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The maid betook herself to the two lovers and did her errand punctually to each, saying as it had been enjoined her; whereto each made answer that, an it pleased her, they would go, not only into a tomb, but into hell itself. The maid carried their reply to the lady and she waited to see if they would be mad enough to do it. The night come, whenas it was the season of the first sleep, Alessandro Chiarmontesi, having stripped himself to his doublet, went forth of his house to take Scannadio's place in the tomb; but, by the way, there came a very frightful thought into his head and he fell a-saying in himself, 'Good lack, what a fool I am! Whither go I? How know I but yonder woman's kinsfolk, having maybe perceived that I love her and believing that which is not, have caused me do this, so they may slaughter me in yonder tomb? An it should happen thus, I should suffer for it nor would aught in the world be ever known thereof to their detriment.'
¿O qué sé yo si quizá algún enemigo mío me haya procurado esto, a quien ella acaso ama y procura obligarle en ello?» Luego dijo: «Mas, concedamos que nada de esto sea y que sus parientes estén a punto de llevarme a su casa; he de creer que no quieren el cuerpo de Scannadio para tenerlo en sus brazos o para ponerlo en los de ella; antes bien, cabe pensar que intentan hacerle algún daño, como al cuerpo de quien quizá los desobligó en algo tiempo ha. Ella dice que no he de decir palabra por cuanto pueda sentir. Pero, si me sacan los ojos o me arrancan los dientes o me cortan las manos o me hacen cualquier otra burla semejante, ¿qué haré? ¿Cómo podría estarme quieto? Y si hablo, me conocerán y quizá me hagan daño; o, aunque no me lo hagan, nada habré conseguido, pues no me dejarán con la dama; por lo cual ella dirá que he quebrantado su mandamiento y no hará jamás cosa que me plazca.»
Diciendo esto, casi había ya vuelto a su casa; sin embargo, su gran amor lo empujaba con argumentos contrarios de tal potencia que lo llevaron hasta la tumba, la cual abrió y, entrando en ella, despojó a Scannadio de sus ropas; luego, vistiéndoselas y cerrando la tumba sobre sí, se tendió en el lugar del muerto. Entonces comenzó a recordar qué clase de hombre había sido aquél y, trayendo a la memoria todas las cosas que de él había oído contar como sucedidas de noche, no ya en los sepulcros de los muertos, sino aun en otros lugares, todos sus cabellos se le erizaron y le parecía a cada instante que Scannadio se alzaba erguido y lo degollaba allí mismo. Sin embargo, auxiliado por su ardiente amor, venció estos y otros temerosos pensamientos que lo asediaban y, permaneciendo como si fuera el muerto, se quedó aguardando lo que había de sucederle.
Entretanto, Rinuccio, llegada ya la medianoche, salió de su casa para hacer aquello que su amante le había encomendado, y mientras iba, se sumió en muchos y diversos pensamientos sobre lo que podría acontecerle; por ejemplo, que podría caer en manos de los alguaciles con el cuerpo de Scannadio a cuestas y ser condenado a la hoguera como hechicero, y que, si el asunto llegara a saberse, incurriría en la enemistad de sus parientes, y otros pensamientos semejantes, por los cuales estuvo a punto de ser disuadido. Pero después, pensándolo mejor, dijo: «¡Ay! ¿Le negaré a esta gentil dama, a quien tanto he amado y amo, la primera cosa que me pide, ya que con ello he de ganar su favor? ¡No quiera Dios! Aunque ciertamente hubiera de morir por ello, he de empeñarme en hacer lo que he prometido.» Así que prosiguió su camino y, llegando en seguida al sepulcro, lo abrió con facilidad; lo cual, al oírlo Alessandro, permaneció quieto, aunque estaba muy asustado.
Capítulo 68: Parte 68 Segmento 5 de 28.
Rinuccio, entrando y pensando tomar el cuerpo de Scannadio, asió los pies de Alessandro y lo sacó de la tumba; luego, cargándolo sobre sus hombros, se encaminó hacia la casa de la dama.
Yendo así y sin prestar atención alguna a su carga, la golpeaba muchas veces ora contra un rincón, ora contra otro de ciertos bancos que había junto al camino, tanto más porque la noche era tan nublada y tan oscura que no podía ver por dónde iba. Ya estaba casi a la puerta de la gentil dama, que se había apostado en la ventana con su criada para ver si traía a Alessandro, y estaba lista armada con una excusa para despacharlos a ambos, cuando aconteció que los oficiales de la ronda, que estaban emboscados en la calle y aguardaban silenciosos en vela para echar mano a cierto bandolero, oyendo el escándalo que Rinuccio hacía con sus pies, de pronto sacaron una luz para ver qué era aquello y adónde se dirigía, y hicieron sonar sus escudos y alabardas, gritando: «¿Quién va allá?»
Rinuccio, viendo esto y teniendo escaso tiempo para deliberar, dejó caer su carga y se dio a la fuga tan rápido como sus piernas le permitieron; por lo que Alessandro se levantó apresuradamente y se dio a la fuga a su vez, aunque estorbado por las ropas del difunto, que eran muy largas. La dama, a la luz del farol que los alguaciles habían alargado, había reconocido claramente a Rinuccio, con Alessandro sobre los hombros, y al percibir que este último iba vestido con las ropas de Scannadio, se maravilló sobremanera de la excesiva osadía de ambos; pero, pese a su asombro, se rió de buena gana al ver a Alessandro derribado en el suelo y luego emprender la huida. Entonces, regocijada por aquel accidente y alabando a Dios porque la había librado de la molestia de aquellos dos, volvió a entrar en la casa y se retiró a su cámara, afirmando a su criada que, sin duda, ambos la amaban mucho, pues, según parecía, habían hecho aquello que ella les había mandado.
Mientras tanto, Rinuccio, apesadumbrado y maldiciendo su mala fortuna, con todo no volvió a su casa, sino que, en cuanto la ronda se hubo alejado del vecindario, regresó al lugar donde había soltado a Alessandro y anduvo a tientas para ver si podía encontrarlo de nuevo, a fin de dar término a su servicio; pero, no hallándolo y concluyendo que los alguaciles se lo habían llevado, regresó a su propia casa, abatido, mientras que Alessandro, sin saber qué otra cosa hacer, se marchó a la suya de igual manera, contrariado por tan gran percance y sin haber reconocido a quien lo había llevado hasta allí. A la mañana siguiente, habiéndose encontrado abierta la tumba de Scannadio y sin que su cuerpo apareciera, porque Alessandro lo había hecho rodar hasta el fondo de la bóveda, toda Pistoia andaba ocupada con diversas conjeturas acerca del asunto, y los más sencillos concluyeron que se lo habían llevado los demonios.
No obstante, cada uno de los dos amantes hizo saber a la dama lo que había hecho y lo que le había acontecido y, excusándose además de no haber cumplido por entero su mandamiento, reclamó su favor y su amor; pero ella, fingiendo no creer a ninguno de los dos, se libró de ellos con una respuesta seca, a saber: que nunca consentiría en hacer nada por ellos, puesto que no habían hecho lo que les había pedido.
SEGUNDA NOVELA
UNA ABADESA, LEVANTÁNDOSE A PRISA Y A OSCURAS PARA SORPRENDER A UNA DE SUS MONJAS, QUE LE HABÍAN DENUNCIADO, EN LA CAMA CON SU AMANTE, Y CREYENDO CUBRIRSE LA CABEZA CON SU COFIA, SE PONE EN SU LUGAR LOS CALZONES DE UN SACERDOTE QUE YACE CON ELLA; ADVIERTE ESTO LA MONJA ACUSADA, SE LO HACE NOTAR, Y QUEDA ABSUELTA Y CON LICENCIA PARA ESTAR CON SU AMANTE.
Filomena guardaba silencio, y la manera de la dama de desembarazarse de aquellos a quienes no quería amar fue alabada por todas; mientras que, por otro lado, la presuntuosa osadía de los dos galanes fue tenida por ellas no como amor, sino como locura. La reina dijo alegremente a Elisa:
—Elisa, continúa.
Y ella, pronta, comenzó:
—Con gran destreza, queridísimas damas, supo la señora Francisca librarse de su importuno, como se ha contado; pero una joven monja, con la ayuda de la fortuna, se libró con una oportuna respuesta de un peligro inminente. Como sabéis, hay muchas gentes muy necias que se erigen en maestras y censores de los demás, pero a quienes, como podréis comprender por mi historia, la fortuna a veces confunde merecidamente, como les ocurrió a la abadesa bajo cuyo gobierno estaba la monja de quien he de hablaros.
Habéis de saber, pues, que hubo una vez en Lombardía un convento muy famoso por su santidad y religión, donde, entre las otras monjas que allí había, se hallaba una joven dama de noble cuna y dotada de maravillosa belleza, llamada Isabetta, la cual, viniendo un día a la reja para hablar con un pariente suyo, se enamoró de un apuesto joven que lo acompañaba. Éste, viéndola muy hermosa y adivinando con los ojos sus deseos, se enamoró igualmente de ella, y este amor sufrieron largo tiempo sin fruto, con no pequeño desasosiego de ambos. Por fin, solicitados cada uno por un deseo semejante, el joven dio con un medio de llegar hasta su monja con todo secreto, y consintiendo ella en ello, la visitó, no una vez, sino muchas, con gran contentamiento de los dos. Mas, continuando esto, acaeció una noche que fue, sin saberlo él ni su amada, visto por una de las damas del convento despedirse de Isabetta y tomar su camino.
La monja comunicó su descubrimiento a otras varias, y al principio pensaron en denunciar a Isabetta ante la abadesa, llamada doña Usimbalda, que, en opinión de las monjas y de cuantos la conocían, era una buena y piadosa señora; pero, sopesándolo, se les ocurrió que la abadesa la sorprendiera con el joven, de modo que no pudiera negarlo. Así pues, guardaron silencio y se turnaron en secreto para vigilarla y sorprenderla.
Aconteció, pues, que Isabetta, que de esto nada sospechaba ni estaba en guardia, hizo venir allí a su amante una noche, lo cual fue al punto sabido por aquellos que estaban al acecho de esto y que, cuando les pareció tiempo, pasada buena parte de la noche, se dividieron en dos grupos, de los cuales uno permaneció de guardia a la puerta de la celda, mientras el otro corrió a la cámara de la abadesa y, llamando a la puerta, hasta que ella respondió, le dijeron: «Levantaos, señora; alzaos presto, porque hemos descubierto que Isabetta tiene un joven en su celda.» La abadesa estaba aquella noche en compañía de un sacerdote, a quien ella solía dejar venir a menudo en un cofre; pero, oyendo el griterío de las monjas y temiendo que, por su precipitación y ansia, empujasen la puerta, se levantó apresuradamente y se vistió lo mejor que pudo a oscuras.
Pensando en tomar ciertos velos plegados que las monjas llevan sobre la cabeza y llaman salterio, cogió por casualidad los calzones del sacerdote; y era tanta su prisa que, sin advertir lo que hacía, se los echó sobre la cabeza en lugar del salterio, y saliendo, cerró tras de sí la puerta apresuradamente, diciendo: «¿Dónde está esta maldita de Dios?» Luego, en compañía de las otras, que estaban tan ardientes y tan empeñadas en que Isabetta fuese sorprendida en falta que no advirtieron lo que la abadesa llevaba sobre la cabeza, llegó a la puerta de la celda y, rompiéndola con ayuda de las otras, entró y encontró a los dos amantes en la cama, en brazos el uno del otro, quienes, totalmente confundidos ante tal sorpresa, quedaron inmóviles, sin saber qué hacer.
La joven fue al instante asida por las demás monjas y llevada a rastras, por mandato de la abadesa, a la sala capitular, mientras su galán se vestía y permanecía aguardando para ver cuál habría de ser el desenlace de la aventura, resuelto, si algún daño se ofreciese a su dama, a hacer un mal a cuantas monjas pudiese alcanzar y a llevársela consigo. La abadesa, sentada en capítulo, procedió, en presencia de todas las monjas, que no tenían ojos sino para la culpable, a dar a ésta la más infame reprensión que mujer alguna hubiese recibido jamás, por haber, con sus prácticas lascivas y sucias —si la cosa llegase a saberse fuera de los muros— mancillado la santidad, el honor y la buena fama del convento; y a ello añadió gravísimas amenazas. La joven, vergonzosa y temerosa, pues se sentía culpable, no supo qué responder y, guardando silencio, infundió a las demás monjas compasión por ella.
Empero, al cabo de un rato, en tanto la abadesa multiplicaba palabras, acertó a alzar los ojos y vio lo que aquélla llevaba sobre la cabeza y las agujetas que de ello colgaban a ambos lados; con lo cual, adivinando cómo estaba el asunto, se tranquilizó del todo y dijo: —Señora, Dios os ayude; atad vuestra cofia, y después decidme lo que queráis.
La abadesa, sin comprender su intención, respondió: —¿Qué toca, mujer vil que eres? ¿Tienes el descaro de chancear en tal momento? ¿Piensas que lo que has hecho es materia de burla? —Os ruego, señora —respondió Isabetta—, atad vuestra toca y después decid lo que queráis de mí. Ante esto, muchas de las monjas alzaron los ojos a la cabeza de la abadesa, y ella también, llevando la mano allí, percibió, como las demás, por qué hablaba así Isabetta; por lo cual la abadesa, consciente de su propia falta y viendo que era vista por todas, sin esperanza de remedio, cambió de tono y, procediendo a hablar de manera del todo distinta de como había comenzado, llegó a la conclusión de que es imposible resistir los aguijones de la carne, y así dijo que cada una, en cuanto pudiera, se diera a escondidas un buen rato, tal como se había hecho hasta aquel día.
En consecuencia, puesta en libertad la joven, ella volvió a dormir con su sacerdote, e Isabetta volvió a su amante, a quien muchas veces de ahí en adelante dejó venir allí, a despecho de quienes la envidiaban, mientras las otras que carecían de amante buscaban su fortuna en secreto, como mejor sabían.
LA TERCERA HISTORIA
[Jornada Novena]
MAESTRO SIMONE, A INSTANCIA DE BRUNO Y BUFFALMACCO Y NELLO, HACE CREER A CALANDRINO QUE ESTÁ EMBARAZADO; POR LO CUAL ÉL LES DA CAPONES Y DINERO PARA MEDICINAS Y RECUPERA SIN PARIR.
Después de que Elisa hubo terminado su historia y todas las damas hubieron dado gracias a Dios, que con feliz desenlace había librado a la joven monja de las garras de sus envidiosas compañeras, la reina ordenó a Filostrato que continuara, y él, sin esperar más mandato, comenzó: "Bellísimas damas, el grosero y zafio juez de la Marca, de quien os hablé ayer, me arrebató de la boca una historia de Calandrino y sus compañeros que estaba a punto de relatar; y por cuanto, aunque mucho se haya hablado de él y de ellos, cualquier cosa que se cuente de él no puede hacer otra cosa que aumentar nuestra alegría, os contaré precisamente aquella que entonces tenía en mente."
Ya se ha mostrado con bastante claridad quién era Calandrino y quiénes los otros de quienes he de hablar en esta historia, por lo cual, sin más preámbulos, os contaré que una tía suya vino a morir y le dejó doscientas coronas en moneda menuda; con lo cual se puso a hablar de que quería comprar una finca y entró en tratos con todos los corredores de Florencia, como si tuviera diez mil florines de oro que gastar; pero el asunto siempre se venía abajo cuando llegaban al precio de la finca en cuestión. Bruno y Buffalmacco, sabiendo todo esto, le habían dicho una y otra vez que más le valdría gastar el dinero en divertirse con ellos que ir a comprar tierras, como si hubiera tenido que hacer píldoras; pero, lejos de esto, jamás habían logrado siquiera que les diese una vez de comer.
Un día, mientras se quejaban de esto, se les acercó un compañero suyo, pintor de nombre Nello, y los tres tomaron consejo juntos sobre cómo podrían hallar modo de engrasar el gaznate a costa de Calandrino; por lo que, sin más dilación, habiendo acordado entre sí lo que habían de hacer, aguardaron a la mañana siguiente a que saliera de su casa, y no hubo andado mucho cuando Nello lo abordó, diciéndole: —Buenos días, Calandrino. Calandrino respondió que Dios le diera buen día y buen año, y Nello, deteniéndose un rato, se puso a mirarlo en el rostro; por lo que Calandrino le preguntó: —¿En qué miras? Dijo el pintor: —¿Te ha acontecido algo esta noche? Paréceme que no eres tú mismo esta mañana. Calandrino al punto comenzó a temblar y dijo: —¡Ay de mí! ¿Cómo es eso? ¿Qué te parece que me aqueja? —Por vida —respondió Nello—, que eso no sabría decirlo; pero me pareces del todo cambiado; quizá no sea nada.
—Diciendo así, le dejó pasar, y Calandrino siguió adelante, todo receloso, aunque no sentía achaque alguno; pero Buffalmacco, que no andaba lejos, viéndole libre de Nello, se le acercó y, saludándole, le preguntó si le dolía algo. Respondió Calandrino: «No sé; mas Nello acaba de decirme que le parecía yo muy cambiado. ¿Podrá ser que tenga algún mal?» —«Sí —replicó Buffalmacco—, algo ha de andar mal en ti, pues pareces medio muerto.»
[Nota 426: _es decir_, bolas para una ballesta de perdigones, generalmente hechas de arcilla. Bruno y Buffalmacco jugaban con el doble sentido de la palabra _terra_: tierra y barro (o arcilla).]
Para entonces le parecía a Calandrino tener las fiebres, cuando, he aquí, llegó Bruno y lo primero que dijo fue: —Calandrino, ¿qué cara es esa? Calandrino, oyéndolos a todos en el mismo cuento, tuvo por cierto que estaba enfermo y les preguntó, todo aterrado: —¿Qué haré? Dijo Bruno: —Me parece que lo mejor sería que volvieras a casa, te acostaras y te abrigaras bien, y enviaras tu orina al maestro Simón, el médico, que, como sabes, es hechura nuestra y te dirá al punto lo que debes hacer. Iremos contigo y, si hace falta hacer algo, lo haremos. Así, habiéndoseles unido Nello, volvieron a casa con Calandrino, quien se fue, todo abatido, al dormitorio y dijo a su mujer: —Ven, cúbreme bien, que me siento muy descompuesto.
Entonces, echándose, envió su orina por una criadita al maestro Simone, que entonces tenía tienda en el Mercado Viejo, a la enseña de la Calabaza; mientras Bruno decía a sus compañeros: «Quedaos aquí con él, mientras voy a oír lo que dice el médico y lo traigo acá, si fuere menester». «Ay, por Dios, compañero mío», exclamó Calandrino, «ve allí y tráeme razón de cómo está el caso, pues siento no sé qué dentro de mí».
Conforme a esto, Bruno se encaminó a casa del maestro Simone y, llegando antes que la muchacha que traía el agua, le informó del caso; así que, cuando la criada llegó y el médico hubo visto el agua, le dijo: «Ve y dile a Calandrino que se mantenga bien abrigado, que yo acudiré enseguida y le diré lo que le aqueja y lo que debe hacer». La criada refirió esto a su amo, y no pasó mucho tiempo antes de que llegaran el médico y Bruno; entonces el médico, sentándose junto a Calandrino, se puso a tomarle el pulso y, estando presente la esposa del paciente, dijo: «Escucha, Calandrino, para hablarte como amigo, no te aqueja nada salvo que estás preñado». Al oír esto Calandrino, se puso a gritar de dolor y dijo: «¡Ay de mí! ¡Tessa, esto es culpa tuya, porque siempre quieres estar encima; yo te dije que así sería!»
La dama, que era persona muy modesta, al oír hablar así a su marido, se puso toda colorada de vergüenza y, bajando la cabeza, salió de la habitación sin responder palabra; mientras Calandrino, continuando su lamento, decía: «¡Ay, desdichado de mí! ¿Qué haré? ¿Cómo he de parir este niño? ¿Por dónde ha de salir? Bien veo que soy hombre muerto, por el loco antojo de esa mujer mía, a quien Dios haga tan desdichada como yo quisiera ser dichoso! Si estuviera tan sano como no lo estoy, me levantaría y le daría tantos y tan grandes golpes que le rompería todos los huesos del cuerpo; aunque bien me está empleado, pues nunca debí sufrir que ella llevara la voz cantante; mas, por cierto, si salgo con vida de esta vez, bien puede morirse de deseo antes de que vuelva a hacerlo otra vez.»
Bruno, Buffalmacco y Nello estuvieron a punto de reventar de risa al oír las palabras de Calandrino; sin embargo, se contuvieron, pero el Doctor Simple-Simón se rió tan inmoderadamente que se le podrían haber sacado todos los dientes de la boca. Finalmente, Calandrino, encomendándose al médico y suplicándole que le diese ayuda y consejo en esta su cuita, el médico le dijo: —Calandrino, no quiero que pierdas el ánimo; pues, loado sea Dios, hemos tomado el caso tan a tiempo que, en pocos días y con poca molestia, te libraré de él; pero te costará algún pequeño gasto. —¡Ay, doctor mío! —exclamó Calandrino—. ¡Sí, por el amor de Dios, hazlo!
—Yo tengo aquí doscientas coronas, con las cuales pensaba comprarme una hacienda; tómalas todas, si es menester, con tal de no verme llevada al parto; porque no sé cómo me las habría, viendo que oigo a las mujeres dar tan terribles alaridos cuando están a punto de parir, aun teniendo amplia comodidad para ello, que me parece que, si yo hubiera de sufrir ese dolor, moriría antes de llegar al alumbramiento. —Dijo el doctor: —No temas de eso; yo haré que te hagan una tisana de aguas destiladas, muy buena y agradable de beber, que en tres mañanas te lo quitará todo y te dejará más sana que un pez; pero mira que seas más discreta en adelante y no te dejes caer otra vez en tales liviandades.
Ahora bien, para esta agua nos es menester tener tres pares de capones gordos y finos, y para otras cosas que se requieren para ello, da tú a uno de estos (tus compañeros) cinco coronas de plata, para que los compre, y haz que lleve todo a mi tienda; y mañana, en nombre de Dios, te enviaré el agua destilada susodicha, de la cual beberás de una vez un buen vaso lleno.» «Doctor mío», respondió Calandrino, «me pongo en vuestras manos»; y dando a Bruno cinco coronas y dinero para tres pares de capones, le rogó que se tomara la molestia de comprar estas cosas.