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Bruno sintió tan gran deseo de reír que estuvo a punto de reventar; sin embargo, se contuvo, y el médico, una vez terminada su canción, dijo:
—¿Qué te pareció?
—Ciertamente —respondió Bruno—, no hay birimbao que no perdiera con vos, de un modo tan arzigótico lo maulláis.
—Te digo —dijo Maese Simone— que nunca lo hubieras creído si no me hubieras oído.
—Ciertamente —replicó Bruno—, decís verdad.
Y el médico prosiguió:
—Conozco muchas otras, pero dejemos eso por ahora. Tal como me ves, mi padre era un gentilhombre, aunque residía en el campo, y yo mismo, por parte de mi madre, desciendo de la familia Vallecchio. Además, como habrás visto, tengo los mejores libros y togas de cuantos médicos hay en Florencia.
¡Por mi fe! Tengo un vestido que me costó, todo contado, cerca de cien libras de doits, hace más de diez años; por lo cual te ruego cuanto puedo que me lleves a estar en tu compañía, y ¡por mi fe! si lo haces, podrás ser tan malo como quieras, pues jamás te tomaré un ardite por mis servicios.
Bruno, al oír esto y pareciéndole el médico más zopenco que nunca, dijo: —Doctor, tened la luz un poco más hacia este lado y tened paciencia hasta que haya puesto las colas a estas ratas, y después os responderé. Terminadas las colas, Bruno fingió que la petición del médico le era en extremo molesta, y dijo: —Doctor mío, grandes cosas son estas que haríais por mí, y lo reconozco; sin embargo, eso que me pedís, por poco que sea para la grandeza de vuestro ingenio, es para mí asunto muy grave, ni sé de nadie en el mundo por quien, estando en mi mano, lo hiciera, si no lo hiciera por vos, tanto porque os amo como conviene como por vuestras palabras, que están tan sazonadas de donaire que sacarían las correas de un par de botas, cuanto más a mí de mi propósito; pues cuanto más os trato, más sabio me parecéis.
Y además puedo deciros que, aunque no tuviese otra razón, os quiero bien, pues os veo enamorado de tan bella criatura como la que decís. Pero esto os diré: no tengo en este asunto el poder que suponéis y no puedo, por tanto, hacer por vos lo que fuera menester; sin embargo, si me prometéis, sobre vuestra fe solemne y surbatada, guardármelo en secreto, os diré los medios que habéis de emplear, y me parece cierto que, con tan buenos libros y otros aparejos como decís tener, alcanzaréis vuestro propósito.
Dijo el doctor: —Habla con toda confianza; veo que aún no me conoces bien y no sabes cómo sé guardar un secreto. En verdad, pocas cosas hizo Micer Guasparruolo da Saliceto, cuando era juez de la prevostura de Forlimpopoli, que no me enviara a decir, porque me hallaba tan buen guardador de secretos.[404] ¿Y quieres juzgar si digo la verdad? Fui el primer hombre a quien dijo que iba a casarse con Bergamina: ¿ves ahora? —Pues a fe —replicó Bruno—, todo está bien; si un hombre tal confió en usted, bien puedo hacerlo yo. El camino que debe usted tomar es este. Debe usted saber que aún tenemos en esta nuestra compañía un capitán y dos consejeros, que se cambian de seis en seis meses, y sin falta, a primero de mes, Buffalmacco será capitán y yo consejero; pues así está acordado.
Ahora, quien es capitán puede hacer mucho en orden a procurar que quien él quiera sea admitido en la compañía; por lo cual paréceme que debéis procurar, en cuanto podáis, ganar la amistad de Buffalmacco y hacerle honra. Él es hombre que, viéndoos tan sabio, se enamorará de vos incontinente, y cuando con vuestro ingenio y con estas buenas cosas que tenéis os hayáis en alguna manera granjeado su voluntad, podréis hacerle vuestro ruego; él no sabrá deciros que no. Ya le he hablado de vos y os desea todo el bien del mundo; y cuando hayáis hecho esto, dejadme a mí obrar con él. Dijo el físico: «Lo que me aconsejas me place mucho. En verdad, si él es hombre que se deleita en los hombres doctos y hablare conmigo siquiera un poco, yo me comprometeré a hacer que ande siempre buscando mi compañía, pues, en cuanto a ingenio, tengo tanto que podría abastecer una ciudad entera y permanecer todavía sobradamente sabio.»
Resuelto esto, Bruno comunicó todo el asunto a Buffalmacco, por lo cual a este último le parecía que pasaban mil años hasta que llegaran a hacer aquello que aquel archibufón andaba buscando. El médico, que anhelaba en extremo salir de correrías, no descansó hasta hacerse amigo de Buffalmacco, lo cual consiguió fácilmente, y además se puso a darle a él, y a Bruno con él, las mejores cenas y comidas del mundo. Los dos pintores, como los caballeros complacientes que eran, no se mostraron en absoluto reacios a acompañarle; y una vez que probaron los excelentes vinos y los capones gordos y otras muchas buenas cosas con que los agasajaba, se le arrimaron tanto que acabaron por instalársele en casa, sin esperar demasiada invitación, aunque siempre declarando que no lo harían por otro.
En esto, cuando le pareció que era tiempo, el médico hizo a Buffalmacco la misma petición que antes había hecho a Bruno; y entonces Buffalmacco, fingiéndose muy pesaroso, levantó gran clamor contra Bruno, diciendo: «¡Voto al Dios Altísimo de Pasignano que apenas puedo contenerme de darte tal golpe en la cabeza que te haga caer las narices a los talones, traidor que eres; pues no ha sido otro que tú quien ha descubierto estas cosas al médico!»
El maestro Simone hizo todo lo posible por disculpar a Bruno, diciendo y jurando que había sabido la cosa por otro conducto, y tras muchas de sus sabias palabras logró apaciguar a Buffalmacco; con lo cual este, volviéndose a él, le dijo: «Doctor mío, bien se echa de ver que habéis estado en Bolonia y que habéis traído a estas partes una boca cerrada; y os digo además que no habéis aprendido vuestro A B C en la manzana como muchos necios suelen hacer; no, lo habéis aprendido en la calabaza, que es tan larga;[405] y si no me engaño, fuisteis bautizado en domingo.[406] Y aunque Bruno me ha dicho que vos me dijisteis que allí estudiasteis medicina, me parece que estudiasteis más bien para aprender a cazar hombres, cosa que vos, con vuestro ingenio y vuestro fino hablar, sabéis hacer mejor que hombre alguno que yo haya visto jamás.» Aquí el médico, quitándole la palabra de la boca y atajándole, dijo a Bruno: «¡Qué cosa es hablar y tratar con hombres doctos!»
¿Quién habría comprendido tan rápidamente cada detalle de mi inteligencia como lo ha hecho este digno hombre? Tú no te diste cuenta de mi valor ni con la mitad de rapidez que él; pero, al menos, aquello que te dije cuando me dijiste que Buffalmacco se deleitaba con los hombres eruditos, ¿te parece que lo he hecho? —Sí lo has hecho —respondió Bruno—, y mejor.
[Nota 405: Un juego de palabras sobre _mela_ (manzana) y _mellone_ (calabaza). _Mellone_ es estrictamente un melón de agua; pero lo he traducido como "calabaza" para preservar el modismo inglés, "cabeza de calabaza" siendo nuestro equivalente del "melón" italiano, usado en el sentido de tonto, bobo.]
[Nota 406: Según los comentaristas, "bautizado en domingo" antiguamente significaba un simple, porque la sal (que los escritores clásicos italianos usan constantemente como sinónimo de ingenio o sentido) no se vendía los domingos.]
Entonces dijo el médico a Buffalmacco: «Habrías contado otra historia si me hubieras visto en Bolonia, donde no había nadie, grande o pequeño, doctor o estudiante, que no me desease todo el bien del mundo, tan bien sabía contentarlos a todos con mi discurso y mi ingenio. Y lo que es más, jamás dije allí palabra que no hiciese reír a todos, tanto los agradaba; y cuando partí de allí, todos levantaron el mayor lamento del mundo y todos habrían querido que me quedase; es más, llegó a tal punto que debía permanecer allí, que me habrían dejado a mí solo enseñar medicina a cuantos estudiantes había; pero no quise, porque estaba decidido a venir aquí a ciertas herencias muy grandes que tengo y que siempre han sido de mi familia; y así lo hice.» Dijo Bruno a Buffalmacco: «¿Qué te parece? No me creíste cuando te lo conté.»
Por los Evangelios, no hay en estos contornos médico versado en agua de asnos que se le compare con este, y ciertamente no hallarías otro como él de aquí a las puertas de París. ¡A fe mía!, de aquí en adelante (si puedes) abstente de hacer aquello que él quiera. Dijo el maestro Simone: —Bruno dice la verdad; pero aquí no se me comprende. Vosotros los florentinos sois algo obtusos de ingenio; pero querría que me vierais entre los doctores, como acostumbro a estar. —En verdad, doctor —dijo Buffalmacco—, vos sois mucho más sabio de lo que jamás hubiera creído; por lo cual, para hablaros como se debe hablar a letrados tales como vos, os digo, a la deshilvanada, que sin falta haré que seáis de nuestra compañía.
Tras esta promesa, el médico redobló sus atenciones hacia los dos bribones, quienes se regocijaban a su costa mientras lo colmaban de las mayores extravagancias del mundo y se burlaban de él hasta saciarse, prometiéndole dársela a la señora Condesa de la Letrina,[408] que era la criatura más hermosa que pudiera hallarse en todos los confines de la generación humana. El médico preguntó quién era esta condesa, a lo que Buffalmacco respondió: "Buen mi calabacín de semillas, ella es una gran dama y hay pocas casas en el mundo donde no ejerza algún dominio. Por no mencionar a otros, hasta los frailes menores le rinden tributo, al son de los timbales.[409] Y puedo aseguraros que, cuando sale de paseo, se hace bien sentir,[410] aunque permanece encerrada la mayor parte del tiempo."
Empero, no ha mucho tiempo que pasó junto a tu puerta, una noche que se encaminaba al Arno para lavarse los pies y tomar un poco el aire; pero su morada más continua es en la Tierra de las Letrinas.[411] Por allí andan a menudo gran cantidad de sus sargentos, los cuales, todos en señal de su supremacía, llevan la vara y la plomada, y de sus barones muchos se ven por todas partes, tales como Don Reverencia de la Puerta, Buenhombre Mojón, Tortadura,[412] Cagabragas y otros, que me parece te son familiares, aunque no los tengas ahora presentes. En los suaves brazos, pues, de esta gran dama, dejando a la de Cacavincigli, te colocaremos, si la esperanza no nos engaña.
[Nota 410: Sinónimo: olido (_sentito_).]
[Nota 411: _Laterina_, es decir, letrina.]
[Nota 412: Lit. mango de escoba (_Manico della Scopa_).]
El médico, que había nacido y criado en Bolonia, no entendía sus términos jergales y, en consecuencia, se declaró muy complacido con la dama en cuestión. No mucho después de esta conversación, los pintores le trajeron la noticia de que había sido aceptado como miembro de la compañía, y llegado el día antes de la noche fijada para su reunión, los invitó a ambos a cenar. Cuando hubieron cenado, les preguntó qué medio le convenía tomar para ir allí; a lo que dijo Buffalmacco:
—Mirad, doctor, os conviene tener mucha seguridad; porque, si no sois muy resuelto, podríais sufrir estorbo y hacernos muy gran daño; y en qué os conviene mostraros muy esforzado, lo oiréis.
Debes encontrar medios para estar esta noche, a la hora del primer sueño, sobre uno de los túmulos elevados que se han hecho recientemente fuera de Santa Maria Novella, con uno de tus mejores vestidos sobre la espalda, para que puedas hacer una figura honorable en tu primera aparición ante la compañía, y también porque, según se nos dijo (no estuvimos allí después), la Condesa está dispuesta, por ser tú un hombre de noble cuna, a hacerte Caballero del Baño a sus propias expensas y costas; y allí deberás esperar hasta que venga por ti aquel que enviaremos. Y para que estés enterado de todo, vendrá por ti una bestia negra cornuda, no demasiado grande, que irá dando brincos por la plaza delante de ti y haciendo un gran silbido y grandes saltos, para atemorizarte; pero, cuando vea que no te dejas amedrentar, se te acercará quedamente.
Entonces baja del sepulcro sin temor alguno y monta la bestia, sin nombrar ni a Dios ni a los santos; y en cuanto estés asentado sobre su lomo, cruzarás las manos sobre el pecho, en ademán de acatamiento, y no volverás a tocarlo. Él entonces se pondrá en marcha suavemente y te traerá hasta nosotros; pero si invocas a Dios o a los santos, o muestras miedo, debo decirte que puede ocurrir que te derribe o te arroje a algún lugar donde hayas de pudrirte; por tanto, si el corazón te falla y no estás seguro de ser muy resuelto, no vengas acá, pues no harías sino causarnos un daño, sin hacerte ningún bien a ti mismo.'
Dijo el médico: «Veo que aún no me conocéis; quizá me juzgáis por mis guantes y mi larga toga. Si supierais lo que hice en otros tiempos en Bolonia por las noches, cuando me iba de putas con mis camaradas, os maravillaríais. ¡Por vida de Dios! Hubo tal y tal noche en que, negándose una de ellas a venir con nosotros (por más señas que era una zafia y ruin mujercilla, no más alta que mi puño), le di, para empezar, buena cantidad de bofetadas; luego, cogiéndola en vilo, me atrevería a decir que la llevé un tiro de ballesta y obré de tal modo que por fuerza hubo de venir con nosotros. Otra vez me acuerdo de que, sin otra compañía que la de un criado mío, pasé junto al Cementerio de los Frailes Menores, poco después del Ave María, aunque aquel mismo día habían enterrado allí a una mujer, y no sentí miedo alguno; por lo cual no dudéis de esto, pues soy sobrado recio de corazón y vigoroso.»
Además, os digo que, para haceros honor cuando llegue allá, me pondré mi toga de escarlata, con la que fui recibido doctor, y veremos si la compañía no se alegra de verme y si no me hacen capitán en el acto. Ya veréis cómo irá la cosa cuando yo esté allí, pues esta condesa, sin haber puesto aún los ojos en mí, se ha prendado tanto de mí que está decidida a hacerme Caballero del Baño. Puede ser que la caballería no me siente tan mal, ni me falte arte para lucirla con honra. ¡Por mi fe, dejadme hacer!
—Muy bien decís —respondió Buffalmacco—; pero mirad que no nos dejéis en la estacada ni faltéis a la cita cuando os mandemos llamar; y esto os digo porque el tiempo es frío y vosotros, los señores doctores, sois muy cuidadosos de vuestras personas en ese particular.
—¡Dios me libre! —exclamó el maestro Simone—. No soy de los frioleros.
No me importa el frío; rara vez o nunca, cuando me levanto de noche para mis menesteres corporales, como a veces hace un hombre, me pongo más que mi bata de piel sobre el jubón. Por lo cual ciertamente estaré allí.
Seguidamente se despidieron de él, y cuando empezó a caer la noche, el maestro Simone se las ingenió para dar alguna excusa a su mujer y sacó a escondidas su buena túnica; luego, cuando le pareció oportuno, se la puso y se fue a Santa María Novella, donde subió a uno de los dichos sepulcros y, acurrucándose sobre el mármol, pues el frío era grande, se puso a esperar la llegada de la bestia. Entre tanto, Buffalmacco, que era alto y robusto de cuerpo, se las arregló para conseguir una de esas máscaras que solían usarse en ciertos juegos que ya no se celebran hoy, y vistiendo una pelliza de piel negra al revés, se atavió de tal manera que parecía un oso, salvo que su máscara tenía cara de diablo y estaba coronada de cuernos. Así pertrechado, se dirigió a la plaza nueva de Santa María, siguiéndole Bruno para ver cómo había de salir la cosa.
En cuanto percibió que el médico estaba allí, se puso a brincar y a hacer cabriolas y armó un terrible y gran alboroto por la plaza, silbando, aullando y bramando como si estuviera poseído por el demonio. Cuando el maestro Simone, que era más miedoso que una mujer, oyó y vio esto, se le erizaron todos los pelos del cuerpo y se puso a temblar de pies a cabeza, y en ese momento habría preferido estar en casa que allí. Sin embargo, ya que estaba allí, se esforzó por cobrar ánimo, tan vencido estaba por el deseo de ver las maravillas de las que le habían hablado los pintores.
Después de que Buffalmacco hubiese despotricado un rato, como se ha dicho, fingió apaciguarse y, acercándose a la tumba sobre la cual estaba el médico, se quedó inmóvil. El maestro Simone, que temblaba de miedo, no sabía qué hacer, si montar o permanecer donde estaba. Sin embargo, al fin, temiendo que la bestia le hiciera un daño si no montaba, disipó el primer miedo con el segundo y, bajando de la tumba, montó sobre su lomo, diciendo en voz baja: «¡Dios me ayude!». Luego se acomodó lo mejor que pudo y, aún temblando en todos sus miembros, cruzó las manos sobre el pecho, como se le había ordenado; tras lo cual Buffalmacco se puso en marcha al paso hacia Santa Maria della Scala y, andando a cuatro patas, lo llevó hasta cerca del convento de Ripole.
En aquellos tiempos había en aquel barrio ciertos diques donde los labradores de las tierras vecinas vaciaban las letrinas para estercolar sus campos; y cuando Buffalmacco llegó cerca, se dirigió al borde de uno de ellos y, aprovechando la ocasión, asió una pierna del médico y, sacudiéndolo de su cabalgadura, lo arrojó de cabeza dentro. Luego se puso a bufar y a gruñir y a brincar, y anduvo alborotando un rato; después se marchó junto a Santa Maria della Scala hasta llegar a los Campos de Todos los Santos. Allí encontró a Bruno, que había huido porque no podía contener la risa; y con él, después de haberse burlado a gusto a costa del maestro Simone, se dispuso a observar desde lejos qué haría el médico así enfangado.
Mi señor sanguijuela, hallándose en tan abominable lugar, luchó por levantarse y esforzóse cuanto pudo por salir de allí; y tras caer una y otra vez, ora aquí ora allá, tragando algunos tragos de inmundicia, logró al fin abrirse paso fuera del foso, en la más lastimera de las situaciones, cubierto de pies a cabeza y dejando tras de sí su bonete. Entonces, habiéndose limpiado lo mejor que pudo con las manos y sin saber qué otro camino tomar, regresó a su casa y llamó hasta que le abrieron. Apenas hubo entrado, apestando como apestaba, y la puerta cerrada de nuevo, llegaron Bruno y Buffalmacco para oír cómo le recibiría su esposa, y deteniéndose a escuchar, oyeron a la dama dedicarle la peor de las reprimendas que jamás se le haya dado a pobre diablo alguno, diciéndole: «¡Válgame Dios, en qué estado vienes! Has estado de galanteos con otra mujer y ¡habrás querido lucirte con tu garnacha de escarlata! ¿Qué, no te bastaba yo?»
"Vaya, hombre, yo podría bastar para todo un pueblo, cuanto más para ti. ¡Quisiera Dios que te hubieran ahogado, tal como te arrojaron donde merecías ser arrojado! ¡Buen médico eres tú, que teniendo mujer propia andas de noche en pos de las mujeres ajenas!" Y con estas y otras muchas palabras del mismo tenor no cesó de atormentarlo hasta la medianoche, mientras el médico se hacía lavar de pies a cabeza.
Al día siguiente por la mañana llegaron Bruno y Buffalmacco, que se habían pintado toda la carne debajo de la ropa con manchas lívidas, como las que suelen hacer los golpes, y entrando en casa del médico, lo hallaron ya levantado. Así que fueron a él y encontraron toda la casa llena de hedor, porque aún no habían podido limpiar todo de manera que no apestase allí. El maestro Simone, al verlos entrar, salió a su encuentro y les deseó que Dios les diese buen día; a lo cual los dos bellacos, como habían acordado de antemano, respondieron con aire airado, diciendo: —Eso no os lo decimos a vos; antes bien, rogamos a Dios que os dé tantos malos años que muráis muerte de perro, como el hombre más desleal y el más vil traidor que vive; pues no ha sido gracias a vos que, mientras nosotros procurábamos haceros placer y honra, no fuésemos muertos como perros.
Pues así, gracias a vuestra deslealtad, hemos recibido tantos golpes esta pasada noche que un asno iría a Roma por menos, sin contar que hemos corrido peligro de ser expulsados de la compañía en la que habíamos dispuesto que os recibieran. Si no nos creéis, mirad nuestros cuerpos y ved cómo han quedado.' Entonces, abriéndose la ropa por delante, le mostraron, a una luz incierta, los pechos todos pintados, y se los volvieron a cubrir apresuradamente.