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Así, fingiendo no conocerle, se sentó a sus pies. Mi señor Celos había puesto algunas piedrecillas en su boca para impedirle algo el habla, de modo que su mujer no pudiera conocerle por la voz, pareciéndole que estaba en todo lo demás tan cabalmente disfrazado que de ningún modo temía ser reconocido por ella. Llegando a la confesión, la dama le dijo, entre otras cosas (habiendo declarado primero que era casada), que estaba enamorada de un clérigo, que venía cada noche a acostarse con ella. Cuando el celoso oyó esto, le pareció que recibía una puñalada en el corazón, y si el deseo de saber más no le hubiera contenido, habría abandonado la confesión y se habría ido. Manteniéndose firme, pues, preguntó a la dama: —¿Cómo? ¿No se acuesta con vos vuestro marido? —Sí se acuesta, señor —respondió ella. —¿Cómo, entonces —preguntó el celoso—, puede también el clérigo acostarse con vos?
—Señora —respondió él—, por arte que lo haga no lo sé, pero no hay puerta en la casa tan bien cerrada que no se abra en cuanto él la toca; y me dice que, cuando llega a la puerta de mi cámara, antes de abrirla pronuncia ciertas palabras, en virtud de las cuales mi marido se duerme al punto, y tan pronto como lo advierte bien dormido, abre la puerta y entra y se acuesta conmigo; y esto nunca falla. —Señora —dijo el falso sacerdote—, esto está mal hecho, y conviene que os abstengáis por completo de ello. —Señor —respondió la dama—, me parece que jamás podría hacerlo, pues lo amo demasiado. —Entonces —dijo el otro—, no puedo absolveros. —Lo siento —dijo ella—; pero no he venido aquí a deciros mentiras; si pensara que pudiera hacerlo, os lo diría.
—En verdad, señora —respondió el marido—, me preocupa por vos, porque veo que perdéis vuestra alma en este juego; mas, para serviros, bien tomaré el trabajo de elevar mis especiales oraciones a Dios en vuestro nombre, las cuales quizá os aprovecharán, y os enviaré de cuando en cuando un cleriguillo mío, a quien diréis si os han aprovechado o no; y si os han aprovechado, procederemos más adelante. —Señor —respondió la dama—, hagáis lo que hiciereis, no me enviéis a nadie a mi casa, porque, si mi marido llegase a saberlo, es tan terriblemente celoso que nada en el mundo le sacaría de la cabeza que vuestro mensajero no vino sino para mal, y no tendría paz con él en todo el año venidero. Dijo el otro: —Señora, no temáis eso, porque ciertamente lo dispondré de tal manera que jamás oiréis de él una palabra del asunto. Entonces dijo ella: —Con tal que podáis comprometeros a hacer eso, me doy por contenta.
Entonces, hecha su confesión y recibida su penitencia, se levantó y se fue a oír misa; mientras el celoso, (¡mala suerte le acompañe!) se retiró, reventando de ira, a quitarse el hábito de sacerdote, y volvió a casa, impaciente por hallar el medio de sorprender al sacerdote con su mujer, para poder jugar a entrambos una mala pasada.
En esto, la dama volvió de la iglesia y vio claramente en el aspecto de su marido que le había dado una mala Navidad; aunque él se esforzaba, cuanto podía, por ocultar lo que había hecho y lo que le parecía haber aprendido. Entonces, resuelto en su interior a apostarse junto a la puerta de la calle aquella noche y a esperar la venida del sacerdote, dijo a la dama: —Preciso me es cenar y dormir fuera esta noche; por lo cual mira que cierres con llave la puerta de la calle, así como la de la escalera de en medio y la de tu cámara, y vete a la cama cuando te parezca bien. La dama respondió: —Está bien—, y encaminándose, en cuanto tuvo tiempo, al agujero de la pared, hizo la señal acostumbrada, la cual, en cuanto Filippo la oyó, acudió a ella al punto.
Ella le contó cómo le había ido aquella mañana y lo que su marido le había dicho después de la comida, y añadió: —Tengo por cierto que no saldrá de casa, sino que se pondrá a vigilar la puerta; por tanto, busca la manera de venir a mí esta noche por el tejado, para que yazcamos juntos. El joven se alegró muchísimo con esto y respondió: —Señora, dejadme hacer.
Por consiguiente, venida la noche, el celoso tomó sus armas y se ocultó a escondidas en una habitación de la planta baja, mientras la dama, cuando le pareció que era el momento—habiendo hecho cerrar todas las puertas y en particular la de la escalera de en medio, para que él no pudiera subir—, llamó al joven, que acudió a ella por un camino muy secreto. Enseguida se fueron a la cama y se dieron un buen rato, gozándose el uno al otro hasta el amanecer, cuando el joven regresó a su casa. Mientras tanto, el celoso permaneció con sus armas casi toda la noche junto a la puerta de la calle, triste y sin cenar y muriéndose de frío, y esperó al clérigo hasta cerca del alba, cuando, no pudiendo velar por más tiempo, volvió a la habitación de la planta baja y allí se quedó dormido. Hacia la hora de tercia despertó, y estando ya abierta la puerta de la calle, fingió regresar de otro lugar y subió a su casa y comió.
Poco después, envió a un mozo, como si fuera el clerizón del sacerdote que la había confesado, a preguntar a la dama si sabía si aquél había vuelto a venir allí. Ella reconoció bien al mensajero y respondió que no había venido allí esa noche, y que si así lo hacía, podría acaso salir de su memoria, aunque ella no lo deseaba. ¿Qué más os contaré? El celoso permaneció en vela noche tras noche, esperando sorprender al sacerdote a su entrada, y la dama, entretanto, seguía llevando una vida alegre con su amante.
Finalmente, el cornudo, no pudiendo contenerse por más tiempo, preguntó a su mujer, con aire airado, qué le había dicho al cura la mañana que se había confesado con él. Ella respondió que no se lo diría, porque no era cosa justa ni decente; a lo que él exclamó:
—¡Mujer vil! A despecho de ti, sé lo que le dijiste, y me es forzoso saber el cura de quien estás tan poderosamente enamorada y que, por medio de sus conjuros, se acuesta contigo cada noche; si no, te cortaré el gaznate.
Ella respondió que no era verdad que estuviese enamorada de cura alguno.
—¿Cómo? —exclamó el marido—. ¿No le dijiste esto y lo otro al cura que te confesó?
Y ella:
—No lo pudieras haber referido mejor, ni aun si él te lo hubiera contado, sino como si hubieras estado presente; sí, yo le dije eso.
—Entonces —replicó el celoso—, dime quién es ese cura, y date prisa.
La señora se sonrió y respondió: «Mucho me alegro de ver a un hombre sabio llevado por las narices por una mujer, como quien lleva un carnero por los cuernos al matadero, aunque ya no eres sabio ni lo has sido desde la hora en que, sin saber por qué, dejaste entrar en tu pecho el maligno espíritu de los celos; y cuanto más necio y embobado estás, tanto menor es mi gloria en ello. ¿Piensas, esposo mío, que soy tan ciega de los ojos del cuerpo como tú de los de la mente? Ciertamente, no; percibí a primera vista quién era el sacerdote que me confesaba y sé que eras tú; pero tuve en el corazón darte aquello que andabas buscando, y en verdad lo he hecho. Si fueras tan sabio como te crees, no habrías intentado por este medio conocer los secretos de tu buena esposa, sino que, sin tomar vana sospecha, habrías reconocido que aquello que ella te confesó era la verdad misma, sin haber pecado en nada.
Te dije que amaba a un sacerdote, ¿y no te hiciste tú sacerdote, siendo tú a quien mucho me pesa amar como te amo? Te dije que ninguna puerta de mi casa podía permanecer cerrada cuando él tenía intención de acostarse conmigo; ¿y qué puerta de la casa se te guardó jamás cerrada a ti, cuando querías venir a donde yo estuviese? Te dije que el sacerdote se acostaba conmigo cada noche, ¿y cuándo fue que tú no te acostaste conmigo? Y cada vez que me enviabas a tu clérigo, que era, bien lo sabes, tan a menudo como te apartabas de mí, te mandaba decir que el sacerdote no había estado conmigo. ¿Qué otro sino un loco de atar como tú, que te has dejado cegar por tus celos, habría dejado de entender estas cosas? Tú has permanecido en la casa, velando por las noches, y has pensado hacerme creer que te habías ido fuera a cenar y a dormir.
Piensa de aquí en adelante y vuelve a ser hombre, como solías ser; y no te hagas el hazmerreír de cuantos conozcan tus maneras, como yo las conozco, y deja esa desmedida vigilancia que guardas; porque te juro a Dios que, si me viniera en gana de hacerte llevar los cuernos, me empeñaría, aunque tuvieras cien ojos, como no tienes sino dos, en hacer mi voluntad de tal manera que no fueses sabedor de ello.
El miserable celoso, que creyó haber muy hábilmente sorprendido los secretos de su mujer, oyendo esto, se confesó engañado y, sin responder otra cosa, tuvo a la dama por virtuosa y discreta; y cuando le convenía estar celoso, se despojó por completo de sus celos, así como se los había puesto cuando no tenía necesidad de ellos. Por lo cual la discreta dama, estando en cierto modo autorizada a hacer sus placeres, de allí en adelante no hizo venir más a su amante por el tejado, como andan los gatos, sino que lo hizo entrar por la puerta, y procediendo con cordura, muchos días después se dio buena vida y llevó una vida alegre con él.
LA SEXTA NOVELA
[JORNADA SÉPTIMA]
DOÑA ISABELA, HALLÁNDOSE EN COMPAÑÍA DE LEONETO, SU AMANTE, ES VISITADA POR UN TAL MÍCER LAMBERTUCIO, DE QUIEN ES AMADA; VOLVIENDO SU MARIDO, [INESPERADAMENTE,] ELLA ENVÍA A LAMBERTUCIO FUERA DE CASA, CON LA DAGA EN LA MANO, Y EL MARIDO DESPUÉS ESCOLTA A LEONETO A SU HOGAR.
La compañía quedó maravillosamente complacida con el cuento de Fiammetta, afirmando todos que la dama había obrado excelentemente y como convenía a semejante bruto de hombre; y, una vez terminado, el rey mandó a Pampinea que prosiguiera, quien dijo: «Muchos hay que, hablando ignorantemente, afirman que el amor priva a las gentes de sus sentidos y hace que quien ama se vuelva insensato. Paréceme que esta es una opinión necia, como ciertamente se ha mostrado bastante bien por lo ya referido, y me propongo demostrarlo una vez más.»
En nuestra ciudad, que abunda en toda clase de bienes, hubo una vez una joven dama, de noble linaje y muy hermosa, que era esposa de un caballero muy digno y notable; y como sucede a menudo que las gentes no pueden siempre gustar de un mismo manjar, sino que desean a veces variar su dieta, esta dama, no satisfaciéndole del todo su marido, se enamoró de un joven llamado Leoneto, muy bien criado y agradable, aunque no era de gran linaje. Él, de igual modo, se enamoró de ella, y como sabéis que rara vez deja de tener efecto aquello que ambas partes desean, no pasó mucho tiempo antes de que se consumara su amor. Ahora aconteció que, siendo ella una dama bella y cautivadora, un caballero llamado Meser Lambertuccio se enamoró perdidamente de ella; mas a ella, por parecerle un hombre desagradable y pesado, no había forma de que por nada del mundo pudiera amarlo.
Mas, después de solicitarla con ahínco por medio de mensajes y de no valerle de nada, envió a amenazarla, pues era hombre principal, con deshonrarla si no hacía su voluntad; por lo cual ella, temerosa y conocedora de su carácter, se sometió a complacer su deseo.
Sucedió un día que la dama, cuyo nombre era Madama Isabela, habiéndose ido, como es costumbre nuestra en verano, a residir en una muy buena propiedad que tenía en el campo, y habiendo su marido cabalgado a alguna parte para pasar unos días fuera, envió a buscar a Leoneto para que viniera a estar con ella, de lo cual él se alegró muchísimo y se encaminó allí sin demora. Mientras tanto, Micer Lambertuccio, al oír que el marido estaba fuera, montó a caballo y, presentándose por completo solo en su casa, llamó a la puerta. La criada de la dama, al verlo, fue derecha a su ama, que estaba a solas con Leoneto, y la llamó diciendo: «Señora, Micer Lambertuccio está abajo, solo». La dama, al oír esto, fue la mujer más afligida del mundo, pero, como tenía gran temor de Micer Lambertuccio, rogó a Leoneto que no llevara a mal ocultarse un rato detrás de las cortinas de su cama hasta que el otro se hubiera ido.
En consecuencia, Leonetto, que le temía no menos que la dama, se ocultó allí, y ella mandó a la criada que fuese a abrir a Messer Lambertuccio; hecho lo cual, él se apeó en el patio y, atando su palafrén a una argolla, subió a la casa. La dama puso un semblante alegre y, saliendo al rellano de la escalera, le recibió con la mejor gracia que pudo y le preguntó qué le traía por allí; entonces él la tomó en sus brazos y la abrazó y la besó, diciendo: «Alma mía, he sabido que vuestro marido está fuera y vengo en consecuencia a estar con vos un rato.» Tras estas palabras, entraron en una alcoba, donde se encerraron, y Messer Lambertuccio se entregó a gozar de ella.
Mientras así estaban ocupados, acaeció, muy fuera de lo que la señora esperaba, que volvió su marido; al cual, cuando la criada vio cerca de la casa, corrió presurosa a la cámara de la señora y dijo:
—Señora, aquí viene mi señor; paréceme que ya está abajo en el patio.
Cuando la señora oyó esto, pensando que tenía dos hombres en casa y sabiendo que no había modo de ocultar a Messer Lambertuccio, a causa de su palafrén que estaba en el patio, se dio por perdida. No obstante, tomando una súbita resolución, saltó apresuradamente del lecho y dijo a Messer Lambertuccio:
—Señor, si en algo me queréis bien y queréis salvarme de la muerte, haced lo que os mandaré. Tomad vuestra cuchilla desnuda en la mano y bajad la escalera con aire airado y todo descompuesto, e idos diciendo: «¡Juro a Dios que lo llevaré a otra parte!»
Y si mi esposo intentare deteneros u os preguntare algo, no digáis otra cosa de la que os he dicho, sino tomad el caballo y cuidad de no permanecer con él por ningún motivo.» Respondió el gentilhombre que así lo haría de buena gana, y en consecuencia, desenvainando su espada, hizo tal como ella le había mandado, con el rostro encendido, tanto por la fatiga que había padecido como por la ira que le causaba el regreso del marido. Este ya había desmontado en el patio y se maravillaba de ver allí el palafrén; luego, disponiéndose a subir a la casa, vio bajar a Micer Lambertuccio, y extrañándose tanto de sus palabras como de su aspecto, dijo: «¿Qué es esto, señor?» Micer Lambertuccio, poniendo el pie en el estribo y montando a caballo, no dijo sino: «¡Cuerpo de Dios! Ya lo encontraré en otra parte», y se marchó.
El caballero, subiendo, encontró a su mujer en lo alto de la escalera, toda descompuesta y temerosa, y le dijo: —¿Qué es todo esto? ¿A quién va amenazando así, con tal furia, Micer Lambertuccio? — La dama, retirándose hacia la cámara donde estaba Leonetto, de modo que él pudiera oírla, respondió: —Señor, jamás había tenido un espanto semejante. Pero ha llegado huyendo hasta aquí un joven, a quien no conozco, seguido de Micer Lambertuccio, espada en mano, y encontrando por casualidad abierta la puerta de esta cámara, me dijo, todo temblando: «Por Dios, señora, ayudadme, que no me maten en vuestros brazos.» Me puse en pie y estaba a punto de preguntarle quién era y qué le ocurría, cuando, he aquí, entró de repente Micer Lambertuccio, diciendo: «¿Dónde estás, traidor?» Me puse delante de la puerta de la cámara y le impedí la entrada; y fue tan cortés que, después de muchas palabras, viendo que no me placía que entrase allí, se fue escaleras abajo, como habéis visto.
Dijo el marido: «Mujer, bien hiciste; demasiado grande fuera para nosotros la afrenta de que un hombre hubiera sido muerto en nuestra casa, y el señor Lambertuccio obró con gran descortesía siguiendo a una persona que aquí se había refugiado.»
Entonces preguntó dónde estaba el joven, y la dama respondió: «En verdad, señor, no sé dónde se ha escondido». Dijo entonces el marido: «¿Dónde estás? Sal sin temor». Con lo cual Leonetto, que lo había oído todo, salió temblando de miedo (pues ciertamente había pasado un gran susto) del lugar donde se había ocultado, y el caballero le dijo: «¿Qué tienes que ver con Messer Lambertuccio?» «Señor», respondió él, «no tengo nada en el mundo que ver con él, por lo que ciertamente me parece que o no está en su sano juicio o me ha confundido con otro; pues apenas me vio en el camino, no lejos de esta casa, cuando al punto llevó la mano a su espada y dijo: "Traidor, eres hombre muerto". No me detuve a preguntar por qué, sino que me di a la fuga como mejor pude y me dirigí aquí, donde, gracias a Dios y a esta gentil dama, he escapado».
Dijo el marido: «Anda, no temas; te llevaré a tu propia casa sano y salvo, y después podrás buscar lo que tengas que hacer con él.» Así, cuando hubieron cenado, lo montó a caballo y, llevándolo de vuelta a Florencia, lo dejó en su propia casa. En cuanto a Leonetto, aquella misma noche, según las instrucciones de la dama, habló en secreto con Messer Lambertuccio y arregló las cosas con él; aunque después se habló mucho del asunto, el marido, no obstante, nunca llegó a darse cuenta del engaño que le había hecho su mujer.
NOVELA SÉPTIMA
LODOVICO REVELA A MADAMA BEATRIZ EL AMOR QUE LE PROFESA, POR LO CUAL ELLA ENVÍA A EGANO, SU MARIDO, AL JARDÍN, EN SU PROPIO FAVOR, Y MIENTRAS TANTO YACE CON LODOVICO, QUIEN, LEVANTÁNDOSE EN SEGUIDA, VA Y APALEA A EGANO EN EL JARDÍN.
La presencia de ánimo de doña Isabela, referida por Pampinea, fue tenida por admirable por toda la compañía; pero, mientras aún se maravillaban de aquello, Filomena, a quien el rey había designado para continuar, dijo:
—Amables damas, y si no me engaño, paréceme que puedo contaros un cuento no menos gentil sobre el mismo asunto, y esto sin tardanza.
Debéis saber, pues, que hubo una vez en París un gentilhombre florentino que, por pobreza, se había hecho mercader y había prosperado tan bien en el comercio que se había vuelto muy rico. Tenía de su mujer un único hijo, llamado Lodovico, y para que atendiese a la nobleza de su padre y no al comercio, no había querido colocarlo en almacén alguno, sino que lo había enviado a estar con otros gentilhombres al servicio del rey de Francia, donde aprendió muchas buenas maneras y otras cosas finas.
Durante su estancia allí, aconteció que ciertos caballeros, que habían regresado de visitar el Santo Sepulcro, llegando a una conversación entre ciertos jóvenes, de los cuales Lodovico era uno, y oyéndolos discurrir entre sí sobre las hermosas damas de Francia e Inglaterra y de otras partes del mundo, uno de ellos comenzó a decir que, ciertamente, en todas las tierras que había recorrido y por todas las damas que había visto, jamás había contemplado nada igual en belleza a la señora Beatriz, esposa de Messer Egano de' Gulluzzi de Bolonia; a lo cual todos sus compañeros, que con él la habían visto en Bolonia, asintieron.
Lodovico, que hasta entonces nunca había estado enamorado de mujer alguna, escuchando esto, se encendió en tal deseo de verla que no podía pensar en otra cosa; y estando del todo resuelto a viajar a Bolonia con ese propósito, y allí, si ella le agradaba, permanecer algún tiempo, fingió ante su padre que tenía intención de ir a visitar el Santo Sepulcro, lo cual con gran dificultad obtuvo de él. Así, tomando el nombre de Anichino, partió para Bolonia, y al día siguiente de su llegada, como la fortuna quiso, vio a la dama en cuestión en una fiesta, donde le pareció mucho más hermosa de lo que la había imaginado; por lo que, enamorándose de ella ardientemente, resolvió no partir de Bolonia hasta que hubiese conseguido su amor.
Entonces, considerando dentro de sí mismo qué camino tomar para este fin, pensó, dejando de lado todos los demás medios, que si tan solo pudiera llegar a ser uno de los sirvientes del marido de ella, de los cuales este mantenía a muchos, quizás podría lograr lo que deseaba. Así, habiendo vendido sus caballos y dispuesto lo mejor posible de sus sirvientes, ordenándoles que fingieran no conocerlo, entró en conversación con su huésped y le dijo que querría de buena gana emplearse como sirviente de algún caballero de condición, si tal pudiera hallarse. Dijo el huésped: «Tú eres el sirviente adecuado para complacer a un caballero de esta ciudad, llamado Egano, que mantiene a muchos y los quiere a todos de buena presencia, como tú. Le hablaré del asunto.»
Tal como dijo, así lo hizo, y antes de despedirse de Egano, había llegado a un acuerdo con Anichino, para gran satisfacción de este último, quien, permaneciendo con Egano y teniendo abundante oportunidad de ver a su dama con frecuencia, procedió a servirle tan bien y tan a su gusto que llegó a estimarle tanto que no podía hacer nada sin él y le confió el gobierno no solo de su persona, sino de todos sus asuntos.