Español
Apenas el otro se hubo ido, entró en la cámara y, hallando allí a la señora, que aún no había terminado de ajustarse los velos de la cabeza, que Spinelloccio le había bajado al retozar con ella, le dijo: «Mujer, ¿qué haces?». Respondió ella: «¿No lo ves?». Y Zeppa repuso: «Sí, en verdad, he visto más de lo que quisiera». Diciendo esto, le echó en cara lo sucedido, y ella, presa de gran miedo, tras mucha plática, le confesó aquello que no podía negar fácilmente de su familiaridad con Spinelloccio. Luego comenzó a suplicarle perdón, llorando, y Zeppa le dijo: «Escúchame, mujer: has obrado mal, y si quieres que te lo perdone, procura cumplir puntualmente lo que te ordene, que es esto: quiero que digas a Spinelloccio que busque ocasión de separarse de mí mañana por la mañana, hacia la hora de tercia, y venga aquí a ti».
—Cuando él esté aquí, volveré y tan pronto como me oigas, hazle entrar en este cofre y ciérralo dentro. Luego, cuando hayas hecho esto, te diré qué más has de hacer; y no temas hacerlo, porque te prometo que no le haré ningún daño. La dama, para complacerle, prometió hacer su voluntad, y así lo hizo.
Llegado el día siguiente, hallándose Zeppa y Spinelloccio juntos hacia la hora de tercia, este último, que había prometido a la dama estar con ella a aquella hora, dijo al primero: «Hoy he de comer con un amigo, a quien no querría hacer esperar; por lo cual, Dios sea contigo». Respondió Zeppa: «Todavía no es hora de comer»; pero Spinelloccio replicó: «No importa; también he de hablar con él de un asunto mío, así que es menester que esté allí temprano». En consecuencia, despidiéndose de él, dio un rodeo y encaminándose a casa de Zeppa, entró en una cámara con la mujer de este. No había estado allí mucho tiempo cuando regresó Zeppa; al oírlo la dama, fingiendo estar muy asustada, lo hizo refugiarse en el arcón, como su marido le había ordenado, y cerrándolo con llave, salió de la cámara. Zeppa, subiendo, dijo: «Mujer, ¿es hora de comer?» —«Sí —respondió ella—, en seguida».
Dijo él: «Spinelloccio se ha ido a comer esta mañana con un amigo suyo y ha dejado a su mujer sola; acércate a la ventana, llámala y dile que venga a comer con nosotros.» La dama, temiendo por sí misma y vuélta por ello muy obediente, hizo como él le mandó, y la mujer de Spinelloccio, muy instada por ella y oyendo que su propio marido había de comer fuera, vino allí.
Capítulo 64: Parte 64 Segmento 5 de 28. Traduzca solo este segmento; no resuma ni se refiera a otros segmentos.
Zeppa le hizo grandes halagos y, susurrando a su mujer que se fuese a la cocina, la tomó familiarmente de la mano y la llevó a la cámara, donde apenas hubieron entrado cuando, volviéndose, cerró la puerta con llave por dentro. Cuando la dama lo vio hacer aquello, dijo: —Ay, Zeppa, ¿qué significa esto? ¿Me habéis traído aquí para esto? ¿Es este el amor que profesáis a Spinelloccio y la leal compañía que practicáis hacia él? A lo que respondió Zeppa, acercándose al arca donde estaba encerrado su marido y teniéndola asida con fuerza: —Señora, antes de que os quejéis, escuchad lo que tengo que deciros. Yo he amado y amo a Spinelloccio como a un hermano, y ayer, aunque él no lo sabe, descubrí que la confianza que en él tenía había llegado a tal punto que se acuesta con mi mujer igual que con vos. Ahora, porque lo amo, no pienso tomar venganza de él, sino de la misma manera que se ha cometido la ofensa; él ha tenido a mi mujer y yo intento teneros a vos.
Si no quieres, me será forzoso tomarlo aquí; y pues no pienso dejar esta afrenta sin castigo, le haré una jugada tal que ni tú ni él volveréis a alegraros jamás.' La dama, oyendo esto y creyendo lo que Zeppa decía, después de muchas afirmaciones que él le hizo, respondió: 'Zeppa mío, ya que esta venganza ha de caer sobre mí, me contento, con tal de que dispongas, no obstante lo que hayamos de hacer, que yo pueda estar en paz con tu mujer, tal como pienso estar con ella, no obstante lo que me ha hecho.' 'En verdad,' repuso Zeppa, 'lo haré; y además te daré una joya preciosa y fina como ninguna otra que tengas.' Dicho esto, la abrazó; luego, acostándola sobre el arca, allí, a su entera satisfacción, se solazó con ella, y ella con él.
Spinelloccio, oyendo desde dentro del cofre todo lo que Zeppa dijo acerca de la respuesta de su mujer y sintiendo la danza que se le venía encima, al principio se sintió tan despechado que le pareció que iba a morir; y de no haber sido por el miedo que tenía a Zeppa, habría regañado a su mujer, encerrado como estaba. Sin embargo, pensando que la ofensa había comenzado con él y que Zeppa tenía derecho a hacer lo que hizo y que de hecho se había conducido con él humanamente y como un camarada, resolvió en sí mismo, si él quería, ser más amigo suyo que nunca. Zeppa, habiendo estado con la dama todo el tiempo que le plugo, bajó del cofre, y como ella le pidiera la joya prometida, abrió la puerta de la cámara y llamó a su mujer, la cual no dijo más que: «Señora, vos me habéis dado pan por torta»; y esto dijo riendo. Díjole Zeppa: «Abre este cofre». Así lo abrió ella, y en él Zeppa mostró a la dama a su marido, diciendo: «Aquí está la joya que te prometí».
Fuera difícil decir cuál de los dos estaba más avergonzado, si Spinelloccio, viendo a Zeppa y sabiendo que éste sabía lo que había hecho, o su mujer, viendo a su marido y sabiendo que él había oído y sentido lo que ella había hecho sobre su cabeza. Pero Spinelloccio, saliendo del arca, dijo sin más parlamento: —Zeppa, estamos en paz; por lo cual es bueno, como dijiste ahora mismo a mi mujer, que sigamos siendo amigos como lo éramos, y que, ya que no hay nada no compartido entre nosotros dos salvo nuestras esposas, tengamos también éstas en común. Zeppa quedó contento, y los cuatro comieron juntos con la mayor armonía posible; y de ahí en adelante cada una de las dos damas tuvo dos maridos, y cada uno de estos dos, dos esposas, sin que jamás hubiera contienda ni rencor alguno acerca del asunto.
[_Danza trivigiana_, literalmente danza trevisana; en inglés, la sacudida de las sábanas.]
LA NOVENA HISTORIA [Día Octavo]
El maestro Simone, el físico, habiendo sido inducido por Bruno y Buffalmacco a dirigirse de noche a cierto lugar, para ser allí hecho miembro de una compañía que anda de correría, es arrojado por Buffalmacco a una zanja llena de inmundicia y allí dejado.
Después de que las damas hubieron charlado un rato sobre la comunidad de esposas practicada por los dos sieneses, la reina, en quien sola recaía el contar, no queriendo hacer a Dioneo un agravio, comenzó de esta manera:
—Muy bien, amables damas, mereció Spinelloccio el engaño que Zeppa le hizo; por lo cual me parece que no se ha de culpar severamente (como Pampinea ha querido mostrar hace un momento) a quien engaña a aquellos que van buscando el engaño o lo merecen. Ahora bien, Spinelloccio lo merecía, y pienso contaros el caso de uno que fue a buscarlo por sí mismo. A quienes le engañaron, no los tengo por censurables, sino más bien dignos de alabanza, y aquel a quien se lo hicieron era un médico que, habiendo salido para Bolonia como un borrego, volvió a Florencia todo cubierto de armiño.
Capítulo 64: Parte 64
Como vemos cada día, nuestros conciudadanos vuelven aquí desde Bolonia, éste un juez, aquél un médico y un tercero un notario, ataviados con ropas largas y anchas, de escarlata y de armiño, y con gran copia de otras galas, y hacen un muy lucido alarde, al cual cuán poco corresponden los efectos vemos aún todo el día. Entre los demás, un cierto maestro Simone da Villa, más rico en bienes heredados que en saber, volvió aquí, no ha mucho tiempo, doctor en medicina, según su propia cuenta, vestido todo de escarlata[397] y con un gran capuz de armiño, y tomó una casa en la calle que hoy llamamos la Vía del Cocomero. Este dicho maestro Simone, siendo así recién vuelto, como se ha dicho, tenía, entre otras sus notables costumbres, la maña de preguntar a cualquiera que con él estuviese quién era cualquier hombre que viera pasar por la calle, y como si de los hechos y maneras de los hombres hubiera de componer las medicinas que daba a sus pacientes, tomaba nota de todos y los guardaba todos en su memoria.
Entre otros en quienes más particularmente le ocurrió fijar los ojos, había dos pintores de quienes ya dos veces se ha hablado hoy, a saber, Bruno y Buffalmacco, que eran vecinos suyos y andaban aún en compañía. Pareciéndole que ellos se preocupaban menos del mundo y vivían más alegremente que el resto de la gente, como era en efecto el caso, preguntó a diversas personas acerca de su condición y, oyendo de todos que eran hombres pobres y pintores, se le metió en la cabeza que no podía ser que vivieran tan dichosos de su pobreza, sino que concluyó, por haber oído que eran mozos astutos, que debían de sacar grandísimas ganancias de alguna fuente desconocida para el común; por lo cual sintió el deseo de trabar conocimiento, si pudiera, con ambos, o al menos con uno de ellos, y logró hacer amistad con Bruno.
Éste, viendo, después de haber estado con él algunas veces, que el médico era un gran asno, comenzó a darse la mejor vida del mundo con él y a divertirse enormemente con sus extraordinarios humores, mientras que el maestro Simone, de igual manera, se deleitaba maravillosamente en su compañía.
[Nota 397: El color de las vestiduras de los médicos de aquel tiempo.]
Después de un rato, habiéndole invitado a comer en varias ocasiones y creyéndose con derecho, en consecuencia, a conversar familiarmente con él, le descubrió el asombro que sentía ante él y ante Buffalmacco, de cómo, siendo hombres pobres, vivían tan alegremente, y le suplicó que le explicara cómo lo hacían. Bruno, al oír esta charla del médico y viendo que la pregunta era una de sus acostumbradas impertinencias carentes de ingenio, se rió para sus adentros, y pensando en responderle según su necedad merecía, dijo: «Doctor, no hay muchos a quienes yo diría cómo lo hacemos; pero a usted no dudaré en decírselo, pues es usted amigo y sé que no lo repetirá a nadie. Es verdad que vivimos, mi amigo y yo, tan alegre y tan bien como a usted le parece, más aún, por cierto, aunque ni de nuestro oficio ni de rentas que obtengamos de posesión alguna podríamos tener lo suficiente para pagar siquiera el agua que consumimos.
Sin embargo, no por eso querría que pensaseis que vamos a robar; no, sino que vamos de correría, y de allí, sin daño para nadie, nos procuramos todo cuanto nos place o necesitamos; de ahí la vida alegre que nos veis llevar.
El médico, oyendo esto y creyéndolo, sin saber lo que era, se maravilló en extremo y, concibiendo al punto un ardiente deseo de saber qué cosa pudiera ser aquello de andar en corso, le rogó encarecidamente que se lo dijera, afirmando que jamás lo descubriría a persona alguna. —¡Ay, doctor! —exclamó Bruno—, ¿qué es lo que me pedís? Lo que queréis saber es un secreto demasiado grande y una cosa que me desharía y me echaría del mundo; más aún, me pondría en la boca del Lucifer de San Gallo[398], si alguno llegase a saberlo. Pero tan grande es el amor que profeso a vuestra dignísima calabacería de Legnaja[399] y la confianza que en vos tengo, que no puedo negaros nada de cuanto deseéis; por lo cual os lo diré, con la condición de que me juréis por la cruz de Montesone que jamás, como lo habéis prometido, lo contaréis a nadie.
[398] Los comentaristas señalan aquí que en la puerta de la iglesia de San Gallo estaba representado un Lucifer especialmente espantoso, con muchas bocas.
[Footnote 399: Se dice que Legnaja es famosa por sus grandes calabazas.]
El médico declaró que jamás repetiría lo que le dijera, y Bruno dijo: «Has de saber, pues, doctor mío de miel, que no hace mucho tiempo hubo en esta ciudad un gran maestro en nigromancia, que se llamaba Miguel Escoto, porque era de Escocia, y que recibió grandísima hospitalidad de muchos gentileshombres, de los cuales pocos viven hoy día; por lo cual, queriendo partir de aquí, les dejó, a sus insistentes ruegos, a dos de sus más hábiles discípulos, a quienes encargó que permaneciesen siempre dispuestos a satisfacer todos los deseos de los caballeros que tan honrosamente lo habían hospedado. Estos dos, entonces, sirvieron libremente a los mencionados caballeros en ciertos amoríos suyos y otros asuntos menores, y después, agradándoles la ciudad y las costumbres de la gente, determinaron quedarse allí para siempre.»
Por consiguiente, contrajeron grande y estrecha amistad con algunos de los vecinos, sin atender a quiénes eran, si nobles o plebeyos, ricos o pobres, sino únicamente a que fuesen hombres conformes a sus propias usanzas; y, para dar gusto a los que así se habían hecho sus amigos, fundaron una compañía de unos veinticinco hombres, que debían reunirse al menos dos veces al mes en un lugar señalado por ellos, donde, una vez congregados, cada uno dijera su deseo, el cual le cumplirían inmediatamente aquella misma noche. Buffalmacco y yo, que teníamos especial amistad e intimidad con estos dos, fuimos puestos por ellos en el registro de la susodicha compañía, y aún somos de ella.
Y puedo deciros que, cuando acontece que nos reunimos, es cosa maravillosa ver los tapices que cuelgan alrededor del salón donde comemos, y las mesas dispuestas a la real manera, y la multitud de servidores nobles y gentiles, tanto mujeres como hombres, al gusto de cada uno de los que forman parte de la compañía, y las bacías, aguamaniles, jarras, copas y vasos de oro y plata, en que comemos y bebemos, amén de los muchos y variados manjares que se nos ponen delante, cada uno en su estación, según lo que cada cual desea. Jamás podría yo acertar a exponeros cuáles y cuántos son los dulces sonidos de innumerables instrumentos y los cantos llenos de melodía que allí se oyen; ni podría deciros cuánta cera se quema en estas cenas, ni cuáles y cuántas son las confituras que se consumen, ni cuán costosos son los vinos que se beben.
Mas no quiero que creáis, buen calabacín salado mío, que moramos allí con este hábito y estas ropas que nos veis vestir cada día; no, no hay ninguno de nosotros tan poca cosa que no os pareciera un emperador, tan ricamente estamos ataviados con vestiduras de precio y cosas finas. Mas, sobre todos los otros placeres que allí hay, está el de las bellas damas, que, con solo quererlo uno, son al punto traídas de los cuatro confines del mundo. Allí podríais ver a la Soberana Señora de los Picarazotes, a la Reina de los Vascos, a la esposa del Soldán, a la Emperatriz de los Tártaros Usbegos, a la Zangarrijona de Noruega, a la Moliverde de Tierradebambolla y a la Locaempollas de Verdevanedad. Mas, ¿por qué he de enumerároslas todas? Allí están todas las reinas del mundo, incluso, puedo deciros, hasta la Reverencia de Preste Juan, que tiene los cuernos en mitad del trasero; ¿lo veis ahora?
Allí, después de haber bebido y comido confites y bailado un par de danzas, cada dama se retira a su alcoba con aquel por cuya instancia ha sido llevada allí. Y habrás de saber que estas alcobas son un verdadero paraíso de ver, tan hermosas son; si, y no son menos olorosas que las cajas de especias de tu tienda cuando haces majar comino, y en ellas hay lechos que te parecerían más suntuosos que el del Dux de Venecia, y en ellos se van a reposar. ¡A fe! qué trabajo de pedales, qué tirar de batientes para apretar la tela, estas tejedoras mantienen, bien te lo dejo imaginar; pero de los que mejor se encuentran, a mi parecer, son Buffalmacco y yo, pues él las más veces hace venir allí a la Reina de Francia para sí, mientras yo hago venir a la de Inglaterra, que son dos de las más hermosas damas del mundo, y lo hemos sabido hacer de modo que no tienen otro ojo en la cabeza que nosotros.
[400] Por lo cual podéis juzgar por vos mismo si podemos y debemos vivir y andar más alegres que otros hombres, viendo que tenemos el amor de dos tales reinas, y más por señal de que, cuando quisiéramos tomar de ellas mil o dos mil florines, no los conseguimos. Esto, pues, lo llamamos comúnmente ir a corso, porque así como los corsarios toman el bien de todos, así hacemos nosotros, salvo que en esto diferimos mucho de ellos: que ellos nunca restituyen lo que toman, mientras que nosotros lo devolvemos cuando lo hemos usado. Ahora, mi digno doctor, habéis oído lo que llamamos ir a corso; pero cuán estrictamente esto requiere guardarse en secreto, podéis verlo por vos mismo, y por lo tanto no os digo más ni os lo ruego.
[Nota: _es decir_, que piensan solo en nosotros y nos quieren, teniéndonos tan caros como a sus propios ojos.]
El médico, cuya ciencia no alcanzaba más allá quizá que a curar a los niños de la tiña, dio tanto crédito a la historia de Bruno como el que se debía a la verdad más manifiesta, y se inflamó de tan gran deseo de ser recibido en aquella compañía como el que pudiera encenderse en cualquiera por la cosa más deseable del mundo; por lo cual le respondió que ciertamente no era maravilla si andaban alegres, y apenas se contuvo para aplazar el pedirle que lo llevase allí hasta que, habiéndole hecho mayor hospitalidad, pudiera con más confianza proponerle su ruego. En consecuencia, reservando esto para una ocasión más favorable, procedió a mantener un trato más estrecho con Bruno, haciéndole comer consigo mañana y tarde y mostrándole un afecto desmedido; y en verdad tan grande y tan constante fue este su trato que parecía que el médico no podía ni sabía vivir sin el pintor.
Este, hallándose en buenos términos, para no parecer desagradecido por la hospitalidad que se le había mostrado, había pintado al maestro Simone un cuadro de la Cuaresma en su salón, además de un Agnus Dei a la entrada de su cámara y un orinal sobre la puerta de la calle, para que quienes tuvieran necesidad de su consejo supieran distinguirlo de los demás; y en una pequeña galería que tenía, le había representado la batalla de las ratas y los gatos, que al médico le parecía cosa muy hermosa. Además, a veces le decía, cuando no había cenado con él la noche anterior: «Anoche estuve en la sociedad y, estando un poco cansado de la Reina de Inglaterra, mandé traerme a la Dama del Gran Can de Tartaria.» —¿Qué significa Dama? —preguntó el maestro Simone—. No entiendo esos nombres. —Por cierto, doctor mío —respondió Bruno—, no me extraña, pues he oído muy bien que Porcograsso y Vannacena[401] no dicen nada al respecto. Dijo el médico:
'Quieres decir Ipocrasso y Avicenna.' — 'A fe,' respondió Bruno, 'no lo sé; entiendo vuestros nombres tan mal como vos los míos; pero Dolladoxy en la lengua del Gran Cham significa tanto como Emperatriz en la nuestra. ¡Voto a Dios que la tendrías por una mujer endiabladamente hermosa! Bien me atrevo a decir que te haría olvidar tus drogas, tus lavativas y todos tus emplastos.'
De esta suerte le habló una y otra vez, para encenderle más, hasta que una noche, en que aconteció que mi señor doctor sostenía la luz a Bruno, que se hallaba en acto de pintar la batalla de las ratas y los gatos, aquél, pareciéndole que ya lo había ganado con sus hospitalidades, determinó abrirle su ánimo, y así, estando solos, le dijo: —Dios sabe, Bruno, que no hay hombre vivo por quien yo hiciera todo como por ti; y en verdad, si me mandases ir de aquí a Peretola, me parece que poco me faltaría para ir allá; por lo cual no querría que te maravilles si te pido algo con familiaridad y confianza. Como sabes, no ha mucho tiempo que me hablaste de las costumbres de vuestra alegre compañía; por lo que tan gran deseo me ha tomado de ser uno de vosotros que jamás deseé tanto cosa alguna.
Ni es este mi deseo sin causa, como verás, si acaso acontece que yo esté en vuestra compañía; pues te doy licencia de que te burles de mí si no consigo que venga allí la más linda moza de servicio que jamás viste. La vi apenas el año pasado en Cacavincigli y le deseo todo mi bien; y por el cuerpo de Cristo, le habría dado hasta diez grossi boloñeses, con tal que hubiera consentido en mí; pero no quiso. Por lo cual, cuanto más puedo, te ruego que me enseñes qué he de hacer para lograr estar en vuestra compañía, y haz y dispón tú también de modo que yo pueda ser parte de ella. En verdad, tendréis en mí un buen y leal camarada, sí, y digno de honra. Ves, para empezar, qué buen mozo soy y qué bien plantado estoy sobre mis piernas. Sí, y tengo un rostro como si fuera una rosa, y para más señas, soy doctor en medicina, de los que creo que no tenéis ninguno entre vosotros. Además, sé muchas lindas cosas y hermosas cancioncillas; a fe que os cantaré una. E incontinenti se puso a cantar.
Capítulo 64: Parte 64
[Nota 402: es decir, amarla más que a nada en el mundo. Para ejemplos anteriores de esta expresión idiomática, véase ante, passim.]