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El médico entonces se despidió y, mandando hacer un poco de clarea, se la envió a Calandrino; mientras tanto Bruno, comprando los capones y las demás cosas necesarias para hacer un buen festín, se los comió en compañía de sus camaradas y del maestro Simone. Calandrino bebió de su clarea tres mañanas, después de lo cual el médico acudió a él junto con sus camaradas y, tomándole el pulso, le dijo: —Calandrino, ciertamente estás curado; por lo cual de ahora en adelante puedes ir con seguridad a todos tus asuntos y no permanecer más tiempo en casa por esto.
En consecuencia, Calandrino se levantó, gozosísimo, y se fue a sus asuntos, alabando encarecidamente, cuantas veces le acontecía hablar con alguien, la buena curación que el maestro Simone había hecho en él, pues le había desembarazado de la preñez en tres días, sin dolor alguno; mientras Bruno, Buffalmacco y Nello permanecían muy contentos de haber logrado con este ardid burlar su tacañería, aunque la señora Tessa, penetrando el engaño, reprendió grandemente a su marido por ello.
CUARTA NOVELA
Cecco Fortarrigo pierde en el juego en Buonconvento todos sus bienes y los dineros de Cecco Angiolieri [su amo]; además, corriendo tras este último en camisa y afirmando que le ha robado, hace que sea apresado por los campesinos; luego, vistiéndose con las ropas de Angiolieri y montando en su palafrén, se da a la fuga y deja al otro en camisa.
El discurso de Calandrino acerca de su mujer había sido escuchado por toda la compañía con grandísima risa; luego, enmudecido Filostrato, Neifile, según la voluntad de la reina, comenzó: —Nobles damas, si no fuera más difícil para los hombres mostrar a los demás su ingenio y su valía que exhibir su necedad y su vicio, muchos se fatigarían en vano tratando de poner freno a sus lenguas; y esto os ha sido muy bien manifestado por la necedad de Calandrino, quien, en busca de sanar de la dolencia que su simpleza le hizo creer, no tuvo por qué publicar los secretos pasatiempos de su mujer; lo cual me ha traído a la memoria algo de contrario sentido, a saber, una historia de cómo la picardía de un hombre pudo más que el ingenio de otro, con grave daño y confusión del burlado, que me place contaros.
Había, pues, en Siena, no hace muchos años, dos hombres hechos y derechos (en cuanto a la edad), cada uno de los cuales se llamaba Cecco. Uno era hijo de Micer Angiolieri y el otro de Micer Fortarrigo; y aunque en casi todo lo demás sus maneras no se avenían entre sí, no obstante estaban tan de acuerdo en un particular, a saber, que ambos eran aborrecidos de sus padres, que por ello se habían hecho amigos y se acompañaban a menudo. Al cabo de un tiempo, Angiolieri, que era hombre apuesto y de buenas maneras, pareciéndole que mal podía vivir en Siena con la provisión que su padre le asignaba, y oyendo que un cierto cardenal, gran protector suyo, había venido a las Marcas de Ancona como legado del Papa, determinó acudir a él, pensando así mejorar su condición.
En consecuencia, enterado su padre de su propósito, arregló con él que le diese enseguida lo que había de darle en seis meses, a fin de poder vestirse, procurarse caballos y presentar una figura honorable. Mientras iba buscando a alguien que pudiera llevar consigo para su servicio, la cosa llegó a oídos de Fortarrigo, el cual acudió de inmediato a Angiolieri y le suplicó, con las mejores palabras que supo, que lo llevase consigo, ofreciéndose a serle lacayo, criado y todo lo demás, sin otro estipendio que sus gastos pagados. Angiolieri respondió que de ningún modo lo tomaría, no porque no supiese que era muy capaz para toda clase de servicios, sino porque era jugador y a veces también bebedor. Pero el otro replicó que sin falta se guardaría de ambos defectos y se lo afirmó con juramentos en abundancia, añadiendo tantas súplicas que Angiolieri se dejó convencer y dijo que estaba contento.
En consecuencia, una mañana partieron ambos y fueron a comer a Buonconvento, donde, después de la comida, siendo grande el calor, Angiolieri mandó preparar una cama en la posada y, desnudándose con ayuda de Fortarrigo, se durmió, encargándole que lo llamase a la hora de nona. Apenas su amo estuvo dormido, Fortarrigo se dirigió a la taberna y allí, después de beber un rato, se puso a jugar con ciertos hombres, quienes en un instante le ganaron el dinero que tenía y luego la misma ropa que llevaba puesta; por lo cual, deseoso de recuperarse, se fue, en camisa como estaba, a la habitación de Angiolieri y, viéndolo profundamente dormido, sacó de su bolsa el dinero que había y, volviendo al juego, lo perdió como había perdido lo demás. Al poco rato, Angiolieri despertó y, levantándose, se vistió y preguntó por Fortarrigo.
El segundo no aparecía por ninguna parte y Angiolieri, suponiendo que estuviera dormido, borracho, en algún rincón, como a veces solía, determinó dejarlo en paz y procurarse otro criado en Corsignano. En consecuencia, hizo poner la silla y la maleta sobre un palafrén que tenía y, pensando pagar la cuenta para poder marcharse, se halló sin un solo dinero; con lo cual fue grande el alboroto y toda la posada se vio en un tumulto, declarando Angiolieri que allí lo habían robado y amenazando con hacer llevar presos al mesonero y a toda su casa hasta Siena.
En ese momento llegó Fortarrigo en camisa, pensando en tomar las ropas de su amo, como había tomado su dinero, y al ver a este último listo para montar, dijo: «¿Qué es esto, Angiolieri? ¿Acaso debemos partir ya? Por Dios, espera un poco; en seguida vendrá uno que tiene mi jubón empeñado por treinta y ocho sueldos; y estoy seguro de que me lo devolverá por treinta y cinco, dinero contante». Mientras hablaba, llegó alguien que certificó a Angiolieri que era Fortarrigo quien le había robado sus dineros, mostrándole la suma de aquellos que este último había perdido al juego; por lo que se encolerizó muchísimo y cargó a Fortarrigo de reproches; y si no hubiera temido más a los hombres que a Dios, le habría hecho un daño; luego, amenazando con hacerlo colgar del cuello o desterrarlo de Siena, montó a caballo.
Fortarrigo, como si no hablara con él, sino con otro, dijo: —¡Pardiez, Angiolieri! Deja por ahora esa charla que no vale un bledo, y atiende a esto: rescatándolo[429] en el acto, podemos volver a tenerlo por treinta y cinco chelines; en cambio, si aguardamos hasta mañana, no aceptará menos de los treinta y ocho que me prestó sobre ello; y este favor me hace porque lo empeñé siguiendo su consejo. ¡A fe! ¿Por qué no habríamos de beneficiarnos con estos tres chelines?
[429] es decir, el jubón.
Angiolieri, oyéndole hablar así, perdió toda paciencia (tanto más porque se vio mirado de reojo por los circunstantes, que manifestamente creían, no que Fortarrigo hubiera jugado y perdido su dinero, sino que él aún tenía en su poder dineros de Fortarrigo) y le dijo: «¿Qué tengo yo que ver con tu jubón? ¡Así te cuelguen del cuello, pues no solo me has robado y jugado mi dinero, sino que además me estorbas en mi viaje, y ahora te burlas de mí!» Sin embargo, Fortarrigo siguió en sus trece, como si no le hubiera hablado, y dijo: «¡Por Dios! ¿Por qué no me completas estos tres chelines? ¿Crees que no podré corresponderte en otra ocasión? Te lo ruego, hazlo, si tienes algún aprecio por mí. ¿Por qué tanta prisa? Aún llegaremos a Torrenieri temprano esta noche. Vamos, saca la bolsa; sabes que podría revolver toda Siena y no encontraría un jubón que me sentara tan bien como este; ¡y pensar que he de dejar que aquel tipo se lo lleve por treinta y ocho chelines!»
Vale todavía cuarenta chelines o más, de modo que me perjudicarías de dos maneras.[430]
[Nota 430: _es decir_, hacerme un doble daño.]
Angiolieri, exasperado más allá de toda medida al verse primero robado y ahora entretenido de aquella manera, no le respondió nada más, sino que, volviendo la cabeza de su palafrén, tomó el camino de Torrenieri, mientras Fortarrigo, maquinando una sutil bellaquería, se puso a trotar tras él en camisa durante bien dos millas, exigiéndole todavía su jubón. Enseguida, mientras Angiolieri espoleaba a toda prisa para librar sus oídos de la molestia, Fortarrigo divisó a unos labradores en un campo lindante con la carretera, delante de él, y les gritó: «¡Detenedlo, detenedlo!». Así que corrieron hacia él, unos con palas y otros con azadones, y poniéndose en el camino ante Angiolieri, creyendo que había robado a aquel que venía gritando tras él en camisa, lo detuvieron y lo prendieron.
De poco le valió decirles quién era y cómo estaba el caso, y Fortarrigo, llegando, dijo con aire airado: —No sé qué me impide matarte, desleal ladrón, ¡que huiste con mis enseres! Luego, volviéndose a los campesinos: —Ved, señores —dijo—, en qué estado me dejó en la posada, después de haberse jugado primero todo lo suyo. Bien puedo decir que por Dios y por vosotros he recobrado esto, y por ello quedaré en deuda con vosotros.
Angiolieri les contó su propia historia, pero sus palabras no fueron escuchadas; antes bien, Fortarrigo, con la ayuda de los campesinos, lo bajó de su palafrén y, despojándolo, se vistió con sus ropas; luego, montando a caballo, lo dejó en camisa y descalzo y regresó a Siena, afirmando por doquier que había ganado el caballo y las ropas de Angiolieri, mientras este, que había pensado ir, como hombre rico, al cardenal en las Marcas, regresó a Buonconvento, pobre y en camisa, ni osó por vergüenza volver directamente a Siena, sino que, prestándole algunas ropas, montó el rocín que Fortarrigo había montado y se fue a sus parientes en Corsignano, con quienes permaneció hasta que su padre lo proveyó de nuevo. De esta manera la picardía de Fortarrigo frustró el buen designio de Angiolieri,[431] aunque su villanía no quedó sin castigo por parte de este a su debido tiempo y lugar.
[Nota 431: Sin. buen designio de previsión (_buono avviso_).]
CALANDRINO ENAMÓRASE DE UNA MOZA, Y BRUNO ESCRÍBELE UN TALISMÁN, CON EL CUAL, CUANDO ÉL LA TOCA, ELLA SE VA CON ÉL; Y, HALLÁNDOLOS SU MUJER JUNTOS, LE ACONTECE GRAVE CUITA Y ENOJO.
Habiendo terminado Neifile su cuento, y habiéndolo la compañía dejado pasar sin excesiva conversación ni risas, la reina se volvió hacia Fiammetta y le mandó que continuara; a lo que ella respondió muy alborozada que así lo haría, y comenzó:
—Gentilísimas damas, no hay, según creo que bien sabéis, cosa alguna que, por mucha que haya sido la conversación que sobre ella se haya tenido, deje de agradar, siempre que quien se disponga a hablar de ella sepa elegir oportunamente el tiempo y el lugar que le convienen. Por lo cual, atendiendo a nuestro propósito de estar aquí —pues estamos aquí para regocijarnos y divertirnos, no para otra cosa—, me parece que todo aquello que pueda producir regocijo y placer tiene aquí su lugar y su tiempo apropiados; y aunque se haya discurseado de ello mil veces, no por eso dejará de agradar, aunque se hable de ello otras tantas.
Por lo cual, no obstante que muchas veces se haya hablado entre nosotros de los dichos y hechos de Calandrino, me atreveré, considerando, como dijo Filostrato hace un rato, que todos son divertidos, a contaros otra historia suya, en la cual, si quisiera apartarme de la verdad, muy bien habría sabido disfrazarla y contarla bajo otros nombres; pero, porque al contar una historia, apartarse de la verdad de lo acontecido resta mucho al placer del oyente, os la contaré en su verdadera forma, movido por la razón antes dicha.
Niccolo Cornacchini era un ciudadano nuestro y hombre rico, y tenía, entre otras posesiones, una hermosa finca en Camerata, en la cual mandó construir una magnífica mansión y se concertó con Bruno y Buffalmacco para que se la pintaran toda; y ellos, como la obra era grande, se unieron a Nello y Calandrino y se pusieron a trabajar. Allí, por cuanto no había ningún familiar en la casa, aunque había una o dos habitaciones amuebladas con camas y otras cosas necesarias, y una vieja criada moraba allí como guardiana del lugar, un hijo del dicho Niccolo, llamado Filippo, siendo joven y sin esposa, solía a veces llevar alguna moza para su diversión y tenerla allí un día o dos, y después la enviaba. Sucedió una vez, entre otras, que llevó allí a una llamada Niccolosa, a quien un hombre lascivo, de nombre Mangione, tenía a su disposición en una casa en Camaldoli y la alquilaba.
Era una mujer de buena presencia y bien vestida, y para su clase, bastante educada y bien hablada.
Un día, a mediodía, habiendo ella salido de su cámara con una enagua blanca y el cabello retorcido en torno a la cabeza, y estando en el acto de lavarse las manos y el rostro en un pozo que había en el patio de la mansión, aconteció que Calandrino llegó allí por agua y la saludó familiarmente. Ella le devolvió el saludo y se puso a mirarlo, más porque le pareció un hombre extraño que por afición alguna que le tuviera; por lo que él, asimismo, se puso a contemplarla y, pareciéndole que era hermosa, comenzó a buscar pretextos para quedarse allí y no volvió con sus compañeros con el agua, sino que, como no la conocía, no osaba decirle nada. Ella, que había notado sus miradas, lo observaba de vez en cuando para burlarse de él, lanzando mientras tanto algún que otro suspiro; por lo cual Calandrino se enamoró perdidamente de ella y no abandonó el patio hasta que Filippo la llamó de vuelta a la cámara.
Con esto volvió a su trabajo, mas no hacía sino suspirar; lo cual notando Bruno, que aún tenía ojo a sus hechos, porque se deleitaba mucho en sus maneras, le dijo: «¿Qué diablo te aqueja, amigo Calandrino? No haces sino suspirar.» «Compañero», respondió Calandrino, «si tuviera quien me ayudase, me iría bien.» «¿Cómo es eso?» preguntó Bruno; y Calandrino replicó: «No se ha de decir a nadie; pero hay una muchacha allá abajo, más hermosa que un hada, que se ha enamorado de mí tan fuertemente que te parecería cosa grave. Me di cuenta ahora mismo, cuando fui por el agua.» «¡Voto a tal!» exclamó Bruno, «mira que no sea la mujer de Filippo.» Dijo Calandrino: «Creo que es ella, porque él la llamó y ella fue a la cámara; mas ¿qué importa eso? En cosas de esta clase engañaría al mismo Cristo, cuanto más a Filippo; y para decirte la verdad, compañero, me agrada más de lo que puedo decirte.»
—Camarada —respondió Bruno—, te averiguaré quién es ella, y si es la mujer de Filippo, te arreglaré tus asuntos en un par de palabras, pues es gran amiga mía. Pero, ¿cómo hemos de hacer para que Buffalmacco no lo sepa? Nunca puedo hablar con ella si no está él conmigo. —De Buffalmacco no me preocupo —dijo Calandrino—; pero debemos guardarnos de Nello, pues es pariente de Tessa y echaría todo a perder. Y Bruno dijo: —Es verdad.
Ahora sabía muy bien quién era la moza, pues la había visto venir, y además Filippo se lo había dicho. Así que, habiendo Calandrino dejado el trabajo un rato e ido a echarle un vistazo, Bruno contó a Nello y a Buffalmacco todo, y tomaron juntos acuerdo en secreto sobre qué hacer con él en lo tocante a ese su enamoramiento. Cuando volvió, Bruno le dijo en voz baja:
—¿La has visto?
—¡Ay, sí! —respondió Calandrino—. Ella me ha matado.
Dijo Bruno:
—He de ir a ver si es la que supongo; y si es así, déjame hacer.
Así que bajó al patio y, encontrando allí a Filippo y a Niccolosa, les contó puntualmente qué clase de hombre era Calandrino y tomó acuerdo con ellos sobre lo que debía hacer y decir cada uno, para poder divertirse con el enamorado embaucado y burlarse de su pasión.
Entonces, volviéndose a Calandrino, dijo: "En verdad es ella; por lo cual conviene que el asunto se maneje con mucha discreción, pues, si Filippo llega a enterarse, toda el agua del Arno no nos lavaría. Pero, ¿qué quieres que le diga de tu parte, si acaso logro hablar con ella?" "A fe", respondió Calandrino, "le dirás, para empezar, que le quiero mil medidas de aquella buena cosa que deja preñadas a las mujeres, y después, que soy su servidor y que si ella quisiera algo.... ¿Me entiendes?" "Sí", dijo Bruno, "déjame a mí hacerlo."
Venida la hora de la cena, los pintores dejaron el trabajo y bajaron al patio, donde encontraron a Filippo y a Niccolosa y se detuvieron allí un rato, para complacer a Calandrino. Este se puso a lanzar miradas a Niccolosa y a hacer las más extrañas muecas del mundo, tantas y tales que un ciego las habría notado. Ella, por su parte, hizo todo cuanto pensó que convenía para inflamarlo, y Filippo, conforme a las instrucciones que tenía de Bruno, fingió hablar con Buffalmacco y los demás y no prestar atención a aquello, mientras se divertía en extremo con los ademanes de Calandrino. Pero al cabo de un rato, para gran despecho de este, se despidieron, y de regreso a Florencia, Bruno dijo a Calandrino: «Puedo decirte que la haces derretir como el hielo al sol. ¡Cuerpo de Dios! Si fueras a buscar tu rabel y a cantarle algunas de tus amorosas cancioncillas, harías que se arrojase por la ventana para ir a ti.»
—¿Crees, compadre —dijo Calandrino—, que haría bien en ir a buscarla? —Sí, lo creo —respondió Bruno—; y Calandrino prosiguió: —No me creíste esta mañana cuando te lo conté; pero, ciertamente, compadre, paréceme que sé mejor que ningún hombre vivo hacer lo que quiero. ¿Quién, sino yo, hubiera sabido enamorar tan pronto a una dama semejante? No esos jóvenes fanfarrones vocingleros, te aseguro, que andan de aquí para allá todo el día y no podrían, en mil años, reunir tres puñados de huesos de cereza. Querría que me vieras con el rabel; sería para ti un gran solaz. Quiero que entiendas de una vez por todas que no soy un viejo chocho, como me tienes, y esto ella lo ha notado muy bien, ella; pero se lo haré sentir de otra guisa, en cuanto le clave mi garra en la espalda; por el mismísimo cuerpo de Cristo, le haré dar una danza tal que correrá tras de mí, como la loca tras su hijo.
—Sí —respondió Bruno—, fío que la hurgarás; paréceme que te veo, con esos dientes tuyos hechos para macillos de virginal, morder esa boquita bermeja y aquellas sus mejillas, que parecen dos rosas, y después comértela toda.
[Nota 432: _Giovani di tromba marina._ El sentido parece ser el ya indicado; los comentaristas dicen que _giovani di tromba marina_ es un nombre dado a aquellos jóvenes que andan pregonando por doquier los favores que las mujeres les otorgan; pero la _tromba marina_ es un instrumento _de cuerda_ (no de viento), una especie de violonchelo primitivo de una sola cuerda.]
[Nota 433: "Tus dientes danzaban como macillos de virginal." —_Ben Jonson._]
Calandrino, oyendo esto, se imaginó ya en ello y se fue cantando y brincando, tan gozoso que parecía que iba a saltar de su pellejo. Al día siguiente, habiendo llevado el rabel, para gran diversión de toda la compañía, cantó varias canciones; y en resumen, le entró tal comezón por verla con frecuencia que no trabajaba ni un ápice, sino que corría mil veces al día, ya a la ventana, ya a la puerta, y luego al patio, para echarle un vistazo, de lo cual ella, cumpliendo diestramente las instrucciones de Bruno, le daba amplia ocasión. Bruno, por su parte, respondía a sus mensajes en nombre de ella y a veces le traía otros de su parte; y cuando ella no estaba, que era casi siempre, le llevaba cartas de ella, en las que le daba grandes esperanzas de lograr su deseo, fingiendo que estaba en casa con sus parientes, donde no podía verla por el momento.
Así, Bruno, con la ayuda de Buffalmacco, que tenía parte en el asunto, mantuvo el juego en marcha y se divirtió de lo lindo con las bufonadas de Calandrino, haciéndole darles a menudo, como a ruegos de su dama, ora un peine de marfil, ora una bolsa, y luego un cuchillo y otras baratijas semejantes, por las cuales le traían a cambio diversos anillos falsos y de poco valor, con los que estaba en extremo complacido; y además, por sus fatigas, obtenían de él abundancia de delicadas colaciones y otros pequeños entretenimientos, a fin de que se mostraran diligentes en sus asuntos.