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Mithridanes, muy avergonzado, respondió: —Dios me libre de ello; no ya de tomarle y arrebatarle a usted una cosa de tanto precio como su vida, sino incluso de desearlo, como hace poco hice. Su vida, cuyos años, lejos de querer yo menguar, de buen grado aumentaría con los míos. A lo que Nathan repuso al punto: —¿Y estás tú de verdad dispuesto, estando en tu poder hacerlo, a añadir de tus años a los míos y, con ello, a hacer que yo haga por ti lo que jamás hice por hombre alguno, a saber, tomar algo tuyo, yo que nunca tomé nada de otros? —Sí, lo estoy —respondió Mithridanes apresuradamente. —Entonces —dijo Nathan— has de hacer lo que te mande. Tomarás morada, joven como eres, aquí en mi casa y llevarás el nombre de Nathan, mientras que yo me iré a la tuya y seguiré llamándome Mithridanes.
—Si yo supiera obrar tan bien como vos habéis obrado y obráis —dijo Mithridanes—, tomaría sin vacilar lo que me ofrecéis; pero, como me semeja muy cierto que mis acciones serían mengua de la fama de Nathan, y como no me propongo echar a perder en otro lo que no sé ordenar en mí mismo, no lo tomaré. Habiendo mediado entre ellos estas y otras muchas corteses pláticas, volvieron, a instancias de Nathan, al palacio de este, donde lo agasajó con grandísimo honor durante diversos días, animándolo en su grande y noble propósito con todo género de ingenio y sabiduría. Después, deseando Mithridanes volverse a su casa con su séquito, lo despidió, habiéndole dado a entender cumplidamente que jamás podría aventajarlo en liberalidad.
LA CUARTA HISTORIA
[Décima Jornada]
MESSER GENTILE DE' CARISENDI, VINIENDO DE MÓDENA, SACA DEL SEPULCRO A UNA DAMA A LA QUE AMA Y QUE HABÍA SIDO ENTERRADA POR MUERTA. LA DAMA, RESTITUIDA A LA VIDA, DA A LUZ UN NIÑO VARÓN Y MESSER GENTILE LA DEVUELVE, JUNTO CON SU HIJO, A NICCOLUCCIO CACCIANIMICO, SU MARIDO.
A todos pareció cosa maravillosa que un hombre fuese pródigo de su propia sangre, y declararon que la liberalidad de Natán había superado en verdad a la del Rey de España y a la del Abad de Cluny.
Mas, después de que en uno y otro sentido se hubo dicho lo bastante acerca de ello, el rey, volviendo los ojos hacia Lauretta, le hizo señal de que quería que ella hablase; con lo cual ella comenzó al punto: —Señoras jóvenes, magníficas y buenas son las cosas que se han contado, ni me parece que a nosotras, que aún hemos de contar, quede algo por donde podamos desenvolver un relato, tan enteramente han sido todas ellas ocupadas con la alteza de las magnificencias referidas, a no ser que recurramos a los asuntos de amor, los cuales ofrecen gran abundancia de materia para discurrir sobre cualquier tema; por lo cual, así por esta razón como porque es un tema al que nuestra edad ha de inclinarnos especialmente, me place contaros un acto de magnanimidad hecho por un amante, el cual, consideradas todas las cosas, quizá os parecerá en nada inferior a ninguno de los ya expuestos, si es verdad que los tesoros se prodigan, las enemistades se olvidan y la vida misma, y aun lo que es mucho más, la honra en...
y renombre, expuestos a mil peligros, para que podamos llegar a poseer la cosa amada.
[Nota 447: _es decir_, todas las secciones del tema dado.]
Había, entonces, en Bolonia, ciudad muy noble de Lombardía, un gentilhombre muy notable por su virtud y nobleza de sangre, llamado Micer Gentile Carisendi, quien, siendo joven, se enamoró de una noble dama llamada Madama Catalina, esposa de un tal Niccoluccio Caccianimico; y como la dama mal le correspondiese en su amor, siendo nombrado preboste de Módena, se retiró allí, como desesperado de ella.
Mientras tanto, estando Niccoluccio ausente de Bolonia y habiendo la dama, por cuanto estaba encinta, ido a residir a una casa de campo que tenía a unas tres millas de la ciudad, fue de repente acometida de un grave accidente que la venció con tal violencia que extinguió en ella todo signo de vida, de modo que fue incluso declarada muerta por diversos médicos; y como sus parientes más cercanas afirmaron haber oído de ella misma que no llevaba tanto tiempo de embarazo como para que el niño estuviera completamente formado, sin tomarse mayor preocupación, después de mucho llanto, la enterraron, tal como estaba, en una de las bóvedas de una iglesia vecina.
La cosa fue significada francamente por un amigo suyo a Micer Gentil, quien, por muy pobre que hubiese sido del favor de ella, sintió grandísimo pesar por ello y finalmente se dijo: —Oye, señora Catalina, muerta estás, tú de quien, mientras viviste, nunca pude alcanzar siquiera una mirada; por lo cual, ahora que no puedes defenderte, me es forzoso tomar de ti uno o dos besos, aunque estés muerta. Dicho esto, dispuso que su salida fuese secreta, y siendo ya de noche, montó a caballo con uno de sus criados y cabalgó sin detenerse hasta llegar al lugar donde la dama estaba enterrada, y abrió el sepulcro con toda prisa. Luego, entrando en él, se tendió junto a ella y, acercando el rostro al de ella, la besó una y otra vez con muchas lágrimas.
Pero en seguida, —como vemos que los apetitos de los hombres nunca se contentan dentro de límite alguno, sino que siempre desean ir más lejos, y en especial los de los amantes—, habiendo resuelto no demorarse allí por más tiempo, dijo: «A fe mía, ya que estoy aquí, ¿por qué no he de tocarle un poco en el pecho? Quizá no pueda tocarla nunca más, ni jamás lo he hecho hasta ahora». Así pues, vencido por este deseo, metió la mano en su seno y, teniéndola allí un rato, le pareció que sentía latir un poco su corazón. Entonces, dejando de lado todo temor, buscó con más diligencia y halló que ciertamente no estaba muerta, por escasa y débil que le pareciera la vida que en ella quedaba; por lo cual, con ayuda de su criado, la sacó del sepulcro lo más suavemente que pudo y, poniéndola delante de sí sobre su caballo, la llevó secretamente a su casa en Bolonia.
Ahí estaba su madre, una gentil mujer digna y discreta, que, tras haber oído todo por extenso de labios de su hijo, movida a compasión, se aplicó silenciosamente, mediante baños calientes y grandes fuegos, a hacer volver a la dama el espíritu extraviado; la cual, volviendo en seguida en sí, lanzó un gran suspiro y dijo: «¡Ay de mí! ¿Dónde estoy?». A lo que la buena señora respondió: «Cobra ánimo; estás en lugar seguro». Doña Catalina, recobrándose, miró a su alrededor y no acertaba a saber dónde se hallaba; pero, viendo ante sí a Messer Gentile, quedó llena de asombro y suplicó a su madre que le dijera cómo había llegado allí; entonces Messer Gentile le refirió todo por orden.
Ante esto, ella quedó muy afligida, pero luego le dio las gracias como pudo y le conjuró, por el amor que en otro tiempo le había tenido y por su cortesía, que no consintiese que en su casa sufriese ella de su parte nada que fuese en modo alguno contrario a su honor y al de su marido, y que, en cuanto fuese de día, le permitiera volver a su propia casa. —Señora —respondió Messer Gentile—, cualquiera que haya sido mi deseo en el pasado, no pienso, ni ahora ni nunca, pues Dios me ha concedido la gracia de haberos devuelto de la muerte a la vida, y por el amor que hasta aquí os he tenido, trataros, ni aquí ni en otra parte, sino como a una querida hermana; mas este servicio que os he prestado esta noche merece alguna recompensa; por lo cual os ruego que no me neguéis una merced que os he de pedir.
La dama respondió muy cortésmente que estaba pronta a hacer su voluntad, siempre que le fuera posible y fuese honroso. Entonces dijo él: —Señora, vuestros parientes y todos los boloñeses os creen y tienen por cierto que estáis muerta; por lo cual ya no hay quien os espere en casa. Por tanto, querría que, de vuestra merced, os pluguiese permanecer tranquilamente aquí con mi madre hasta que yo regrese de Modona, que será pronto. Y la razón por la que os lo pido es que pienso hacer un caro y solemne presente de vos a vuestro marido, en presencia de los ciudadanos más notables de este lugar.
La dama, declarándose obligada al caballero y que su petición era honrosa, determinó hacer lo que él pedía, por mucho que desease alegrar a sus parientes con la nueva de que vivía, y así se lo prometió sobre su fe.
Apenas había acabado de responder, cuando sintió que había llegado el momento del parto, y no mucho después, siendo amorosamente atendida por la madre de Messer Gentile, dio a luz a un hermoso niño varón, lo cual redobló en gran manera la alegría de él y la de ella. Messer Gentile dispuso que se proveyera todo lo necesario y que ella fuera atendida como si fuera su propia esposa, y enseguida regresó en secreto a Modona. Allí, cumplido el término de su cargo y estando a punto de volver a Bolonia, dispuso que se celebrara un gran y espléndido banquete en su casa en la mañana en que había de entrar en la ciudad, y para ello invitó a muchos caballeros del lugar, entre los cuales estaba Niccoluccio Caccianimico. Así, cuando regresó y desmontó, los encontró a todos aguardándolo, y asimismo a la dama, más hermosa y más sana que nunca, y a su hijito en buen estado, y con inexpresable alegría, sentando a sus invitados a la mesa, hizo que les sirvieran magníficamente diversas viandas.
[Nota 449: _es decir_, con noticias de su vida.]
Cuando el banquete llegaba a su fin, habiendo primero dicho a la dama lo que pensaba hacer y tomado acuerdo con ella sobre el curso que debía seguir, comenzó a hablar así:
—Señores, recuerdo haber oído a veces que en Persia existe una costumbre, y a mi parecer muy agradable, a saber: que cuando alguien desea honrar supremamente a un amigo suyo, lo invita a su casa y allí le muestra aquello que tiene por más querido, sea esposa, amante, hija o cualquier otra cosa, afirmando que, así como le muestra esto, así también, si pudiera, le mostraría con mayor gusto su propio corazón; costumbre que me propongo observar en Bolonia. Vosotros, con vuestro favor, habéis honrado mi banquete con vuestra presencia, y yo, a mi vez, quiero honraros, a la manera persa, mostrándoos la cosa más preciosa que tengo o pueda tener jamás en el mundo. Pero, antes de proceder a ello, os ruego que me digáis qué os parece de una duda que os plantearé, y que es esta:
Una cierta persona tiene en su casa un sirviente muy fiel y bueno, que cae gravemente enfermo; por lo cual aquélla, sin esperar el fin del enfermo, lo hace llevar a la mitad de la calle y no vuelve a ocuparse de él. Llega un extraño, que, movido a compasión del enfermo, se lo lleva a su propia casa y con gran diligencia y gasto lo restituye a su antigua salud. Ahora quisiera saber si, en caso de que lo conserve y se sirva de sus servicios, su antiguo amo puede en equidad quejarse del segundo o culparlo, si, reclamándolo, éste se niega a devolvérselo.
Los caballeros, tras varios discursos entre ellos, conviniendo todos en una misma opinión, encomendaron la respuesta a Niccoluccio Caccianimico, por ser hombre de buena y elocuente palabra; y este, habiendo primero elogiado la costumbre persa, declaró que él y todos los demás eran de parecer que el primer amo no tenía ya derecho alguno sobre su siervo, pues en tal circunstancia no solo lo había abandonado, sino que lo había desechado, y que, por los buenos oficios hechos por el segundo, les parecía que el siervo era justamente suyo; por lo cual, al quedárselo, no causaba al primero daño, ni violencia, ni injusticia alguna. Los demás convidados de la mesa (y había allí hombres de valía y de honor) dijeron todos a una que se adherían a lo que había respondido Niccoluccio; y Messer Gentile, muy complacido con aquella respuesta y de que Niccoluccio la hubiera dado, afirmó también ser de la misma opinión.
Entonces dijo él: «Ahora es tiempo de que os honre según lo prometido», y llamando a dos de sus criados, los envió a la dama, a quien había hecho vestir y adornar magníficamente, rogándole que tuviera a bien venir a alegrar la compañía con su presencia. En consecuencia, ella tomó en brazos a su pequeño hijo, que era muy hermoso, y entrando en el salón del banquete, acompañada de dos sirvientes, se sentó, como Messer Gentile lo quiso, al lado de un caballero de alto rango. Entonces dijo él: «Señores, esta es la cosa que tengo y pienso tener más preciada que cualquier otra; mirad si os parece que tengo razón para ello.»
Los invitados, tras haberle rendido el sumo honor, alabándola sobremanera y declarando a Messer Gentile que bien podía tenerla en mucho, se pusieron a mirarla; y hubo muchos allí que habrían jurado que era ella misma, si no la hubieran tenido por muerta. Pero Niccoluccio la contempló por encima de todos y, no pudiendo contenerse, le preguntó (Messer Gentile se había retirado un rato), como quien ardía por saber quién era, si era una dama boloñesa o forastera. La dama, viéndose interrogada por su marido, a duras penas se contuvo de responder; pero, para observar la orden establecida, guardó silencio. Otro le preguntó si el niño era suyo, y un tercero si era esposa de Messer Gentile o le era pariente de algún modo; pero no les dio respuesta alguna. En esto, llegando Messer Gentile, uno de sus invitados le dijo: —Señor, esta es una hermosa criatura vuestra, pero nos parece muda; ¿lo es?
—Señores —respondió él—, el no haber hablado ella en este momento no es poca prueba de su virtud. Y el otro dijo: —Dinos, pues, quién es ella. Dijo Messer Gentile: —Eso haré de buen grado, con tal que me prometas que ninguno, por cuanto yo haya de decir, se moverá de su lugar hasta tanto que yo haya dado fin a mi historia.
[Nota 451: _es decir_, quien la hubiera reconocido como doña Catalina.]
Todos lo prometieron, y levantadas luego las mesas, sentándose Meser Gentile al lado de la dama, dijo: —Señores, esta dama es aquella leal y fiel servidora de quien os pregunté hace un rato, y que, tenida en poco por los suyos y así, como cosa sin valor y ya no útil, arrojada al medio de la calle, fue por mí recogida; sí, por mi solicitud y con mis propias manos la saqué de las fauces de la muerte, y Dios, habiendo mirado mi buena intención, ha querido que, por mi medio, de un espantoso cadáver se tornase tan hermosa. Pero, para que más claramente entendáis cómo me aconteció esto, brevemente os lo declararé.
Entonces, comenzando desde su enamoramiento de ella, les refirió particularmente todo lo que había pasado hasta aquel tiempo, con gran asombro de los oyentes, y añadió: —Por razón de lo cual, si vosotros, y en especial Niccoluccio, no habéis mudado de consejo de un rato a esta parte, la dama es justamente mía, ni nadie puede reclamármela con justo título.— A esto ninguno respondió; antes bien, todos aguardaban lo que diría después, mientras Niccoluccio, la dama y algunos otros de los que allí estaban lloraban de compasión.
Entonces Meser Gentil, levantándose y tomando en brazos a la criatura y a la dama de la mano, se dirigió a Niccoluccio y le dijo:
—Levántate, compadre; no te devuelvo a tu esposa, a quien tus parientes y los suyos echaron fuera; antes bien, quiero otorgarte a esta dama, mi comadre, con este su hijito, que estoy seguro fue engendrado por ti y a quien yo sostuve en el bautismo y puse por nombre Gentil; y te ruego que no te sea por ello menos querida por haber permanecido cerca de tres meses en mi casa; pues te juro por aquel Dios que quizá hizo que en otro tiempo me enamorara de ella, a fin de que mi amor fuese, como en efecto lo ha sido, ocasión de su liberación, que jamás, ni con su padre ni con su madre ni contigo, ha vivido más castamente de lo que ha vivido con mi madre en mi casa.
Dicho esto, se volvió a la dama y le dijo:
—Señora, desde este momento os absuelvo de toda promesa que me hayáis hecho y os dejo libre para volver a Niccoluccio. Luego, poniendo a la dama y al niño en brazos de Niccoluccio, volvió a su asiento.
Niccoluccio los recibió con vivísima alegría, tanto más contento cuanto más lejos había estado de esperarlo, y dio gracias a Messer Gentile lo mejor que pudo y supo; mientras los demás, que todos lloraban de compasión, lo alabaron sobremanera por ello; sí, y fue alabado por cuantos lo oyeron. La dama fue recibida en su casa con maravilloso regocijo y mirada largo tiempo con asombro por los boloñeses, como una resucitada de entre los muertos; mientras Messer Gentile permaneció desde entonces siempre amigo de Niccoluccio y de sus parientes y de los de la dama.
¿Qué diréis, pues, gentiles damas, de este caso? ¿Pensáis que el haber un rey dado su cetro y su corona, o el haber un abad, sin coste alguno para sí, reconciliado a un malhechor con el papa, o el haber un anciano ofrecido su garganta al cuchillo del enemigo, pueda equipararse con esta hazaña de Messer Gentile, quien, siendo joven y ardiente y pareciéndole que tenía justo título a aquello que el descuido de otros había desechado y que él, por su buena fortuna, había recogido, no solo refrenó honrosamente su ardor, sino que, teniendo en su poder aquello que aún solía codiciar con todos sus pensamientos y procurar robar, lo restituyó libremente a su dueño? Ciertamente, me parece que ninguna de las magnificencias ya relatadas puede compararse con esta.
LA QUINTA HISTORIA
CAPÍTULO 74: PARTE 74 Segmento 25 de 28. Traducir solo este segmento; no resumir ni referirse a otros segmentos.
DOÑA DIANORA REQUIERE DE MESSER ANSALDO UN JARDÍN TAN HERMOSO EN ENERO COMO EN MAYO, Y ÉL, OBLIGÁNDOSE [A PAGAR UNA GRAN SUMA DE DINERO] A UN NIGROMANTE, SE LO DA. SU MARIDO LE CONCEDE LICENCIA PARA HACER LA VOLUNTAD DE MESSER ANSALDO, PERO ÉSTE, AL OÍR LA GENEROSIDAD DE AQUÉL, LA ABSUELVE DE SU PROMESA, CON LO CUAL EL NIGROMANTE, A SU VEZ, LIBERA A MESSER ANSALDO DE SU COMPROMISO, SIN QUERER NADA DE LO SUYO
Siendo Messer Gentile alabado por todos los de la alegre compañía hasta los mismísimos cielos con las mayores alabanzas, el rey encargó a Emilia que continuara, quien, confiadamente, como si ansiara hablar, comenzó así: «Gentiles damas, nadie puede negar con razón que Messer Gentile obró magníficamente; pero, si se buscase decir que su magnanimidad no pudo ser sobrepasada, quizá no será difícil mostrar que es posible más, como me propongo exponeros en una breve historia mía.»
En Friuli, tierra que, aunque fría, es alegre por sus hermosas montañas y por la abundancia de ríos y de fuentes cristalinas, hay una ciudad llamada Udine, en la cual vivió antiguamente una dama hermosa y noble, llamada la señora Dianora, esposa de un rico caballero llamado Gilberto, hombre muy cortés y de condición afable. El encanto de la dama hizo que un noble y gran barón, llamado messer Ansaldo Gradense, hombre de alta condición y renombrado en todas partes por su valentía y cortesía, se enamorara apasionadamente de ella. La amaba con fervor y hacía cuanto estaba en su poder para ser amado por ella, a cuyo fin la solicitaba a menudo con mensajes, mas se fatigaba en vano.
Al fin, siendo ya sus importunidades molestas a la dama, y viendo ella que, por más que le negaba todo cuanto de él solicitaba, no por eso dejaba él de amarla y requirirla, determinó librarse de él mediante una demanda extraordinaria y, a su juicio, imposible; por lo cual dijo un día a una mujer que acudía a menudo a ella de parte de él:
—Buena mujer, muchas veces me has asegurado que el señor Ansaldo me ama por encima de todas las cosas, y me has ofrecido de su parte dones maravillosos y grandísimos, los cuales quiero que guarde para sí, pues jamás por ellos podría yo ser inducida a amarle ni a complacer sus deseos; pero, si pudiera cerciorarme de que me ama de verdad tanto como dices, quizá llegaría a amarle y a hacer lo que él quiere; por tanto, si él escoge darme prueba de ello con aquello que yo le exigiré, estaré dispuesta a cumplir sus mandatos.
Dijo la buena mujer: —¿Y qué es, señora, lo que deseáis que él haga? —Esto es lo que deseo —respondió la dama—: que para el próximo mes de enero haya, cerca de esta ciudad, un jardín lleno de hierba verde, de flores y de árboles frondosos, ni más ni menos que como si fuera mayo; lo cual, si no lo consigue, no me envíe en adelante ni a ti ni a ningún otro, porque, si me importuna más, tan segura como estoy de que hasta ahora he ocultado su persecución a mi marido y a mis parientes, estudiaré la manera de librarme de él quejándome a ellos.