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El caballero, oyendo la demanda y la oferta de su dama, aunque le parecía cosa dura y en cierta manera imposible de hacer, y conocía que la señora se lo requería no por otra cosa sino para privarle de toda esperanza, determinó, no obstante, probar cuanto pudiera hacerse en ello, y envió a diversas partes del mundo, preguntando si se hallaría alguno que le diese ayuda y consejo en el asunto.
Por fin halló uno que se ofreció, mediante arte nigromántico, a hacerlo, siempre que fuese bien recompensado; y habiendo convenido con él por una gran suma de dinero, esperó gozoso el plazo señalado. Llegado éste, y siendo el frío extremo y todo cubierto de nieve y hielo, el sabio, la noche anterior a las calendas de enero, obró de tal manera con sus artes en un muy hermoso prado contiguo a la ciudad, que por la mañana apareció (según el testimonio de quienes lo vieron) uno de los más bellos jardines que jamás se hubieran visto, con hierba, árboles y frutas de toda clase. Meser Ansaldo, después de contemplarlo con suma alegría, hizo coger de las más finas frutas y de las más hermosas flores que allí había y las envió secretamente a su dama, rogándole que viniese a ver el jardín que ella había pedido, para que así conociese cuánto la amaba; y luego, recordándole la promesa que le había hecho y sellado con juramento, considerase, como dama leal, cumplírsela.
La señora, viendo las frutas y las flores, y habiendo ya oído contar a muchos del milagroso jardín, comenzó a arrepentirse de su promesa. No obstante, por más que se arrepintiese, curiosa de ver cosas extrañas, fue con muchas otras damas de la ciudad a contemplar el jardín, y habiéndolo alabado con no poca admiración, volvió a su casa la más afligida de las mujeres, pensando en aquello a que quedaba obligada por ello. Tal era su pesar que no supo disimularlo tan bien que dejara de notársele, y su marido, percibiéndolo, le preguntó con insistencia la razón.
La dama, por vergüenza, guardó silencio al respecto durante un buen rato; pero al final, forzada a hablar, le descubrió ordenadamente todo; lo cual Gilberto, al oírlo, primero se encendió en gran ira, mas en seguida, considerando la pureza de la intención de la dama y desechando la ira con mejor consejo, dijo: —Dianora, no es propio de una mujer discreta ni virtuosa prestar oído a mensaje alguno de esta suerte ni transigir con nadie por su castidad bajo condición alguna. Las palabras recibidas en el corazón por el canal de los oídos tienen más potencia de la que muchos conciben, y casi todo se vuelve posible para los enamorados.
Hiciste mal, entonces, en primer lugar al escuchar y después al entrar en términos de acuerdo; pero, porque conozco la pureza de tu intención, quiero, para absolverte del vínculo de la promesa, concederte lo que por ventura ningún otro haría, siendo inducido a ello más por temor al nigromante, a quien Messer Ansaldo, si le engañas, quizá hará que nos haga desdichados. Quiero, pues, que vayas a él y procures hacerte absolver de esta tu promesa, preservando tu castidad, si por algún medio puedes lograrlo; pero, si no puede ser de otro modo, por esta vez le cederás tu cuerpo, pero no tu alma.
La dama, al oír las palabras de su esposo, lloró y se negó a aceptar de él tan gran favor; pero, a pesar de sus muchas protestas, él quiso que así fuera. En consecuencia, a la mañana siguiente, al amanecer, la dama, sin engalanarse en exceso, se dirigió a casa de Messer Ansaldo, con dos de sus criados delante y una doncella detrás. Ansaldo, al saber que su amada había venido a verle, se maravilló sobremanera y, haciendo llamar al nigromante, le dijo: «Quiero que veas qué tesoro me ha procurado tu arte.» Luego, saliendo a su encuentro, la recibió con decoro y reverencia, sin dejarse llevar por ningún deseo desordenado, y entraron todos en una hermosa cámara donde ardía un gran fuego. Allí mandó colocar un asiento para ella y dijo: «Señora, os ruego que, si el largo amor que os he profesado merece alguna recompensa, no os pese revelarme la verdadera causa que os ha traído aquí a semejante hora y en semejante compañía.»
La dama, avergonzada y casi con lágrimas en los ojos, respondió:
—Señor, ni el amor que os tengo ni la fe empeñada me traen aquí, sino el mandamiento de mi marido, quien, teniendo más consideración a los trabajos de vuestra desordenada pasión que a su honra y a la mía propia, ha hecho que yo venga; y por su mandato estoy por esta vez dispuesta a hacer vuestro entero placer.
Si Messer Ansaldo se había maravillado al ver a la dama, mucho más se maravilló al oír sus palabras, y conmovido por la generosidad de Gilberto, su ardor comenzó a tornarse en compasión, y dijo: «Dios no lo quiera, señora, si ello es como decís, que yo haya de ser quien mancille la honra de aquel que ha tenido compasión de mi amor; por lo cual, mientras vuestra merced guste de permanecer aquí, no seréis tratada de otra manera que como si fuerais mi hermana; y cuando os plazca, sois libre de partir, con tal que deis a vuestro marido, de mi parte, las gracias que juzguéis apropiadas a una cortesía como la suya, y me tengáis, en lo sucesivo, por hermano y servidor».
[Nota 454: _i.e._ Ansaldo, Dianora y el nigromante.]
La dama, oyendo estas palabras, fue la mujer más alegre del mundo y respondió, diciendo: 'Nada, habida cuenta de vuestras costumbres, podría hacerme jamás creer que de mi venida otra cosa me hubiera de sobrevenir sino esto que os veo hacer en el asunto; por lo cual siempre os quedaré agradecida.' Entonces, despidiéndose, regresó, bajo honorable escolta, a Messer Gilberto y le contó lo que había pasado, de lo cual nació una muy estrecha y leal amistad entre él y Messer Ansaldo. Además, el nigromante, a quien el gentilhombre se disponía a dar la prometida recompensa, viendo la generosidad de Gilberto hacia el amante de su mujer y la de este último hacia la dama, dijo: 'Dios no permita que, habiendo visto a Gilberto generoso de su honor y a vos de vuestro amor, no sea yo asimismo generoso de mi paga; por lo cual, sabiendo que[455] os será de provecho, pretendo que sea vuestra.'
Ante esto, el gentilhombre se avergonzó y se esforzó por hacerle tomar todo o parte; pero, viendo que se fatigaba en vano y que al nigromante (que al cabo de tres días había hecho desaparecer su jardín) le placía partir, lo encomendó a Dios y, habiendo extinguido de su corazón el lascivo amor por la dama, permaneció encendido de honroso afecto hacia ella. ¿Qué decís ahora, amorosas damas? ¿Preferiremos [la resignación de Gentile] de la dama en cierto modo muerta y de su amor ya enfriado por la esperanza agotada a la generosidad de Messer Ansaldo, cuyo amor era más ardiente que nunca y que estaba en cierto modo inflamado de nueva esperanza, teniendo en sus manos la presa tanto tiempo perseguida? Paréceme que sería necedad pretender que esta generosidad pueda igualarse con aquella.
[Nota 455: _es decir_, el dinero que se le había prometido como recompensa.]
EL REY CARLOS EL VIEJO, EL VICTORIOSO, SE ENAMORA DE UNA JOVEN, PERO DESPUÉS, AVERGONZADO DE SU NECIO PENSAMIENTO, HONRADAMENTE DESPOSA A LA VEZ A ELLA Y A SU HERMANA.
Sería demasiado prolijo relatar por entero los diversos discursos que tuvieron lugar entre las damas acerca de quién había mostrado mayor generosidad, si Gilberto, o Micer Ansaldo, o el nigromante, en los asuntos de la señora Dianora; pero, después de que el rey las hubiera dejado debatir un rato, miró a Fiammetta y le mandó que, contando un cuento, pusiese fin a su contienda; con lo cual ella, sin titubeo alguno, comenzó así: “Ilustres señoras, siempre fui de la opinión de que, en compañías como la nuestra, se debería siempre discurrir tan extensamente que la excesiva sutileza del sentido de lo dicho no venga a ser materia de disputa, lo cual es mucho más propio de los estudiantes en las escuelas que de nosotras, las mujeres, que apenas bastamos para la rueca y el huso.”
Por lo cual, viendo que a causa de lo ya dicho estáis ahora en desacuerdo, yo, que tenía en mente una cosa quizá algo dudosa en cuanto a su significado, la dejaré estar y os contaré una historia que no trata en modo alguno de un hombre de poca monta, sino de un valiente rey, que en ella obró caballerescamente, sin mancillar en nada su honor.
[Nota 456: _es decir_, exactitud, minuciosidad (_strettezza_).]
Cada uno de vosotros muchas veces habrá oído contar del rey Carlos el Viejo o Primero, por cuya magnánima empresa, y después por la gloriosa victoria conseguida sobre el rey Manfredo, los gibelinos fueron expulsados de Florencia y los güelfos volvieron a ella. A consecuencia de esto, un gentilhombre llamado Micer Neri degli Uberti, saliendo de la ciudad con toda su casa y muchos dineros, y con ánimo de no refugiarse en otro lugar sino bajo la mano del rey Carlos, se retiró a Castellamare di Stabia. Allí, como a un tiro de ballesta de las demás moradas del lugar, entre olivos, nogales y castaños, de que aquella tierra abunda, compró una heredad y edificó en ella una buena y espaciosa casa, con un deleitoso jardín junto a ella, en medio del cual, teniendo gran copia de agua corriente, hizo, a la usanza de nuestro país, un buen y claro estanque y lo pobló de gran provisión de peces.
Mientras se afanaba cada día por embellecer su jardín, aconteció que el Rey Carlos llegó a Castellamare para descansar un tiempo durante la estación calurosa, y allí, al oír hablar de la belleza del jardín de Micer Neri, deseó verlo. Y al saber, además, a quién pertenecía, pensó que, siendo el caballero del partido adverso al suyo, convenía tratarlo con mayor familiaridad, y así le envió a decir que se proponía cenar con él en privado en su jardín aquella noche, él y cuatro acompañantes. Esto fue muy grato para Micer Neri, y tras haber hecho una magnífica preparación y dado orden a su casa de lo que había de hacerse, recibió al rey en su hermoso jardín lo más alegremente que pudo y supo.
Éste, después de haber visto y alabado todo el jardín y la casa de Messer Neri, y de haberse lavado, se sentó a una de las mesas que estaban colocadas junto al estanque de peces, y haciendo sentar a un lado suyo al conde Guy de Montfort, que era de su compañía, y al otro a Messer Neri, mandó a otros tres, que habían venido allí con ellos, que sirvieran según el orden dispuesto por su anfitrión. Entonces llegaron manjares delicados y hubo vinos de los mejores y más costosos, y el servicio fue en extremo bueno y digno de alabanza, sin ruido ni molestia alguna, lo cual el rey alabó mucho.
En esto, hallándose él alegremente sentado a la mesa, gozando de la soledad del lugar, entraron en el jardín dos doncellas de unos quince años, con cabellos como hebras de oro, todos rizados y sueltos, sobre los cuales lucían una leve guirnalda de flores de pervinca. Sus rostros más parecían de ángeles que de otra cosa, tan delicadamente hermosas eran, y vestían cada una sobre su piel un ropaje del más fino lino, blanco como la nieve, que de la cintura hacia arriba era muy ceñido y de allí caía en amplios pliegues, a modo de pabellón, hasta los pies. La que venía primera llevaba sobre el hombro izquierdo un par de redes de mano y en la diestra una larga pértiga, y la otra portaba en el hombro izquierdo una sartén y bajo el mismo brazo un haz de leña, mientras que en la mano izquierda sostenía un trébede y en la otra una vasija de aceite y una antorcha encendida. El rey, al verlas, se maravilló y, en suspenso, aguardó a ver qué significaba aquello.
Las doncellas se adelantaron modestamente y, ruborizadas, le hicieron la reverencia; luego, encaminándose hacia el estanque, mientras una bajaba a él, la que traía la sartén la dejó en el suelo con las demás cosas y, tomando la pértiga que la otra llevaba, entraron ambas en el agua, que les llegaba hasta los pechos. Entretanto, uno de los criados de Meser Neri encendió hábilmente fuego bajo el trípode y, poniendo encima la sartén, echó en ella aceite y esperó a que las doncellas le arrojaran los peces. Estas, una tanteando con la pértiga en aquellos lugares donde sabía que los peces estaban ocultos, y la otra en pie, lista con la red, en poco tiempo sacaron peces en abundancia, para sumo placer del rey, que las miraba atentamente; luego, arrojando algunos de ellos al criado, que los ponía en la sartén casi vivos, procedieron, como se les había enseñado, a tomar los más finos y a lanzarlos sobre la mesa delante del rey y sus compañeros.
Los peces se retorcían sobre la mesa, para maravilloso regocijo del rey, que los tomaba por turno y, juguetón, los devolvía a las doncellas; y así se divirtieron un rato, hasta que el criado hubo cocinado los peces que le habían dado y que, por orden de Messer Neri, fueron puestos ante el rey, más como un tentempié que como manjar muy raro y deleitoso.
Las doncellas, viendo los peces cocidos y habiendo tomado lo suficiente, salieron del agua, con sus finos vestidos blancos pegados a la piel, que no ocultaban casi nada de sus delicados cuerpos, y, pasando con pudor ante el rey, regresaron a la casa. Éste, el conde y los demás que servían habían considerado bien a las doncellas, y cada uno interiormente las alabó mucho, por hermosas y bien formadas, no menos que por agradables y bien educadas.
Mas, sobre todo, plugieron al rey, que había mirado con tanta atención cada parte de sus cuerpos, al salir del agua, que si entonces alguien le hubiera pinchado, no lo habría sentido; y al recordarlas más particularmente, sin saber quiénes eran, sintió despertar en su corazón un deseo muy ferviente de agradarles, por lo cual bien percibió hallarse en peligro de enamorarse, si no se guardaba contra ello; ni sabía en verdad cuál de las dos le placía más, tan semejantes eran la una a la otra en todas las cosas. Tras haber permanecido un rato en este pensamiento, se volvió a Messer Neri y le preguntó quiénes eran las dos doncellas, a lo cual el gentilhombre respondió: «Señor mío, estas son mis hijas nacidas de un mismo parto, de las cuales la una se llama Ginebra la Bella y la otra Isolda la Rubia». El rey las alabó mucho y le exhortó a casarlas, de lo cual Messer Neri se excusó, por no ser ya poderoso para ello.
Mientras tanto, no quedando ya por servir de la cena sino las frutas, llegaron las dos doncellas con muy hermosas vestiduras de cendal, con dos grandes platos de plata en las manos, llenos de diversas frutas, tales como la estación las ofrecía, y las pusieron en la mesa ante el rey; hecho lo cual, se retiraron un poco aparte y se pusieron a cantar una cancioncilla, cuyas palabras comenzaban así:
Ya que he venido, oh Amor, en verdad, al fin no podría contarse, etc.
Esta canción entonaron con tan dulce guisa y tan deleitosamente, que al rey, que los contemplaba y escuchaba con arrobamiento, le parecía que todas las jerarquías de los ángeles se hubieran posado allí para cantar. Acabada la canción, cayeron de rodillas y le suplicaron respetuosamente licencia para partir; y él, aunque su partida le era penosa, con muestra de contento se la otorgó. Concluida ya la cena, el rey volvió a montar a caballo con su comitiva y, dejando a Messer Neri, regresó a la regia morada, discurriendo sobre una cosa y otra.
Allí, ocultando su pasión, aunque de nada le valía, pues por grande que fuera el asunto que sobreviniese, no podía olvidar la belleza y la gracia de Ginebra la Bella (por cuyo amor amaba también a su hermana, que se le parecía), quedó tan enredado en los lazos amorosos que apenas podía pensar en otra cosa, y fingiendo otros motivos, mantuvo una estrecha intimidad con Messer Neri y visitaba muy a menudo su hermoso jardín, para ver a Ginebra.
Por último, no pudiendo soportar más y pensando, a falta de otros medios para lograr su deseo, en tomar no una sola, sino ambas doncellas de su padre, reveló al conde Guy tanto su pasión como su intención; el cual, por ser hombre honrado, le dijo:
—Señor mío, mucho me maravillo de lo que me decís, y más de lo que otro haría, pues me parece que desde vuestra niñez hasta hoy he conocido vuestras costumbres mejor que nadie; por lo cual, no pareciéndome haber visto jamás tal pasión en vuestra juventud, cuando el Amor pudo más fácilmente fijar sus garras, y viéndoos ahora muy próximo a la vejez, me resulta tan nuevo y tan extraño que améis por enamoramiento, que casi me parece un milagro; y si fuera mi oficio reprenderos de ello, bien sé lo que os diría al respecto, teniendo en cuenta que aún andáis con la armadura a cuestas en un reino recién ganado, en medio de un pueblo desconocido y lleno de
artimañas y traiciones, y están todos ocupados en gravísimos cuidados y asuntos de alta importancia, ni has logrado aún asentarte en seguridad; y, sin embargo, entre tales y tantos negocios, has hecho lugar a los halagos del amor.
No es este el porte de un rey magnánimo; antes bien, el de un muchacho pusilánime. Y además, lo que es mucho peor, decís que estáis resuelto a tomar a sus dos hijas de un caballero que os ha hospedado en su casa más allá de sus medios y que, para haceros mayor honor, os ha mostrado a esas dos doncellas en cierto modo desnudas, atestiguando con ello cuán grande es la fe que en vos tiene y que firmemente cree que sois un rey y no un lobo rapaz. Asimismo, ¿tan pronto se os ha borrado de la memoria que fueron las violencias cometidas por Manfredo contra las mujeres las que os abrieron la entrada en este reino? ¿Qué traición se urdió jamás más merecedora de eterno castigo que esta sería, que toméis de quien os acoge con hospitalidad su honor, su esperanza y su consuelo? ¿Qué se diría de vos si lo hicierais? Pensáis, quizá, que fuera excusa suficiente decir: «Lo hice porque es gibelino».
¿Es esto propio de la justicia de los reyes, que quienes recurren de tal guisa a sus armas sean tratados de semejante manera, sean quienes fueren? Déjame decirte, rey, que fue gloria sumamente grande para ti haber vencido a Manfred, pero mucho mayor es vencerse a uno mismo; por lo cual tú, que has de corregir a otros, véncete a ti mismo y refrena ese apetito, ni ofrezcas con tal mancha echar a perder lo que tan gloriosamente has ganado.'
[Nota 458: _Per amore amiate_ (Fr. aimiez par amour).]
Estas palabras hirieron la conciencia del rey en lo vivo y le afligieron tanto más cuanto las conocía por verdaderas; por lo cual, después de varios suspiros hondos, dijo: —Ciertamente, Conde, tengo a cualquier otro enemigo, por fuerte que sea, por débil y harto fácil de vencer al guerrero bien adiestrado, en comparación con sus propios apetitos; no obstante, por grande que sea la fatiga e inexpresable la fuerza que requiere, vuestras palabras me han movido de tal suerte que me es forzoso, antes de que pasen muchos días, haceros ver por obra que, así como sé vencer a otros, así también sé vencerme a mí mismo.
Ni habían pasado muchos días después de este discurso, cuando el rey, habiendo regresado a Nápoles, determinó, tanto para privarse de la ocasión de obrar deshonrosamente como para corresponder al gentilhombre la hospitalidad que de él había recibido, procurar—aunque le fuera muy penoso hacer a otros poseedores de aquello que él codiciaba por encima de todo para sí—casar a las dos jóvenes, y no como hijas de Messer Neri, sino como suyas propias. Así, con el consentimiento de Messer Neri, las dotó magníficamente y dio a Ginevra la Bella a Messer Maffeo da Palizzi, y a Isotta la Rubia a Messer Guglielmo della Magna, ambos nobles caballeros y grandes barones; y, entregándolas a éstos con inexpresable pesar, se encaminó a Apulia, donde con continuas fatigas mortificó de tal modo la fiereza de su apetito que, habiendo roto y deshecho las cadenas del amor, quedó libre de semejante pasión por el resto de su vida.
Quizá habrá algunos que digan que fue poca cosa para un rey haber casado a dos doncellas, y eso lo concedo; pero cosa grande y muy grande la llamo yo, si consideramos que quien esto hizo fue un rey enamorado, que casó con otro a aquella a quien amaba, sin haber obtenido ni tomado de su amor hoja, flor ni fruto. De esta suerte, pues, este magnánimo rey, recompensando a la vez magníficamente al noble gentilhombre, honrando loablemente a las jóvenes que amaba y venciéndose valerosamente a sí mismo.
NOVELA SÉPTIMA
[Jornada décima]
EL REY PEDRO DE ARAGÓN, HABIENDO SABIDO EL FERVOROSO AMOR QUE LISA LE PROFESABA, CONSUELA A LA DONCELLA ENAMORADA Y ACTO SEGUIDO LA CASA CON UN NOBLE JOVEN CABALLERO; LUEGO, BESÁNDOLA EN LA FRENTE, SIEMPRE SE DECLARA SU CABALLERO.
—Fiammetta, habiendo dado fin a su relato, y siendo muy alabada la varonil magnanimidad del rey Carlos, aunque hubo allí una dama que, por ser gibelina, de mala gana lo alababa, Pampinea, por mandato del rey, comenzó así: «No hay persona de entendimiento, hermosas damas, que no dijera lo que vosotras decís del buen rey Carlos, salvo que le tuviera mala voluntad por alguna otra razón; pero, como me viene a la memoria una cosa, quizá no menos digna de elogio que esta, hecha por uno de sus adversarios a una de nuestras doncellas florentinas, me place contárosla.»