Español
Así pues, habiendo salido su marido por una puerta, ella salió por la otra y se encaminó lo más secretamente que pudo derechamente al bosque y se escondió en la parte más espesa de él, estando atenta y mirando ora aquí ora allá, por si viese venir a alguien. Mientras permanecía de esta guisa, sin pensamiento alguno de peligro, he aquí que salió de un espeso matorral cercano un lobo terrible y grande, y apenas pudo decir: «¡Señor, ayúdame!», cuando se lanzó a su garganta y, asiéndola con fuerza, procedió a llevársela como si fuese un corderillo. No podía gritar ni ayudarse de otra manera, tan oprimida tenía la garganta; por lo cual el lobo, llevándosela, sin duda la habría estrangulado, si no hubiese encontrado a ciertos pastores, que le gritaron y lo obligaron a soltarla.
Los pastores la conocieron y la llevaron a su casa en lastimoso estado, donde, después de largos cuidados de los médicos, sanó; mas no tan del todo que no le quedaran toda la garganta y parte del rostro tan desfiguradas que, donde antes era hermosa, de allí en adelante pareció deforme y de muy feo aspecto; por lo cual, avergonzada de mostrarse donde pudiera ser vista, muchas veces se arrepintió amargamente de su obstinación y de su perverso empeño en no dar crédito, en cosa que nada le costaba, al verdadero sueño de su marido.
LA OCTAVA NOVELA
[Día Noveno]
BIONDELLO ENGAÑA A CIACCO DE UNA CENA, DE LA CUAL EL OTRO SE VENGA ASTUTAMENTE, HACIENDO QUE SEA VERGONZOSAMENTE APALEADO.
El alegre grupo afirmó a una voz que lo que Talano había visto en sueños no había sido un sueño, sino una visión, tan puntualmente, sin faltar un ápice, se había cumplido. Pero, como todos callaran, la reina encargó a Lauretta que continuara, quien dijo: «Así como aquellas, discretísimas damas, que hoy me han precedido en el hablar, han sido casi todas movidas a discurrir por algo ya dicho, del mismo modo la severa venganza que el estudiante, de quien ayer nos habló Pampinea, tomó, me mueve a contar una venganza que, sin ser tan bárbara como la anterior, no por ello fue menos grave para quien la sufrió.
Debo contaros, pues, que hubo una vez en Florencia un hombre a quien todos llamaban Ciacco,[435] tan gran glotón como jamás existió. No bastándole sus rentas para sufragar el gasto que su glotonería requería, y siendo por lo demás hombre muy cortés y lleno de dichos buenos y agradables, se dedicó a ser, no del todo bufón, sino gorrón,[436] y a acompañar a aquellos que eran ricos y se deleitaban en comer buenas cosas; y con estos iba a menudo a almorzar y cenar, aunque no siempre fuese invitado. Hubo asimismo en Florencia, en aquellos días, un hombre llamado Biondello, hombrecillo gallardo de su persona, muy singular en su vestir y más pulcro que una mosca, con su cofia en la cabeza y su peluca amarilla siempre arreglada con primor, sin un cabello fuera de lugar, que ejercía el mismo oficio que Ciacco.
Yendo una mañana de Cuaresma a donde venden el pescado y regateando dos lampreas muy hermosas para Messer Vieri de' Cerchj, lo vio Ciacco, quien le abordó y le dijo: —¿Qué significa esto? A lo que Biondello respondió: —Anoche fueron enviadas a Messer Corso Donati tres lampreas mucho más hermosas que estas y un esturión; y no bastándole para una cena que quiere dar a ciertos caballeros, me ha encargado que compre estas otras dos. ¿No vendrás tú allá? —Bien sabes que allí estaré —dijo Ciacco.
[Nota 435: _es decir, cerdo._]
[Nota 436: _Literalmente, murmurador (_morditore_)._]
En consecuencia, cuando le pareció que era hora, se encaminó a casa de Messer Corso, donde lo halló con varios vecinos suyos, que aún no habían ido a comer; y preguntándole qué andaba haciendo, respondió: —Señor, he venido a comer con vos y vuestra compañía. Dijo Messer Corso: —Bienvenido seas; y ya que es hora, sentémonos a la mesa. Acto seguido se sentaron a la mesa y tuvieron, para empezar, garbanzos y atún en escabeche, y después un plato de pescado frito del Arno, y nada más; Ciacco, al darse cuenta del engaño que Biondello le había hecho, se indignó no poco por dentro y resolvió hacérselo pagar; ni habían pasado muchos días cuando volvió a encontrarse con el otro, que para entonces ya había hecho reír a mucha gente con la jugada que le había jugado. Biondello, al verlo, lo saludó y le preguntó, riendo, qué tal le habían parecido las lampreas de Messer Corso; a lo que Ciacco respondió: —Eso lo sabrás tú mucho mejor que yo antes de que pasen ocho días.
Entonces, sin perder tiempo en el asunto, se despidió de Biondello y, acordando un precio con un regatón astuto, lo llevó cerca de la Galería Cavicciuoli, y mostrándole a un caballero allí, llamado Messer Filippo Argenti, un hombre grande, fornido y enjuto de carnes, y el más desdeñoso, colérico y caprichoso del mundo, le dio una gran botella de vidrio y le dijo: "Ve a aquel caballero con esta botella en la mano y dile: 'El señor Biondello me envía a ti y te ruega que tengas a bien enrojecerle esta botella con vuestro buen vino tinto, pues quisiera alegrarse un poco con sus amigotes.' Pero ten mucho cuidado de que no te eche mano; de lo contrario te dará un mal día y habrás echado a perder mis planes." "¿Tengo algo más que decir?", preguntó el regatón; y Ciacco respondió: "No; ve y di esto, y luego vuelve a mí aquí con la botella y te pagaré."
El buhonero partió, pues, e hizo su recado a Messer Filippo; este, al oír el mensaje y quedando ligeramente alterado, concluyó que Biondello, a quien conocía, quería burlarse de él, y enrojeciendo hasta la raíz del cabello, dijo: —¿Qué «enrubiécame» y qué «privados» son estos? ¡Dios te dé a ti y a él mal año!— Y, levantándose de un salto, alargó la mano para asir al buhonero; pero este, que estaba sobre aviso, se dio presto a la fuga y, volviendo por otro camino junto a Ciacco, que había visto todo lo sucedido, le contó lo que Messer Filippo le había dicho. Ciacco, muy complacido, le pagó y no descansó hasta hallar a Biondello, a quien dijo: —¿Has estado últimamente por la Galería de los Cavicciuoli?— «No», respondió el otro. «¿Por qué me lo preguntas?» —Porque— replicó Ciacco —he de decirte que Messer Filippo te busca; no sé qué querrá.— «Bien», repuso Biondello; «voy por allí y hablaré con él.»
Marchóse, y Ciacco le siguió para ver en qué pararía el asunto.
Entretanto, no habiendo podido dar con el regatón, Messer Filippo quedó muy desconcertado y hervía interiormente de cólera, sin poder sacar nada en claro de las palabras del regatón, si no era que Biondello, a instancia de quienquiera, se había propuesto burlarse de él. Mientras así se atormentaba, llegó Biondello, a quien apenas hubo visto cuando se abalanzó sobre él y le asentó un fuerte bofetón en el rostro. —¡Ay, señor! —gritó Biondello—, ¿qué es esto? Entonces, Messer Filippo, asiéndole de los cabellos y rasgándole la cofia, le arrojó el bonete al suelo y dijo, dándole de golpes reciamente mientras tanto: —Bellaco que eres, pronto verás lo que es. ¿Qué es eso que me mandas decir con tu "enrojéceme" y tus "mignones"? ¿Tiénesme por niño para que así se haga burla de mí?
Y diciendo esto, le aporreó todo el rostro con los puños, que eran como de hierro, ni le dejó cabello en la cabeza sin despeinar; luego, revolcándolo en el lodo, le arrancó todas las ropas del cuerpo; y a esto se aplicó con tal voluntad, que Biondello no pudo decirle una palabra ni preguntarle por qué le trataba así. Ciertamente le había oído hablar de «rubifícame» y «privados», pero no sabía qué quería decir aquello.
Al fin, habiendo Meser Filippo molido a palos a Biondello, los circunstantes —de los cuales ya se habían reunido muchos en torno a ellos— le sacaron con grandísima dificultad de las garras del otro, todo magullado y maltrecho como estaba, y le dijeron por qué el caballero había hecho aquello, culpándole de lo que le había mandado decir y advirtiéndole que a esas alturas debería conocer mejor a Meser Filippo y que no era hombre con quien se pudiera bromear. Biondello, bañado en lágrimas, protestó de su inocencia, declarando que jamás había mandado pedir vino a Meser Filippo; y en cuanto se hubo repuesto un tanto, se volvió a casa, enfermo y apenado, barruntando que aquello no podía sino ser obra de Ciacco. Pasados muchos días, cuando las magulladuras se le hubieron curado, comenzó a salir de nuevo, y aconteció que Ciacco se le puso delante y le preguntó, riendo: —Oye, Biondello, ¿qué te parece el vino de Meser Filippo?
Igual que tú hiciste con las lampreas de messer Corso —respondió el otro; y Ciacco dijo: «De aquí en adelante, la cosa queda contigo. Siempre que te dispongas a darme de comer como hiciste, yo te daré de beber a la usanza del otro día». Biondello, sabiendo perfectamente que era más fácil desear el mal a Ciacco que ponerlo por obra, le conjuró por Dios que hiciera las paces y de allí en adelante se guardó de ofenderle más.
LA NOVENA NOVELA
[Jornada Novena]
DOS JÓVENES PIDEN CONSEJO A SALOMÓN, EL UNO CÓMO PUEDE SER AMADO Y EL OTRO CÓMO PUEDE ENMENDAR A SU MUJER REBELDE; Y EN RESPUESTA ÉL MANDA AL UNO AMAR Y AL OTRO IRSE AL PUENTE DE LAS OCAS
No siendo otra la reina que quedase por contar, para mantener Dioneo su privilegio, ella, después de que las damas se hubieran reído del desdichado Biondello, comenzó alegremente a hablar así: «Amables damas, si se considera con ánimo entero el orden de las cosas creadas, se verá fácilmente que la general multitud de las mujeres está por naturaleza, por costumbre y por ley sujeta a los hombres, y que les conviene ordenarse y gobernarse según el discernimiento de estos últimos; por lo cual toda mujer que quiera tener quietud, sosiego y consuelo con aquellos hombres a quienes pertenece, debe ser humilde, paciente y obediente, además de virtuosa, siendo esto último el supremo y especial tesoro de toda mujer sabia».
No, aunque las leyes, que en todas las cosas miran por el bien común, y la usanza o (digamos) la costumbre, cuya potencia es grande y digna de reverencia, no nos enseñasen esto, la naturaleza muy manifiestamente nos lo muestra, en cuanto nos ha hecho mujeres tiernas y delicadas de cuerpo y tímidas y medrosas de espíritu, y nos ha dado poca fuerza corporal, voces suaves y movimientos blandos y graciosos, cosas todas que atestiguan que tenemos necesidad del gobierno de otros. Ahora, quienes tienen necesidad de ser ayudadas y gobernadas, toda razón requiere que sean obedientes y sumisas y reverentes a sus gobernadores; ¿y a quiénes tenemos por gobernadores y ayudadores, sino a los hombres? A los hombres, por tanto, conviene que nos sometamos, honrándolos supremamente; y la que de esto se apartare, la tengo por merecedora, no sólo de grave reprensión, sino de severo castigo.
A estas consideraciones me llevó, aunque no por primera vez, lo que Pampinea nos contó hace un rato de la esposa indómita de Talano, a la cual Dios envió aquel castigo que su marido no había sabido darle; por lo cual, como ya he dicho, todas aquellas mujeres que se apartan de ser amorosas, complacientes y dóciles, como la naturaleza, el uso y la ley lo quieren, son, a mi juicio, dignas de severo y riguroso castigo. Me place, pues, contaros un consejo dado por Salomón, como medicina saludable para curar a las mujeres que así están afectadas de ese mal; consejo que ninguna que no merezca tal tratamiento piense que fue dicho para ella, aunque los hombres tienen un refrán que dice: "El caballo, bueno o malo, espuela ha menester; / la mujer, buena o mala, palo ha menester."
Palabras que, si alguno busca interpretarlas en son de burla, todas las mujeres concederán ligeramente ser verdaderas; mas, considerándolas moralmente, digo que lo mismo se ha de conceder de ellas; porque las mujeres son todas naturalmente inconstantes y propensas a la flaqueza, por lo cual, para corregir la iniquidad de aquellas que se dejan demasiado sobrepasar los límites que les son señalados, es menester el palo que las castiga, y para sostener la virtud de las otras que no se dejan transgredir, es menester el palo que las sostiene y las amedrenta. Pero, para dejar de predicar por ahora y venir a lo que tengo en mente contaros.
Habéis de saber que, habiéndose divulgado la gran fama de la milagrosa sabiduría de Salomón por casi todo el mundo, no menos que la liberalidad con que la dispensaba a todo aquel que quisiera cerciorarse de ella por experiencia, acudieron a él muchos de diversas partes del mundo para pedir consejo en sus más apuradas y urgentes ocasiones. Entre otros que así recurrieron a él, hubo un joven llamado Melisso, gentilhombre de noble cuna y gran riqueza, que partió de la ciudad de Lajazzo, de donde era y donde moraba; y mientras viajaba hacia Jerusalén, aconteció que, saliendo de Antioquía, cabalgó un trecho con un joven llamado Giosefo, que seguía el mismo camino que él.
Como es costumbre de los caminantes, entabló conversación con él, y habiendo sabido de él quién era y de dónde era, le preguntó adónde iba y con qué motivo; a lo que Giosefo respondió que se dirigía a Salomón para pedirle consejo sobre qué partido tomar con una mujer que tenía por esposa, la más rebelde y perversa que vivía, a la cual ni con súplicas ni con halagos ni por ningún otro medio podía corregir de sus extravíos. Entonces, a su vez, preguntó a Meliso de dónde era, adónde iba y con qué encargo, y él respondió: «Soy de Lajazzo, y así como tú tienes tu queja, así tengo yo la mía; soy joven y rico, y gasto mi hacienda en tener casa abierta y agasajar a mis conciudadanos; y, sin embargo, por extraño que parezca, no por eso puedo hallar a nadie que me quiera bien; por lo cual voy adonde tú vas, para recibir consejo de cómo pueda llegar a ser amado».
[Nota 439: Al parecer, Laodicea (_hoy_ Eskihissar) en Anatolia, desde donde un viajero, tomando la ruta terrestre directa, pasaría necesariamente por Antioquía (_hoy_ Antakhia) en su camino a Jerusalén.]
En consecuencia, juntaron su compañía y caminaron hasta llegar a Jerusalén, donde, por mediación de uno de los barones de Salomón, fueron admitidos ante la presencia del rey, a quien Melisso expuso brevemente su asunto. Salomón le respondió: «Amor»; y dicho esto, Melisso fue al punto despedido, y Giosefo dijo aquello para lo que estaba allí. Salomón no le dio otra respuesta que: «Vete al Puente de los Gansos»; dicho lo cual, Giosefo fue igualmente retirado, sin demora, de la presencia del rey, y hallando a Melisso que lo esperaba fuera, le contó la respuesta que había recibido. Ante ello, reflexionando sobre las palabras de Salomón y no pudiendo sacar de ellas ni significado ni provecho alguno para sus asuntos, se pusieron en camino de regreso a casa, teniéndose por burlados.
Después de caminar algunos días, llegaron a un río sobre el cual había un puente magnífico, y como una caravana de mulas de carga y caballos de albarda estuviese a punto de cruzarlo, les convino detenerse hasta que estos terminasen de pasar. Ya habían cruzado casi todas las bestias, cuando sucedió que una de las mulas se espantó, como muchas veces vemos que hacen, y de ningún modo quería pasar; entonces un arriero, tomando un palo, comenzó a golpearla, al principio con moderación, para que siguiera; pero la mula se apartaba ora a un lado, ora al otro del camino, y a veces retrocedía por completo, mas de ninguna manera quería pasar; entonces el hombre, irritado más allá de toda medida, se puso a darle con el palo los golpes más fuertes del mundo, ya en la cabeza, ya en los flancos, y luego en las ancas, pero todo sin resultado.
Melisso y Giosefo, de pie, observaban aquello y decían a menudo al arriero: «¡Ay, desdichado de ti! ¿Qué haces? ¿Quieres matar a la bestia? ¿Por qué no procuras manejarla con buenos modos y trato suave? Ella vendrá más pronto que con la paliza que le das». A lo que el hombre respondió: «Vosotros entendéis de vuestros caballos, y yo de mi mula; dejadme hacer con ella». Diciendo esto, volvió a apalearla y la azotó con tal empeño de un lado y de otro, que la mula siguió adelante y el arriero ganó la partida. Luego, estando ya los dos jóvenes por partir, Giosefo preguntó a un hombre pobre que estaba sentado a la entrada del puente cómo se llamaba aquel lugar, y él respondió: «Señor, esto se llama Puente del Ganso».
Cuando Giosefo oyó esto, al punto recordó las palabras de Salomón y dijo a Melisso: —A fe, te digo, compañero, que el consejo que me dio Salomón bien puede resultar bueno y verdadero, pues percibo muy claramente que no supe golpear a mi mujer; pero este arriero me ha mostrado lo que he de hacer.
En consecuencia, siguieron su camino y llegaron, al cabo de algunos días, a Antioquía, donde Giosefo retuvo consigo a Melisso para que pudiera descansar un día o dos; y siendo recibido por su esposa con bastante descortesía, le ordenó que preparase la cena tal como Melisso dispusiera; de lo cual este último, viendo que era el deseo de su amigo, se desempeñó en pocas palabras. La dama, como era su costumbre en el pasado, no hizo lo que Melisso había dispuesto, sino casi del todo lo contrario; lo cual, viéndolo Giosefo, se enojó y dijo: —¿No se te dijo de qué manera debías preparar la cena? La dama, volviéndose con altivez, respondió: —¿Qué significa esto? ¡Válgame Dios! ¿Por qué no cenas, si tienes ganas de cenar? Y aunque me lo hubieran dicho de otro modo, me pareció bien hacerlo así. Si te place, que así sea; si no, déjalo estar.
Melisso se maravilló de la respuesta de la dama y la censuró en gran manera; mientras tanto, Giosefo, oyendo esto, dijo: «Mujer, aún eres la que solías ser; mas, créeme, yo te haré mudar de condición». Y volviéndose a Melisso: «Amigo —dijo—, pronto veremos qué consejo fue el de Salomón; pero te ruego que no te pese el quedarte a verlo y tengas lo que hiciere por una diversión. Y para que no me estorbes, acuérdate de la respuesta que nos dio el arriero cuando nos apiadamos de su mula». Respondió Melisso: «En tu casa estoy, donde no pienso apartarme de tu voluntad».
Giosefo entonces tomó una vara redonda, hecha de roble joven, y se dirigió a una cámara, adonde la dama, habiéndose levantado de la mesa por despecho, se había retirado, refunfuñando; luego, asiéndola de los cabellos, la arrojó a sus pies y procedió a darle una buena paliza con la vara. La dama al principio gritó y después pasó a las amenazas; pero, viendo que Giosefo no por eso desistía y estando ya toda magullada, comenzó a implorarle misericordia por Dios y le suplicó que no la matara, declarando que jamás volvería a apartarse de su voluntad. Sin embargo, él no detuvo la mano; antes bien, continuó zurrándola con más furia que nunca por todas sus costuras, apaleándola con fuerza ya en las costillas, ya en las caderas y ya en los hombros, y no cesó hasta que se cansó y no quedó lugar sin magullar en la espalda de la buena dama.
Hecho esto, volvió a su amigo y le dijo: «Mañana veremos cuál será el resultado del consejo de ir a Goosebridge». Luego, tras haber descansado un rato y haberse lavado las manos, cenó con Melisso y, a su debido tiempo, se acostaron.
Mientras tanto, la desdichada dama se levantó con gran dolor del suelo y, echándose sobre la cama, descansó allí lo mejor que pudo hasta la mañana, cuando se levantó temprano e hizo preguntar a Giosefo qué quería que le preparasen para la comida. Éste, burlándose de ello con Melisso, lo dispuso a su debido tiempo; y luego, cuando llegó la hora, al volver, lo encontraron todo excelentemente bien hecho y conforme a lo ordenado; por lo que alabaron mucho el consejo que al principio tan mal habían entendido. Pasados algunos días, Melisso se despidió de Giosefo y, de vuelta a su casa, contó a un hombre de entendimiento la respuesta que había recibido de Salomón; a lo que dijo el otro: «No podía haberte dado consejo más verdadero ni mejor. Tú sabes que no amas a nadie, y los honores y servicios que prestas a otros no los haces por el amor que les tienes, sino por pompa y ostentación. Ama, pues, como Salomón te mandó, y serás amado.»
De esta guisa, pues, fue corregida la mujer obstinada y el joven, amando, fue amado.
LA DÉCIMA NOVELA
[Novena Jornada]
DON GIANNI, A INSTANCIA DE SU COMPADRE PIETRO, HACE UN CONJURO PARA CONVERTIR EN YEGUA A LA MUJER DE ESTE; PERO, CUANDO LLEGA A PONERLE LA COLA, PIETRO ECHA A PERDER TODO EL CONJURO, DICIENDO QUE NO QUIERE COLA ALGUNA.
El relato de la reina hizo reír a los jóvenes y provocó algunos murmullos por parte de las damas; luego, en cuanto estas se callaron, Dioneo comenzó a hablar así: "Graziosas damas, un cuervo negro entre una multitud de palomas blancas añade más belleza que un cisne de nieve, y de igual modo, entre muchos sabios, uno menos prudente no solo es un aumento de esplendor y gentileza para su madurez, sino también una fuente de diversión y solaz. Por lo cual, siendo vosotras, damas, tan discretas y modestas en extremo, yo, que tengo algo de atolondrado, debería seros más querido, haciendo, como hago, que vuestro mérito resplandezca con mayor brillo por mi defecto, que si con mi mayor valía hiciera que el vuestro se empañara; y en consecuencia, debería tener mayor licencia para mostraros tal como soy y debierais sufrirme con más paciencia, al decir lo que diré, que si fuera más sabio."
Por tanto, os contaré una historia no demasiado larga, mediante la cual podréis comprender cuán diligentemente conviene observar las condiciones impuestas por aquellos que hacen algo por medio del encantamiento, y cuán leve falta de ello basta para echar a perder todo lo hecho por el mago.