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Durante este parlamento, todo el lugar había sido rodeado de hombres de armas; por lo cual el abad, viéndose preso con sus hombres, se dirigió, muy contra su voluntad, al castillo, en compañía del embajador, y con él todo su séquito y equipaje, y al apearse allí, fue, por orden de Ghino, alojado completamente solo en una cámara muy oscura y mezquina en uno de los pabellones, mientras que todos los demás fueron acomodados bastante bien, según su calidad, por el castillo, y los caballos y todo el equipaje puestos a salvo, sin que nada de ello se tocara. Hecho esto, Ghino se dirigió al abad y le dijo: «Señor, Ghino, cuyo huésped sois, os envía, rogándoos que le informéis adónde os dirigís y con qué motivo.» El abad, como hombre prudente, había ya depuesto su soberbia y le dijo adónde iba y por qué. Ghino, al oír esto, se despidió y pensó en procurar curarlo sin baños.
Por consiguiente, hizo que se mantuviera un gran fuego encendido en el cuartito y, haciendo vigilar bien el lugar, no volvió a ver al abad hasta la mañana siguiente, cuando le llevó, en una servilleta muy blanca, dos rebanadas de pan tostado y un gran vaso de su propio vernaza de Corniglia, y le dijo así:
—Señor, cuando Ghino era joven, estudió medicina y dice que aprendió que no hay mejor remedio para la dolencia de estómago que el que él se propone aplicaros, del cual estas cosas que os traigo son el principio; por tanto, tomadlas y reconfortaos.
El abad, cuya hambre era mayor que su deseo de altercar, comió el pan y bebió el vino, aunque lo hizo de mala gana, y después pronunció muchos discursos altaneros, preguntando y aconsejando sobre muchas cosas y exigiendo en particular ver a Ghino. Este, oyendo tales palabras, dejó pasar una parte como vana y respondió al resto muy cortésmente, afirmando que Ghino le visitaría lo más pronto que pudiera. Dicho esto, se despidió de él y no volvió hasta el día siguiente, cuando le trajo otro tanto de pan tostado y otro tanto de malvasía; y así lo tuvo varios días, hasta que percibió que había comido algunas habas secas, que él, con intención premeditada, había llevado allí en secreto y dejado; por lo cual le preguntó, de parte de Ghino, cómo se hallaba del estómago. Respondió el abad:
—Paréceme que me hallaría bien, si estuviese fuera de sus manos; y, después de eso, no tengo mayor deseo que comer, tan bien me han curado sus remedios.
Entonces Ghino hizo que los propios servidores del abad le preparasen una buena cámara con su propio ajuar, e hizo disponer un magnífico banquete, al que convidó a toda la casa del prelado y a muchos hombres del burgo. A la mañana siguiente, se dirigió al abad y le dijo: —Señor, ya que os sentís bien, es hora de salir de la enfermería—. Y tomándolo de la mano, lo llevó a la cámara que le habían preparado y, dejándolo allí en compañía de los suyos, se ocupó de que el banquete fuese magnífico.
El abad se consoló un rato con sus hombres y les contó cómo había sido su vida desde su captura, mientras que ellos, por su parte, afirmaron haber sido todos maravillosamente bien tratados por Ghino. Llegada la hora de comer, al abad y a los demás se les sirvió bien y ordenadamente buenos manjares y finos vinos, sin que Ghino se diera aún a conocer al prelado; pero, después de haber permanecido el abad algunos días de esta manera, el forajido, habiendo hecho llevar todos sus enseres a una sala y todos sus caballos, hasta el más ruin rocín, a un patio que estaba bajo las ventanas de la misma, se dirigió a él y le preguntó cómo se encontraba y si se creía con fuerzas suficientes para montar a caballo. El abad respondió que estaba fuerte y del todo repuesto de su mal de estómago, y que se hallaría perfectamente bien una vez que estuviera fuera de las manos de Ghino.
Ghino lo llevó luego a la sala, donde estaban su equipaje y todo su séquito, y conduciéndolo a una ventana desde la cual podía ver todos sus caballos, dijo: —Señor abad, debéis saber que fue el ser caballero y el estar desterrado de su casa y pobre y tener muchos y poderosos enemigos, y no la maldad de ánimo, lo que llevó a Ghino di Tacco (que no es otro que yo) a ser, para defensa de su vida y de su nobleza, salteador de caminos y enemigo de la corte de Roma. Sin embargo, puesto que me parecéis un digno caballero, no propongo, ahora que os he curado de vuestra dolencia de estómago, trataros como trataría a otro, de quien, estando en mis manos como vos lo estáis, tomaría para mí aquella parte de sus bienes que me pareciera conveniente; antes bien, es mi intención que vos, teniendo en cuenta mi necesidad, me asignéis aquella parte de vuestros bienes que vos mismo queráis.
Todo está aquí ante vos en su totalidad, y vuestros caballos podéis ver desde esta ventana en el patio; tomad, pues, tanto la parte como el todo, como os plazca, y de aquí en adelante sea a vuestro gusto el iros o el quedaros.
El abad se maravilló al oír tan generosas palabras de un ladrón de caminos y quedó sumamente complacido, tanto que, habiéndose desvanecido de repente su ira y su despecho, antes bien trocados en benevolencia, se hizo amigo cordial de Ghino y corrió a abrazarlo, diciendo: «Juro a Dios que, por ganar la amistad de un hombre tal como ahora te juzgo, aceptaría de buen grado sufrir un agravio mucho mayor que el que me parecía que poco ha me habías hecho. ¡Maldita sea la fortuna que te constriñó a tan maldito oficio!». Luego, tomando de sus muchos bienes solo unas pocas cosas necesarias, y asimismo de sus caballos, dejó todo lo demás a Ghino y regresó a Roma.
El papa había tenido noticia de la captura del abad y, aunque le había causado grave preocupación, cuando lo vio le preguntó cómo le habían aprovechado los baños; a lo cual él respondió, sonriendo: «Santísimo Padre, hallé un médico digno más cerca que los baños, que me ha curado excelentemente bien»; y le contó cómo, con lo cual el papa se rió, y el abad, prosiguiendo su relato y movido por un espíritu magnánimo, le suplicó una merced.
El papa, pensando que le pediría otra cosa, se ofreció libremente a hacer aquello que le pidiera; y el abad dijo: —Santo Padre, lo que pretendo pediros es que restituyáis vuestro favor a Ghino di Tacco, mi médico, pues de todos los hombres de valía y alta estima que jamás conocí, ciertamente es uno de los más merecedores; y de este mal que hace, lo tengo por mucho más culpa de la fortuna que suya; lo cual[442] si cambiáis otorgándole algo con que pueda vivir conforme a su condición, no dudo en modo alguno que en breve espacio de tiempo lo habréis de tener en la misma estima que yo. — El papa, que era de alma grande y amante de los hombres de valía, oyendo esto, respondió que lo haría de buen grado, si Ghino fuera en verdad de tanto valer como el abad afirmaba, y mandó a este último que le hiciera venir allí con toda seguridad.
Así pues, Ghino, a instancias del abad, se presentó en la corte, confiado en aquella garantía; y no había pasado mucho tiempo junto al Papa cuando este, habiéndolo tenido por hombre de valía y tomándolo en gracia, le otorgó un gran priorato de los Hospitalarios, no sin antes hacerlo armar caballero de la orden; cargo que desempeñó toda su vida, mostrándose siempre leal amigo y servidor de la Santa Iglesia y del abad de Cluny.
LA TERCERA HISTORIA
[Jornada Décima]
MITRÍDANES, ENVIDIANDO A NATHAN SU HOSPITALIDAD Y GENEROSIDAD, Y YENDO A MATARLO, SE ENCUENTRA CON ÉL MISMO, SIN CONOCERLO, Y ES POR ÉL INSTRUIDO DEL CAMINO QUE HA DE TOMAR PARA LLEVAR A CABO SU PROPÓSITO; POR CUYO MEDIO LO HALLA, COMO ÉL MISMO LO HABÍA DISPUESTO, EN UNA ARBOLEDA, Y, RECONOCIÉNDOLO, SE AVERGÜENZA Y SE HACE SU AMIGO.
Parecióles a todos que habían oído algo parecido a un milagro, es a saber, que un clérigo hubiese hecho algo magnífico; pero, en cuanto las damas hubieron dejado de hablar de ello, el rey mandó a Filostrato que procediera, quien al punto comenzó: —Nobles damas, grande fue la magnificencia del Rey de España, y la del Abad de Cluny fue cosa quizás nunca oída; pero tal vez no os parecerá menos maravilloso oír cómo un hombre, para hacer generosidad a otro que tenía sed de su sangre, y aun del aliento mismo de sus narices, secretamente pensó en dárselos, y sí, lo habría hecho, si el otro hubiese querido tomarlos, tal como me propongo mostraros en mi breve historia.
Es cosa muy cierta (si se ha de dar crédito al relato de diversos genoveses y otros que han estado en aquellos países) que hubo antiguamente en las partes de Cattajo un hombre de noble linaje y rico sin par, llamado Nathan, el cual, teniendo una hacienda lindante con un camino real por el que forzosamente pasaban todos los que buscaban ir de Poniente a Levante o de Levante a Poniente, y siendo de grande y generoso ánimo y deseoso de que ello se conociera por sus obras, reunió a una gran multitud de artífices y mandó construir allí, en poco espacio de tiempo, uno de los palacios más hermosos, grandes y ricos que jamás se hubieran visto, el cual hizo excelentemente amueblar y proveer de todo lo necesario para la recepción y el entretenimiento de los caballeros.
Entonces, teniendo una gran y magnífica casa, allí recibía y honraba con alegría y buen acogimiento a cuantos iban y venían; y en tan loable costumbre perseveró de tal manera que no sólo el Levante, sino casi todo el Poniente, lo conocía de oídas. Era ya cargado de años y no por ello se había cansado de practicar la hospitalidad, cuando aconteció que su fama llegó a oídos de un joven de una tierra no lejos de la suya, llamado Mithridanes, quien, sabiéndose no menos rico que Nathan y volviéndose envidioso de su renombre y de sus virtudes, pensó en eclipsar o ensombrecer aquéllos con una liberalidad aún mayor. Así, haciendo construir un palacio semejante al de Nathan, se puso a prodigar las más desmesuradas cortesías que jamás se hicieran a cuantos iban y venían por aquellas comarcas, y en poco tiempo llegó a ser, sin duda alguna, muy famoso.
[Nota 443: _Cattajo._ Esta palabra suele traducirse como Catay, _es decir_, China; pero _parece_ que Boccaccio quiso referirse más bien a la provincia dálmata de Cattaro, que encajaría mejor con la descripción del texto, pues se dice que la propiedad de Nathan lindaba con una calzada que iba del Poniente (o costas occidentales del Mediterráneo) al Levante (o costas orientales), _v.g._ el camino de Cattaro, en el Adriático, a Salónica, en el Egeo. Catay (China) parece, dadas las circunstancias del caso, fuera de cuestión, como lo está también la ciudad italiana llamada Cattaio, cerca de Padua.]
[Nota 444: _es decir_, mostrar la más extravagante hospitalidad.]
Aconteció un día que, morando él a solas en el patio central de su palacio, entró por una de las puertas una pobre mujer, que le pidió una limosna y la obtuvo; luego, entrando de nuevo por la segunda, le pidió otra limosna y la obtuvo, y así hasta doce veces seguidas; mas cuando volvió por la decimotercera vez, él le dijo: «Buena mujer, muy diligente eres en este tu pedir», y, no obstante, le dio una limosna. La vieja, oyendo estas palabras, exclamó: «¡Oh liberalidad de Natán, cuán maravillosa eres! Porque, entrando por cada una de las treinta y dos puertas que su palacio tiene, y pidiéndole una limosna, jamás, por más que él mostrara, fui reconocida por él, y aun así la recibí; mientras que aquí, habiendo entrado hasta ahora tan solo por trece puertas, he sido a la vez reconocida y reprendida.» Y dicho esto, se fue y no volvió jamás a aquel lugar.
Mithridanes, oyendo las palabras de la vieja, se inflamó en furiosa ira, como quien tenía aquello que oía de la fama de Nathan por mengua de la suya propia, y se puso a decir: «¡Ay, desdichado de mí! ¿Cuándo alcanzaré yo la liberalidad de Nathan en las cosas grandes, cuanto más sobrepasarla, como procuro, si no puedo acercarme a él siquiera en las menores? En verdad, en vano me fatigo, si no lo elimino de la tierra; por lo cual, ya que la vejez no se lo lleva, preciso es que con mis propias manos lo haga sin dilación.»
En consecuencia, movido por esa resolución, montó a caballo con una pequeña compañía, sin comunicar su designio a nadie, y llegó al cabo de tres días adonde residía Nathan. Llegó allí al atardecer y, ordenando a sus seguidores que aparentaran no estar con él y se procuraran alojamiento hasta que tuvieran noticias suyas, se quedó solo a poca distancia del hermoso palacio, donde encontró a Nathan completamente solo, que paseaba para distraerse, sin boato alguno en el vestir, y, no conociéndole, le preguntó si podía informarle de dónde vivía Nathan. «Hijo mío —respondió éste alegremente—, nadie hay en estas tierras que pueda mostrártelo mejor que yo; por lo cual, cuando te plazca, te llevaré allá.» Mithridanes replicó que eso le sería muy acepto, pero que, de ser posible, quisiera no ser visto ni conocido de Nathan; y éste dijo: «Eso también haré, ya que te place.»
Mithridanes, apeándose, se encaminó al hermoso palacio en compañía de Nathan, quien al punto trabó con él una amenísima conversación. Allí hizo que uno de sus siervos tomara el caballo del joven y, llevándose la boca al oído, le encargó que diese orden a todos los de la casa de que ninguno dijese al mozo que él era Nathan; y así se hizo. Además, le dio alojamiento en una muy hermosa cámara, donde nadie lo vio, salvo aquellos que había destinado a tal servicio, y lo hizo atender con el mayor honor, haciéndole él mismo compañía.
Después que Mithridanes hubo permanecido con él algún tiempo de esta manera, le preguntó, aunque lo tenía en reverencia como a padre, quién era; a lo cual respondió Nathan: —Soy un indigno servidor de Nathan, que he envejecido con él desde mi niñez, ni jamás me ha promovido a otra cosa que aquella que me ves; por lo cual, aunque todos los demás están muy satisfechos de él, por mi parte tengo poca razón de agradecérselo. Estas palabras dieron a Mithridanes alguna esperanza de poder, con más certidumbre y más seguridad, llevar a efecto su perverso designio; y preguntándole Nathan muy cortésmente quién era y qué ocasión lo traía a aquellas tierras, y ofreciéndole su consejo y ayuda en cuanto estaba en su poder, dudó un rato en responder; pero, resolviendo al punto confiarse a él, con un largo rodeo de palabras le pidió primero secreto, y después ayuda y consejo, y le descubrió enteramente quién era, y por qué y con qué motivo venía.
—Natán, oyendo su discurso y su cruel designio, quedó por dentro todo turbado; mas, sin embargo, sin mucha vacilación, le respondió con ánimo esforzado y firme continente, diciendo:
—Mitrídanes, tu padre fue un hombre noble, y tú te muestras dispuesto a no degenerar de él, habiendo acometido tan alta empresa como la que has emprendido, es a saber, ser liberal con todos; y mucho alabo la envidia que tienes a las virtudes de Natán, pues, si hubiese muchos como él, el mundo, que es misérrimo, pronto sería bueno. El designio que me has descubierto te guardaré sin falta en secreto; mas para llevarlo a cabo, más puedo darte consejo útil que gran ayuda; el cual es este. Desde aquí puedes ver un soto, acaso a media legua, donde Natán casi todas las mañanas pasea solo, recreándose allí un buen rato; y allí te será cosa fácil hallarlo y hacer tu voluntad de él.
'Si lo matas, debes, para poder volver a casa sin obstáculo, irte, no por el camino por donde viniste, sino por el que verás salir del bosquecillo a la mano izquierda, pues, aunque es algo más salvaje, está más cerca de tu tierra y es más seguro para ti.'
[Nota 445: O como diríamos nosotros, «Después de mucho andar con rodeos.»]
[Nota 446: _es decir_, celos.]
Mithridanes, habiendo recibido esta información y habiéndose despedido Nathan de él, hizo saber secretamente a sus compañeros, que, al igual que él, se habían hospedado en el palacio, dónde deberían buscarlo al día siguiente; y al llegar el nuevo día, Nathan, cuya intención no discrepaba en nada del consejo que había dado a Mithridanes ni había cambiado en absoluto, se dirigió solo al bosquecillo, para morir allí. Mientras tanto, Mithridanes se levantó y, tomando su arco y su espada, pues no tenía otras armas, montó a caballo y se encaminó al bosquecillo, donde vio a lo lejos a Nathan caminando solo. Resuelto, antes de atacarlo, a procurar verlo y oírlo hablar, corrió hacia él y, asiéndolo por la cinta que llevaba alrededor de la cabeza, dijo: «Viejo, estás muerto». A lo que Nathan no respondió otra cosa sino: «Entonces lo he merecido».
Mithridanes, oyendo su voz y mirándole al rostro, le reconoció al punto por aquel que tan amorosamente le había recibido, tan familiarmente acompañado y tan fielmente aconsejado; con lo cual su furia incontinenti se aplacó y su ira se trocó en vergüenza. Así, arrojando la espada, que ya había desenvainado para herirle, y apeándose del caballo, corrió, llorando, a arrojarse a los pies de Nathan y le dijo: —Ahora, queridísimo padre, reconozco manifiestamente vuestra liberalidad, considerando con cuánto secreto habéis venido aquí a entregarme vuestra vida, de la cual, sin razón alguna, me mostré deseoso, y eso a vos mismo; pero Dios, más cuidadoso de mi honra que yo mismo, ha, en la hora de extrema necesidad, abierto los ojos de mi entendimiento, que la vil envidia había cerrado. Por lo cual, cuanto más pronto habéis estado a complacerme, tanto más me confieso obligado a hacer penitencia por mi culpa.
Toma, pues, de mí la venganza que consideres conforme a mi pecado.
Nathan levantó a Mithridanes del suelo y, abrazándolo con ternura, lo besó, diciendo: «Hijo mío, no es menester que pidas ni que yo conceda perdón por tu empresa, cualquiera que sea el nombre que quieras darle, sea malvada o no; pues la emprendiste, no por odio, sino para llegar a ser tenido por mejor. Vive, entonces, seguro de mí, y ten por cierto que no hay hombre vivo que te ame como yo, considerando la elevación de tu alma, la cual se ha entregado, no a acumular riquezas, como hacen los codiciosos, sino a gastar las que han sido acumuladas. Ni te avergüences de haber intentado darme muerte para llegar a ser famoso, ni pienses que me maravillo de ello.»
Los más grandes emperadores y los más ilustres reyes, con casi ninguna otra arte que la de matar, no a un solo hombre, como tú hubieras hecho, sino a una infinita multitud de hombres, y quemando países y arrasando ciudades, han engrandecido sus reinos y, por consiguiente, su fama; por lo cual, si tú hubieras querido, para hacerte más famoso, matarme solo a mí, no hiciste cosa nueva ni extraordinaria, sino una muy usada.
Mithridanes, sin considerarse disculpado de su perverso designio, alabó la honrosa excusa hallada por Nathan y llegó, en el curso de la conversación con él, a decir que se maravillaba sobremanera de cómo había podido resolverse a ir a la muerte y haber llegado incluso a darle medios y consejo para ello; a lo cual dijo Nathan: «Mithridanes, no quiero que te maravilles de mi resolución ni del consejo que te di, pues, desde que soy dueño de mí mismo y me he dedicado a hacer aquello mismo que tú has emprendido, nunca llegó nadie a mi casa a quien yo no satisficiera, en cuanto de mí dependía, en aquello que de mí se requería.»
Viniste aquí deseoso de mi vida; por lo cual, sabiendo que la buscabas, resolví al punto dártela, de modo que no fueses tú el único en partir de aquí sin ver cumplido su deseo; y para que pudieses alcanzar tu anhelo, te di el consejo que juzgué oportuno para que pudieses tener mi vida sin perder la tuya; y por ello te digo una vez más y te ruego que, si te place, la tomes y te satisfagas con ella. No sé de qué mejor manera podría disponer de ella. Estos ochenta años la he ocupado y empleado en mis placeres y en mis diversiones, y sé que, en el curso natural de las cosas, conforme acontece con los demás hombres y con las cosas en general, ya poco tiempo más me puede quedar; por lo cual tengo por mucho mejor otorgarla como don, tal como he dado y gastado mis [otros] tesoros, que procurar conservarla hasta que la naturaleza me la arrebate contra mi voluntad.
Dar cien años no es gran merced; cuánto menos, entonces, es dar los seis u ocho que aún me quedan por morar aquí. Tómalo, pues, si te place. Ruégote, pues, tómalo, si tienes voluntad de ello; porque nunca, mientras he vivido aquí, he hallado a ninguno que lo haya deseado, ni sé cuándo podré hallar a alguno tal, si tú, que lo pides, no lo tomas. Y aunque por ventura hallase a alguno, sé que cuanto más lo guarde, menos valdrá; por tanto, antes de que se vuelva más ruin, tómalo, te lo suplico.