifacio, con quien Messer Geri Spina estaba en muy alta estima, habiendo enviado a Florencia a ciertos gentilhombres suyos como embajadores acerca de diversos asuntos importantes, estos se alojaron en casa de Messer Geri; y ocupándose él de los asuntos del papa en compañía de ellos, aconteció, cualquiera que fuese la ocasión, que él y ellos pasaban casi todas las mañanas a pie ante Santa Maria Ughi, donde Cisti el panadero tenía su horno y ejercía su oficio en persona. Ahora bien, aunque la fortuna hubiese asignado a Cisti una condición harto humilde, habíale sido al menos tan favorable que se había hecho muy rico, y sin querer jamás abandonarla para adoptar otra, vivía con gran esplendor, poseyendo, entre otras buenas cosas, los mejores vinos, blancos y tintos, que se hallaban en Florencia o en la comarca vecina.
Capítulo 48: Parte 48
Viendo a Messer Geri y a los embajadores del papa pasar cada mañana ante su puerta, y siendo el calor grande, pensó que sería una gran cortesía darles a beber de su buen vino blanco; pero, teniendo en cuenta su propia condición y la de Messer Geri, no le pareció cosa decorosa atreverse a invitarlos, sino que determinó comportarse de tal manera que llevara a Messer Geri a invitarse a sí mismo.
Por consiguiente, teniendo aún sobre el cuerpo un jubón muy blanco y un delantal recién lavado, que lo hacían parecer más molinero que panadero, hacía poner cada mañana, a la hora en que esperaba que pasaran Micer Geri y los embajadores, delante de su puerta, un cubo nuevo estañado de agua clara y una jarrita de loza nueva de Bolonia, llena de su buen vino blanco, junto con dos copas que parecían de plata, de tan brillantes que estaban; y se sentaba allí, aguardando a que pasaran, y cuando pasaban, tras carraspear una o dos veces, se ponía a beber de aquel su vino con tanto deleite, que a un muerto le hubiera hecho la boca agua. Micer Geri, habiéndole visto hacer así una y dos mañanas, dijo al tercer día: «¿Cómo va, Cisti? ¿Es bueno?» Por lo cual, levantándose de un salto, respondió: «Sí que lo es, señor; pero cuán bueno no puedo daros a entender si no lo probáis».
Messer Geri, en quien ya fuese la naturaleza del tiempo o quizá el gusto con que viera beber a Cisti hubiese engendrado sed, se volvió a los embajadores y dijo, sonriendo: —Señores, haremos bien en probar el vino de este hombre honrado; quizá sea tal que no hayamos de arrepentirnos. Y así, se encaminó con ellos hacia Cisti, quien hizo traer un buen banco de su horno y, rogándoles que se sentaran, dijo a sus criados, que se adelantaban para enjuagar las copas: —Apartaos, amigos, y dejadme a mí ese oficio, que no menos sé escanciar que empuñar la pala del horno; y no esperéis probar gota alguna.
Así diciendo, lavó con sus propias manos cuatro copas nuevas y hermosas y, haciendo traer una jarrita de su buen vino, se ocupó de dar de beber a Messer Geri y a sus compañeros, a quienes el vino les pareció el mejor que habían bebido en mucho tiempo; por lo cual lo alabaron grandemente, y casi todas las mañanas, mientras los embajadores permanecieron allí, Messer Geri iba a beber en su compañía.
Después de un rato, despachados sus asuntos y estando a punto de partir, Meser Geri les ofreció un magnífico banquete, al cual invitó a varios de los más honorables ciudadanos y, entre ellos, a Cisti, quien, sin embargo, no quiso ir por condición alguna; entonces Meser Geri mandó a uno de sus criados que fuera a buscar una frasca del vino del panadero y que diera a cada invitado medio vaso de él con el primer plato. El criado, malicioso muy probablemente porque nunca había logrado beber de aquel vino, tomó una gran botella; y cuando Cisti la vio, dijo: —Hijo mío, Meser Geri no te envió a mí. El hombre afirmó una y otra vez que sí lo había enviado, pero, al no obtener otra respuesta, volvió a Meser Geri y se lo contó. Él dijo: —Vuelve a él y dile que en verdad te envío yo; y si aún te responde lo mismo, pregúntale a quién te envío, [si no es a él].
En consecuencia, el criado volvió al panadero y le dijo:
—Cisti, de cierto Messer Geri me envía a ti y a ningún otro.
—De cierto, hijo mío —respondió el panadero—, no lo hace.
—Entonces —dijo el hombre—, ¿a quién me envía?
—Al Arno —replicó Cisti.
Cuando el criado refirió esta respuesta a Messer Geri, los ojos de su entendimiento se abrieron de repente, y dijo al hombre:
—Déjame ver qué frasco llevaste allá.
Cuando vio el gran jarro susodicho, dijo: «Cisti dice la verdad», y, reprendiendo al criado con aspereza, le hizo tomar un frasco apropiado; lo cual, visto por Cisti, «Ahora —dijo—, sé muy bien que él te envía a mí», y alegremente se lo llenó. Entonces, ese mismo día, hizo llenar un tonelito del mismo vino y, haciéndolo llevar con cuidado a casa de Micer Geri, fue allá en seguida y, hallándolo allí, le dijo: «Señor, no quisiera que penséis que el gran jarro de esta mañana me asustó; antes, pareciéndome que lo que en estos días pasados os he mostrado con mis jarritas se os había olvidado, a saber, que este no es vino ordinario,[300] he querido recordároslo. Pero ahora, ya que no pienso ser por más tiempo vuestro despensero de él, os lo he enviado todo; de aquí en adelante haced con él como os plazca».
Messer Geri tuvo en gran estima el regalo de Cisti y, dándole las gracias que consideró convenientes, desde entonces lo tuvo por hombre de gran valía y por amigo.
[Nota 300: Lit. Vino de la familia (_vin da famiglia_), es decir, no vino para sirvientes ni para el consumo general, sino una cosecha selecta, reservada para ocasiones especiales.]
LA TERCERA NOVELA
[Jornada Sexta]
MADAMA NONNA DE' PULCI, CON UNA PRONTA RÉPLICA A UNA NO DEL TODO DECOROSA CHANZA, IMPONE SILENCIO AL OBISPO DE FLORENCIA
Habiendo puesto Pampinea fin a su historia, y habiendo sido muy alabadas de todos tanto la respuesta de Cisti como su liberalidad, plugo a la reina que el siguiente cuento lo dijera Lauretta, la cual, alegremente, comenzó así:
«Alegres damas, primero Pampinea y luego Filomena han hablado con bastante verdad tocante a nuestro poco valer y a la excelencia de los dichos sentenciosos; y para que no sea menester volver ahora sobre ello, querría recordaros, además de lo que sobre el tema se ha dicho, que la naturaleza de los dichos agudos es tal que deben morder al oyente, no como el perro, sino como la oveja muerde; pues si un rasgo mordiera como perro, ya no sería rasgo, sino afrenta. El justo medio en esto fue atinadamente logrado tanto por la respuesta de la señora Oretta como por la réplica de Cisti».
Verdad es que, si se dice una agudeza por vía de réplica, y el que responde muerde como perro, habiendo sido mordido de igual manera, paréceme que no se le ha de culpar como se le culpara si no fuera así; por lo cual conviene mirar cómo y con quién, no menos que cuándo y dónde, trocamos burlas; a cuyas consideraciones, un prelado nuestro, prestando muy poca atención, recibió una mordedura al menos tan aguda como la que pensaba dar, como os mostraré en una breve historia.
Micer Antonio de Orso, docto y digno prelado, siendo obispo de Florencia, llegó allí un gentilhombre catalán, llamado Micer Dego della Ratta, mariscal del rey Roberto, quien, como hombre de muy gentil persona y gran enamorado, se prendó de una, entre otras damas florentinas, muy hermosa y nieta de un hermano del dicho obispo; y oyendo que su marido, aunque era de buena familia, era muy sórdido y avaro, acordó con él darle quinientos florines de oro con tal de que le consintiera yacer una noche con su mujer. Así, hizo dorar otros tantos popelines de plata,[301] moneda que entonces corría, y habiendo yacido con la dama, aunque contra su voluntad, se los dio al marido. Divulgada después la cosa por todas partes, el sórdido miserable del marido cosechó pérdida y escarnio; pero el obispo, como hombre discreto que era, fingió no saber nada del asunto.
Por lo cual, tratándose mucho el uno con el otro, aconteció que, yendo caballeros uno al lado del otro un día de San Juan, contemplando a las damas a ambos lados del camino donde se corre el palio,[302] el prelado divisó a una joven doncella —de quien esta presente pestilencia nos ha privado y a quien todas vosotras, señoras, debéis de haber conocido, llamada doña Nonna de' Pulci, prima de meser Alessio Rinucci, una joven lozana y hermosa, así bien hablada como de ánimo levantado, casada no mucho tiempo antes en Porta San Piero— y se la señaló al mariscal; luego, estando cerca de ella, puso la mano en el hombro de éste y le dijo a ella:
—Nonna, ¿qué te parece este galán? ¿Crees que podrías conquistarlo?
Pareció a la señora que aquellas palabras atentaban de algún modo contra su honor y podían mancillarlo a los ojos de quienes las oyeron (y eran muchos allí); por lo cual, no pensando en limpiar la mancha, sino en devolver golpe por golpe, respondió prontamente: —Quizá, señor, él no haría una conquista de mí; pero, en todo caso, yo habría de querer buen dinero. El mariscal y el obispo, al oír esto, se sintieron igualmente heridos en lo vivo por sus palabras, el uno como autor del engaño hecho a la nieta del hermano del obispo y el otro por haber sufrido la afrenta en la persona de su parienta, y se marcharon avergonzados y en silencio, sin mirarse el uno al otro ni decirle nada más aquel día. Así, pues, habiendo sido mordida la joven, no le estuvo prohibido morder a su mordedor con una réplica.
[Nota 301: Una moneda de plata de aproximadamente el tamaño y valor de nuestro penique de plata, que, dorada, podría pasar perfectamente por un florín de oro, salvo si se examinaba de cerca.]
[Nota 302: _Il palio_, una carrera que antiguamente se corría en Florencia el día de San Juan, como la de los Barberi en Roma durante el Carnaval.]
CUARTO CUENTO
[Jornada Sexta]
CHICHIBIO, COCINERO DE CURRADO GIANFIGLIAZZI, CON UNA PALABRA PRONTA DICHA PARA SALVARSE, CONVIERTE LA IRA DE SU AMO EN RISA Y ESCAPA DEL CASTIGO QUE AQUEL LE HABÍA AMENAZADO
Estando Lauretta callada y habiendo sido Nonna muy alabada de todos, la reina encargó a Neifile que siguiera, y ella dijo: «Aunque, amables damas, un ingenio pronto suele a menudo proporcionar a las personas palabras tan prontas como útiles y buenas, según las circunstancias, a veces la fortuna acude en ayuda de los temerosos y pone de súbito en sus bocas respuestas tales que jamás hubieran podido ser halladas por el hablante con malicia premeditada, como me propongo mostraros con mi historia.»
Currado Gianfigliazzi, como cada una de vosotras, señoras, habréis oído y visto, ha sido siempre un noble ciudadano de nuestra ciudad, liberal y magnífico, y llevando una vida caballeresca, dejando aparte sus asuntos más graves, se deleitaba en halcones y perros. Habiendo un día derribado una grulla con su halcón y hallándola joven y gorda, la envió a un buen cocinero que tenía, veneciano llamado Chichibio, mandándole que la asara para la cena y la aderezara bien. Chichibio, que parecía el simple que era, ató la grulla y, poniéndola al fuego, procedió a cocinarla diligentemente. Cuando estaba casi hecha y despedía un olor muy sabroso, acaeció que una moza del vecindario, llamada Brunetta, de quien Chichibio estaba muy enamorado, entró en la cocina y, oliendo la grulla y viéndola, al instante le suplicó que le diera un muslo de ella. Él le respondió cantando y dijo: «No lo tendrás de mí, señora Brunetta, no lo tendrás de mí».
Ante lo cual ella, enojada, le dijo: —Por la fe de Dios, si no me lo das, jamás tendrás de mí cosa que te plazca. En resumen, muchas fueron las palabras entre ellos y, al fin, Chichibio, por no enojar a su amada, cortó uno de los muslos de la grulla y se lo dio.
Habiendo sido después el ave puesta ante Messer Currado y ciertos invitados suyos, faltándole un muslo, y maravillándose aquél de ello, mandó llamar a Chichibio y le preguntó qué había sido del otro muslo; a lo cual el mentiroso del veneciano respondió sin vacilar: —Señor, las grullas tienen un solo muslo y una sola pierna. —¿Qué diablos? —exclamó Currado enojado—. ¿Que tienen un solo muslo y una sola pierna? ¿Nunca he visto yo una grulla antes? —Señor —replicó Chichibio—, es como le digo, y cuando a usted le plazca, se lo mostraré en vivo.
Currado, por consideración a los forasteros que tenía consigo, decidió no decir más palabras sobre el asunto, sino que dijo: «Ya que dices que me lo harás ver en vivo, cosa que nunca vi ni oí contar, deseo verlo mañana por la mañana, y en tal caso me daré por contento; pero te juro por el cuerpo de Cristo que, de ser de otro modo, te haré tratar de tal guisa que aún tengas motivo para recordar mi nombre con tu pesar mientras vivas.» Con esto se puso fin a la charla de aquella noche; pero, a la mañana siguiente, en cuanto fue de día, Currado, cuyo enojo no se había aplacado nada con el sueño, se levantó, aún lleno de ira, y mandó traer los caballos; luego, montando a Chichibio en un rocín, lo llevó hacia un arroyo en cuyas orillas aún se veían grullas al amanecer, diciendo: «Pronto veremos quién mintió anoche, si tú o yo.»
Chichibio, viendo que la ira de su amo aún duraba y que a toda costa debía hacer buena su mentira, sin saber cómo habérselas, cabalgó tras Currado con el mayor miedo del mundo, y de buena gana habría huido si le fuera posible. Pero, viendo que no había escapatoria, miraba ya adelante, ya atrás, ya a uno y otro lado, y todo cuanto veía se le antojaban grullas en dos patas. En esto, al llegar cerca del río, acertó a ver, antes que nadie, una docena cabal de grullas en la orilla, todas posadas sobre una pierna, como tienen costumbre de hacer cuando duermen; así que al instante se las mostró a Currado, diciendo: —Ahora, señor, si miráis a las que están allí, muy bien podréis ver que os dije la verdad anoche, es decir, que las grullas no tienen más que un muslo y una pierna. Currado, al verlas, respondió: —Espera, y te mostraré que tienen dos; y acercándose un poco hacia ellas, gritó: —¡Ho, ho!
Ante esto, las grullas, poniendo la otra pata en el suelo, todas, tras algunos pasos, levantaron el vuelo; con lo cual Currado le dijo: —¿Qué dices ahora, deslenguado bellaco que eres? ¿Crees que tienen dos patas? Chichibio, todo confuso y sin saber si estaba de pie o de cabeza, respondió: —Sí, señor; pero usted no gritó: «¡Ho, ho!» a la grulla de anoche; si usted hubiera gritado así, ella habría sacado el otro muslo y la otra pata, como hicieron esas de ahí. Esta respuesta hizo tanta gracia a Currado, que toda su cólera se trocó en regocijo y risa, y dijo: —Chichibio, tienes razón; en verdad debería haberlo hecho. Así, pues, con su pronta y cómica respuesta, Chichibio conjuró la mala suerte y se reconcilió con su amo.
CUENTO QUINTO
MICER FORESE DA RABATTA Y EL MAESTRO GIOTTO, PINTOR, VINIENDO DE MUGELLO, MOTEJÁBANSE BURLONAMENTE EL UNO AL OTRO POR SU MALA CATADURA
Estando Neifile callada, y habiendo las damas recibido gran placer con la respuesta de Chichibío, Pánfilo, por deseo de la reina, habló así:
—Carísimas damas, suele acontecer a menudo que, así como la fortuna esconde a veces grandes tesoros de mérito y virtud bajo condiciones humildes, como poco antes ha mostrado Pampinea, así también, bajo las más miserables formas humanas, la naturaleza ha alojado ingenios maravillosos; y esto se manifestó muy claramente en dos conciudadanos nuestros, de los cuales me propongo entreteneros brevemente.
Pues el que era llamado Messer Forese da Rabatta, aunque de persona pequeña y deforme, con un rostro chato y aplastado, que hubiera sido un borrón sobre los hombros del más vil mendigo de Florencia, era, sin embargo, de tal excelencia en la interpretación de las leyes, que era tenido por muchos hombres de valía por un verdadero tesoro del derecho civil; mientras que el otro, cuyo nombre era Giotto, tenía tan excelente ingenio que no había nada de todo cuanto la Naturaleza, madre y movedora de todas las cosas, nos presenta mediante el incesante girar de los cielos, que él no lo representara con lápiz, pluma y pincel, y tan al vivo que no parecía semejante, sino más bien la cosa misma, hasta el punto de que la vista de los hombres se ha encontrado muchas veces engañada en las cosas de su hechura, tomando por real lo que solo estaba pintado.
Por lo cual, habiendo él vuelto a sacar a la luz este arte, que durante muchas edades había permanecido sepultado bajo los errores de ciertas gentes que pintaban más para divertir los ojos de los ignorantes que para complacer el entendimiento de los juiciosos, merecidamente puede ser considerado una de las principales glorias de Florencia; tanto más cuanto que llevó con suma humildad los honores que había alcanzado y, aunque, en vida, fue el principal en su arte por encima de todos los demás, se negó, sin embargo, a que lo llamaran maestro, título que, aunque por él rechazado, resplandecía en él tanto más gloriosamente cuanto con mayor afán era codiciosamente usurpado por quienes sabían menos que él, o por sus discípulos. Sin embargo, por grande que fuera su destreza, no era por ello en modo alguno más apuesto ni mejor parecido que Messer Forese. Mas, para volver a mi historia: