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Su madre y sus hermanos, viendo y oyendo todo esto, se volvieron contra su marido y le dijeron: «¿Qué quieres decir, Arriguccio? No es esto lo que hasta ahora viniste a contarnos que habías hecho, y no sabemos cómo habrás de cumplir el resto». Arriguccio se quedó como en trance y hubiera hablado; pero, viendo que no era como él pensaba poder mostrar, no se atrevió a decir nada; entonces la dama, volviéndose a sus hermanos, les dijo: «Hermanos míos, veo que él ha andado buscando que yo hiciera lo que nunca hasta ahora he querido hacer, a saber, que os haga sabedores de su lascivia y de sus viles costumbres, y lo haré. Creo firmemente que esto que os ha contado verdaderamente le ha acontecido, y que él ha hecho como dice; y oiréis de qué manera».
Este hombre digno, a quien en mala hora mía me disteis por marido, que se hace llamar mercader y quiere pasar por hombre de crédito, este tal, digo, que debía ser más templado que un monje y más casto que una doncella, pocas noches hay que no ande emborrachándose por las tabernas, juntándose ora con esta mujerzuela, ora con aquella, y haciéndome esperar por él, de tal suerte que me halláis, media noche y aun hasta la mañana. No dudo sino que, después de haber bebido bien, se fue a acostar con alguna ramera suya, y despertando, halló el bramante en su pie, y después hizo todas esas lindezas que cuenta, rematando con volver a ella y apalearla y cortarle los cabellos; y no estando aún bien en su juicio, imaginó (y no dudo que aún lo imagina) que todo esto me lo hizo a mí; y si le miráis bien el rostro, veréis que está todavía medio borracho.
"Sea como fuere, cualquier cosa que haya dicho de mí, no quiero que lo toméis contra vosotros sino como palabras de un hombre borracho, y puesto que yo le perdono, perdonadle también vosotros."
Su madre, al oír esto, comenzó a dar voces y a decir: «¡Por la cruz de Cristo, hija mía, esto no ha de pasar así! ¡Antes deberían matar a ese perro ingrato y malnacido, que nunca fue digno de tener por esposa a una doncella como tú! ¡A fe, buena cosa, por cierto! No te habría tratado peor si te hubiera recogido del lodo. ¡Que el diablo se lo lleve si has de quedarte a merced del rencor de un mezquino mercader de estiércol de asnos! Nos vienen de sus pocilgas del campo, vestidos con sayal de estameña, con sus bragas holgadas y la pluma en el culo, y en cuanto han juntado un puñado de cuartos, han de tomar por esposas a las hijas de caballeros y de damas de alcurnia, y ostentar escudos de armas y decir: “Soy de tal familia” y “Los de mi casa hicieron esto y esto otro.” ¡Plugiera a Dios que mis hijos hubieran seguido mi consejo en este asunto, pues te habrían asentado tan honrosamente en la familia de los condes Guidi, con una corteza de pan como dote!»
Pero tuvieron que darte a esta buena alhaja de hombre, que, siendo tú la mejor muchacha de Florencia y la más honesta, no se avergüenza de llamarnos a la puerta a medianoche para decirnos que eres una ramera, como si no te conociéramos. Pero, por la fe de Dios, si por mí se rigieran, él recibiría tal tunda que apestaría por ello. Luego, volviéndose a los hermanos de la dama: «Hijos míos», dijo ella, «os dije que esto no podía ser. ¿Habéis oído cómo vuestro buen cuñado trata a vuestra hermana? ¡Mercachifle de cuatro cuartos que es! Si yo estuviera en vuestro lugar, habiendo dicho él lo que ha dicho de ella y haciendo lo que hace, no me daría por contenta ni por satisfecha hasta no haberlo quitado de la faz de la tierra; y si fuera hombre, como soy mujer, no me tomaría la molestia de encomendar a nadie que no fuese yo misma el despacharlo. ¡Maldito sea, vil y borracha bestia, que no tiene vergüenza!»
Los jóvenes, viendo y oyendo todo esto, se volvieron contra Arriguccio y le dieron la más solemne reprimenda que jamás bellaco recibiera; y finalmente le dijeron: «Te perdonamos esto como a hombre borracho; mas, si en algo tienes tu vida, mira que de aquí en adelante no nos lleguen noticias de este género, pues, si algo semejante vuelve a venir a nuestros oídos, te pagaremos de una vez por esto y por aquello.» Diciendo así, siguieron su camino, dejando a Arriguccio tan atónito que parecía haber perdido el juicio, sin saber él mismo en su interior si lo que había hecho había sido realidad o si lo había soñado; por lo cual no volvió a decir palabra sobre ello, sino que dejó a su mujer en paz. Así, la dama, gracias a su pronta agudeza, no solo escapó del peligro inminente [que la amenazaba], sino que se abrió camino para hacer en lo sucesivo todo su antojo, sin tener ya jamás miedo alguno de su marido.
LA NOVENA NOVELA
[Día el Séptimo]
LIDIA, ESPOSA DE NICÓSTRATO, AMA A PIRRO, QUIEN, PARA QUE ÉL LO CREA, LE REQUIERE TRES COSAS, TODAS LAS CUALES ELLA HACE. ADEMÁS, SE SOLAZA CON ÉL EN PRESENCIA DE NICÓSTRATO Y HACE CREER A ÉSTE QUE LO QUE HA VISTO NO ES REAL.
El cuento de Neifile complació tanto a las damas que ni reír ni hablar de él podían dejar, aunque el rey, habiendo mandado a Pamfilo que contase el suyo, les había impuesto silencio varias veces. Pero, después que callaron, Pamfilo comenzó así: —No creo, graciosas damas, que haya cosa, por difícil y dudosa que sea, que aquel que ama apasionadamente no se atreva a hacer; lo cual, aunque ya se ha demostrado en muchos cuentos, me parece, sin embargo, que podré mostraros aún más claramente en uno que me propongo contaros, y en el que oiréis hablar de una dama que en sus acciones fue mucho más favorecida por la fortuna que aconsejada por la razón; por lo que no aconsejaría a nadie que se aventurara siguiendo los pasos de aquella de quien he de hablar, porque la fortuna no siempre está bien dispuesta ni todos los hombres del mundo son igualmente ciegos.
En Argos, ciudad de Acaya mucho más célebre por sus reyes de antaño que por su propia grandeza, vivió una vez un noble llamado Nicostrato, a quien la fortuna, cuando ya rayaba en la vejez, le deparó por esposa a una dama de gran linaje, llamada Lidia, no menos briosa que hermosa. Nicostrato, como noble y hombre rico que era, mantenía numerosos criados, perros y halcones, y se complacía sobremanera en la caza. Entre sus demás criados había un mancebo llamado Pirro, vivaz, bien criado, de gentil persona y diestro en todo cuanto se proponía; a este amaba y en él confiaba por encima de todos.
Del cual Pirro se enardeció tanto Lidia, que ni de día ni de noche podía tener su pensamiento en otra parte que con él; mas él, ora fuese porque no percibía el afecto que ella le tenía, ora porque no quería de él, parecía no hacer caso alguno de ello, por lo cual la dama sufría en sí intolerable desazón y, resuelta del todo a darle a conocer su pasión, llamó a una camarera suya, de nombre Lusca, en quien mucho confiaba, y le dijo: «Lusca, los favores que de mí has recibido debieran hacerte fiel y obediente; por lo cual mira que nadie llegue jamás a saber lo que ahora te diré, salvo aquel a quien yo te mandare que lo cuentes.
Como ves, Lusca, soy una dama joven y lozana, abundantemente dotada de todas aquellas cosas que cualquier mujer puede desear; en suma, no puedo quejarme sino de una cosa, a saber: que los años de mi marido son demasiados si se miden por los míos, por lo cual me va muy mal en aquello en que las mujeres jóvenes toman mayor placer; y no deseándolo menos, como hacen otras mujeres, he determinado en mí misma desde hace largo tiempo que, ya que la fortuna me ha sido tan poco amiga al darme un marido tan viejo, no seré tan enemiga de mí misma que no procure hallar medios para mis placeres y mi bienestar; y para tenerlos tan cumplidos en esto como en otras cosas, he resuelto querer que nuestro Pirro, por ser más digno de ello que cualquier otro, me los proporcione con sus abrazos; más aún, le he jurado tan gran amor que nunca me siento a gusto sino cuando lo veo o pienso en él, y si no me reúno con él sin dilación, me parece que ciertamente moriré.
de ello.
Por lo cual, si mi vida te es cara, querrás, de la manera que mejor te pareciere, mostrarle algún amor y suplicarle, de mi parte, que se digne venir a mí, cuando vayas por él.'
La camarera respondió que lo haría de buen grado, y, llevando a Pyrrhus aparte, en cuanto le pareció tiempo y lugar, cumplió el encargo de su señora lo mejor que supo. Pyrrhus, al oír esto, se maravilló sobremanera, como quien jamás había percibido nada de aquello, y sospechó que la señora había mandado decirle aquello para probarle; por lo cual respondió áspera y apresuradamente: 'Lusca, no puedo creer que estas palabras vengan de mi señora; por tanto, ten cuidado con lo que dices; o, si de verdad vienen de ella, no creo que te haya hecho decirlas con intención; y aunque así fuera, mi señor me hace más honor del que merezco, y no querría por mi vida hacerle tal ultraje; así que procura no hablarme más de tales cosas.'
Lusca, de ningún modo amedrentada por su austero discurso, le dijo: «Pirro, te hablaré tanto de esto como de todo lo demás de que mi señora me encargue, cuando y cuantas veces me lo mande, ya te cause placer o molestia; mas eres un asno.» Luego, algo contrariada por sus palabras, volvió a su señora, la cual, al oír lo que Pirro había dicho, deseó la muerte; pero, algunos días después, volvió a hablar del asunto a la doncella y le dijo: «Lusca, tú sabes que el roble no cae al primer golpe; por lo cual me parece bien que vuelvas de nuevo a aquel que tan extrañamente quiere permanecer leal en mi perjuicio, y, tomando ocasión oportuna, manifiéstale enteramente mi pasión y pon todo tu empeño en que el asunto tenga efecto; pues si así fracasa, de seguro moriré de ello. Además, pensará que ha sido burlado, y puesto que buscamos tener su amor, de ello se seguirá odio.»
La doncella la consoló y, yendo en busca de Pirro, lo halló alegre y bien dispuesto, y le dijo: —Pirro, te mostré hace pocos días en qué fuego arde mi señora y tuya por el amor que te tiene, y ahora de nuevo te lo certifico, pues, si persistes en el rigor que mostraste el otro día, puedes estar seguro de que no vivirá mucho; por lo que te ruego que te plazca satisfacerla en su deseo, y si aún permaneces firme en tu obstinación, mientras que hasta ahora te he tenido por muy discreto, te tendré por un necio. ¿Qué mayor gloria puede haber para ti que una dama tan hermosa y tan noble te ame por encima de todo? Además, ¿cuánto deberías reconocerte en deuda con la Fortuna, viendo que te ofrece una cosa de tanto valor y tan conforme a los deseos de tu juventud y, además, tal recurso para tus necesidades?
¿Cuál de tus pares conoces tú que mejor se halle en deleites de lo que tú podrías hallarte, si fueres sabio? ¿Qué otro podrías hallar que tan bien fuese en armas, caballos, vestidos y dineros como tú podrías, si tan sólo te dignares otorgar tu amor a esta señora? Abre, pues, tu entendimiento a mis palabras y vuelve en ti; piensa que una vez, y no más, suele acontecer que la fortuna viene a un hombre con rostro risueño y brazos abiertos, y si él no la sabe entonces acoger, cuando después se hallare pobre y mendigo, a sí mismo y no a ella deberá culpar. Además, no hay para qué usar de esa lealtad entre siervos y señores que conviene entre amigos y parientes; antes, los siervos deben usar de sus señores, en cuanto pudieren, así como ellos son usados de ellos.
¿Piensas tú que si tuvieras una esposa hermosa, o madre, o hija, o hermana, que agradara a Nicostratus, él iría en busca de esa lealtad que tan de buen grado observarías hacia él respecto de esa dama? Eres un necio si así lo piensas; porque puedes tener por cierto que, si halagos y súplicas no le bastaran, no dudaría en usar la fuerza en el asunto, cualquiera que sea tu parecer al respecto. Tratémoslos, pues, a ellos y a sus asuntos, tal como ellos nos tratan a nosotros y a los nuestros. Aprovecha el favor de la fortuna y no la ahuyentes, sino recíbela con los brazos abiertos y sal a su encuentro, porque ciertamente, si no lo haces, dejando aparte la muerte que sin falta sobrevendrá a tu dama, te arrepentirás de ello tantas veces que desearás morir por ello.
Pirro, que una y otra vez había meditado las palabras que Lusca le dijera, había resuelto, si ella volvía a él, darle otra respuesta conjeturada y someterse del todo a cumplir los deseos de la dama, con tal de poder cerciorarse de que no era un engaño para probarle; y así respondió: —Escucha, Lusca; todo lo que me dices reconozco que es verdad; pero, por otra parte, sé que mi señor es muy discreto y bien aconsejado, y como él encomienda todos sus asuntos a mis manos, temo mucho que Lidia, con su consejo y por su voluntad, haga esto para probarme; por lo cual, si le place, para mi seguridad, hacer tres cosas que le pediré, después con certeza no me mandará cosa alguna que no haga en seguida. Y las tres cosas que deseo son estas: primera, que en presencia de Nicostrato mate su buen halcón; segunda, que me envíe un mechón de la barba de su marido; y última, uno de sus mejores dientes.
Estas condiciones parecieron duras a Lusca, y a la dama más duras aún; sin embargo, el Amor, que es excelente consolador y maestro consumado en ardides y expedientes, la hizo resolver a hacer su voluntad y, en consecuencia, le envió recado por medio de su doncella de que haría puntualmente lo que él requería, y en seguida, y que, además de esto, puesto que él juzgaba a Nicostrato tan prudente, se solazaría con él en presencia de su marido y haría creer a este último que no era verdad.
Pirro, en consecuencia, comenzó a aguardar lo que la dama hiciese, y habiendo Nicostrato, pocos días después, hecho, como solía a menudo, una gran comida a ciertos caballeros, la señora Lidia, cuando las mesas fueron levantadas, salió de su cámara, vestida de samito verde y ricamente adornada, y entró en la sala donde estaban los huéspedes. Allí, en presencia de Pirro y de todos los demás, se acercó a la percha en la cual estaba el halcón que Nicostrato tenía tan querido, y lo soltó, como si quisiese ponerlo en su mano; luego, cogiéndolo por las pihuelas, lo estrelló contra la pared y lo mató; por lo cual Nicostrato le gritó, diciendo: «¡Ay, mujer, ¿qué has hecho?». Ella no le respondió nada, sino que, volviéndose a los caballeros que habían comido con él, les dijo: «Señores, mal sabría yo vengarme de un rey que me hizo una afrenta, si no osase tomar mi desquite de un halcón».
Habéis de saber que esta ave ha mucho tiempo que me roba todo el tiempo que los hombres deberían dedicar al placer de las damas; pues apenas ha amanecido cuando Nicostrato se levanta, se viste, y se va a caballo, con su halcón en el puño, a los campos abiertos, para verlo volar, mientras yo, tal como me veis, permanezco en la cama sola y descontenta; por lo cual muchas veces he tenido intención de hacer lo que ahora he hecho, y nada me lo ha impedido sino que esperaba hacerlo en presencia de caballeros que fuesen justos jueces en mi querella, como creo que vosotros lo seréis. Los caballeros, oyendo esto y creyendo que el afecto de la dama hacia Nicostrato no era otro que el que sus palabras denotaban, se volvieron todos hacia éste, que estaba enojado, y le dijeron riendo: «¡Por Dios, qué bien ha hecho la dama en vengar su agravio con la muerte del halcón!»
Entonces, con diversas chanzas sobre el tema (habiendo ya vuelto la dama a su cámara), convirtieron el enfado de Nicostratus en risa; mientras Pirro, viendo todo esto, dijo para sí: «La dama ha dado un noble comienzo a mis felices amores; ¡quiera Dios que persevere!»
Habiendo Lidia dado así muerte al halcón, no habían pasado muchos días cuando, hallándose en su cámara con Nicóstrato, se puso a juguetear y retozar con él; y él, tirándole un poco del cabello, en son de juego, le dio ocasión de cumplir la segunda cosa que Pirro le había requerido. Así, asiéndole de repente por un mechón de la barba, tiró de él con tanta fuerza, riendo mientras tanto, que se lo arrancó enteramente de la barbilla; de lo que él se quejó, y ella dijo: «¿Qué es esto? ¿Qué te aqueja para poner semejante cara? ¿Acaso porque te he arrancado quizá media docena de pelos de la barba? No sentiste lo que yo sufrí cuando me tiraste del cabello.» De esta manera continuando sus juegos de una palabra a otra, ella guardó secretamente el mechón de pelo que había arrancado de su barba y lo envió ese mismo día a su amante.
En cuanto a la última de las tres cosas requeridas por Pirro, más difícil le fue hallar un ardid; sin embargo, siendo de ingenio superior y haciéndola el Amor aún más pronta en la invención, pronto discurrió qué medios emplearía para llevarlo a cabo. Nicostrato tenía dos muchachos que su padre le había dado, con el fin de que, siendo de noble cuna, aprendieran algo de modales y buenas costumbres en su casa; de los cuales, cuando estaba a la mesa, uno trinchaba ante él y el otro le daba de beber. Lidia los llamó a ambos y, haciéndoles creer que olían mal de la boca, les ordenó que, cuando sirvieran a Nicostrato, mantuvieran la cabeza hacia atrás todo lo que pudieran y que jamás dijeran esto a nadie. Los muchachos, creyendo lo que ella dijo, hicieron como les había enseñado; y ella, al cabo de un tiempo, dijo un día a su marido: «¿Has notado lo que hacen esos muchachos cuando te sirven?»
—Sí que lo he hecho —respondió Nicóstrato—; y en verdad tenía intención de preguntarles por qué lo hacían. —No lo hagas —dijo la dama—, porque yo puedo decirte la razón; y te la he callado durante mucho tiempo, para no causarte molestia; pero, ahora que veo que otros comienzan a darse cuenta, no importa ocultártelo por más tiempo. Esto te sucede por ninguna otra cosa sino porque apestas terriblemente de la boca, y no sé cuál pueda ser la causa; pues no solía ser así. Ahora bien, esto es una cosa muy indecorosa para ti, que tienes que tratar con caballeros, y es necesario que busquemos un medio de curarlo. —¿Qué podrá ser esto? —dijo él—. ¿Tendré alguna muela podrida en la cabeza? —Quizá sí —respondió Lidia y lo llevó a una ventana, donde le hizo abrir la boca; y después de haberla examinado en todas sus partes, —¡Oh Nicóstrato! —exclamó—, ¿cómo has podido soportarlo tanto tiempo?
— Tú tienes un diente de este lado que me parece no solo cariado, sino del todo podrido; y, ciertamente, si lo conservas mucho más tiempo en tu boca, te echará a perder los que están a ambos lados; por lo cual te aconsejo que te lo hagas sacar antes de que el mal vaya más adelante. — Puesto que te parece bien — respondió él —, lo haré; hágase venir un cirujano sin más demora, que me lo saque. — ¡No quiera Dios — replicó la dama — que un cirujano venga aquí para eso! Paréceme que está de tal guisa que yo misma, sin cirujano alguno, puedo muy bien sacártelo; tanto más cuanto que estos cirujanos son tan bárbaros en tales oficios que mi corazón no consentiría en modo alguno verte o saberte en manos de ninguno de ellos; pues, si te doliese demasiado, al menos te lo aflojaré en el acto, lo que un cirujano no haría.
En consecuencia, hizo traer los instrumentos apropiados y envió a todos fuera de la cámara, excepto solo a Lusca; tras lo cual, encerrándose, hizo que Nicostratus se tendiera sobre una mesa y, metiéndole las tenazas en la boca, mientras la criada lo sujetaba con fuerza, le arrancó un diente por la fuerza, aunque él rugía estrepitosamente por el dolor. Luego, guardando para sí lo que había extraído, sacó un diente horriblemente cariado que tenía preparado en la mano y se lo mostró a su marido, medio muerto por el dolor, diciendo: «Mira lo que has tenido en tu boca todo este tiempo.»
Nicostrato creyó lo que ella le decía, y una vez fuera la muela, aunque había padecido el más cruel dolor y se había quejado amargamente, le pareció que estaba curado; y al punto, habiéndose consolado con una cosa y otra y calmado el dolor, salió de la cámara; entonces su mujer tomó la muela y en seguida la despachó a su galán, quien, viéndose ya seguro del amor de ella, se mostró dispuesto a complacerla en todo.