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La doncella llevó la respuesta a su señora, y se acordó que se encontrasen en Santa Lucía del Prato, adonde, en consecuencia, habiendo llegado la dama y el escolástico y hablando a solas, ella, no acordándose de que en otro tiempo lo había puesto casi a las puertas de la muerte, le descubrió abiertamente su caso y aquello que deseaba, y le suplicó que la socorriera. —Señora —respondió él—, es verdad que, entre otras cosas que aprendí en París, fue la nigromancia, de la cual sé por cierto cuanto de ella existe; pero, por ser cosa sumamente desagradable a Dios, juré no practicarla jamás ni por mí ni por otros. Sin embargo, el amor que os tengo es de tal potencia que no sé cómo podría negaros nada de lo que quisiereis que haga; por lo cual, aunque solo por esto me hubiese de ir a la morada del diablo, estoy dispuesto a hacerlo, pues es vuestro placer.
Mas debo preveniros de que la cosa es más difícil de hacer de lo que acaso imagináis, especialmente cuando una mujer querría tornar a un hombre a su amor, o un hombre a una mujer, pues que esto no puede hacerse sino por la misma persona a quien pertenece; y conviene que quien lo haga sea de ánimo resuelto, visto que ha de hacerse de noche y en lugares solitarios sin compañía; lo cual no sé si estáis dispuesta a hacer.' La dama, más enamorada que discreta, respondió: 'El amor me espolea de tal guisa que no hay nada que no hiciese por recobrar a aquel que injustamente me ha desamparado. Empero, si os place, mostradme en qué he de mostrarme de ánimo resuelto.'
Señora —respondió el erudito, que tenía un mechón de mal pelo en la cola—, debo hacer una imagen de peltre en nombre de aquel a quien deseas recuperar; cuando te la envíe, te será menester bañarte con ella siete veces, toda desnuda, en un arroyo corriente, a la hora del primer sueño, cuando la luna esté muy menguante. Después, así desnuda, deberás subir a un árbol o a la cima de alguna casa deshabitada y, vuelta hacia el norte, con la imagen en la mano, decir siete veces seguidas ciertas palabras que te daré por escrito; hecho lo cual, vendrán a ti dos de las más hermosas doncellas que jamás hayas visto, que te saludarán y te preguntarán cortésmente qué deseas que se haga. Descúbreles bien y enteramente tus deseos, y cuida de que no te acontezca nombrar a una por otra.
En cuanto se lo hayas dicho, se marcharán y entonces podrás bajar al lugar donde hayas dejado tu ropa y volver a vestirte y regresar a casa; y con certeza, antes de que llegue la medianoche de la noche siguiente, tu amante vendrá, llorando, a suplicarte perdón y misericordia; y sabe que desde ese momento en adelante nunca más te dejará por otra.'
[Nota 385: Una forma proverbial de decir que guardaba rencor y era vengativo.]
La dama, oyendo todo esto y prestándole entera fe, quedó medio consolada, pareciéndole que ya tenía a su amante de nuevo entre sus brazos, y dijo:
—No temas; yo haré muy bien estas cosas, y tengo para ello la mejor comodidad del mundo; pues tengo, hacia la parte alta del Val d'Arno, una finca que está muy cerca de la ribera, y ahora es julio, de modo que bañarse será agradable; y para más señas, me acuerdo de que no lejos del río hay una pequeña torre deshabitada, salvo que los pastores suben a veces, por una escalera de madera de castaño que allí hay, a un sobrado en lo alto, para buscar sus bestias extraviadas: por lo demás, es un lugar muy solitario y apartado. Allí me encaminaré y allí espero hacer lo que me mandes de la mejor manera del mundo.
El letrado, que conocía muy bien tanto el lugar como la torre que la dama mencionaba, se holgó de cerciorarse de su intención y dijo:
—Señora, nunca he estado en estas partes y, por tanto, no conozco ni la granja ni la torre; pero, si ello es como vos decís, nada en el mundo puede ser mejor. Por lo cual, cuando fuere tiempo, os enviaré la imagen y el conjuro; pero os ruego encarecidamente que, cuando hayáis conseguido vuestro deseo y sepáis que os he servido bien, os acordéis de mí y no olvidéis cumplir vuestra promesa.
Respondió que lo haría sin falta, y despidiéndose de él, volvió a su casa; mientras el estudiante, gozoso de que le pareciese que su deseo había de tener efecto, hizo una imagen con ciertos caracteres talismánicos de su propia invención, y escribió un galimatías a su manera, a modo de conjuro; el cual, cuando le pareció tiempo, envió a la dama y le mandó decir que aquella misma noche, sin más tardanza, hiciese lo que le había ordenado; tras lo cual se encaminó secretamente, con un criado suyo, a casa de un amigo que moraba muy cerca de la torre, para dar efecto a su designio.
La dama, por su parte, partió con su criada y se dirigió a su granja, donde, apenas llegada la noche, fingió irse a acostar y envió a la criada a dormir; pero hacia la hora del primer sueño, salió silenciosamente de la casa y se encaminó a la orilla del Arno, junto a la torre, donde, tras mirar bien a su alrededor y no ver ni oír a nadie, se quitó las ropas y, ocultándolas bajo un arbusto, se bañó siete veces con la imagen; después de lo cual, tal como estaba, desnuda, se dirigió hacia la torre, con la imagen en la mano.
El erudito, que al llegar la noche se había ocultado con su criado entre los sauces y otros árboles cerca de la torre y había presenciado todo aquello, viéndola pasar así desnuda junto a él, venciendo la oscuridad de la noche con la blancura de su cuerpo, y tras considerar su pecho y las demás partes de su persona y hallarlas hermosas, pensó para sí en lo que llegarían a ser en poco tiempo y sintió cierta compasión de ella; mientras, por otro lado, los aguijones de la carne le asaltaron de repente e hicieron erguirse lo que antes yacía postrado, incitándole a salir de su emboscada e ir a tomarla y hacer su voluntad de ella. Entre una y otra cosa estuvo a punto de ser vencido; pero, trayendo a la memoria quién era y la injuria que había sufrido y por qué y a manos de quién, y reavivándose así en él el despecho, y desterradas la compasión y el apetito carnal, permaneció firme en su propósito y la dejó ir.
La dama, subiendo a la torre y volviéndose hacia el norte, comenzó a repetir las palabras que le había dado el estudiante, el cual, entrando calladamente en la torre un rato después, poco a poco quitó la escalera que subía al solar donde ella estaba, y luego esperó lo que había de hacer y decir. Entretanto, la dama, después de haber dicho siete veces su conjuro, comenzó a buscar a las dos doncellas, y tan larga fue su espera (y tanto más cuanto que sintió más frío del que hubiera deseado) que vio aparecer el alba; por lo cual, apenada de que no hubiera sucedido como el estudiante le había dicho, dijo para sí: «Temo que aquel hombre ha tenido intención de darme una noche como la que yo le di a él; pero, si tal es su intento, mal ha sabido vengarse, porque esta noche no ha sido tan larga como la suya en una tercera parte, y además el frío era de otra clase.»
Entonces, para que el día no pudiera sorprenderla allí, se dispuso a bajar de la torre, pero encontró que la escala había desaparecido; ante lo cual su valor la abandonó, como si el mundo se hubiera hundido bajo sus pies, y cayó desmayada sobre el terraplén de la torre. Tan pronto como recobró el sentido, se puso a llorar lastimeramente y a lamentarse, y comprendiendo demasiado bien que aquello debía de haber sido obra del estudiante, se echó la culpa por haber ofendido a otros y después por haber confiado en exceso en aquel a quien tenía razones sobradas para creer su enemigo; y de este modo permaneció largo tiempo. Luego, buscando si había alguna manera de bajar y no viendo ninguna, volvió a sus lamentaciones y se entregó a amargos pensamientos, diciéndose a sí misma: «¡Ay, desdichada de mí! ¿Qué dirán tus hermanos y tus parientes y vecinos y, en general, todo el pueblo de Florencia, cuando se sepa que has sido hallada aquí desnuda?»
Tu reputación, que hasta ahora ha sido tan grande, se sabrá que ha sido falsa; y si buscares forjar excusas mentirosas para ti, (si es que alguna se puede hallar) el maldito estudiante, que conoce todos tus asuntos, no te dejará mentir. ¡Oh mujer desdichada, que de un solo golpe habrás perdido al joven tan malhadadamente amado y tu propio honor!'
Con lo cual se entregó a tal pasión de dolor que estuvo a punto de arrojarse desde la torre al suelo; pero, estando ya el sol salido y acercándose ella a un lado de los muros de la torre, para ver si pasaba algún muchacho con ganado, a quien pudiera enviar por su criada, aconteció que el estudiante, que había dormido un rato al pie de un arbusto, despertando, la vio y ella a él; por lo cual le dijo: 'Buenos días, señora; ¿han llegado ya las doncellas?' La dama, viéndolo y oyéndolo, comenzó de nuevo a llorar amargamente y le rogó que entrara en la torre, para poder hablar con él.
En esto fue lo bastante cortés para complacerla; y ella, tendiéndose boca abajo sobre la plataforma y mostrando solo la cabeza por la abertura, dijo, llorando: —Ciertamente, Rinieri, si te di una mala noche, bien te has vengado de mí, pues, aunque sea julio, he creído que me helaría esta noche, desnuda como estoy, tanto más cuanto que he llorado tan amargamente tanto el engaño que te hice como mi propia necedad por creerte, que es maravilla que me queden ojos en la cabeza.
Por lo cual te ruego, no por el amor que me debes, pues no tienes por qué amarme, sino por el amor de ti mismo, que eres hombre de bien, que te des por contento, por venganza de la injuria que te hice, con lo que ya has hecho, y mandes traerme mis vestidos y me dejes bajar de aquí, ni procures quitarme lo que después no me podrías restituir, aunque quisieses, a saber, mi honra; que si yo te quité el estar conmigo aquella noche, yo te puedo volver muchas noches por aquella una, siempre que te plazca. Baste, pues, esto, y conténtate, como hombre honrado, con haber sabido vengarte y con haberme hecho confesar. No quieras usar de tu fuerza contra una mujer; ninguna gloria es para un águila haber vencido a una paloma; por tanto, por el amor de Dios y por tu propia honra, ten piedad de mí.
El erudito, con ánimo severo, revolviendo en sí mismo la injuria recibida y viéndola llorar y suplicar, sintió a la vez placer y enojo; placer por la venganza que había deseado más que cualquier otra cosa, y enojo sentía, porque su humanidad le movía a compasión de la desdichada mujer.
Mas no valiendo la humanidad para vencer la fiereza de su apetito [de venganza], —Señora Elena —respondió él—, si mis oraciones (las cuales, en verdad, no supe bañar con lágrimas ni hacer melosas, como tú ahora sabes ofrecer las tuyas) hubieran valido, la noche en que me moría de frío en tu patio lleno de nieve, para procurar que me pusieras un poco a cubierto, ligera cosa me fuera escuchar ahora las tuyas; pero, si tú estás ahora tanto más preocupada por tu honra que en el pasado y te es grave permanecer ahí arriba desnuda, dirige estas tus oraciones a aquel en cuyos brazos no tuviste escrúpulo en permanecer desnuda, aquella noche que tú misma recuerdas, oyéndome mientras tanto andar por tu patio, castañeteando los dientes y pisando la nieve, y consigue de él tu socorro; haz que te traiga tus ropas y te ponga la escalera, por donde puedas bajar, y procura informarle con ternura de tu honra, la cual no has tenido escrúpulo en...
Te has turbado, tanto ahora como mil otras veces, para ponerte en peligro por él.
¿Por qué no le llamas para que venga a socorrerte? ¿A quién pertenece más que a él? Tú eres suya; y ¿qué ha de mirar o socorrer él, si no te mira ni te socorre? Llámalo, simple mujer que eres, y prueba si el amor que le tienes y tu ingenio y el suyo juntos pueden valerte para librarte de mi locura, de lo cual, mientras jugueteabas con él, preguntaste en otro tiempo si le parecía cuál era mayor, mi locura o el amor que le tenías. No puedes ahora prodigarme aquello que no deseo, ni podrías negármelo, si lo desease; guarda tus noches para tu amante, si acaso sales viva de aquí; sean tuyas y de él. Tuve de sobra con una de ellas, y me basta haber sido engañado una vez.
Otra vez, usando tu arte y astucia en el hablar, estudias, ensalzándome, en ganar mi voluntad, y me llamas caballero y hombre de honra, pensando así engatusarme para que me hiciera el magnánimo y me abstuviera de castigarte por tu maldad; mas tus lisonjas no me oscurecerán ahora los ojos del entendimiento, como otrora hicieron tus desleales promesas. Yo me conozco, ni aprendí tanto de mí mismo mientras permanecí en París como me enseñaste tú en una sola noche tuya. Pero, aun cuando yo fuera en verdad magnánimo, tú no eres de aquellos hacia quienes se debe mostrar magnanimidad; el resultado del castigo, así como de la venganza, en el caso de fieras tales como tú eres, ha de ser la muerte, mientras que para los seres humanos habría de bastar aquello de que hablas.
Por lo cual, aunque yo no sea águila, sabiéndote no paloma, sino venenosa serpiente, pienso perseguirte, como a enemigo inmemorial, con todo el odio y todas mis fuerzas, aunque esto que te hago apenas puede propiamente llamarse venganza, sino más bien castigo, pues la venganza debe exceder la ofensa y esto no llegará a ello; porque, si yo procurase vengarme, considerando a qué extremo trajiste mi alma, tu vida, si te la quitara, no me bastaría, no, ni las vidas de cien otros tales como tú, ya que, matándote, no haría sino matar a una vil, malvada e indigna ramera de mujer. ¿Y qué diablos eres tú, dejando aparte esa tu escasa hermosura (que pocos años desfigurarán, llenándola de arrugas), de más cuenta que cualquier otra pobre fregona?
Capítulo 62: Parte 62 Segmento 20 de 23.
Pues no fue culpa tuya el no haber conseguido dar muerte a un hombre de honra, como ahora me llamaste, cuya vida aún puede ser en un día de más provecho al mundo que la de cien mil de tu ralea mientras el mundo dure. Quiero enseñarte, pues, mediante esta pesadumbre que sufres, lo que es burlarse de los hombres de entendimiento, y particularmente de los letrados, y darte ocasión de que jamás, si sales con vida, vuelvas a caer en semejante locura. Mas, si tan grande es tu deseo de bajar, ¿por qué no te arrojas? De esta manera, con la ayuda de Dios, rompiéndote el cuello, te librarás a un tiempo de la tormenta en que te parece que estás, y me harás a mí el hombre más alegre del mundo. Nada más tengo que decirte. Yo supe ingeniármelas de tal suerte que te hice subir allá; ingéniatelas tú ahora para bajar de ahí, del mismo modo que supiste engañarme a mí.
[Nota 387: Boccaccio se cita mal aquí a sí mismo. Véase pág. 389, donde la dama dice a su amante: «¿Cuál te parece mayor, su ingenio o el amor que le tengo?». Este es solo uno de los innumerables casos de negligencia e inconsistencia que se dan en el *Decamerón* y que hacen evidente al estudioso que la obra debió de llegar a manos del público sin la revisión y corrección final del autor, ese *limæ labor* sin el cual ningún libro está completo y que resulta especialmente necesario en el caso de una obra como la presente, donde Boccaccio figura como el virtual creador de la prosa italiana.]
[Nota 388: Lit. rostro, aspecto (*viso*).]
Mientras el docto hablaba de esta guisa, la infeliz dama lloraba sin cesar y el tiempo transcurría, alzándose el sol cada vez más y más alto; pero, cuando ella vio que él había enmudecido, dijo: «¡Ay, cruel hombre! Si la maldita noche te fue tan penosa y si mi falta te parece cosa tan atroz que ni mi joven hermosura ni mis amargas lágrimas y humildes ruegos puedan valer para moverte a piedad alguna, que al menos este acto mío solo te conmueva un poco y ablande el rigor de tu rencor, a saber: que ahora mismo confié en ti y te descubrí todos mis secretos, abriendo además a tu deseo un camino por el cual pudieras lograr hacerme conocedora de mi pecado; tanto más cuanto que, si no hubiera confiado en ti, no habrías tenido medio alguno de lograr tomar de mí esa venganza que pareces haber deseado tan ardientemente.»
Por amor de Dios, depón tu ira y perdóname de aquí en adelante; estoy dispuesta, con tal de que me perdones y me hagas bajar de aquí, a renunciar del todo a aquel joven desleal y a tenerte a ti solo por amante y señor, aunque menosprecies mi hermosura, afirmando que es efímera y de poco valer; no obstante, sea lo que fuere, en comparación con la de otras mujeres, sé bien que, si no por otra cosa, es de estimar porque es el deseo, el pasatiempo y el deleite de la juventud de los hombres, y tú no eres viejo. Y aunque soy cruelmente tratada por ti, no puedo creer que desees verme morir de una muerte tan fea como sería arrojarme desde esta torre, como en desesperación, ante tus ojos, en los cuales, si no fueras un mentiroso como te has vuelto, antes era yo tan agradable. ¡Ay!, ten compasión de mí, ¡por Dios y por piedad! El sol comienza a calentar, y así como el frío excesivo me afligió esta noche, así el calor empieza a causarme gran molestia.