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De esta manera le tuvieron en juego dos buenos meses, sin adelantar un paso; al cabo de los cuales, viendo que la obra se acercaba a su fin y pensando que, si no llevaba sus amores a buen término en el entretanto, no tendría quizá otra ocasión de ello, comenzó a urgir e importunar a Bruno de firme. Así, cuando la muchacha volvió a la casa, Bruno, tras haber concertado con ella y con Filippo lo que se había de hacer, dijo a Calandrino: —Escucha, compadre: esa dama me ha prometido mil veces hacer lo que tú quieres y, con todo, no hace nada de ello, y me parece que te trae de las narices; por lo que, ya que no lo hace como promete, si te place, la haremos hacerlo, quiéralo o no. —¡Por Dios, sí! —dijo Calandrino—. ¡Por el amor de Dios, hágase pronto! —¿Te dará el corazón para tocarla con un escrito que te daré? —dijo Bruno.
—¡Ay, sí! —respondió Calandrino; y el otro: —Pues ingéniate para traerme un trozo de pergamino virgen y un murciélago vivo, junto con tres granos de incienso y una vela bendecida por el sacerdote, y déjame a mí hacer lo demás. Así, pues, Calandrino pasó toda la noche siguiente al acecho con sus artimañas para cazar un murciélago y, habiendo logrado al fin atrapar uno, lo llevó a Bruno junto con las demás cosas requeridas; y éste, retirándose a una cámara, garabateó sobre el pergamino diversos artificios a su manera, con caracteres de su propia invención, y se lo trajo, diciendo: —Has de saber, Calandrino, que si tocas a esa mujer con este escrito, ella te seguirá al instante y hará cuanto tú quieras. Por lo cual, si Filippo sale hoy a alguna parte, procura abordarla con cualquier pretexto y tócala; luego dirígete al granero de allá, que es el mejor lugar para tu propósito, pues nadie lo frecuenta jamás.
Hallarás que ella vendrá allí, y cuando esté allí, bien sabes lo que has de hacer.» Calandrino era el hombre más alegre del mundo y tomó el escrito, diciendo: «Compadre, déjame hacer.»
Ahora Nello, de quien Calandrino desconfiaba, había tomado tanto partido en el asunto como los demás y ayudaba a burlarse de él; por lo cual, de acuerdo con Bruno, se fue a Florencia a casa de la mujer de Calandrino y le dijo: «Tessa, ya sabes la paliza que Calandrino te dio sin motivo el día que volvió cargado de piedras del Mugnone; por eso quiero que te vengues de él; y si no lo haces, no me tengas ya ni por pariente ni por amigo. Se ha enamorado de una mujer de por allá, y ella es lo bastante liviana como para encerrarse muy a menudo con él. Hace un rato, quedaron en reunirse hoy mismo; por lo cual quiero que vayas allí, te pongas al acecho y le des su merecido.» Cuando la dama oyó esto, no le pareció cosa de broma, sino que, poniéndose en pie de un salto, se puso a decir: «¡Ay, ladrón común que eres, ¿así es como me tratas?»
¡Por la cruz de Cristo, no pasará así, sino que te lo pagaré por ello! Entonces, tomando su manto y una doncella que la acompañara, se puso en marcha a buen paso hacia la mansión, junto con Nello.
En cuanto Bruno vio a este último de lejos, dijo a Filippo: «Aquí viene nuestro amigo»; con lo cual éste, dirigiéndose adonde Calandrino y los demás estaban trabajando, dijo: «Maestros, me es forzoso ir ahora mismo a Florencia; trabajad con empeño.» Luego, apartándose, se escondió en un lugar desde donde, sin ser visto, pudiera ver lo que haría Calandrino. Calandrino, tan pronto como creyó que Filippo se había alejado un poco, bajó al patio y, encontrando allí sola a Niccolosa, se puso a hablar con ella, mientras ella, que sabía muy bien lo que tenía que hacer, se le acercó y le rogó algo más familiarmente de lo acostumbrado. Entonces él la tocó con el pergamino y, apenas lo hubo hecho, se volvió sin decir palabra y se encaminó al granero, adonde ella lo siguió.
Apenas estuvo dentro, cerró la puerta y, cogiéndolo en brazos, lo arrojó sobre la paja que había en el suelo; luego, montando a horcajadas sobre él y sujetándolo con las manos en los hombros, sin dejar que acercara el rostro al suyo, lo miró como si él fuera su mayor deseo, y dijo: —¡Oh, mi dulce Calandrino, corazón de mi cuerpo, alma mía, tesoro mío, consuelo mío! ¡Cuánto tiempo he deseado tenerte y poder abrazarte a mi antojo! Has sacado todo el hilo de mi camisa con tu gentileza; me has hecho cosquillas en el corazón con tu rabel. ¿Puede ser cierto que te tengo? —Calandrino, que apenas podía moverse, dijo: —Por Dios, dulce alma mía, déjame besarte. —En verdad —respondió ella—, tienes mucha prisa. Déjame primero contemplarte a mi gusto; déjame saciar mis ojos con ese dulce rostro tuyo.
Bruno y Buffalmacco habían ido a reunirse con Filippo, y los tres oyeron y vieron todo aquello. Como Calandrino ya se ofrecía a besar a Niccolosa por la fuerza, llegó Nello con doña Tessa y, en cuanto hubo llegado al lugar, dijo: —¡Voto a Dios que están juntos! Entonces, acercándose a la puerta del granero, la señora, que ardía de furia, le dio tal empujón con las manos que la hizo saltar por los aires, y entrando vio a Niccolosa a horcajadas sobre Calandrino. Aquella, al ver a la señora, se levantó de prisa y, echando a correr, se fue a reunir con Filippo, mientras doña Tessa caía con uñas y dientes sobre Calandrino, que aún estaba de espaldas, y le arañó toda la cara; luego, cogiéndolo por los cabellos y zarandeándolo de acá para allá, le dijo: —Perro miserable y cagado, ¿así me tratas? ¡Viejo chocho y embobado, maldito sea el bien que te he querido! ¡A fe mía! ¿Te parece que no tienes bastante que hacer en casa, que has de ir a retozar en los predios ajenos?
¡Menudo galán, a fe! ¿No te conoces a ti mismo, bellaco que eres? ¿No te conoces a ti mismo, bueno para nada? Si te exprimieran hasta dejarte seco, no saldría de ti jugo suficiente para una salsa. ¡Por vida! No puedes decir que fue Tessa la que estaba a punto de empreñarte; Dios haga que se arrepienta, quienquiera que sea, porque ha de ser una ramera asquerosa para antojarse de joya tan fina como tú.
Calandrino, viendo venir a su mujer, no estaba ni vivo ni muerto y no tuvo ánimo para defenderse de ella; antes, levantándose, todo arañado, desollado y maltrecho como estaba, y recogiendo su bonete, se puso a suplicarle humildemente que cesara de gritar, si no quería que lo hicieran pedazos, pues la que había estado con él era la esposa del dueño de la casa; a lo que ella dijo: —Sea así, Dios le dé mal año. En ese momento, Bruno y Buffalmacco, después de reírse a sus anchas de todo esto, en compañía de Filippo y Niccolosa, se acercaron fingiendo haber sido atraídos por el clamor, y habiendo apaciguado a la dama con no poco trabajo, aconsejaron a Calandrino que se fuese a Florencia y no volviese jamás allá, no fuera que Filippo se enterase del asunto y le hiciese una mala pasada.
Accordingly he returned to Florence, chapfallen and woebegone, all flayed and scratched, and never ventured to go thither again; but, being plagued and harassed night and day with his wife's reproaches, he made an end of his fervent love, having given much cause for laughter to his companions, no less than to Niccolosa and Filippo."
THE SIXTH STORY
[Day the Ninth]
TWO YOUNG GENTLEMEN LODGE THE NIGHT WITH AN INNKEEPER, WHEREOF ONE GOETH TO LIE WITH THE HOST'S DAUGHTER, WHILST HIS WIFE UNWITTINGLY COUCHETH WITH THE OTHER; AFTER WHICH HE WHO LAY WITH THE GIRL GETTETH HIM TO BED WITH HER FATHER AND TELLETH HIM ALL, THINKING TO BESPEAK HIS COMRADE. THEREWITHAL THEY COME TO WORDS, BUT THE WIFE, PERCEIVING HER MISTAKE, ENTERETH HER DAUGHTER'S BED AND THENCE WITH CERTAIN WORDS APPEASETH EVERYTHING
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En consecuencia, volvió a Florencia, cabizbajo y afligido, todo desollado y arañado, y nunca más se atrevió a volver allí; pero, atormentado y hostigado noche y día con los reproches de su mujer, puso fin a su ferviente amor, habiendo dado mucho motivo de risa a sus compañeros, no menos que a Niccolosa y a Filippo."
CUENTO SEXTO
[Día Noveno]
DOS JÓVENES GENTILESHOMBRES SE ALOJAN UNA NOCHE CON UN VENTERO, UNO DE LOS CUALES VA A ACOSTARSE CON LA HIJA DEL HUÉSPED, MIENTRAS SU MUJER, SIN SABERLO, SE ACUESTA CON EL OTRO; DESPUÉS, EL QUE YACIÓ CON LA MUCHACHA SE METE EN LA CAMA CON EL PADRE DE ÉSTA Y LE CUENTA TODO, CREYENDO HABLAR DE SU COMPAÑERO. CON ELLO LLEGAN A PALABRAS, PERO LA MUJER, PERCATÁNDOSE DE SU ERROR, ENTRA EN LA CAMA DE SU HIJA Y DESDE ALLÍ CON CIERTAS PALABRAS LO APACIGUA TODO.
Calandrino, que en otras ocasiones había dado a la compañía materia de risa, también esta vez la hizo reír; y cuando las damas hubieron dejado de discurrir sobre sus extravagancias, la reina mandó a Pamfilo que contara, y dijo él:
—Loadas damas, el nombre de Niccolosa, la amada de Calandrino, me ha traído a la memoria una historia de otra Niccolosa, que me place contaros, pues en ella veréis cómo el pronto ingenio de una buena mujer deshizo un gran escándalo.
En el llano de Mugnone vivía no ha mucho un buen hombre que daba de comer y beber a los caminantes por su dinero; y aunque era pobre y no tenía más que una casa pequeña, de cuando en cuando, en un apuro, daba alojamiento por una noche, no a cualquiera, sino a algunos conocidos. Tenía una mujer muy hermosa, de la que había tenido dos hijos: una bella y lozana muchacha de unos quince o dieciséis años, que aún no estaba casada, y un niño pequeño, que no tenía aún un año, al que su madre amamantaba ella misma.
Ahora bien, un joven gentilhombre de nuestra ciudad, mancebo vivaracho y agradable, que andaba a menudo por aquellos contornos, había puesto los ojos en la muchacha y la amaba ardientemente; y ella, que se gloriaba en gran manera de ser amada de un mozo de su calidad, mientras procuraba con agradables maneras mantenerle en su amor, se había enamorado de él no menos; y más de una vez, de común acuerdo, este su amor había tenido el efecto deseado, si bien Pinuccio (que tal era el nombre del joven) temía acarrear reproche sobre su amada y sobre sí mismo. Sin embargo, creciendo su ardor de día en día, no pudiendo ya dominar su deseo de reunirse con ella, discurrió buscar la manera de hospedarse con el padre, no dudando, por el conocimiento que tenía de las costumbres de la casa de éste, que en tal ocasión podría ingeniárselas para pasar la noche en su compañía sin que nadie llegara a saberlo; y apenas hubo concebido este designio, cuando se puso sin dilación a llevarlo a efecto.
Por consiguiente, en compañía de un amigo suyo de confianza, llamado Adriano, que conocía su amor, una noche, ya tarde, alquiló un par de caballos de alquiler y les puso encima dos pares de alforjas, llenas probablemente de paja, con las cuales salieron de Florencia y, dando un rodeo, cabalgaron hasta llegar frente a la llanura de Mugnone, siendo ya de noche; entonces, volviendo sobre sus pasos, como si regresaran de Romaña, se dirigieron a la casa del buen hombre y llamaron a la puerta. El huésped, que los conocía muy bien a ambos, abrió al punto la puerta, y Pinuccio le dijo: —Mirad, habéis de darnos posada esta noche. Pensábamos llegar a Florencia antes de que anocheciera, pero no hemos podido darnos tanta prisa que no nos hallemos aquí, como veis, a esta hora.
—Pinuccio —respondió el huésped—, bien sabes cuán poca comodidad tengo para alojar a hombres como vosotros; sin embargo, ya que la noche os ha sorprendido aquí y no hay tiempo para ir a otra parte, de buen grado os daré posada como pueda. Los dos jóvenes, en consecuencia, desmontaron y entraron en la posada, donde primero aliviaron[434] sus cabalgaduras y después cenaron con el huésped, habiendo tenido buen cuidado de llevar provisiones consigo.
[434] _Adagiarono_, es decir, las desensillaron, las estabularon y les dieron de comer.
Ahora bien, el buen hombre no tenía más que un dormitorio muy pequeño, en el cual había tres camas de jergón colocadas lo mejor que supo: dos en un extremo de la habitación y la tercera enfrente de ellas en el otro extremo; y aun así no quedaba tanto espacio que se pudiera andar por allí sino estrechamente. La menos mala de las tres, el anfitrión mandó preparar para los dos amigos y los puso a yacer en ella; luego, al cabo de un rato, como ninguno de los caballeros durmiera, aunque ambos lo aparentaban, hizo que su hija se acostara en una de las otras dos y él se tendió en la tercera con su mujer, la cual colocó junto a la cama la cuna donde tenía a su hijito.
Estando así ordenadas las cosas y habiendo visto Pinuccio todo, al cabo de un rato, pareciéndole que todos dormían, se levantó quedo y, dirigiéndose a la cama donde dormía la doncella a quien amaba, se acostó junto a ella, la cual, aunque lo hizo con temor, lo recibió con alegría, y con ella procedió a tomar aquel placer que ambos más deseaban. Mientras Pinuccio permanecía así con su amada, aconteció que un gato hizo caer ciertas cosas, las cuales la buena mujer, despertando, oyó; por lo que, temiendo que fuese otra cosa, se levantó, tal como estaba, en la oscuridad y se encaminó hacia donde había oído el ruido.
Entretanto, Adriano, sin pensarlo, se levantó por casualidad para alguna necesidad natural, y yendo a despacharla, dio con la cuna, que la buena mujer había puesto allí; y no pudiendo pasar sin moverla, la tomó y la puso junto a su propia cama; luego, cumplido aquello para lo que se había levantado, volvió y se acostó de nuevo, sin reparar en la cuna. La buena mujer, habiendo buscado y hallado que lo que había caído no era lo que pensaba, no se tomó la molestia de encender una luz para verlo, sino que, regañando al gato, volvió a la habitación y a tientas fue a la cama donde yacía su marido. Al no encontrar allí la cuna, se dijo para sí: «¡Misericordia! ¡Mira lo que estaba a punto de hacer! ¡A fe de cristiana, por poco voy derecha a la cama de nuestro huésped!». Entonces, avanzando un poco más y encontrando la cuna, entró en la cama junto a la que estaba y se acostó al lado de Adriano, pensando acostarse con su marido.
Adriano, que aún no estaba dormido, sintiendo esto, la recibió bien y con alegría, y, cogiéndola a bordo en un santiamén, desplegó todas las velas, para no poca satisfacción de la dama.
Mientras tanto, Pinuccio, temiendo que el sueño le sorprendiese con su moza y habiendo tomado de ella su hartazgo de placer, se levantó de junto a ella para volverse a su propia cama a dormir; y hallando la cuna en el camino, tomó el lecho contiguo por el del posadero; por lo cual, yendo un poco más allá, se acostó con este último, que despertó a su llegada. Pinuccio, creyéndose al lado de Adriano, dijo: —Te digo que nunca hubo criatura tan dulce como es Niccolosa. ¡Pardiez, he tenido con ella la más rara ventura que jamás hombre tuvo con mujer! Y señal de ello es que he ido más de seis veces al campo desde que te dejé.
El posadero, oyendo esta plática y no estando muy contento con ella, dijo primero para sí: «¿Qué diablo hace este aquí?» Luego, más enojado que bien aconsejado: —Pinuccio —dijo—, esto ha sido una gran villanía de tu parte, y no sé por qué me has tratado así; pero, ¡por el cuerpo de Dios, te lo pagaré!
Pinuccio, que no era el mozo más avisado del mundo, viendo su error, no se aplicó a enmendarlo lo mejor que pudiera, sino que dijo: «¿De qué me pagarás? ¿Qué puedes hacerme?». Con esto, la huéspeda, que se creía estar con su marido, dijo a Adriano: «¡Válgame Dios! Oíd a nuestros huéspedes, cómo están en no sé qué palabras». Respondió Adriano riendo: «Déjalos, ¡Dios los ponga en mal año! Anoche bebieron demasiado».
La buena mujer, pareciéndole haber oído regañar a su marido y oyendo hablar a Adriano, advirtió al punto dónde y con quién había estado; con lo cual, como mujer prudente que era, se levantó enseguida, sin decir palabra, y tomando la cuna de su hijito, la llevó a tientas, pues no había ni un ápice de luz en la cámara, al lado del lecho donde dormía su hija, y se acostó con esta; luego, como si la hubiera despertado el clamor de su marido, le llamó y le preguntó qué ocurría entre él y Pinuccio. Él respondió: «¿No oyes lo que dice que ha hecho esta noche con Niccolosa?». «Ciertamente», dijo ella, «miente por la garganta, pues nunca estuvo en la cama con Niccolosa, ya que yo he yacido aquí toda la noche; y aun más, no he podido pegar ojo; y tú eres un asno por creerle.»
Vosotros los hombres bebéis tanto por la noche que no hacéis sino soñar toda la noche e ir de aquí para allá, sin saberlo, y os imagináis que hacéis maravillas. ¡Lástima grande que no os rompáis el cuello! Pero ¿qué hace Pinuccio allí? ¿Por qué no permanece en su propia cama? Adriano, por su parte, viendo con cuánta habilidad la buena mujer procuraba cubrir su propia vergüenza y la de su hija, terció diciendo: —Pinuccio, cien veces te he dicho que no salgas de casa, pues esa maña tuya de levantarte dormido y dar por cierto lo que sueñas te traerá algún día un disgusto. Vuelve aquí, ¡y que Dios te dé mala noche!
El huésped, al oír lo que su mujer y Adriano decían, comenzó a creer de buena fe que Pinuccio soñaba; y así, tomándolo por los hombros, se puso a sacudirlo y llamarlo, diciendo:
—Pinuccio, despierta; vuelve a tu cama.
Pinuccio, que había comprendido todo lo que se dijo, comenzó a divagar en otras extravagancias, a la manera de un hombre que sueña; con lo cual el huésped soltó la más cordial carcajada del mundo. Por fin, hizo como que despertaba a fuerza de sacudidas, y llamando a Adriano, dijo:
—¿Ya es de día, que me llamas?
—Sí —respondió el otro—, ven acá.
Entonces Pinuccio, disimulando y haciendo muestra de tener los ojos somnolientos, se levantó al fin de junto al huésped y volvió a acostarse con Adriano.
Llegado el día y levantados que fueron, el posadero se puso a reír y a burlarse de Pinuccio y de sus sueños; y así fueron pasando de una burla a otra, hasta que los jóvenes, habiendo ensillado sus rocines, asegurado sus valijas y bebido con el posadero, volvieron a montar a caballo y se fueron a Florencia, no menos contentos con la manera en que el asunto había acaecido que con el efecto mismo del suceso. Después Pinuccio halló otros medios para reunirse con Niccolosa, la cual juró a su madre que ciertamente lo había soñado; por lo que la buena mujer, acordándose de los abrazos de Adriano, afirmó para sí que sólo ella había estado despierta.
NOVELA SÉPTIMA
[Jornada Novena]
TALANO DI MOLESE SUEÑA QUE UN LOBO DESPEDAZA TODO EL CUELLO Y EL ROSTRO DE SU MUJER Y LE ADVIERTE QUE SE GUARDE DE ELLO; PERO ELLA NO HACE CASO DEL AVISO Y LE ACONTECE TAL COMO ÉL HABÍA SOÑADO.
Acabada la historia de Pamfilo, y loada de todos la presencia de ánimo de la buena mujer, la reina mandó a Pampinea que contara la suya, y ella así comenzó: —Muchas veces, hermosas damas, se ha discurrido entre nosotras acerca de las verdades que los sueños anuncian, las cuales muchas de nuestro sexo desdeñan; por lo cual, no obstante lo que sobre ello se haya dicho, no me detendré en contaros, con muy pocas palabras, lo que no ha mucho aconteció a una vecina mía por no dar crédito a un sueño que su marido había visto acerca de ella.
No sé si conocisteis a Talano di Molese, hombre muy honorable, que tomó por esposa a una joven llamada Margarita, bella sobre todas las demás, pero tan caprichosa, de mala condición y rebelde que nada hacía según el juicio de los otros, ni los otros podían hacer cosa que fuese de su gusto; lo cual, aunque molesto de soportar para Talano, sin embargo, como no podía hacer otra cosa, le era forzoso aguantarlo. Aconteció una noche que, hallándose con esta su Margarita en una finca que tenía en el campo, le pareció en sueños ver a su mujer pasearse por un bosque muy hermoso que tenían no lejos de su casa, y mientras caminaba, le pareció que salía de un matorral un gran y fiero lobo, que se lanzó directamente a su garganta y, derribándola al suelo, se esforzaba por llevársela, mientras ella gritaba pidiendo auxilio; y después, librándose ella de sus colmillos, le pareció que le había destrozado toda la garganta y el rostro.
Así, cuando se levantó por la mañana, dijo a la señora: «Esposa, aunque tu obstinación nunca me ha permitido tener un buen día contigo, me dolería que te sucediera alguna desgracia; por tanto, si quisieras escuchar mi consejo, no saldrás hoy de casa»; y preguntándole ella por qué, le contó ordenadamente su sueño.
La señora meneó la cabeza y dijo: —Quien mal te quiere, mal te sueña. Tú finges ser muy solícito conmigo; pero sueñas de mí aquello que quisieras ver cumplido; y puedes estar segura de que yo tendré cuidado, tanto hoy como siempre, de no darte el placer de esta u otra desgracia mía. Dijo Talano: —Sabía que habrías de decir eso; porque tal recompensa tiene siempre quien cura la tiña; pero, créelo o no, yo te lo digo por tu bien, y una vez más te aconsejo que te quedes hoy en casa, o que al menos te guardes de ir a nuestro bosque. —Bien —respondió la señora—, así lo haré. Y luego se puso a decir para sí: —¿Viste con qué astucia aquel hombre cree haberme asustado para que no vaya hoy a nuestro bosque? Sin duda tiene allí una cita con alguna ramera y no querría que yo lo hallara con ella. ¡Vaya, sería un buen bocado para él con los ciegos, y yo sería una necia si no viera su intención y si le creyera!
Pero ciertamente no saldrá con la suya; no, aunque permanezca allí todo el día, he de ver por fuerza qué negocio es este que trae entre manos hoy.