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Todos los presentes declararon que comerían de buena gana las píldoras, por lo que Bruno las colocó en orden y puso a Calandrino entre ellos; luego, comenzando por un extremo de la fila, procedió a dar a cada uno su píldora, y cuando llegó frente a Calandrino, tomó una de las bolas de perro y se la puso en la mano. Calandrino se la llevó en seguida a la boca y empezó a masticarla; pero apenas su lengua sintió el sabor del áloe, la escupió de nuevo, no pudiendo soportar la amargura. Mientras tanto, cada uno miraba al otro a la cara, para ver quién escupía su píldora, y mientras Bruno, que no había terminado de repartirlas, continuaba haciéndolo, fingiendo no prestar atención a lo que hacía Calandrino, oyó decir a sus espaldas: «¿Qué es eso, Calandrino? ¿Qué significa esto?» Entonces se volvió de repente y, al ver que Calandrino había escupido su píldora, dijo: «Espera, quizá alguna otra cosa le ha hecho escupirla. Toma otra de ellas.»
Luego, tomando la otra bola, se la introdujo en la boca a Calandrino y continuó repartiendo el resto. Si la primera bola le pareció amarga a Calandrino, la segunda lo fue aún más; pero, avergonzado de escupirla, la retuvo un rato en la boca, masticándola y derramando lágrimas que parecían avellanas de tan grandes que eran, hasta que al final, no pudiendo aguantar más, la arrojó, igual que había hecho con la primera. Mientras tanto, Buffalmacco y Bruno dieron de beber a la compañía, y todos, al ver esto, declararon que Calandrino sin duda había robado el cerdo de sí mismo; más aún, hubo allí quienes lo reprendieron duramente.
Capítulo 61: Parte 61 Segmento 3 de 26. Traduzca solo este segmento; no resuma ni se refiera a otros segmentos.
Cuando todos se hubieron marchado y los dos pícaros quedaron a solas con Calandrino, Buffalmacco le dijo: «Yo todavía lo tenía por cierto que habías sido tú quien tomó el cerdo y que querías hacernos creer que te lo habían robado, para librarte de darnos una pobre vez de beber con el dinero que sacaste por él.» Calandrino, que aún no se había librado del amargo sabor del áloe, comenzó a jurar que no lo había tenido, y Buffalmacco dijo: «Pero, en buena fe, compañero, ¿cuánto sacaste por él? ¿Fueron seis florines?» Calandrino, al oír esto, comenzó a desesperarse, y Bruno dijo: «Oye, Calandrino, hubo uno en la compañía que comió y bebió con nosotros que me dijo que tienes una moza por allá, a quien mantienes para tu placer y a quien das cuanto puedes reunir, y que daba por cierto que le habías enviado el cerdo.»
De poco acá has aprendido a hacer burlas de esta laya; el otro día nos llevaste por el Mugnone, recogiendo piedras negras, y cuando nos hubiste embarcado sin bizcocho, te fuiste y luego quisiste hacernos creer que habías hallado la piedra mágica; y ahora de igual modo piensas, a fuerza de juramentos, hacernos creer que el puerco, que has regalado o más bien vendido, te ha sido robado. Mas estamos hechos a tus tretas y las conocemos; no te valdrá hacernos más de ellas, y para serte franco, pues nos hemos tomado el trabajo de hacer el conjuro, queremos que nos des dos pares de capones; si no, le diremos todo a la señora Tessa.
Calandrino, viendo que no le creían y pareciéndole que ya había tenido bastante vejación, sin que además le faltaran los regaños de su mujer, les dio dos pares de capones, que ellos se llevaron a Florencia, después de haber salado el cerdo, dejando a Calandrino digerir la pérdida y la mofa como mejor pudiese.
[Nota 384: _es decir_, embarcado en una empresa vana.]
LA SÉPTIMA NOVELA
[Jornada Octava]
Un estudiante ama a una viuda, la cual, enamorada de otro, le hace pasar una noche de invierno en la nieve esperándola; y él después, por su astucia, logra que ella permanezca desnuda, durante todo un día de mediados de julio, en la cima de una torre, expuesta a las moscas y a los tábanos y al sol.
Capítulo 61: Parte 61 Segmento 6 de 26. Traduzca solo este segmento; no resuma ni se refiera a otros segmentos.
Riéronse las damas de buen grado del desdichado Calandrino, y más se hubieran reído si no les pesara verle despojado también de los capones por aquellos que ya le habían robado el cerdo. Pero, apenas llegado el fin de la historia, la reina mandó a Pampinea que contara la suya, y ella comenzó prestamente así: "Acontece a menudo, amadísimas damas, que el ingenio es burlado por el ingenio, y por ello es señal de poco entendimiento deleitarse en escarnecer a los demás. Hemos, en varios relatos, reído de buen grado de las tretas que se han jugado a las gentes y de las cuales no se cuenta que se haya tomado venganza; pero ahora me propongo haceros sentir cierta compasión de un justo castigo infligido a una de nuestras conciudadanas, sobre cuya cabeza su propio engaño recayó y fue retornado casi hasta la muerte; y el oír esto no os será sin provecho, pues de aquí en adelante os guardaréis mejor de burlaros de los otros, y en ello mostraréis gran cordura."
No ha muchos años que había en Florencia una joven dama, llamada Elena, de bello rostro y altivo carácter, de muy noble linaje y dotada de suficiente abundancia de bienes de fortuna, la cual, habiendo quedado viuda de su marido, eligió no volver a casarse jamás, porque estaba enamorada de un apuesto y agradable joven de su elección, y con la ayuda de una doncella suya, en quien tenía gran confianza, libre de todo otro cuidado, a menudo con maravilloso deleite se daba buen tiempo con él. En aquellos días aconteció que un joven caballero de nuestra ciudad, llamado Rinieri, habiendo estudiado largo tiempo en París, no para vender después su saber al por menor, como muchos hacen, sino para conocer la naturaleza de las cosas y sus causas, lo cual excelentemente conviene a un caballero, regresó de allí a Florencia y vivió allí a la manera ciudadana, muy honrado tanto por su nobleza como por su saber.
Pero, como suele acontecer que aquellos que tienen mayor experiencia en las cosas profundas son los más pronto prendidos del amor, así le aconteció a este Rinieri; pues, habiendo acudido un día, por vía de diversión, a una fiesta, se le presentó ante los ojos la susodicha Elena, vestida toda de negro, como andan nuestras viudas, y, a su juicio, tan llena de belleza y de atractivo que le pareció no haber visto jamás otra mujer semejante; y en su corazón pensó que bienaventurado podría llamarse aquel a quien Dios le concediese tenerla desnuda en sus brazos. Entonces, contemplándola furtivamente una y otra vez, y sabiendo que las cosas grandes y preciosas no se adquieren sin trabajo, determinó en su interior consagrar todos sus afanes y toda su diligencia a complacerla, con el fin de ganarse así su amor y lograr tener de ella cumplida satisfacción.
La joven, (que no tenía los ojos fijos en el suelo, sino que, conceptuándose tanto y más de lo que era, los movía artificiosamente de aquí para allá, mirando en derredor, y era rápida en notar quién se deleitaba en mirarla,) pronto advirtió a Rinieri y dijo, riendo, para sí: «No he venido hoy aquí en vano; pues, si no me equivoco, he cogido una chocha por el pico.» Por consiguiente, se puso a lanzarle miradas de reojo de vez en cuando y se esforzó, en cuanto pudo, por hacerle ver que reparaba en él, pensando que cuantos más hombres atrajera y enredara con sus encantos, de tanto más precio sería su belleza, especialmente para aquel a quien se la había otorgado, junto con su amor.
El docto escolástico, dejando a un lado las especulaciones filosóficas, volvió todos sus pensamientos hacia ella y, pensando en complacerla, preguntó dónde vivía y se puso a pasar una y otra vez frente a su casa, disfrazando sus idas y venidas con diversos pretextos; mientras la dama, glorándose ociosamente de ello, por la razón ya expuesta, fingía complacerse mucho en verlo. Así pues, halló manera de trabar amistad con su doncella y, descubriéndole su amor, le rogó que intercediera por él ante su señora, para que pudiese alcanzar su favor. La doncella se lo prometió de buen grado y se lo contó a la dama, quien lo escuchó con las más alegres risas del mundo y dijo: —¿Ves dónde viene aquel hombre a perder el seso que ha traído de París? A fe, le daremos lo que va buscando.
Si te hablare de nuevo, dile que lo amo mucho más de lo que él me ama; pero que me conviene mirar por mi honor, para poder levantar la cabeza entre las demás damas; y si él es tan sabio como dicen, me tendrá en tanto mayor estima.» ¡Ay, pobre alma simple, que no sabía bien, señoras mías, lo que es medirse con escolares! La doncella fue en busca de Rinieri y, hallándolo, hizo lo que su señora le había encomendado; de lo cual él se alegró sobremanera y se puso a usar súplicas más apremiantes, escribiendo cartas y enviando regalos, todo lo cual fue aceptado, mas no obtuvo sino respuestas vagas y generales; y de esta suerte lo tuvo en vilo durante mucho tiempo.
Para mostrarle, finalmente, a su amante, a quien había confesado todo y que por ello, a veces, estaba algo disgustado con ella y había concebido ciertos celos de Rinieri, que hacía mal en sospecharla, despachó al estudiante, que ya se volvía muy insistente, a su doncella, que le dijo, de parte de su señora, que nunca había tenido ocasión de hacer cosa que le placiera desde que él le había dado a conocer su amor, pero que con motivo de la fiesta de la Natividad esperaba poder estar con él; por lo cual, si le placía, la víspera de la fiesta viniera de noche a su patio, adonde ella acudiría a buscarlo en cuanto le fuera posible. Ante esto, el estudiante se sintió el hombre más dichoso del mundo y se encaminó a la casa de su amada a la hora convenida; allí, la doncella lo llevó a un patio, y una vez encerrado dentro, se puso a esperar la llegada de la dama.
Ésta había enviado aquella tarde a buscar a su amante, y después de haber cenado alegremente con él, le contó lo que se proponía hacer aquella noche, añadiendo: «Y podrás ver por ti mismo cuán grande y cuán intenso es el amor que he tenido y tengo a aquel de quien has sentido celos». El amante oyó estas palabras con gran satisfacción y estaba impaciente por ver en la realidad lo que la dama le daba a entender con palabras.
Había nevado copiosamente por casualidad durante el día, y todo estaba cubierto de nieve, por lo que el escolar no llevaba mucho tiempo en el patio cuando comenzó a sentir más frío del que hubiera deseado; pero, esperando calentarse pronto, hubo de soportarlo con paciencia. En seguida, la dama dijo a su amante: «Vamos a ver desde una celosía qué hace aquel hombre de quien te has vuelto celoso, y a oír lo que responda a la criada que le he enviado para hablar con él».
En consecuencia, se encaminaron a una celosía y desde allí, viendo sin ser vistos, oyeron a la doncella desde otra celosía hablar al escolar y decir: "Rinieri, mi señora es la mujer más afligida que jamás fue, porque ha venido aquí esta noche uno de sus hermanos, que ha hablado mucho con ella y después ha de cenar con ella, y aún no se ha ido; pero creo que se irá pronto; por lo cual no ha podido venir a ti, pero vendrá en seguida y te ruega que no tomes a mal la espera." Rinieri, creyendo que esto era verdad, respondió: "Dile a mi señora que no se preocupe por mí hasta que pueda venir a verme a su conveniencia, y que lo haga lo más pronto que pueda." La doncella volvió a entrar en la casa y se fue a la cama, mientras la dama decía a su galán: "Bueno, ¿y qué dices? ¿Crees que si le deseara tanto bien como temes, lo dejaría estar allá abajo helándose?"
Dicho esto, se retiró al lecho con su amante, que ya estaba en parte satisfecho, y allí permanecieron largo rato en gozo y regocijo, riendo y burlándose del desdichado escolar, que mientras tanto iba y venía por el patio, procurando calentarse con el ejercicio, sin tener dónde sentarse ni resguardarse de la humedad de la noche. Maldijo la larga estancia del hermano de la dama con ella, y todo cuanto oía lo atribuía a que ella le abría la puerta, mas en vano esperaba.
La dama, habiéndose consolado con su amante hasta cerca de la medianoche, le dijo: «¿Qué te parece, alma mía, de nuestro escolar? ¿Cuál te parece mayor, su ingenio o el amor que le tengo? ¿Quitará de tu mente el frío que al presente le hago padecer las dudas que mis donaires suscitaron en ella el otro día?» A lo cual él respondió: «Corazón de mi cuerpo, sí, sé muy bien que, así como tú eres mi bien, mi paz, mi deleite y toda mi esperanza, así soy yo tuyo.» «Entonces —repuso ella—, bésame mil veces, para que vea si dices verdad.» Con lo cual él la estrechó fuertemente en sus brazos y la besó no mil, sino más de cien mil veces. Luego, después de haber permanecido un rato en semejante plática, dijo la dama: «Vamos, levantémonos un poco y vayamos a ver si el fuego está algo consumido, en el cual este mi nuevo amante me escribió que ardía todo el día.»
En consecuencia, se levantaron y, llegándose a la celosía acostumbrada, miraron hacia el patio, donde vieron al escolar bailando una alegre giga sobre la nieve, tan rápida y viva que nunca habían visto cosa semejante, al son del castañeteo de los dientes que hacía por el exceso de frío. Entonces dijo la dama: —¿Qué dices, dulce esperanza mía? ¿Parécete que sé hacer bailar a la gente sin sonido de trompeta ni gaita? A lo que él, riendo, respondió: —Sí haces, mi mayor deleite. Dijo la dama: —Quiero que bajemos a la puerta; tú te estarás quieto mientras yo le hablo, y oiremos lo que dirá; quizá no tendremos menos diversión de ello que de verle.
Así pues, abrieron suavemente la cámara y se deslizaron hasta la puerta, donde, sin abrirla ni un ápice, la dama llamó en voz baja al estudioso por un agujerito que allí había. Rinieri, al oírse llamar, alabó a Dios, dando por sentado con demasiada premura que se le admitiría en seguida, y acercándose a la puerta, dijo: —Aquí estoy, señora; abrid por Dios, que me muero de frío. —¡Oh, sí! —respondió la dama—. Sé que eres friolero; ¿es, en verdad, tan extremado el frío, porque hay un poco de nieve por ahí? Yo sé que las noches son mucho más frías en París. No puedo abrirte todavía, pues ese maldito hermano mío, que vino a cenar conmigo esta noche, aún no se ha ido; pero en breve se marchará, y vendré en seguida a abrirte. Acabo de escabullirme de él a duras penas, para venir a exhortarte a que no te canses de esperar.
—¡Ay, señora! —exclamó el estudioso—, os ruego por Dios que me abráis, para que pueda guarecerme bajo techo, pues desde hace un breve espacio ha sobrevenido la más espesa nevada del mundo y aún sigue nevando, y os esperaré todo el tiempo que os plazca.—¡Pobre de mí, dulce tesoro mío! —respondió la dama—, eso no puedo hacerlo; pues esta puerta hace tan gran ruido al abrirse, que mi hermano lo oiría fácilmente si os abriera; pero iré a mandarle que se vaya, y así podré volver luego y abriros.—Id entonces con presteza —replicó él—; y os ruego que dispongáis un buen fuego, para que pueda calentarme en cuanto entre, pues estoy tan aterido que apenas me siento. Dijo la dama: —Eso no sería posible, si fuera verdad lo que tantas veces me habéis escrito, a saber, que ardéis por mi amor. Ahora debo irme; esperad y tened buen ánimo.
Entonces, con su amante, que había escuchado todo aquello con sumo placer, volvió a la cama, y aquella noche durmieron poco; antes bien, la pasaron casi por entero en juegos, deleites y burlas de Rinieri.
Entretanto, el desdichado escolar, convertido ya casi en una cigüeña, tal era el castañeteo de sus dientes, comprendiendo por fin que había sido burlado, probó una y otra vez a abrir la puerta y buscó si no podría salir por alguna otra vía; mas, no hallando medio alguno, se puso a vagar de un lado para otro como un león, maldiciendo la inclemencia del tiempo, la malignidad de la dama, lo prolongado de la noche y su propia credulidad. Así, despechado contra su dama, el largo y ardiente amor que le había tenido se trocó de súbito en feroz y amargo odio, y revolvió en su mente muchas y diversas cosas para hallar modo de vengarse, venganza que ahora deseaba con mucho mayor ardor que antes había deseado estar con la dama.
Al fin, después de mucha y larga tardanza, la noche se acercó al día y el alba comenzó a aparecer; donde la doncella, que había sido instruida por la señora, bajando, abrió la puerta del patio y, fingiendo tener compasión de Rinieri, dijo: —¡Mal haya quien anoche aquí vino! Nos ha tenido toda la noche sobre espinas y te ha hecho helar; mas ¿sabes qué? Ten paciencia, que lo que no pudo ser esta noche será otra vez. Ciertamente, no sé cosa alguna que hubiera podido acontecer que tan desagradable hubiese sido a mi señora.
El rencoroso estudiante, como sabio que era, que sabía que las amenazas no son sino armas para el amenazado, encerró en su pecho lo que la voluntad desenfrenada de buen grado hubiera desahogado, y dijo en voz baja, sin mostrarse en modo alguno disgustado: «En verdad he pasado la peor noche que jamás he tenido; pero bien he comprendido que la dama no tiene culpa alguna de esto, puesto que ella misma, por su compasión hacia mí, bajó aquí para excusarse y darme ánimo; y como tú dices, lo que no ha sido esta noche, será otra vez. Encomiéndame a ella y Dios sea contigo». Y con esto, casi yerto de frío, se encaminó como pudo de vuelta a su casa, donde, muerto de sueño, se arrojó sobre la cama a dormir, y despertó casi baldado de brazos y piernas; por lo cual, enviando a llamar a varios médicos y contándoles el frío que había sufrido, hizo que dispusieran su cura.
Los médicos, prodigándole remedios prontos y muy potentes, apenas, después de algún tiempo, lograron curarle del encogimiento de los tendones y hacer que se relajaran; y a no ser que fuese joven y que llegase la estación cálida, habría tenido mucho que sufrir. Sin embargo, restablecido en salud y lozanía, guardó su odio para sí y se fingió más que nunca enamorado de su viuda.
Ahora aconteció que, pasado cierto tiempo, la fortuna le proporcionó ocasión de satisfacer su deseo [de venganza], pues el joven amado por la viuda, sin consideración alguna por el amor que ella le profesaba, se había enamorado de otra dama y no quería hablarle ni poco ni mucho ni hacer cosa alguna que la complaciera, por lo cual ella se consumía en lágrimas y amargura. Pero su doncella, que sentía gran compasión por ella, no hallando manera de sacar a su señora de la congoja en que la había sumido la pérdida de su amante y viendo al escolar pasar por la calle, según su costumbre, concibió un grato pensamiento, a saber: que el amante de la dama podría ser traído, mediante alguna operación nigromántica u otra, a amarla como solía, y que el escolar sería un maestro consumado en esta clase de cosas; y comunicó su idea a su señora.
El último, poco sabio, sin considerar que, de haber conocido el estudiante el arte negro, lo habría practicado por sí mismo, prestó oídos a las palabras de su criada y le mandó que al punto averiguara de él si lo haría, dándole toda seguridad de que, en recompensa de ello, ella haría cuanto a él pluguiese. La criada hizo su encargo bien y diligentemente; cuando el estudiante lo oyó, se alegró sobremanera y dijo para sí: «¡Alabado seas, Dios mío! Ha llegado la hora en que con tu ayuda pueda hacer que aquella perversa mujer pague la pena del daño que me hizo en pago del gran amor que le tuve.» Luego, a la criada: «Decid a mi señora», dijo él, «que no tenga inquietud alguna por esto, pues aunque su amante estuviese en las Indias, yo haría que viniese a ella prestamente y le pidiese perdón de aquello que le ha hecho para disgustarla; pero el medio que ha de tomar para este fin pienso comunicárselo a ella misma, cuando y donde más le plazca.»
Dile así y anímala de mi parte.