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'Mira, Salabaetto,' respondió la dama, 'toda cosa tuya me es muy grata, como las de aquel a quien amo más que a mi vida, y me place sobremanera que hayas vuelto aquí con intención de permanecer, pues espero aún pasar contigo buenos ratos en abundancia; mas querría excusarme en algo ante ti de que, cuando estabas a punto de partir, quisiste a veces venir aquí y no pudiste, y cuando venías no eras recibido con tan alegre semblante como solías, señaladamente porque no te devolví tu dinero en el plazo prometido. Has de saber que me hallaba entonces en muy gran preocupación y grave aflicción, y quien está en tal caso, por mucho que ame a otro, no siempre puede mostrarle un rostro tan alegre ni prestarle la atención que desearía.'
Además, has de saber que a una mujer le es muy difícil hallar mil florines de oro; todo el día nos entretienen con mentiras y lo que se nos promete no se nos cumple; por lo cual es forzoso que nosotras, a nuestra vez, mintamos a los demás. De ahí viene, y no por culpa mía, que no te devolviera tu dinero. Sin embargo, lo tuve poco después de tu partida, y si hubiera sabido adónde enviártelo, ten por seguro que te lo habría remitido; mas, no sabiéndolo, te lo guardé. Entonces, haciendo traer una bolsa en la que estaban los mismos dineros que él le había llevado, se la puso en la mano, diciendo: «Cuéntalos, por si no son quinientos.»
Nunca estuvo Salabaetto tan contento; contólas y, hallándolas quinientas, guardólas y dijo: —Señora, estoy seguro de que decís la verdad; pero ya habéis hecho bastante [para convencerme de vuestro amor], y os digo que, por esto y por el amor que os tengo, jamás podríais pedirme, para cualquier vuestra ocasión, suma alguna de que yo pudiera disponer, que no os sirviera con ella; y cuando esté establecido aquí, podréis ponerlo a prueba.
Habiendo renovado así de nuevo con palabras sus amores con ella, volvió a tratarla amistosamente, mientras ella le hacía mucho caso y le mostraba la mayor buena voluntad y honor del mundo, fingiendo amarle en extremo. Pero él, con intención de devolverle engaño por engaño, un día que ella le envió a llamar para cenar y dormir con ella, fue allá tan cabizbajo y tan afligido que parecía que iba a morir.
Biancofiore, abrazándolo y besándolo, comenzó a preguntarle qué le afligía para estar tan melancólico, y él, tras dejarse importunar un buen rato, respondió: «Soy un hombre arruinado, porque la nave en que se halla la mercancía que esperaba ha sido tomada por los corsarios de Mónaco y retenida por rescate de diez mil florines de oro, de los cuales me corresponde pagar mil, y no tengo ni un céntimo, pues las quinientas piezas que me devolviste las envié al punto a Nápoles para invertirlas en paños que traer aquí; y si ahora pretendiera vender la mercancía que tengo en este lugar, apenas sacaría un penique por lo que vale dos, porque no es tiempo de ventas. Ni soy aún tan conocido que pudiera hallar aquí a quien me ayudara en esto, por lo que no sé qué hacer ni qué decir; pues si no envío el dinero con prontitud, la mercancía será llevada a Mónaco y jamás volveré a tener parte alguna de ella.»
La dama quedó muy afligida por ello, temiendo perderlo del todo, y considerando cómo debería proceder para que no se fuese a Mónaco, dijo: «Dios sabe cuán afligida estoy por el amor que te tengo; mas ¿de qué sirve atormentarse así? Si yo tuviera el dinero, Dios sabe que te lo prestaría al punto; pero no lo tengo. Cierto es que hay aquí una persona que me obligó el otro día con los quinientos florines que me faltaban; mas él querrá una usura fuerte por su dinero; no pide menos de treinta por ciento, y si tú has de pedirle prestado, preciso es que se le asegure con una buena prenda. Por mi parte, estoy dispuesta a empeñar por ti todos mis bienes y mi persona, además, por cuanto él quiera prestar sobre ello; mas ¿cómo le asegurarás el resto?»
Salabaetto comprendió al punto la razón que la movía a hacerle aquel servicio y adivinó que era ella misma quien había de prestarle el dinero; con lo cual, muy complacido y dándole gracias, respondió que no se dejaría vencer por exorbitante usura, pues la necesidad le constreñía. Además, dijo que daría en garantía las mercancías que tenía en la aduana, haciendo que se inscribiesen a nombre de quien le prestase el dinero; pero que era menester conservar la llave de los almacenes, tanto para poder mostrar sus mercancías, si se le requiriese, como para que nada se tocase, mudase o alterase.
La señora respondió que estaba bien dicho y que aquello era bastante garantía; por lo cual, en cuanto llegó el día, mandó llamar a un corredor en quien confiaba mucho y, arreglando con él el asunto, le dio mil florines de oro, que él prestó a Salabaetto, haciendo inscribir en su propio nombre en la aduana lo que este último tenía allí; luego, hechas sus escrituras y contraescrituras mutuamente y llegados a un acuerdo,[421] se ocuparon de sus otros asuntos. Salabaetto, lo más pronto que pudo, se embarcó con los mil quinientos florines de oro en un pequeño navío y regresó a Pietro dello Canigiano, en Nápoles, desde donde remitió a sus amos, que lo habían despachado con las mercancías, una buena y entera cuenta de ello.
Luego, habiendo pagado a Pietro y a todos aquellos a quienes debía algo, se regocijó durante varios días con Canigiano por el engaño que le había hecho a la embustera siciliana; después de lo cual, resuelto a no ser ya más mercader, se dirigió a Ferrara.
Mientras tanto, Biancofiore, al saber que Salabaetto había dejado Palermo, empezó a maravillarse y a recelar; y después de haberle esperado dos buenos meses, viendo que no volvía, hizo que el corredor forzara los almacenes. Probando primero los toneles, que creía llenos de aceite, los halló llenos de agua de mar, salvo que en cada uno había acaso un barrilillo de aceite en la parte superior, cerca de la boca. Después, deshaciendo los fardos, los halló todos llenos de estopa, excepción hecha de dos, que eran paños; y, en suma, con todo lo que allí había, no había más de doscientos florines de valor. Por lo cual Biancofiore, confesándose burlada, lamentó largo tiempo los quinientos florines devueltos y aún más los mil prestados, diciendo a menudo: «Quien con un toscano ha de tratar, ni ciego ha de ser ni mal mirar». Y así, no habiendo sacado de su trabajo sino pérdida y desprecio, halló, a su costa, que algunos saben tanto como otros.
Apenas había terminado Dioneo su historia, cuando Lauretta, sabiendo que había llegado el término más allá del cual no le correspondía reinar, y tras haber elogiado el consejo de Canigiano (que su efecto había demostrado bueno) y la astucia de Salabaetto (no menos digna de alabanza) al ponerlo en práctica, se quitó el laurel de su cabeza y lo puso sobre la de Emilia, diciendo con femenil gracia:
—Señora, no sé qué reina tan agradable tendremos en vos; pero, al menos, tendremos una hermosa. Mirad, pues, que vuestras acciones sean conformes a vuestras bellezas.
Dicho esto, volvió a su asiento, mientras Emilia, un tanto avergonzada, no tanto por verse hecha reina como por verse públicamente alabada de aquello que las mujeres suelen más codiciar, enrojeció como las rosas recién abiertas al alba.
Sin embargo, después de haber mantenido los ojos bajos un rato, hasta que el rubor se disipó, dio órdenes al senescal sobre lo concerniente al entretenimiento general y dijo en seguida: «Deliciosas damas, es común ver, después de que los bueyes han trabajado parte del día confinados bajo el yugo, que se los libere y alivie de él, dejándolos ir libremente a pastar por los bosques, donde más les place; y es manifiesto también que los jardines frondosos, abrigados por diversas plantas, no son menos, sino mucho más hermosos que las arboledas donde solo se ven robles. Por lo cual, viendo cuántos días hemos discurrido bajo la restricción de una ley fija, opino que, tanto para nosotras como para aquellos a quienes la necesidad constriñe a trabajar por su pan de cada día, no solo es útil, sino necesario, hacer novillos un rato y, errantes así por el campo, recobrar fuerzas para entrar de nuevo bajo el yugo.»
Por lo cual, para lo que mañana se ha de relatar, siguiendo vuestra deleitable costumbre de discurrir, no me propongo restringiros a ningún tema especial, sino que cada uno hable según le plazca, teniendo por cierto que la variedad de las cosas que se dirán nos proporcionará no menos entretenimiento que haber discurrido de una sola cosa; y hecho esto, cualquiera que me sucediere en el señorío podrá, como más fuerte que yo, valerse con mayor seguridad para restringirnos dentro de los límites de las leyes acostumbradas. Diciendo esto, les dio licencia a todos hasta la hora de la cena.
Todos elogiaron a la reina por lo que había dicho, teniéndolo por sabiamente dicho, y levantándose, se entregaron, unos a una diversión y otros a otra: las señoras a tejer guirnaldas y a retozar, y los jóvenes a los juegos y al canto. Así pasaron el tiempo hasta la hora de la cena, la cual llegada, cenaron con júbilo y buen ánimo junto a la hermosa fuente, y después se divirtieron cantando y danzando, según la acostumbrada usanza. Finalmente, la reina, para seguir la costumbre de sus predecesoras, ordenó a Pamfilo que entonara una canción, no obstante las que ya varios de la compañía habían cantado por libre voluntad; y él, presto, comenzó así:
Tal es tu placer, Amor, Y tal la alegría que por ello siento, Que, feliz, ardiendo en tu fuego, estoy.
```text El gozo desbordante que en mi pecho brilla, por la alta y querida dicha adonde me has guiado, sin poder contenerse, rebosa y en el semblante alegre muestra mi felicidad; pues, estando enamorado en un lugar tan alto y digno de adoración, fácil me es el ardor que padezco.
No puedo con el dedo lo que siento delinear, Amor, ni sé mi ventura en canción desahogar; antes, aunque lo supiera, he de ocultarlo, pues, una vez divulgado, creo que tornaría en pesar. mas estoy tan contento, que todo hablar sería torpe y débil, si intentara lo mínimo de ello con palabras significar. ```
¿Quién podría concebir que estos brazos míos alcanzasen de algún modo allá donde siempre los he tenido, o que mi rostro llegara a un santuario tan bello como aquel que, ansioso de favor y gracia, he ganado? No, tal ventura jamás creí que me cupiera; por lo cual todo ardo, ocultando así la fuente de mi gozo.
Este fue el fin de la canción de Pamfilo, a la cual, si bien todos habían respondido cumplidamente, no hubo quien no notara sus palabras con más atenta solicitud de la que le concernía, esforzándose por adivinar aquello que, mientras cantaba, le convenía mantener oculto de ellos; y aunque varios se pusieron a imaginar diversas cosas, sin embargo ninguno dio con la verdad del caso.[422] Pero la reina, viendo que la canción había terminado y que tanto las doncellas como los caballeros se retirarían de buen grado a descansar, mandó que todos se fuesen a acostar.
[Nota 422: La canción cantada por Pamfilo (bajo cuyo nombre, como antes he señalado, el autor parece representarse a sí mismo) alude aparentemente a los amores de Boccaccio con la princesa María de Nápoles (Fiammetta), por quien su pasión fue correspondida de igual manera.]
AQUÍ TERMINA EL OCTAVO DÍA DEL DECAMERÓN
_Día Noveno_
AQUÍ COMIENZA EL NOVENO DÍA DEL DECAMERÓN, EN EL CUAL, BAJO EL GOBIERNO DE EMILIA, CADA CUAL DISCURRE SEGÚN LE PLACE Y DE AQUELLO QUE MÁS LE AGRADA.
La luz, de cuyo resplandor huye la noche, había ya cambiado todo el octavo cielo[423] de azul a color celeste[424], y las florecillas comenzaban a alzar sus cabezas por los prados, cuando Emilia, levantándose, hizo llamar a las damas, sus compañeras, y asimismo a los jóvenes, los cuales, venidos, salieron siguiendo los lentos pasos de la reina, y se encaminaron a una arboleda poco distante del palacio. Entrando en ella, vieron a los animales, cabras monteses y ciervos y otros, como si se sintieran a salvo de los cazadores a causa de la pestilencia reinante, esperándolos no de otra manera que si se hubieran vuelto sin temor o mansos, y se distrajeron un rato con ellos, acercándose ora a uno, ora a otro, como si quisieran ponerles las manos encima, y haciéndolos correr y brincar. Pero, estando ya el sol muy alto, tuvieron por bien volverse.
Todos estaban coronados con hojas de roble, con las manos llenas de flores y hierbas de suave fragancia, y quienquiera que los encontraba no habría dicho otra cosa sino: "O éstos no serán vencidos por la muerte, o la muerte los matará alegres." Así, pues, siguieron avanzando paso a paso, cantando, charlando y riendo, hasta que llegaron al palacio, donde encontraron todo ordenadamente dispuesto y a sus sirvientes llenos de regocijo y alegre contento. Habiendo descansado allí un rato, no fueron a comer hasta que los jóvenes y las damas hubieron cantado media docena de cancioncillas, cada una más alegre que la anterior; luego, dándose agua a las manos, el senescal los sentó a todos a la mesa, según el placer de la reina, y traídos los manjares, todos comieron con regocijo. Levantándose de allí, se entregaron un rato al baile y a la música, y después, por mandato de la reina, quien quiso se retiró a descansar.
Pero, llegada la hora acostumbrada, todos se reunieron en el lugar de costumbre para conversar; y entonces la reina, mirando a Filomena, le mandó que diera comienzo a los cuentos de aquel día; y ella, sonriendo, comenzó de esta guisa:
[Nota 423: Según el sistema ptolemaico, la tierra está rodeada por ocho zonas o cielos celestes; el primero o más alto, por encima del cual está el empíreo (llamado también noveno cielo), es el de la Luna; el segundo, el de Mercurio; el tercero, el de Venus; el cuarto, el del Sol; el quinto, el de Marte; el sexto, el de Júpiter; el séptimo, el de Saturno; y el octavo o más bajo, el de las estrellas fijas y el de la Tierra.]
CAPÍTULO 67: PARTE 67 Segmento 20 de 27. Traduzca solo este segmento; no resuma ni se refiera a otros segmentos.
[Nota 424: _D'azzurrino in color cilestro._ Este es uno de los muchos pasajes en los que Boccaccio ha imitado a Dante (cf. Purgatorio, c. xxvi. II. 4-6, "... el sol.... Que ya, rayando, todo el occidente Mudaba en blanco aspecto de cilestro,") y también uno de los innumerables casos en que los traductores anteriores (que todos coinciden en hacer que la llegada de la luz cambie el color del cielo de azul a un color más oscuro, en lugar de, como Boccaccio pretendía, a azul celeste claro, _es decir_, un azul más pálido o grisáceo,) han traducido mal el texto, por pura ignorancia del significado del autor.]
LA PRIMERA HISTORIA
[Día el Noveno]
MADAMA FRANCESCA, SIENDO CORTEJADA POR UN RINUCCIO PALERMINI Y UN ALESSANDRO CHIARMONTESI Y NO AMANDO NI AL UNO NI AL OTRO, SE LIBRA HÁBILMENTE DE AMBOS HACIENDO QUE UNO ENTRE COMO MUERTO EN UN SEPULCRO Y EL OTRO LO SAQUE DE ALLÍ COMO MUERTO, DE TAL MODO QUE NO PUEDAN CUMPLIR LA CONDICIÓN IMPUESTA.
—Puesto que de ello os place, madama, muy contenta soy de ser yo quien eche el primer anillo en este campo abierto y libre del contar, en el cual vuestra magnificencia nos ha puesto; y si bien lo hiciere, no dudo que las que tras mí vinieren lo harán bien y mejor. Muchas veces, amables damas, se ha mostrado en nuestros razonamientos cuán grande y cuán poderoso sea el amor; mas, porque me parece que no se ha dicho todo lo que de él pudiera decirse (ni se diría, aunque un año entero no hablásemos de otra cosa), y que no solamente trae el amor a los amantes a diversos peligros de muerte, mas aun los hace entrar, como muertos, en las moradas de los muertos, pláceme contaros sobre ello una historia, demás de las ya referidas, por la cual no sólo conoceréis la fuerza del amor, sino también el ingenio que usó una valerosa dama para librarse de dos que la amaban contra su voluntad.
Debéis saber, pues, que hubo una vez en la ciudad de Pistoya una muy hermosa dama viuda, de la cual dos de nuestros conciudadanos, llamados el uno Rinuccio Palermini y el otro Alessandro Chiarmontesi, que allí residían por causa de su destierro de Florencia, estaban, sin saber el uno del otro, apasionadamente enamorados, habiendo por casualidad caído en amores con ella y haciendo en secreto cada uno todo lo posible por ganar su favor.
La gentil dama en cuestión, cuyo nombre era Madama Francesca de' Lazzari, siendo todavía importunada por el uno y por el otro con mensajes y súplicas, a los cuales había en ocasiones prestado oído algo imprudentemente, y deseando, aunque en vano, retractarse con discreción, pensó en cómo podría lograr librarse de su importunidad exigiéndoles un servicio que, aunque posible, concebía que ninguno de ellos le prestaría, a fin de que, no haciendo ellos lo que ella requería, tuviera una ocasión justa y plausible para negarse a escuchar más sus mensajes; y el ardid que se le ocurrió fue de esta manera.
Había muerto aquel mismo día en Pistoia uno que, aunque sus antepasados eran gentileshombres, era tenido por el peor hombre que hubiese, no sólo en Pistoia, sino en todo el mundo; y más porque en vida fue tan deforme y de aspecto tan monstruoso que quien no lo conocía, viéndolo por primera vez, se había espantado de él; y lo habían sepultado en una tumba fuera de la iglesia de los Frailes Menores. Esta circunstancia pensó que en parte sería muy a propósito para su designio, y así dijo a una criada suya: «Tú sabes el enojo y la vejación que sufro todo el día por los recados de aquellos dos florentinos, Rinuccio y Alessandro. Ahora bien, no estoy dispuesta a conceder a ninguno de ellos mi amor, y para librarme de ellos, he pensado, por los grandes ofrecimientos que me hacen, ponerlos a prueba en algo que estoy cierta de que no harán; así me desharé de su importunidad, y verás cómo».
Sabes que Scannadio,[425] que así se llamaba el malvado hombre de quien ya hemos hablado, fue esta mañana enterrado en el cementerio de los Frailes Menores. Scannadio, de quien, cuando lo veían vivo, cuanto más muerto, los hombres más valientes de esta ciudad temían; por lo cual ve primero en secreto a Alessandro y háblale, diciendo: "La señora Francesca te hace saber que ahora es llegado el tiempo en que puedes tener su amor, que tanto has deseado, y estar con ella, si quieres, de esta manera.
Esta noche, por una razón que sabrás después, el cuerpo de Escanadio, que fue enterrado esta mañana, ha de ser llevado a su casa por un pariente de ella; y ella, que le tiene gran miedo, aunque muerto esté, de buena gana no lo querría allí; por lo cual te ruega que te plazca, por hacerle un gran servicio, ir esta tarde, a la hora del primer sueño, al sepulcro donde está enterrado, y, vistiendo las ropas del muerto, permanezcas como si fueras él hasta tanto que vengan por ti. Entonces, sin moverte ni hablar, has de dejarte sacar del sepulcro y llevar a su casa, donde ella te recibirá, y después podrás quedarte con ella y marcharte a tu antojo, dejándole a ella el cuidado del resto. Y si él dice que lo hará, bien; pero, si rehusare, dile de mi parte que no se muestre jamás donde yo pueda estar, y que mire, como estima su vida, que no me envíe más cartas ni mensajes.
Entonces te encaminarás a Rinuccio Palermini y le dirás: «La señora Francesca dice que está presta a hacer todo tu placer, si le prestas un gran servicio, a saber: que esta noche, hacia la hora de la medianoche, vayas a la tumba donde esta mañana fue enterrado Scannadio y lo saques de allí suavemente y lo traigas a su casa, sin decir palabra de cuanto oyeres o sintieres. Allí sabrás lo que ella quiere de él y tendrás tu placer con ella; mas, si no te place hacerlo, te encarga que nunca más le envíes escrito ni mensaje».