Español
Sucedió un día que, habiendo salido Egano a cazar aves y dejado a Anichino en casa, Madama Beatriz (que aún no se había dado cuenta del amor que él le tenía, aunque, considerándolo a él y a sus maneras, muchas veces lo había encomiado mucho para sí y le placía) se puso a jugar al ajedrez con él; y él, deseando complacerla, muy diestramente se las arregló para dejarse ganar, de lo cual la dama se regocijó maravillosamente. En seguida, habiéndose ido todas sus mujeres, que los habían estado viendo jugar, y dejándolos solos, Anichino lanzó un gran suspiro; y ella lo miró y le dijo: —¿Qué te aflige, Anichino? ¿Te pesa que yo te venza? —Señora —respondió él—, una cosa mucho mayor que esa es la causa de mi suspiro. Dijo la dama: —Te ruego, así como me quieres bien, que me lo digas.
Cuando Anichino se oyó conjurado, «así me quieras bien», por aquella a quien amaba sobre todas las cosas, lanzó un suspiro aún más profundo que el primero; por lo cual la dama le rogó de nuevo que le pluguiera decirle la causa de su suspirar. «Señora —respondió Anichino—, temo mucho que os desagrade si os lo digo, y además desconfío de que lo contaréis a otros.» A lo que ella replicó: «Ciertamente no me desagradará, y podéis estar seguro de que, cualquier cosa que me digáis, jamás la contaré a nadie, salvo cuando a vos os plazca.» Dijo él: «Puesto que me lo prometéis, os lo diré.»
Entonces, con lágrimas en los ojos, le dijo quién era y lo que había oído de ella y cuándo y cómo se había enamorado de ella y por qué había entrado al servicio de su marido y después humildemente le suplicó que tuviera a bien tener compasión de él y acceder a aquel su secreto y tan ferviente deseo, y en caso de que ella no quisiera hacerlo, que le permitiera amarla, dejándole estar en aquella su presente guisa.
¡Oh singular dulzura de la sangre bolofiesa! ¿Cómo has de ser aún loada en semejante circunstancia? Nunca fuiste deseosa de lágrimas ni suspiros; siempre fuiste complaciente a las plegarias y dócil a los amorosos deseos. ¡Si tuviera palabras dignas de alabarte, mi voz jamás se cansaría de cantar tus loores! La gentil dama, mientras Anichino hablaba, mantuvo los ojos fijos en él y, dando entero crédito a sus palabras, recibió, por la prevalencia de sus ruegos, el amor de él con tal fuerza en su corazón que también ella se puso a suspirar y respondió al punto: «Dulce Anichino mío, ten buen ánimo; ni presentes, ni promesas, ni solicitudes de noble o caballero u otro (pues he sido y soy aún cortejada por muchos) han podido jamás mover mi corazón a amar a ninguno de ellos; mas tú, en este breve espacio de tiempo que han durado tus palabras, me has hecho más tuya que mía».
Paréceme que has ganado mi amor con toda justicia, por lo cual te lo doy y te prometo que te haré gozar de él antes de que esta próxima noche se haya pasado del todo. Y para que esto tenga efecto, mira que vengas a mi cámara hacia la medianoche. Dejaré la puerta abierta; sabes de qué lado de la cama duermo; ven allá, y si duermo, tócame de manera que despierte, y te aliviaré de ese deseo tan prolongado que has tenido. Y para que puedas creer lo que te digo, te daré un beso como arras. Diciendo esto, echándole los brazos al cuello, lo besó amorosamente, y él de igual manera la besó. Dicho esto, la dejó y se fue a atender ciertos asuntos suyos, esperando con la mayor alegría del mundo la llegada de la noche.
Poco después, Egano volvió de cazar aves y, estando cansado, se fue a la cama en cuanto hubo cenado, y tras él la dama, que dejó la puerta de la cámara abierta, como había prometido. Allí, a la hora señalada, llegó Anichino y, entrando suavemente en la cámara, volvió a cerrar la puerta desde dentro; luego, acercándose al lecho por el lado donde yacía la dama, puso la mano en su pecho y la halló despierta. En cuanto ella lo sintió llegar, tomó su mano entre las dos suyas y la tuvo bien asida; entonces, volviéndose en el lecho, hizo de tal manera que Egano, que dormía, despertó; y le dijo ella: «Anoche no quise decirte nada, porque me parecía que estabas cansado; pero dime, Egano, así Dios te salve, ¿a quién tienes por tu mejor y más fiel servidor, y a aquel que más te ama, de cuantos tienes en casa?» «Mujer —respondió Egano—, ¿qué es esto que me preguntas? ¿No lo sabes?»
No tengo ni he tenido jamás a nadie en quien tanto confiara y a quien amara como amo y confío en Anichino. Mas, ¿por qué me preguntas eso? Anichino, viendo a Egano despierto y oyendo hablar de sí mismo, temió mucho que la dama quisiera engañarlo y ofreció una y otra vez retirar la mano para poder irse; pero ella la tenía tan firmemente que no pudo soltarse. Entonces dijo ella a Egano: —Te lo diré. Yo también creía hasta hoy que él era tal como tú dices y que te era más leal que ningún otro, pero me ha desengañado; porque, mientras hoy fuiste de caza, él se quedó aquí, y cuando le pareció oportuno, no tuvo vergüenza de solicitarme que me entregara a sus placeres, y yo, para que pudieras tocar y ver esto mismo y no me fuera necesario demostrártelo con demasiadas pruebas, le respondí que sí, y que esta misma noche, después de la medianoche, iría a nuestro jardín y allí lo esperaría al pie del pino.
Por mi parte, no pienso ir allá; pero tú, si tienes deseo de conocer la fidelidad de tu siervo, fácilmente puedes hacerlo vistiéndote con una de mis túnicas y un velo, y bajando allí para esperar y ver si viene, como estoy segura de que vendrá.» Al oír esto, Egano respondió: «Ciertamente, preciso es que vaya a ver», y levantándose, se vistió con una de las túnicas de la dama, lo mejor que pudo en la oscuridad; luego, cubriéndose la cabeza con un velo, se dirigió al jardín y se puso a esperar a Anichino al pie del pino.
En cuanto a la dama, tan pronto como supo que él había salido de la cámara, se levantó y cerró la puerta por dentro, mientras Anichino (que había tenido el mayor susto que jamás había conocido y se había esforzado cuanto pudo por escapar de las manos de la dama, maldiciéndola a ella y a su amor y a sí mismo que había confiado en ella cien mil veces), al ver lo que ella había hecho al final, fue el hombre más alegre que jamás hubo. Luego, habiendo vuelto ella a la cama, él, a instancias suyas, se quitó la ropa y, yéndose a la cama con ella, se deleitaron y gozaron juntos un buen rato; después de lo cual, pareciéndole a ella que no debía permanecer más tiempo, le hizo levantarse y vestirse y le dijo: —Amado mío, toma un buen garrote y vete al jardín, y allí, fingiendo que me has solicitado para ponerme a prueba, regaña a Egano como si fuese yo, y hazle sonar un buen repique de campanas en la espalda con el garrote, pues de ello nos sobrevendrá un maravilloso placer y deleite.
Anichino, en consecuencia, se dirigió al jardín, con una vara de sauce en la mano, y Egano, viéndole acercarse al pino, se levantó y salió a su encuentro, como si quisiera recibirlo con la mayor alegría; con lo cual dijo Anichino: «¡Ah, mujer malvada! ¿Has venido aquí, y piensas que yo haría a mi señor semejante agravio? ¡Mil veces mal vengas!» Entonces, alzando el garrote, comenzó a darle.
Egano, oyendo esto y viendo el garrote, huyó a la carrera sin decir palabra, mientras Anichino aún le seguía, diciendo: —¡Anda, Dios te dé mal año, vil mujer que eres! Ciertamente se lo diré a Egano mañana por la mañana. Egano volvió a la cámara lo más pronto que pudo, habiendo recibido varios buenos golpes, y preguntándole la dama si Anichino había venido al jardín, respondió: —¡Plegue a Dios que no! Porque, tomándome por ti, me ha molido a palos y me ha dado la más severa reprimenda que jamás se haya propinado a mujer vil. Ciertamente, me asombré mucho de que te hubiera dicho esas palabras, con intención de hacer algo que pudiera ser una vergüenza para mí; pero, como te vio tan alegre y juguetona, quiso ponerte a prueba. Entonces dijo la dama: —¡Alabado sea Dios que me ha probado a mí con palabras y a ti con hechos! Me parece que podrá decir que yo soporté sus palabras más pacientemente que tú sus hechos.
LA OCTAVA HISTORIA
[Jornada séptima]
"Mas, pues te es tan leal, te es menester tenerlo en estima y hacerle honor." "Ciertamente —respondió Egano—, dices lo cierto"; y, razonando sobre esto, concluyó que tenía la más leal esposa y el más fiel criado que jamás caballero tuviera; por lo cual, aunque tanto él como la dama se burlaron más de una vez con Anichino de esta aventura, éste y su ama tuvieron tiempo de sobra para aquello que, probablemente, sin esto no habrían tenido, a saber, para hacer lo que les procuraba placer y deleite, mientras a Anichino le plugo permanecer con Egano en Bolonia.
Un hombre vuélvese celoso de su mujer, la cual se ata un trozo de bramante al dedo gordo del pie por las noches, para tener noticia de la venida de su amante. Una noche, el marido advierte este ardid, y mientras persigue al amante, la dama hace acostar a otra mujer en su aposento. A esta última el marido azota y le corta los cabellos; luego va a buscar a los hermanos de su mujer, quienes, hallando su historia al parecer falsa, le dicen palabras muy duras.
Les pareció a todos que doña Beatriz había sido extraordinariamente ingeniosa en engañar a su marido, y todos convinieron en que el susto de Anichino debía de haber sido muy grande, cuando, mientras la dama lo tenía bien asido, le oyó decir que él la había requerido de amores. Pero el rey, viendo callada a Filomena, se volvió a Neifile y le dijo: —Contad vos. Y ella, sonriendo primero un poco, comenzó: —Bellas damas, tengo ante mí una difícil tarea si deseo complaceros con un hermoso cuento, como lo han hecho las que ya han contado; pero, con la ayuda de Dios, confío en desempeñarme en ello suficientemente bien.
Habéis de saber, pues, que hubo una vez en nuestra ciudad un mercader muy rico llamado Arriguccio Berlinghieri, el cual, pensando neciamente, como aún hacen cada día los mercaderes, ennoblecerse mediante el matrimonio, tomó por esposa a una joven gentil dama muy desigual a él, llamada madama Sismonda. Esta, por cuanto él, a uso de mercader, andaba mucho fuera y poco con ella moraba, se enamoró de un joven llamado Ruberto, que largo tiempo la había cortejado, y apresuradamente concertó con él un secreto trato de amores.
Usando, quizá, demasiado poca prudencia en sus tratos con su amante, por serle éstos en sumo grado deleitables, aconteció que, ya olfatease Arriguccio algo del asunto o de cualquier otro modo sucediese, éste se volvió el hombre más celoso del mundo, y dejando sus idas y venidas y todos sus demás cuidados, se puso casi enteramente a guardar y vigilar a su mujer; ni se dormía jamás sin haberla sentido primero llegar al lecho; por lo cual la dama sentía grandísima congoja, pues de ninguna manera le era dado hallarse con su Ruberto.
Sin embargo, después de haber discurrido muchos ardides para hallar manera de reunirse con él, y siendo además continuamente solicitada por él para ello, se le ocurrió al punto hacer de esta guisa: a saber, habiendo observado muchas veces que Arriguccio tardaba mucho en dormirse, pero que luego dormía muy profundamente, determinó hacer venir a Ruberto hacia medianoche a la puerta de la casa, y salir a abrirle y permanecer con él mientras su marido durmiese a pierna suelta. Y para saber cuándo hubiese llegado, pensó en colgar un cordel de la ventana de su dormitorio, que daba a la calle, de tal manera que nadie pudiese percibirlo, cuyo un extremo casi llegase al suelo, mientras que el otro lo llevaba a lo largo del suelo de la habitación hasta la cama y lo escondía bajo las ropas, con intención de atarlo a su dedo gordo del pie, cuando se hallase acostada.
En consecuencia, ella envió a informar a Ruberto de esto y le encargó que, cuando viniera, tirara del bramante, con lo cual, si su marido dormía, ella lo soltaría y vendría a abrirle; pero, si no dormía, lo tendría firme y lo tiraría hacia sí, para que no esperara. El ardid complació a Ruberto, y yendo allí con frecuencia, unas veces podía reunirse con ella y otras no.
De esta manera continuaron hasta que, una noche, hallándose la dama dormida, aconteció que su marido estiró el pie en el lecho y sintió el cordel, por lo que llevó la mano a él y, hallándolo atado al dedo del pie de su mujer, dijo para sí: «Esto debe de ser alguna treta»; y reparando en que el cordel salía por la ventana, lo dio por cierto. En consecuencia, cortólo suavemente del dedo de la dama y, atándolo a su propio dedo, quedóse en vela para ver qué podría significar aquello. No había esperado mucho cuando llegó Ruberto y tiró del cordel, como solía; entonces Arriguccio se levantó de un salto; pero, no habiendo atado bien el cordel a su dedo y tirando Ruberto con fuerza, soltósele éste de la mano, por lo cual comprendió que debía esperar, y así lo hizo. En cuanto a Arriguccio, levantóse deprisa y, tomando sus armas, corrió a la puerta, para ver quién pudiera ser y hacerle un daño, pues, aunque mercader, era hombre fornido y fuerte.
Cuando llegó a la puerta, no la abrió con suavidad como solía hacer la dama; lo cual, al observarlo Ruberto, que estaba en acecho, le hizo comprender cómo estaban las cosas, a saber, que era Arriguccio quien abría la puerta, y por ello se dio a la fuga apresuradamente, y el otro tras él. Por fin, tras haber huido un gran trecho y no cesando Arriguccio de seguirle, Ruberto, que también iba armado, desenvainó la espada y se volvió contra su perseguidor, y trabaron lucha, atacando el uno y defendiéndose el otro.
Entretanto, la dama, despertando, al abrir Arriguccio la puerta de la cámara, y hallando cortado el bramante de su dedo, conoció al punto que su ardid era descubierto; por lo que, viendo que su marido había corrido tras su amante, se levantó apresuradamente y, previendo lo que podía acontecer, llamó a su criada, que sabía todo, y le suplicó con tales ruegos que consiguió que ocupara su lugar en el lecho, rogándole que soportara con paciencia, sin darse a conocer, cuantos golpes le asestara Arriguccio, pues ella se lo recompensaría de manera que no tuviera motivo de queja; después apagó la luz que ardía en la cámara y, saliendo de ella, se ocultó en otra parte de la casa y allí se puso a esperar lo que sucediera.
Entretanto, la gente del barrio, despertada por el ruido de la refriega entre Arriguccio y Ruberto, se levantó y se puso a increparlos; por lo que el marido, temiendo ser reconocido, dejó ir al joven, sin haber logrado saber quién era ni hacerle daño alguno, y volvió a su casa, lleno de rabia y despecho. Allí, entrando en la cámara, gritó airadamente, diciendo: «¿Dónde estás, mujer vil? Has apagado la luz para que no pueda encontrarte; pero te equivocas.» Luego, acercándose al lecho, asió a la criada, creyendo tomar a su mujer, y le dio tan reciamente puñetazos y patadas, mientras pudo mover las manos y los pies, que le magulló todo el rostro, terminando por cortarle el cabello, mientras le decía las más duras palabras que jamás se dijeron a mujer de poco valer. La criada lloraba amargamente, como ciertamente tenía motivos para ello, y aunque de vez en cuando decía: «¡Ay, piedad, por Dios!» y «¡Oh, no más!»
su voz estaba tan quebrada por los sollozos y Arriguccio se hallaba tan cegado por su furia que jamás advirtió que aquella voz no era la de su mujer, sino la de otra.
Habiendo, pues, como hemos dicho, dado una buena paliza y cortádole el cabello, le dijo: «Mujer malvada, no pienso tocarte de otra manera, sino que iré ahora mismo a buscar a tus hermanos, les contaré tus lindezas y luego les mandaré que vengan por ti y te traten como juzguen que les honra, y te lleven; porque aquí, en esta casa, seguro que no has de permanecer más tiempo». Dicho esto, salió de la cámara y, cerrando la puerta con llave por fuera, se fue todo solo. Apenas la señora Sismonda, que había oído todo, se cercioró de la partida de su marido, abrió la puerta y, reavivando la luz, encontró a su criada toda magullada y llorando amargamente; donde la consoló lo mejor que pudo y la llevó de vuelta a su propia cámara, donde después hizo que, en secreto, la atendieran y cuidaran, y la recompensó con el dinero del propio Arriguccio de tal manera que ella se dio por satisfecha.
Apenas hubo hecho esto, se apresuró a hacer la cama en su propia cámara y la recompuso toda, poniéndola en tal orden como si nadie hubiera dormido en ella aquella noche; después se vistió y se atavió, como si aún no se hubiera acostado; luego, encendiendo una lámpara, tomó sus ropas y se sentó en lo alto de la escalera, donde se puso a coser y a esperar el desenlace del asunto.
Mientras tanto, Arriguccio se dirigió a toda prisa a casa de los hermanos de su mujer y allí llamó tanto y tan fuerte que fue oído y le abrieron. Los tres hermanos de la dama y su madre, al oír que era Arriguccio, se levantaron todos y, haciendo encender luces, vinieron a él y le preguntaron qué andaba buscando a aquella hora y solo. Entonces, empezando por el hilo que había encontrado atado al dedo del pie de su mujer, les contó todo lo que había descubierto y hecho, y para darles cumplida prueba de la verdad de su historia, les puso en las manos los cabellos que creía haber cortado de la cabeza de su esposa, terminando por exigirles que vinieran por ella e hicieran con ella lo que juzgaran pertinente a su honor, pues no pensaba tenerla más en su casa.
Los hermanos de la dama, oyendo esto y teniéndolo por cierto, se indignaron sobremanera contra ella y, mandando encender antorchas, se pusieron en camino para acompañar a Arriguccio a su casa, con intención de hacerle un daño; lo cual viendo su madre, los siguió llorando y suplicando ya al uno, ya al otro, que no tuviesen tanta prisa en creer tales cosas de su hermana, sin ver ni saber más del asunto, pues su marido podría haberse enojado con ella por alguna otra causa y haberla maltratado, y pudiera ahora alegar aquello en su excusa; añadiendo que se maravillaba sobremanera de cómo pudiera haber sucedido aquello de que la acusaba, porque conocía bien a su hija, por haberla criado desde pequeña, con otras muchas palabras en el mismo sentido.
Cuando llegaron a casa de Arriguccio, entraron y procedieron a subir la escalera, y oyéndolos venir, Madama Sismonda dijo: «¿Quién está ahí?» A lo que uno de sus hermanos respondió: «Pronto sabrás quién es, mujer vil que eres.» «¡Dios nos valga!», exclamó ella. «¿Qué significa esto?» Entonces, poniéndose en pie, dijo: «Hermanos míos, seáis bienvenidos; pero ¿qué buscáis los tres a esta hora?» Los hermanos, viéndola sentada cosiendo, sin señal de golpes en el rostro, mientras Arriguccio afirmaba que la había molido a palos, comenzaron a maravillarse y, refrenando la violencia de su ira, le preguntaron cómo había sido aquello de que Arriguccio la acusaba, amenazándola duramente; pero ella no les contó todo. Dijo ella: «No sé qué queréis que os diga, ni de qué pueda haberse quejado Arriguccio a vosotros de mí.»
Arriguccio, viéndola así, la miró como si hubiera perdido el juicio, recordando que le había asestado acaso mil bofetadas en el rostro y arañado y hecho todo el mal del mundo, y ahora la veía como si nada de todo aquello hubiera ocurrido.
Capítulo 55: Parte 55 Segmento 30 de 31.
Sus hermanos le contaron brevemente lo que habían oído de Arriguccio, el cordel y la paliza y todo, ante lo cual ella se volvió hacia él y dijo: —¡Ay, marido mío, qué es esto que oigo? ¿Por qué quieres hacerme pasar, para tu propia gran vergüenza, por mujer mala, cuando no lo soy, y hacerte pasar a ti mismo por hombre cruel y malvado, que no lo eres? ¿Cuándo estuviste en esta casa esta noche hasta ahora, y menos conmigo? ¿Cuándo me golpeaste? Por mi parte, no tengo memoria de ello. —¡Cómo, mujer vil que eres! —exclamó él—. ¿No nos acostamos juntos aquí? ¿No volví acaso, después de correr tras tu amante? ¿No te di mil bofetadas y te corté los cabellos? —No te acostaste en esta casa esta noche —respondió Sismonda—. Pero dejemos eso pasar, pues no puedo dar otra prueba de ello que mis propias y verdaderas palabras, y vengamos a lo que dices, a saber, que me golpeaste y me cortaste los cabellos.
A mí nunca me has golpeado, y todos los que aquí están y tú mismo reparen en mí si tengo alguna marca de golpes en cualquier parte de mi persona. En verdad, no te aconsejaría que fueses tan osado como para ponerme la mano encima, que, por la Cruz de Cristo, ¡te desfiguraría el rostro! Tampoco me cortaste el cabello, que yo sintiera o viera; pero acaso lo hiciste de tal manera que no lo percibí; veamos si lo tengo rapado o no. Entonces, quitándose el velo de la cabeza, mostró que tenía el cabello sin cortar y entero.