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Gianni respondió que bien, y en consecuencia ambos se levantaron y fueron en silencio a la puerta, fuera de la cual Federigo, que ya empezaba a recelar algo de él, aún estaba esperando. Cuando llegaron allí, la dama dijo a Gianni: «Escupe tú, cuando yo te lo mandare.» Y él respondió: «Bien.» Entonces ella comenzó la conjuración y dijo: «Fantasma, fantasma que andas de noche, con la cola erguida[341] viniste a nosotros; ahora vete con la cola erguida. Vete al jardín, al pie del gran melocotonero; allí hallarás a un ungido dos veces ungido[342] y cien excrementos de mi gallina clueca;[343] pon tu boca al frasco y vete de nuevo y no hagas daño a mi Gianni ni a mí.» Luego a su marido: «Escupe, Gianni,» dijo ella, y él escupió.
Federigo, que oyó todo esto desde fuera y estaba ya libre de celos, a pesar de su despecho, sintió tan grandes ganas de reír que estuvo a punto de reventar, y cuando Gianni escupió, dijo en voz baja: «¡[Así fueran] tus dientes!»
[Nota 341: _es decir_, pene erecto.]
[Nota 342: _es decir_, un capón cebado y bien mechado.]
[Nota 343: _es decir_, huevos.]
La dama, habiendo conjurado tres veces al fantasma de esta guisa, volvió a la cama con su marido, mientras tanto Federigo, que no había cenado, esperando cenar con ella, y había comprendido muy bien las palabras del conjuro, se encaminó al jardín y, encontrando los capones, el vino y los huevos al pie del gran melocotonero, se los llevó a su casa y allí cenó a sus anchas; y después, cuando volvió a encontrarse con la dama, se rió de buena gana con ella acerca del susodicho conjuro. Algunos dicen, en verdad, que la dama había vuelto la calavera del asno hacia Fiesole, pero que un labrador, pasando por la viña, le había dado un golpe con un palo y la había hecho girar, y que ésta había quedado vuelta hacia Florencia, por lo cual Federigo, creyéndose llamado, había ido allí, y que la dama había hecho el conjuro de esta guisa: «Fantasma, fantasma, vete en nombre de Dios; porque no fui yo quien volvió la cabeza del asno, sino otro fue; ¡Dios lo confunda!»
y aquí estoy yo en la cama con mi Gianni»; por lo cual él se fue y se quedó sin cena ni alojamiento. Pero una vecina mía, una anciana muy vieja, me dice que, según lo que ella oyó de niña, ambas cosas eran verdad; pero que esto último no le sucedió a Gianni Lotteringhi, sino a un tal Gianni di Nello, que vivía en Porta San Piero y no era menos exquisito bobo que el otro. Por lo cual, mis queridas damas, queda a vuestra elección tomar la de las dos oraciones que más os plazca, a menos que queráis ambas. Tienen gran virtud en tales casos, como habéis tenido prueba en la historia que habéis oído; aprendedlas, pues, de memoria y aún podrán serviros."
LA SEGUNDA HISTORIA
[Día Séptimo]
PERONELLA ESCONDE A UN AMANTE SUYO EN UNA TINA, AL INESPERADO REGRESO DE SU MARIDO, Y OYENDO DE ÉSTE QUE HA VENDIDO LA TINA, AFIRMA HABERLA VENDIDO A UNO QUE DENTRO DE ELLA SE HALLA PRESENTEMENTE, PARA VER SI ESTÁ SANA; ANTE LO CUAL EL GALÁN, SALTANDO FUERA DE LA TINA, HACE QUE EL MARIDO LA RASQUE PARA ÉL Y DESPUÉS LA LLEVE A CASA DE AQUÉL.
El relato de Emilia fue recibido con grandes carcajadas, y la burla fue alabada por todos como buena y excelente; y puesto fin a esto, el rey mandó a Filostrato que prosiguiera, quien entonces comenzó: —Carísimas damas, tantas son las tretas que los hombres, y particularmente los maridos, os juegan, que si alguna mujer por ventura engaña a su marido, no sólo debéis alegraros de que esto haya sucedido y complaceros en saberlo u oírselo contar a cualquiera, sino que debéis ir vosotras mismas contándolo por todas partes, para que los hombres entiendan que, si ellos son sabedores, las mujeres, por su parte, no lo son menos; lo cual no puede ser sino útil para vosotras, pues cuando uno sabe que otro está alerta, no se pone tan a la ligera a engañarlo.
¿Quién, pues, podrá dudar de que lo que hoy diremos sobre este asunto, llegando a ser conocido de los hombres, pueda ser muy eficaz para refrenarlos de engañaros, señoras, cuando vean que también vosotras sabéis engañar, si queréis? Me propongo, por tanto, contaros el ardid que, en el momento, una joven, aunque era de humilde condición, le jugó a su marido para su propia salvación.
En Nápoles, no hace mucho tiempo, hubo un pobre hombre que tomó por esposa a una bella y encantadora doncella llamada Peronela, y aunque él con su oficio, que era el de albañil, y ella hilando, ganaban apenas un escaso sustento, ordenaban su vida lo mejor que podían.
Sucedió un día que un joven galán del vecindario vio a esta Peronela, y agradándole sobremanera, se enamoró de ella, y la importunó de una manera y otra hasta que se hizo íntimo de ella, y se pusieron de acuerdo entre sí de esta manera, para poder estar juntos; a saber, viendo que su marido se levantaba cada mañana temprano para ir a trabajar o a buscar trabajo, acordaron que el joven se apostara donde pudiera verlo salir, y que, en cuanto se hubiera ido—siendo muy solitaria la calle donde ella vivía, que se llamaba Avorio—él viniera a su casa.
De esta manera lo hicieron muchas veces; pero una mañana, habiendo salido el buen hombre y habiendo entrado en casa Giannello Strignario (que así se llamaba el amante) y estando con Peronella, aconteció que, al cabo de un rato, el marido volvió a casa, siendo su costumbre estar fuera todo el día, y hallando la puerta cerrada por dentro, llamó y luego se puso a decir para sí: «¡Oh, Dios mío, bendito seas siempre! Pues, aunque me has hecho pobre, al menos me has consolado con una buena y honesta doncella por esposa. Mira cómo cerró la puerta por dentro en cuanto yo salí, para que nadie pudiera entrar a hacerle daño.»
Peronella, conociendo a su marido por el modo de llamar, dijo a su amante: —¡Ay de mí, Giannello mío, soy una mujer muerta! Porque aquí está mi marido, a quien Dios confunda, que ha vuelto, y no sé qué significa esto, pues nunca hasta ahora ha venido a esta hora; quizá te ha visto cuando entrabas aquí. Pero, por el amor de Dios, sea lo que fuere, métete en aquella tinaja, mientras yo voy a abrirle la puerta, y veremos qué quiere decir que vuelva a casa tan temprano esta mañana. —Así que Giannello se metió a toda prisa en la tinaja, mientras Peronella, yendo a la puerta, abrió a su marido y le dijo, con aire enojado: —¿Qué es esto, que vuelves a casa tan temprano esta mañana? Me parece que no piensas hacer nada hoy, que te veo volver con las herramientas en la mano; y si haces así, ¿de qué viviremos? ¿De dónde sacaremos el pan? ¿Crees que he de permitir que empeñes mi vestido y mis otras pobres ropas?
Yo, que no hago sino hilar día y noche, hasta que la carne se me desprende de las uñas, para tener al menos aceite con que mantener nuestra lámpara encendida. ¡Marido, marido! No hay mujer de nuestros vecinos que no se maraville de ello y se mofe de mí por las fatigas que me doy y por todo cuanto soporto; y tú, tú vuelves a casa con las manos colgando, cuando deberías estar trabajando.
Diciendo esto, se puso a llorar y siguió diciendo: «¡Ay, desdichada de mí, triste mujer que soy! ¡En qué mala hora nací, en qué mal momento vine aquí! Yo, que pude haber tenido un mozo de tanto valer y no lo quise, para venir a dar con este hombre que ningún cuidado tiene de la que ha traído a su casa! Otras mujeres se dan buena vida con sus amantes, que no hay [que yo sepa] ninguna que no tenga dos y algunas tres, y se gozan y muestran a sus maridos la luna por el sol. Mas yo, ¡infeliz de mí!, porque soy buena y no me ocupo en tales niñerías, sufro mal y mala ventura. No sé por qué no me tomo un amante, como hacen las otras mujeres.
Entiende bien, marido mío, que si yo tuviera intención de hacer el mal, bien pronto hallaría con qué, pues hay gran cantidad de mozos gallardos que me aman y me quieren bien y me han enviado ofertas, ofreciéndome dinero en abundancia o vestidos y joyas, a mi elección; pero mi corazón jamás me lo consentiría, porque no soy hija de madre de semejante calaña; y he aquí que vuelves a casa cuando deberías estar en el trabajo.
—Válgame, mujer —respondió el marido—, no te acongojes, por Dios; has de estar segura de que sé qué clase de mujer eres, y en verdad esta mañana he tenido en parte prueba de ello. Es cierto que salí para ir a trabajar; pero parece que no sabes, como yo mismo no lo sabía, que hoy es la fiesta de San Galeón y no hay trabajo; por eso he vuelto a esta hora; pero a pesar de ello he provisto y hallado un medio para que tengamos pan por más de un mes, pues he vendido a aquel hombre que ves aquí conmigo la tinaja que, como sabes, ha estorbado en casa durante tanto tiempo; y ha de darme cinco florines de lirio[344] por ella.
Respondió Peronella: —Tanto más motivo tengo de quejarme; tú, que eres hombre y andas por el mundo y deberías estar versado en las cosas de él, has vendido una tinaja por cinco florines, mientras que yo, pobre mujer ignorante, que apenas he salido de la puerta, viendo el estorbo que nos daba en casa, la he vendido por siete a un hombre honrado, que entró en ella ahora mismo, cuando tú volvías, para ver si estaba sana. Cuando el marido oyó esto, quedó más que satisfecho y dijo al que había venido por la tinaja: —Buen hombre, vete en paz; porque oyes que mi mujer ha vendido la tinaja por siete florines, mientras que tú no habías de darme sino cinco por ella. —Bien —respondió el otro, y se fue; entonces dijo Peronella a su marido: —Ya que estás aquí, sube y arregla tú mismo la cuenta con él.
Giannello, que permanecía con los oídos atentos para oír si le convenía temer o estar en guardia contra algo, al oír las palabras de su dama, se apresuró a salir de la tinaja y gritó, como si no hubiera oído nada del regreso del marido: «¿Dónde estás, buena mujer?», a lo que el buen hombre, acercándose, respondió: «Aquí estoy; ¿qué quieres?» Giannello preguntó: «¿Quién eres? Busco a la mujer con la que hice el trato por esta tinaja». Dijo el otro: «Puedes tratar conmigo con toda confianza, porque yo soy su marido». Entonces dijo Giannello: «La tinaja me parece bastante en buen estado; pero me parece que has tenido en ella posos o algo por el estilo, porque está toda incrustada de no sé qué materia tan dura y seca que no puedo quitar nada de ella con mis uñas; por lo cual no la tomaré, a menos que primero la vea limpia». Respondió Peronella: «No, el trato no se deshará por eso; mi marido la limpiará por completo».
—Sí que lo haré —respondió este último, y dejando sus herramientas, se quitó el capote; luego, pidiendo una luz y un raspador, entró en la tina y se puso a rasparla. Peronella, como si tuviera ganas de ver lo que hacía, asomó la cabeza y uno de sus brazos, hasta el hombro, por la boca de la tina, que no era muy grande, y se puso a decir: «Raspa aquí» y «Allí» y «También allí» y «Mira, aquí queda un poco».
Mientras ella se ocupaba así en dirigir a su marido y mostrarle dónde debía raspar, Giannello, que aquella mañana aún apenas había satisfecho su deseo, cuando fueron interrumpidos por la llegada del albañil, viendo que no podía hacerlo como quería, pensó en lograrlo como pudiera; así pues, abordándola mientras ella mantenía cerrada la boca de la tinaja, de tal guisa que en las amplias llanuras los sementales desenfrenados, ardiendo de amor, asaltan a las yeguas de Partia, satisfizo su ardiente juventud, empresa que se llevó a cabo casi en el mismo instante en que se terminó de raspar la tinaja; entonces se apeó, y Peronella, retirando la cabeza de la boca de la tinaja, salió el marido de ella. Dijo entonces ella a su galán: «Toma este candil, buen hombre, y mira si está limpia a tu gusto.» Giannello miró dentro y dijo que estaba bien y que quedaba satisfecho, y dando al marido siete florines, hizo llevar la tinaja a su propia casa.
CUENTO TERCERO
FRA RINALDO YACE CON SU COMADRE, Y, HALLADO POR EL MARIDO DE ELLA ENCERRADO CON ELLA EN SU CÁMARA, LE HACEN CREER QUE ESTABA CONJURANDO GUSANOS DE SU AHIJADO.
No tan oscuramente había sabido Filostrato hablar de las yeguas de Partia, que las pícaras damas no se riesen de ello, fingiendo reírse de otra cosa. Pero, cuando el rey vio que su cuento había terminado, mandó a Elisa que contase el suyo; y ella, con obediente prontitud, comenzó: —Graciosas damas, la conjuración del fantasma hecha por Emilia me ha traído a la memoria la historia de otra conjuración, la cual, aunque no sea tan buena como la suya, sin embargo, por no ocurrírseme otra que venga al caso en este momento, procederé a relatar.
Debéis saber que hubo en otro tiempo en Siena un joven muy agradable y de familia honorable, llamado Rinaldo, que estaba apasionadamente enamorado de una dama muy hermosa, vecina suya y esposa de un hombre rico, y se lisonjeaba de que, si pudiera hallar medio de hablar con ella sin despertar sospechas, podría lograr de ella todo cuanto deseara. No viendo otro camino, y estando la dama muy cercana al parto, pensó en convertirse en compadre suyo y, trabando así amistad con el marido, le ofreció, de la manera que le pareció más conveniente, ser padrino de su hijo. Su oferta fue aceptada y, siendo ya compadre de la señora Agnesa y teniendo una excusa algo más verosímil para hablar con ella, cobró ánimo y le dio a entender en tantas palabras aquello que de su intención ella había ya deducido mucho antes de sus miradas; mas poco le aprovechó esto, aunque la dama no se mostró en nada descontenta de haberle oído.
Poco después, fuese cual fuese la razón, aconteció que Rinaldo se hizo fraile, y tanto si halló el pasto de su agrado como si no, perseveró en aquella vida; y aunque en los días de hacerse monje había dejado a un lado por un tiempo el amor que profesaba a su comadre, junto con otras diversas vanidades suyas, andando el tiempo, sin dejar el hábito, las retomó y comenzó a deleitarse en hacer alarde, en vestir ropas finas, en ser delicado y elegante en todas sus costumbres, en componer cancioncillas y sonetos y baladas, en cantar y en toda suerte de otras cosas por el estilo. Pero ¿qué digo de nuestro fray Rinaldo, del que hablamos? ¿Qué frailes hay que no hagan así?
¡Ay, vergüenza que, siendo del mundo corrupto, no se sonrojan de aparecer gordos y rubicundos de rostro, atildados en sus vestiduras y en todo cuanto les pertenece, y se pavonean, no como palomas, sino como verdaderos pavos, con la cresta erguida y el pecho henchido; y lo que es peor (por no decir nada de tener sus celdas llenas de botes atestados de electuarios y ungüentos, de cajas repletas de diversas confecciones, de redomas y frascos de aguas destiladas y aceites, de jarras rebosantes de malvasía y de Chipre y otros vinos de precio, de suerte que a quien las ve no parecen celdas de frailes, sino más bien tiendas de boticarios o perfumeros) no se avergüenzan de que la gente sepa que son gotosos, imaginando que los demás no ven ni saben que el ayuno estricto, las viandas groseras y la vida parca y sobria hacen a los hombres flacos y delgados y, en su mayoría, sanos de cuerpo, y que si acaso algunos enferman de ello, al menos no enferman de gota, a la cual se acostumbra dar, por medicina, la castidad y ev.
todo lo demás que pertenece al natural modo de vivir de un fraile honesto.
Con todo, se persuaden de que los demás no saben que —por no hablar de la parca y sobria vida— las largas vigilias, la oración y la disciplina han de poner a los hombres pálidos y mortificados, y que ni Santo Domingo ni San Francisco, lejos de tener cuatro hábitos para uno solo, se vistieron de paño teñido en grana ni de otras telas finas, sino con sayales de lana basta y sin teñir, para reparo del frío y no para ostentación. Por lo cual, así como por las almas de los simples que los sustentan, es menester que Dios provea.
[Nota 345: _es decir_, las vanidades desechadas antes mencionadas.]
Entonces fray Rinaldo, vuelto a sus antiguos apetitos, comenzó a visitar con frecuencia a su comadre y, cobrando cada vez más osadía, procedió a solicitarle con mayor instancia que antes aquello que deseaba de ella. La buena mujer, viéndose muy apurada y pareciéndole fray Rinaldo, a decir verdad, mejor mozo de lo que antes había pensado, hallándose un día muy importunada por él, recurrió a aquel argumento que usan todas las mujeres que tienen ánimo de ceder a lo que se les pide, y dijo:
—¿Cómo es eso, fray Rinaldo? ¿Hacen los frailes tales cosas?
—Señora —respondió él—, cuando me haya quitado este hábito de encima —y puedo quitármelo muy fácilmente—, os pareceré un hombre formado como los demás y no un fraile.
La señora puso cara de recato y dijo:
—¡Ay, desdichada de mí! Sois mi compadre; ¿cómo puedo hacer esto? Sería muy grave falta, y muchas veces he oído decir que es pecado muy grande; pero, ciertamente, si no fuera por esto, haría lo que deseáis.
Dijo Fray Rinaldo: —Sois un simple si por eso os abstenéis; no digo que no sea pecado, mas Dios perdona mayores que este a quien se arrepiente. Pero decidme: ¿quién es más pariente de vuestro hijo, yo que lo tuve en el bautismo o vuestro marido que lo engendró? —Mi marido es más pariente de él— respondió la dama; a lo que repuso el fraile: —Decís verdad. ¿Y no yace vuestro marido con vos? —Sí yace— respondió ella. —Entonces —dijo Fray Rinaldo—, yo, que soy menos pariente de vuestro hijo que vuestro marido, puedo yacer con vos tal como él. La dama, que no sabía lógica y necesitaba poca persuasión, o creyó o fingió creer que el fraile decía verdad, y respondió: —¿Quién podría responder a vuestras eruditas palabras?
Y después, a despecho del compadrazgo, ella se resignó a hacer su voluntad; ni se contentaron con un solo envite, sino que se juntaron muchas y muchas veces, teniendo mayor comodidad para ello al amparo del compadrazgo, pues había menos sospecha.
Pero una vez, entre otras veces, aconteció que fray Rinaldo, llegando a casa de la dama y no hallando con ella sino a una sirvienta suya, muy bonita y agradable, envió a su compañero con esta última al palomar, para enseñarle el Padrenuestro, y entró con la dama, que tenía a su niño en brazos, en su dormitorio, donde se encerraron y se pusieron a tomar su placer en un lecho de día que allí había. Estando así ocupados, sucedió que el marido volvió a casa y, dirigiéndose a la puerta del dormitorio, sin ser visto por nadie, llamó y dijo a la dama, la cual, al oírlo, dijo al fraile: «¡Muerta soy, que aquí está mi marido, y ahora sin duda descubrirá la razón de nuestra familiaridad».
Ahora Rinaldo estaba en mangas de camisa, pues se había quitado el hábito y el escapulario, y al oír esto, respondió: «Decís verdad; si estuviera vestido, algún medio habría; pero, si le abrís y me halla así, no habrá excusa posible para nosotros.» La dama, asaltada por una súbita idea, dijo: «Escuchad, vestíos y, cuando estéis vestido, tomad a vuestro ahijado en brazos y prestad mucha atención a lo que yo le diga, para que vuestras palabras concuerden después con las mías, y dejadme hacer a mí.» Luego, al buen hombre, que aún no había dejado de llamar, le dijo: «Voy a abrirte» —y levantándose, abrió la puerta de la cámara y dijo con buen semblante—: «Esposo mío, he de deciros que Fray Rinaldo, nuestro compadre, ha venido aquí, y fue Dios quien nos lo envió; porque, ciertamente, de no haber venido él, hoy habríamos perdido a nuestro hijo.»
El buen hombre sencillo, al oír esto, estuvo a punto de desmayarse y dijo: «¿Cómo es eso?» «Oh, esposo mío», respondió Agnesa, «le sobrevino de pronto un desvanecimiento, que creí que estaba muerto, y no sabía qué hacer ni decir; pero justo entonces llegó fray Rinaldo, nuestro compadre, y tomándolo en sus brazos, dijo: "Compadre, son lombrices que tiene en el cuerpo, las cuales se acercan a su corazón y lo matarían infaliblemente; pero no temáis, porque yo las conjuraré y haré que mueran todas; y antes de irme de aquí, veréis al niño tan sano como jamás lo visteis." Y como teníamos necesidad de ti para repetir ciertas oraciones y la criada no podía encontrarte, hizo que su compañero las dijera en la habitación más alta de nuestra casa, mientras él y yo veníamos aquí y nos encerrábamos, para que nadie nos estorbara, pues nadie más que la madre del niño podía estar presente en tal oficio.»
En verdad, tiene aún al niño en sus brazos, y me parece que no espera sino a que su compañero haya terminado de decir las oraciones, y entonces estará hecho, pues el muchacho ya ha vuelto del todo en sí.' El buen hombre sencillo, creyendo todo esto, estaba tan angustiado por su hijo que jamás le pasó por la mente sospechar el engaño que le había hecho su mujer; sino que, dando un gran suspiro, dijo: 'Iré a verlo.' 'No,' respondió ella, 'echarías a perder lo que está hecho. Espera; yo iré a ver si puedes entrar y te llamaré.'