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El médico se habría disculpado y contado sus desventuras y cómo y dónde había sido arrojado; pero Buffalmacco dijo: —¡Ojalá te hubiera arrojado del puente al Arno! ¿Por qué invocaste a Dios y a los santos? ¿No estabas advertido de esto? —Por la fe de Dios —respondió el médico—, no lo hice. —¿Cómo? —exclamó Buffalmacco—. ¿No los invocaste? ¡Vive Dios que lo hiciste una y otra vez; porque nuestro mensajero nos dijo que temblabas como una caña y no sabías dónde estabas! ¡Voto a tal! Por esta vez nos has engañado lindamente; pero nunca más nadie nos servirá así, y aún te haremos tal honor como mereces. El médico se puso a suplicar perdón y a conjurarlos por Dios que no lo deshonraran, y se esforzó por aplacarlos con las mejores palabras que pudo.
Y si antes los había tratado con honor, desde entonces los honró aún más y los tuvo en gran estima, agasajándolos con banquetes y otros placeres, por temor de que publicaran su vergüenza. Así, pues, como habéis oído, se enseña seso a quien no ha aprendido gran cosa de él en Bolonia.
NOVELA DÉCIMA
[Jornada Octava]
UNA MUJER DE SICILIA DESPOJA ARTIFICIOSAMENTE A UN MERCADER DE LO QUE HABÍA LLEVADO A PALERMO; PERO ÉL, FINGIENDO HABER VUELTO ALLÍ CON MUCHA MAYOR ABUNDANCIA DE MERCANCÍAS QUE ANTES, TOMA DE ELLA DINERO PRESTADO Y LE DEJA EN PAGO AGUA Y ESTOPA.
Cuánto hiciera reír a las damas en diversos pasajes el cuento de la reina, no era menester preguntarlo; baste decir que no hubo ninguna de ellas a cuyos ojos no hubieran acudido las lágrimas una docena de veces por exceso de risa; pero, una vez hubo terminado, Dioneo, sabiendo que le tocaba contar, dijo:
—Gentiles damas, cosa manifiesta es que los engaños y las tretas son tanto más placenteros cuanto más sutil es el embaucador que por ellos queda hábilmente burlado. Por lo cual, si bien habéis contado historias muy hermosas, pienso contaros una que debería placeros más que ninguna otra de las que sobre el mismo asunto se han contado, en cuanto que la que fue engañada era mayor maestra en el arte de engañar a otros que cuantos hombres o mujeres fueron burlados por aquellos de quienes habéis hablado.
Solía haber, y quizá aún haya, una costumbre en todos los lugares marítimos que tienen puerto: que todos los mercaderes que allí llegan con mercancías, una vez descargadas, las lleven todas a un almacén, que en muchos lugares se llama aduana, custodiado por la comunidad o por el señor del lugar. Allí entregan a aquellos que están designados para tal fin una nota por escrito de todas sus mercancías y del valor de ellas, y acto seguido asignan a cada mercader un almacén, donde guarda sus bienes bajo llave. Además, los dichos oficiales anotan en el libro de las Aduanas, a crédito de cada mercader, todas sus mercancías, cobrando para sí los derechos de los mercaderes, ya sea por todas sus dichas mercancías o por la parte que de la aduana saca.
Por este libro de las Aduanas los corredores se informan principalmente de la calidad y la cantidad de las mercancías que están en depósito allí, y también de quiénes son los mercaderes que las poseen; y con estos últimos, según la ocasión se les presenta, tratan de intercambios, trueques y ventas y otras transacciones.
Esta costumbre, entre otros muchos lugares, estaba vigente en Palermo, en Sicilia, donde asimismo había y aún hay muchas mujeres, muy hermosas de persona, pero enemigas juradas de la honestidad, que por los que no las conocen serían y son tenidas por grandes damas y sumamente virtuosas y que, dadas no a afeitar, sino del todo a desollar a los hombres, apenas divisan allí a un mercader, se informan por el libro de las Aduanas de lo que tiene en el lugar y de cuánto puede;[414] tras lo cual, con sus maneras amorosas y cautivadoras y con las más dulces palabras, se afanan por atraer a dichos mercaderes y llevarlos al lazo de su amor; y a muchos han atraído anteriormente a él, de quienes han sonsacado gran parte de sus mercancías; más aún, a muchos han despojado de todo, y de estos hay algunos que han dejado bienes y barco y carne y huesos en sus manos, tan dulcemente ha sabido la barbera manejar la navaja.
[414] Es decir, lo que vale.
Aconteció, no hace mucho tiempo, que llegó allí, enviado por sus amos, uno de nuestros jóvenes florentinos, de nombre Niccolo da Cignano, aunque más comúnmente llamado Salabaetto, con tantos paños de lana, dejados en sus manos desde la feria de Salerno, como pudieran valer unos quinientos florines de oro; los cuales, tras haber entregado la factura a los oficiales de la aduana, guardó en un almacén y comenzó, sin mostrar excesiva prisa por venderlos, a pasearse de vez en cuando por placer por la ciudad. Siendo él de tez clara y cabello rubio, y además muy vivaz y apuesto, aconteció que una de esas mismas barberas, que se hacía llamar madama Biancofiore, habiendo oído algo de sus asuntos, puso los ojos en él; lo cual advirtiendo él y tomándola por alguna gran dama, concluyó que ella se complacía en su buena presencia y pensó en ordenar este amor con la mayor discreción; por lo que, sin decir nada a nadie, se puso a pasar y repasar ante su casa.
Ella, notando esto, después de haberlo bien encendido durante algunos días con sus ojos, fingiendo languidecer por él, le despachó secretamente a una de sus mujeres, que era consumada maestra en el arte de la alcahuetería y que, tras mucho parlamento, le dijo, casi con lágrimas en los ojos, que él había prendado de tal manera a su señora con su gentileza y sus agradables maneras que no hallaba reposo ni de día ni de noche; por lo cual, cuando a él le pluguiera, deseaba, más que ninguna otra cosa, poder reunirse con él a escondidas en un baño; luego, sacando un anillo de su bolsa, se lo dio de parte de su señora. Salabaetto, al oír esto, fue el hombre más alegre que jamás hubiese existido, y tomando el anillo, lo frotó contra sus ojos y lo besó; después se lo puso en el dedo y respondió a la buena mujer que, si madama Biancofiore lo amaba, bien era correspondida, pues él la amaba más que a su propia vida y estaba dispuesto a ir dondequiera que a ella le pluguiera y a cualquier hora.
La mensajera volvió a su ama con esta respuesta, y en el acto se le señaló a Salabaetto en qué baño había de esperarla al día siguiente después de vísperas.
Así, sin decir nada del asunto a nadie, acudió puntualmente a la hora señalada y encontró el baño ocupado por la dama; y no había esperado mucho cuando llegaron dos esclavas cargadas de enseres, llevando sobre la cabeza, la una un gran y fino colchón de algodón en rama, y la otra una gran cesta llena de cosas. Pusieron el colchón sobre un lecho en una de las cámaras del baño, y tendieron sobre él un par de finísimas sábanas guarnecidas de seda, junto con una colcha de bucarán de Chipre, blanca como la nieve[415], y dos almohadas maravillosamente labradas[416]. Luego, quitándose la ropa, entraron en el baño, lo barrieron todo y lo lavaron excelentemente.
Ni pasó mucho tiempo sin que la propia dama llegara allí, con otras dos esclavas, y saludase a Salabaetto con la mayor alegría; luego, en cuanto tuvo ocasión, después de abrazarlo y besarlo con gran efusión, dando los más hondos suspiros del mundo, le dijo: «No sé quién podría haberme traído a este estado, sino tú; ¡tú has encendido un fuego en mis entrañas, perrito toscano!». Después, a instancia suya, entraron al baño, ambos desnudos, y con ellos dos de las esclavas; y allí, sin permitir que nadie más le pusiera un dedo encima, ella con sus propias manos lavó a Salabaetto, asombrosamente bien, con jabón perfumado de almizcle y clavo; luego se dejó ella lavar y frotar por las esclavas. Hecho esto, trajeron éstas dos sábanas muy blancas y finas, de las que emanaba tan gran fragancia de rosas que todo allí parecía de rosas; en una envolvieron a Salabaetto y en la otra a la dama, y tomándolos en sus brazos, los llevaron a ambos al lecho que les estaba preparado.
Allí, cuando hubieron acabado de sudar, las esclavas los desligaron de las sábanas en que estaban envueltos y quedaron desnudos entre las otras, mientras las muchachas sacaban de la cesta frascos de plata de maravillosa hechura, llenos de aguas olorosas, perfumadas de rosa, jazmín, azahar y flor de cidro, y los rociaron con ellas; después de lo cual se trajeron cajas de confituras y vinos de gran precio, y se regalaron un rato.
Capítulo 66: Parte 66 Segmento 12 de 27.
A Salabaetto le parecía estar en el paraíso y lanzó mil miradas a la dama, que era en verdad muy hermosa, y le parecía que cada hora era cien años hasta que las esclavas se fueran y él se hallara en sus brazos. En seguida, por mandato de ella, las muchachas salieron de la cámara, dejando allí una antorcha encendida; entonces ella abrazó a Salabaetto y él a ella, y permanecieron juntos un buen rato, con gran placer del florentino, a quien le parecía que ella estaba toda ardiente de amor por él. Cuando le pareció hora de levantarse, llamó a las esclavas y se vistieron; luego se reanimaron un poco con una segunda colación de vino y dulces, y se lavaron las manos y los rostros con aguas olorosas; después, estando a punto de partir, la dama dijo a Salabaetto: «Si te place, me harías un gran favor si vinieras esta noche a cenar y a dormir conmigo.»
Salabaetto, que estaba ya del todo cautivado por su belleza y por la artificiosa dulzura de sus maneras, y creía firmemente ser amado de ella como si fuera el corazón de su cuerpo, respondió: —Señora, vuestro placer me es sumamente agradable; por lo cual, tanto esta noche como siempre, tengo intención de hacer lo que os plazca y lo que me sea mandado por vos.
Capítulo 66: Parte 66 Segmento 14 de 27.
Así, la dama volvió a su casa, donde hizo engalanar cumplidamente su cámara con sus vestidos y enseres, y mandando preparar una espléndida cena, aguardó a Salabaetto, quien, en cuanto se hizo un tanto oscuro, se dirigió allá y, recibido con los brazos abiertos, cenó con toda alegría y comodidad de servicio. Luego se retiraron al dormitorio, donde sintió un maravilloso perfume de leño de áloe y vio el lecho muy ricamente adornado con pajaritos cantores de Chipre[417] y gran cantidad de finos vestidos en las perchas; todo lo cual, junto y por separado, le hizo concluir que aquella debía de ser una gran y rica dama. Y aunque había oído algunos rumores en contrario acerca de su modo de vida, no quería creerlo de ninguna manera; o si acaso daba tanto crédito a ello como para admitir que pudiera haber engañado antes a otros, por nada del mundo habría creído que esto pudiera sucederle a él mismo.
Yació aquella noche con ella en sumo deleite, creciendo aún más en enamoramiento, y por la mañana ella le ciñó un extraño y hermoso cinturón de plata, con una fina bolsa adjunta, diciendo: «Dulce mi Salabaetto, me encomiendo a tu recuerdo, y así como mi persona está a tu placer, así también todo lo que aquí hay y todo lo que de mí depende está a tu servicio y mandato». Salabaetto, regocijado, la abrazó y besó; luego, saliendo de su casa, se dirigió al lugar donde solían reunirse los otros mercaderes.
[Nota 417: «Era costumbre en aquellos días fijar a los postes de la cama diversos pequeños instrumentos en forma de pájaros, los cuales, mediante ciertos mecanismos, emitían sonidos modulados semejantes al canto de los pájaros reales».—_Fanfani_.]
De esta guisa, trato con ella de cuando en cuando, sin que le costara nada en el mundo, y enredándose cada hora más, sucedió que vendió sus mercancías por dinero contante y obtuvo una buena ganancia; de lo cual la dama tuvo noticia en el acto, no por él, sino por otros. Y habiendo Salabaetto ido a visitarla una noche, ella se puso a charlar y retozar con él, besándolo y abrazándolo, fingiéndose tan enamorada de él que parecía que había de morir de amor en sus brazos. Además, quisiera haberle dado dos muy hermosas copas de plata que tenía; mas él no quiso aceptarlas, pues había recibido de ella, de una vez y otra, cosas que valían bien treinta florines de oro, sin haber podido lograr que ella aceptara de él tanto como el valor de un gros.
Por fin, cuando ya lo hubo bien inflamado mostrándose tan enamorada y dadivosa, una de sus esclavas la llamó, como ella había ordenado de antemano; con lo cual, dejando la cámara y volviendo al poco rato en lágrimas, se arrojó de bruces sobre el lecho y se puso a hacer la más lastimera lamentación que mujer hiciera jamás. Salabaetto, maravillado de ello, la tomó en sus brazos y se puso a llorar con ella, diciendo: «¡Ay, corazón de mi cuerpo! ¿Qué te aflige así de repente? ¿Cuál es la causa de este dolor? Por Dios, dímelo, alma mía.» La dama, tras mucho dejarse rogar, respondió: «¡Ay de mí, dulce señor mío! No sé qué decir ni qué hacer; acabo de recibir cartas de Mesina, y mi hermano me escribe que, aunque venda o empeñe todo lo que hay aquí, debo enviarle sin falta mil florines de oro de aquí a ocho días, o le cortarán la cabeza; y no sé cómo podré conseguir esa suma tan de repente.»
Si tuviera tan solo quince días de gracia, hallaría un medio de procurármelo de cierta parte de donde he de recibir mucho más, o vendería una de nuestras granjas; pero, como esto no puede ser, preferiría estar muerto antes que esta mala noticia me hubiera llegado.»
[Nota 418: Es decir, lo que nos pertenece (_ciò che ci è_,) _ci_, como he señalado antes, que significa tanto «aquí» como «nosotros», dativo y acusativo.]
Diciendo esto, se mostró muy afligida y no cesó de llorar; por lo que Salabaetto, a quien las llamas de amor habían privado de gran parte de su acostumbrado buen sentido, de modo que creía verdaderas sus lágrimas y aún más verdaderas sus palabras, dijo: —Señora, no puedo complaceros con mil florines, pero quinientos bien puedo prestaros, pues creéis que podréis devolvérmelos dentro de quince días; y es vuestra buena fortuna que ayer casualmente vendí mis mercancías; porque, de no ser así, no habría podido prestaros ni un ardite. —¡Ay! —exclamó la dama—. ¿Habéis estado, pues, tan falto de dinero? ¡A fe! ¿Por qué no me lo pedisteis? Aunque no tengo mil, tenía ciento e incluso doscientos para daros. Me habéis privado de todo ánimo de aceptar el servicio que me ofrecéis.
Salabaetto quedó más prendado que nunca de estas palabras y dijo: —Señora, no querría que por eso te abstengas, pues, si yo hubiera tenido una ocasión semejante a la que ahora tienes, ciertamente te lo habría pedido. —¡Ay, Salabaetto mío! —respondió la dama—, ahora conozco bien que tu amor por mí es verdadero y perfecto, pues sin esperar a que te lo pidiera, me socorres libremente, en tal aprieto, con tan gran suma de dinero. Ciertamente, ya era toda tuya sin esto, pero con esto lo seré mucho más; ni olvidaré jamás que te debo la vida de mi hermano. Pero Dios sabe que lo tomo muy a mi pesar, viendo que eres mercader y que con el dinero los mercaderes realizan todos sus asuntos; sin embargo, puesto que la necesidad me obliga y tengo segura certeza de devolvértelo pronto, lo tomaré, pues; y por lo demás, si no encuentro medio más expedito, empeñaré todas estas mis posesiones. Y diciendo esto, se dejó caer llorando sobre el cuello de Salabaetto.
Se puso a consolarla y, después de pasar la noche con ella, a la mañana siguiente, para mostrarse su más liberal servidor, sin esperar a que ella se lo pidiera, le llevó quinientos florines de oro de buena ley, los cuales ella recibió con lágrimas en los ojos, pero con risa en el corazón, contentándose Salabaetto con su simple promesa.
En cuanto la dama tuvo el dinero, las señales comenzaron a cambiar, y mientras que antes tenía libre acceso a ella cuandoquiera que le placía, ahora comenzaron a surgir razones por las cuales no lograba entrar allí una vez de cada siete, ni era recibido con el mismo semblante ni con las mismas caricias y regocijos que antes. Y el plazo en que había de recuperar su dinero, por no decir llegado, sino pasado por un mes o dos, y reclamándolo, le dieron palabras en pago. Entonces se le abrieron los ojos a las artes de la malvada mujer y a su propia falta de juicio; por lo cual, sintiendo que nada podía decir de ella más allá de aquello que a ella le pluguiera acerca del asunto, pues no tenía ni escritura ni otra prueba de ello, y avergonzándose de quejarse a nadie, tanto por haber sido prevenido de ello como por temor a las burlas que razonablemente podía esperar por su necedad, quedó sobremanera afligido y en su interior lloró su credulidad.
Por fin, habiendo recibido diversas cartas de sus amos, en las que le exigían que cambiase el dinero en cuestión y se lo remitiera, decidió partir, no sea que, si no lo hacía, se descubriese allí su falta; y así, embarcándose en un pequeño navío, se dirigió, no a Pisa, como debía haber hecho, sino a Nápoles. Allí se hallaba entonces nuestro compadre Pietro dello Canigiano, tesorero de la emperatriz de Constantinopla, hombre de gran entendimiento y sutil ingenio, y amigo leal de Salabaetto y de su familia; y a él, como a hombre muy discreto, el desconsolado florentino le contó lo que había hecho y la desgracia que le había sobrevenido, pidiéndole ayuda y consejo para poder procurarse el sustento en aquel lugar, y afirmando su intención de no volver jamás a Florencia.
Canigiano estaba preocupado por ello y dijo: «Mal has hecho y mal te has conducido; has desobedecido a tus maestros y, de una sola vez, has gastado una gran suma de dinero en disipación; pero, ya que está hecho, debemos buscar otro medio.»[420] Así pues, como hombre astuto que era, pensó rápidamente en lo que se debía hacer y se lo comunicó a Salabaetto, a quien agradó el ardid y se dispuso a ponerlo en ejecución. Tenía algún dinero, y Canigiano le prestó otro tanto, con lo que hizo una serie de fardos bien embalados y atados con cuerdas; luego, comprando una veintena de toneles de aceite y llenándolos, embarcó todo y regresó a Palermo, donde, tras entregar a los oficiales de la aduana el conocimiento de embarque y el valor de los toneles, y hacer registrar todo en su cuenta, lo guardó todo en los almacenes, diciendo que no pensaba tocarlo hasta que llegaran ciertas otras mercancías que esperaba.
[Nota 420: _es decir_, debemos ver qué se ha de hacer.]
Biancofiore, enterándose de ello y oyendo que la mercancía que había traído consigo valía bien dos mil florines, sin contar lo que esperaba, que se valoraba en más de tres mil, pensó que había apuntado a una presa demasiado pequeña y determinó devolverle los quinientos florines, para poder así hacerse con la mayor parte de los cinco mil. Así que lo mandó llamar, y Salabaetto, ya astuto, acudió a ella; y entonces, fingiendo no saber nada de lo que había traído, lo recibió con grandes muestras de afecto y le dijo: —Oye, si estabas enojado conmigo porque no te devolví tu dinero aquel mismo día... —Salabaetto se echó a reír y respondió: —En verdad, señora, algo me desagradó, pues habría arrancado mi propio corazón para dártelo si hubiera pensado que con ello te complacía; pero quiero que oigas cuán enojado estoy contigo.
Tal y tan grande es el amor que os tengo, que he vendido la mayor parte de mis posesiones y he traído aquí mercancías por valor de más de dos mil florines, y espero de poniente otros tantos que valdrán más de tres mil, con los cuales pienso surtir un almacén en esta ciudad y fijar aquí mi morada, para poder permanecer cerca de vos, pues me parece que con vuestro amor me va mejor que a ningún amante con el de su dama.