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Gisipo, habiéndolo visto durante varios días sumido en melancólicos pensamientos y viéndolo ya enfermo, se afligió gravemente y con todo arte y toda solicitud se esforzó por consolarlo, sin apartarse jamás de él y preguntándole a menudo e insistentemente por la causa de su melancolía y de su mal.
Tito, después de haberle dado una y otra vez respuestas vanas, que Gisipo sabía ser tales, hallándose, en verdad, compelido a ello, con lágrimas y suspiros le respondió de esta guisa: «Gisipo, si a los dioses pluguiera, la muerte me sería mucho más grata que el vivir más tiempo, considerando que la fortuna me ha traído a tal punto que me fue menester hacer prueba de mi virtud y que he hallado, con gran vergüenza mía, vencida esta última; mas ciertamente espero de ello tener en breve la recompensa que me conviene, es a saber, la muerte, y esta me será más placentera que vivir en recuerdo de mi bajeza, la cual, pues no puedo ni debo ocultarte nada, te descubriré, no sin sonrojo vehemente».
Entonces, comenzando desde el principio, le descubrió la causa de su melancolía y el conflicto de sus pensamientos, y finalmente le dio a conocer cuál de ellos había vencido, confesándose pereciendo de amor por Sofronia, declarando que, sabiendo cuán impropio le era aquello, había resuelto, en penitencia, morir, de lo cual confiaba dar pronto fin.
Gisippo, al oír esto y ver sus lágrimas, permaneció un rato irresoluto, como quien, aunque de un modo más moderado, estaba también prendado de los encantos de la bella doncella; pero enseguida pensó que la vida de su amigo debía serle más querida que Sofronia. Así, movido a lágrimas por las de su amigo, le respondió llorando:
—Tito, si no estuvieras tan necesitado de consuelo como lo estás, me quejaría de ti ante ti mismo, como de quien ha faltado a nuestra amistad por haber mantenido tanto tiempo oculta tu gravísima pasión; pues, aunque a ti no te pareciera honrosa, las cosas deshonrosas no deben ocultarse a un amigo más que las honrosas; porque un amigo, así como se regocija con su amigo en las cosas honrosas, igualmente se esfuerza en apartar de la mente de su amigo lo deshonroso; pero por ahora me abstendré de ello y vendré a lo que considero de mayor urgencia.
Que tú ames a Sofronia, la cual está desposada conmigo, no me maravilla; antes me maravillaría, en verdad, si no fuese así, conociendo su hermosura y la nobleza de tu ánimo, tanto más susceptible de pasión cuanto mayor excelencia tiene lo que place. Y cuanto más razón tienes para amar a Sofronia, tanto más injustamente te quejas de la fortuna (aunque no lo expresas en tantas palabras) por cuanto me la ha otorgado a mí, pareciéndote que tu amor por ella habría sido honroso, si no fuese mía; pero dime, si eres tan bien aconsejado como sueles serlo, ¿a quién podría la fortuna haberla otorgado, de modo que tuvieras más motivo de agradecérselo que por habérmela otorgado a mí?
Cualquier otro que la hubiera tenido, por muy honrado que hubiera sido tu amor, la habría amado más para sí que para ti, cosa que no deberías temer de mí, si me tienes por amigo tal como yo soy para ti, pues no recuerdo que, desde que somos amigos, haya tenido jamás cosa alguna que no fuera tanto tuya como mía. Ahora bien, si el asunto estuviera tan avanzado que no pudiera ser de otra manera, haría con ella como he hecho con mis demás posesiones; pero aún está en tal punto que puedo hacerla tuya solamente; y así lo haré, porque no sé por qué mi amistad te habría de ser querida, si, tratándose de una cosa que puede hacerse honradamente, no conociera en mí el deseo de hacerla tuya.
Verdad es que Sophronia es mi prometida esposa y que yo la amaba mucho y miraba con gran gozo la celebración de mis nupcias con ella; pero, puesto que tú, siendo mucho más entendido que yo, con más ardor deseas tan querida cosa como ella es, vive seguro de que ella entrará en mi cámara, no como mi esposa, sino como tuya. Por lo cual deja el cavilar, ahuyenta la melancolía, recobra tu perdida salud y consuelo y regocijo, y de aquí en adelante espera con alegría el galardón de tu amor, mucho más digno que era el mío.'
[Nota 462: O "su" (_a sè_).]
[Nota 463: O "tuya" (_a te_).]
[Nota 464: Lit. "esperanza" (_sperare_). Véase nota, pág. 5.]
[Nota 465: _i.e._ La tendría en común contigo.]
Cuando Tito oyó hablar así a Gisipo, cuanto más placer le daban las halagüeñas esperanzas que éste le ofrecía, tanto más la justa razón le infundía vergüenza, mostrándole que cuanto mayor era la liberalidad de Gisipo, tanto más indigno parecía él de aprovecharla; por lo cual, sin dejar de llorar, con dificultad le respondió así:
—Gisipo, tu generosa y verdadera amistad me muestra muy claramente lo que a mí me corresponde hacer. ¡Dios no permita que yo reciba de ti como mía a aquella que Él te ha otorgado a ti como al más digno! Si hubiese juzgado conveniente que ella fuese mía, ni tú ni otros pueden creer que jamás te la hubiera concedido a ti.
“Usa, pues, con alegría, tu elección, tu prudente consejo y Sus dones, y déjame languidecer en las lágrimas que Él me ha preparado, como a uno indigno de tal tesoro, y que o venceré, lo cual te será querido, o me vencerán, y quedaré libre de dolor.” “Tito —repuso Gisipo—, si nuestra amistad me otorgara tal licencia que yo te obligara a seguir un deseo mío, y si ello pudiera valer para inducirte a hacerlo, es en este caso en el que pienso usarla hasta el extremo, y si no cedes a mis súplicas de buen grado, haré, con tal violencia como conviene que usemos por el bien de nuestros amigos, que Sofronia sea tuya.”
Yo sé cuán grande es el poder del amor y que, no una vez, sino muchas, ha llevado a los amantes a una muerte miserable; es más, te veo tan cerca de ello que no puedes retroceder ni lograr dominar tus lágrimas, sino que, continuando así, te consumirías y morirías; por lo cual yo, sin duda alguna, te seguiría rápidamente. Si, pues, no te amara por otra cosa, tu vida me es preciosa, para que yo mismo viva. Por tanto, Sophronia será tuya, pues difícilmente podrías encontrar otra mujer que te agradara tanto, y como yo volveré fácilmente mi amor hacia otra, habré contentado así a ti y a mí. No sería, quizá, tan libre de hacer esto, si las esposas fueran tan escasas y tan difíciles de hallar como los amigos; sin embargo, como puedo encontrar muy fácilmente otra esposa, pero no otro amigo, preferiría (no diré _perderla_, pues no la perderé, dándotela a ti, sino que la transferiré a otro y mejor yo, sino) transferirla antes que perderte a ti.
Por tanto, si mis oraciones valen algo ante ti, te ruego que apartes de ti esta aflicción y consueles a la vez a ti mismo y a mí, dirígete con buena esperanza a tomar ese gozo que tu ferviente amor desea de la cosa amada.'
Aunque Tito se avergonzaba de consentir en esto, a saber, que Sofronia fuese su esposa, y por ello resistió aún un tiempo, sin embargo, atrayéndole de una parte el amor y apremiándole de otra las exhortaciones de Gisipo, dijo:
—Mira, Gisipo, no sé cuál pueda decir que hago más, si mi placer o el tuyo, al hacer aquello que me ruegas y que dices que te es tan grato; y ya que tu generosidad es tal que vence mi justa vergüenza, lo haré; mas de esto puedes estar seguro: que lo hago como quien sabe que recibe de ti no solo a la amada dama, sino con ella su vida. Los dioses concedan, si es posible, que yo pueda aún mostrarte, para tu honra y tu bien, cuán agradecido me es aquello que tú, más compasivo de mí que yo de mí mismo, haces por mí.
Dichas estas cosas, —Tito —dijo Gisipo—, en este asunto, si queremos que tenga efecto, me parece que se ha de seguir este proceder.
Bien sabes, Sophronia, que tras largo trato entre mis parientes y los suyos, se ha convertido en mi prometida esposa; por lo cual, si yo ahora intentara decir que no la quiero por mujer, de ello se seguiría un grave escándalo y enojaría tanto a sus parientes como a los míos. En verdad, nada me importaría esto si viese que con ello ella había de ser tuya; mas temo que, si la renuncio en este punto, sus parientes la darán al punto a otro, que quizá no serás tú, y así habrás perdido lo que yo no habré ganado. Por lo cual paréceme bien, si tú estás contento, que yo prosiga con lo que he comenzado y la traiga a mi casa como mía y celebre las bodas, y que después tú puedas, como sabremos ingeniárnoslas, yacer secretamente con ella como con tu mujer. Entonces, en su debido lugar y sazón, haremos manifiesto el hecho, el cual, si no les pluguiere, estará ya hecho y habrán de contentarse por fuerza, no pudiendo volverse atrás.
El ardid le agradó a Tito; por lo cual Gisipo recibió a la dama en su casa como suya, (estando ya Tito recobrado y en buen estado,) y tras celebrar una gran fiesta, llegada la noche, las damas dejaron a la recién casada en el lecho de su esposo y se fueron. Ahora bien, la cámara de Tito era contigua a la de Gisipo, y se podía pasar de una habitación a la otra; por lo que Gisipo, estando en su cámara y habiendo apagado todas las luces, se encaminó sigilosamente hacia su amigo y le dijo que fuera a acostarse con su amada. Tito, al ver esto, se sintió abrumado por la vergüenza y de buena gana se habría arrepentido y negado a ir; pero Gisipo, que con todo su corazón, no menos que con palabras, estaba resuelto a complacer a su amigo, lo envió allí tras larga discusión. Cuando llegó al lecho, tomó a la doncella en sus brazos y le preguntó suavemente, como en broma, si quería ser su esposa.
Ella, creyendo que él era Gisippus, respondió: «Sí»; con lo cual él le puso en el dedo un anillo hermoso y rico, diciendo: «Y yo te elijo por esposo.» Luego, consumado el matrimonio, tomó de ella largo y amoroso placer, sin que ella ni otros advirtieran en manera alguna que otro que Gisippus yacía con ella.
Estando el matrimonio de Sophronia y Titus en este punto, Publio, padre de Titus, falleció, por lo cual le escribieron que sin demora regresase a Roma a atender sus asuntos; y así, tomó consejo con Gisippus de dirigirse allá y llevar consigo a Sophronia, lo cual no podía ni debía hacerse convenientemente sin descubrirle cómo estaba el caso. En consecuencia, un día, llamándola al aposento, le descubrieron por completo el hecho, y de ello Titus la certificó con muchos pormenores de lo que entre ambos había pasado. Sophronia, después de mirar a uno y a otro con cierto despecho, se puso a llorar amargamente, quejándose del engaño de Gisippus; luego, antes que decir palabra en casa de éste, se dirigió a la de su padre, y allí informó a él y a su madre del fraude que Gisippus les había hecho a ella y a ellos, afirmando que era esposa de Titus y no de Gisippus, como ellos creían.
Capítulo 77: Parte 77
Esto fue sumamente doloroso para el padre de Sofronia, quien se quejó larga y amargamente de ello ante sus parientes y los de Gisipo, y mucho y grande fue el hablar y el clamor a causa de ello. Gisipo fue tenido en desprecio tanto por sus propios deudos como por los de Sofronia, y todos lo declararon digno no solo de censura, sino de severo castigo; mientras que él, por el contrario, afirmaba haber hecho una cosa honrosa y por la cual los parientes de Sofronia debían darle gracias, por haberla casado con un hombre mejor que él.
Tito, por su parte, oyó y sufrió todo con no poco fastidio; y sabiendo que era usanza de los griegos apremiar con clamores y amenazas hasta tanto que hallasen quién les respondiese, y entonces volverse no sólo humildes, sino abyectos, pensó consigo que aquel clamor ya no era de tolerar sin réplica. Y teniendo ánimo romano e ingenio ateniense, logró hábilmente reunir en un templo a los parientes de Gisipo y a los de Sofronia; y entrando en él acompañado únicamente de Gisipo, habló así a la expectante concurrencia: «Es creencia de muchos filósofos que las acciones de los mortales están determinadas y preordenadas por los dioses inmortales; por lo cual algunos quieren que todo lo que se hace o se hará sea por necesidad, si bien hay otros que atribuyen esta necesidad sólo a lo que ya está hecho.»
Si estas opiniones se consideran con alguna diligencia, se verá muy manifiestamente que culpar de una cosa que no puede deshacerse no es otra cosa que buscar mostrarse más sabio que los Dioses, quienes, hemos de creer, disponen y gobiernan de nosotros y de nuestros asuntos con infalible sabiduría y sin error alguno; por lo que muy fácilmente podéis ver cuán necia y brutal presunción es atreverse a hallar falta en sus operaciones y asimismo cuántas y cuáles cadenas merecen aquellos que se dejan llevar tan lejos por la osadía que hacen tal cosa. De los cuales, a mi entender, sois todos vosotros, si es verdad lo que he entendido que habéis dicho y aún decís, porque Sofronia se ha convertido en mi esposa, cuando vosotros la habíais dado a Gisipo, sin considerar nunca que estaba predestinado desde toda la eternidad que ella llegara a ser no de él, sino mía, como por el resultado se conoce en este presente.
Pero, porque hablar del secreto decreto e intención de los Dioses parece a muchos cosa dura y grave de comprender, quiero suponer que no se ocupan de nada de nuestros asuntos, y condescender a los consejos de los hombres; al hablar de lo cual me será menester hacer dos cosas, ambas muy contrarias a mis usanzas: la una, alabarme algún tanto, y la otra, en cierta manera culpar o menospreciar a otros; mas, porque me propongo no apartarme de la verdad ni en lo uno ni en lo otro, y que la presente materia lo requiere, lo haré, no obstante.
Vuestras quejas, dictadas más por la ira que por la razón, vituperan, injurian y condenan a Gisippo con continuos murmullos o más bien clamores, porque, por su consejo, me ha dado por esposa a aquella que vosotros, por el vuestro, le habíais dado a él; mientras que yo sostengo que él es sumamente digno de alabanza por ello, y por dos razones: la una, porque ha hecho lo que un amigo debe hacer; y la otra, porque en esto ha obrado con más discreción que vosotros. Lo que las sagradas leyes de la amistad quieren que un amigo haga por el otro, no es mi intención exponerlo ahora, contentándome con haberos recordado solamente esto: que los vínculos de la amistad son mucho más fuertes que los de la sangre o del parentesco, ya que los amigos que tenemos son aquellos que nosotros elegimos, y los parientes, aquellos que la fortuna nos da; por lo cual, si Gisippo amó mi vida más que vuestra buena voluntad, siendo yo su amigo, como me tengo por tal, nadie debería maravillarse de ello.
Mas para venir a la segunda razón, por la cual más urgentemente conviene mostraros que él ha sido más sabio que vosotros, pues me parece que no hacéis caso alguno de la preordinación de los dioses y sabéis aún menos de los efectos de la amistad:--digo, pues, que vosotros, por vuestro juicio, por vuestro consejo y por vuestra deliberación, disteis a Sofronia a Gisipo, un joven y filósofo; Gisipo, por la suya, se la dio a un joven y filósofo; vuestro consejo se la dio a un ateniense, y el de Gisipo a un romano; vuestro consejo se la dio a un joven de noble linaje, y el suyo a uno aún más noble; el vuestro a un joven rico, el suyo a uno muy rico; el vuestro a un joven que no solo no la amaba, sino que apenas la conocía; el suyo a uno que la amaba por encima de toda su dicha y más que a su propia vida. Y para mostraros que lo que digo es verdad y que la acción de Gisipo es más digna de alabanza que la vuestra, considerémoslo parte por parte.
Capítulo 77: Parte 77 Segmento 23 de 29.
Que yo, como Gisippo, soy un joven y un filósofo, mi favor y mis estudios pueden declararlo, sin más discurso al respecto. Una misma edad es la suya y la mía, y siempre con igual paso hemos procedido en el estudio. Verdad es que él es ateniense y yo romano. Si se disputa sobre la gloria de nuestras ciudades natales, digo que soy ciudadano de una ciudad libre y él de una tributaria; soy de una ciudad señora del mundo entero y él de una ciudad obediente a la mía; soy de una ciudad ilustrísima en armas, en imperio y en letras, mientras que él solo puede alabar la suya por las letras. Además, aunque me veis aquí como un estudiante bastante humilde, no he nacido de la hez del populacho romano; mis casas y los lugares públicos de Roma están llenos de antiguas imágenes de mis antepasados, y los anales romanos se hallarán llenos de muchos triunfos conducidos por los Quintios hasta el Capitolio romano; ni la gloria de nuestro nombre ha caído por la edad en decadencia, antes al contrario, presente florece más espléndidamente que nunca.
No hablo, por pudor, de mis riquezas, teniendo presente que la pobreza honrosa fue siempre el antiguo y amplísimo patrimonio de los nobles ciudadanos de Roma; pero, si esto es condenado por la opinión del vulgo y los tesoros son encomiados, yo estoy abundantemente provisto de estos últimos, no como codicioso, sino como amado de la fortuna.[468] Sé muy bien que os era, os debió ser y os debe ser caro tener a Gisipo aquí en Atenas como deudo; mas por ninguna razón debiera yo seros menos caro en Roma, considerando que en mí tendríais allí un excelente anfitrión y un útil, diligente y poderoso patrono, no menos en las ocasiones públicas que en los asuntos de necesidad privada.
[467: _es decir_, de vuestro consejo.]
[468: _es decir_, mis riquezas no son el resultado de la acumulación codiciosa, sino de los favores de la fortuna.]
¿Quién entonces, dejando a un lado la obstinación y considerando con razón, alabará vuestros consejos por encima de los de mi Gisipo? Ciertamente, ninguno. Así pues, Sofronia está bien y debidamente casada con Tito Quincio Fulvo, ciudadano de Roma, noble, rico y de larga estirpe, y amigo de Gisipo; por lo cual quienquiera que se queje o se lamente de esto no hace lo que debe ni sabe lo que hace. Algunos quizá dirán que no se quejan de que Sofronia sea esposa de Tito, sino de la manera en que llegó a ser su esposa, a saber, en secreto y a escondidas, sin que amigo ni pariente supiera nada de ello; mas esto no es maravilla ni cosa nueva.
Dejo de buena gana a aquellas que en tiempos pasados tomaron marido contra la voluntad de sus padres, y a las que huyeron con sus amantes y fueron amantes antes de ser esposas, y a las que se vieron casadas más por el embarazo o el parto que por las palabras; sin embargo, la necesidad lo ha hecho aceptable para sus parientes; nada de lo cual ha sucedido en el caso de Sofronia; antes bien, ha sido dada por Gisipo a Tito de manera ordenada, discreta y honrosa. Otros dirán que él la dio en matrimonio a quien no le correspondía hacerlo; pero todas estas son quejas necias y mujeriles y proceden de falta de reflexión. No es esta la primera vez que la fortuna se ha servido de diversos medios y extraños instrumentos para llevar los asuntos a desenlaces predestinados. ¿Qué me importa que sea un zapatero más bien que un filósofo quien, según su juicio, haya despachado un asunto mío, ya sea en secreto o abiertamente, con tal que el resultado sea bueno?
Si el zapatero fuere indiscreto, todo lo que tengo que hacer es velar porque no tenga más que ver con mis asuntos y agradecerle aquello que está hecho. Si Gisipo ha desposado bien a Sofronia, es una necedad superflua ir a quejarse del modo y de él. Si no tienes confianza en su juicio, procura que no tenga más de tus hijas que casar y agradécele esta una.
Sin embargo, quiero que sepáis que no busqué, ni por arte ni por fraude, imponer mancha alguna al honor y a la esclarecida nobleza de vuestra sangre en la persona de Sofronia; y que, aunque la tomé secretamente por esposa, no vine como raptor a despojarla de su doncellez, ni procuré, a la manera de un enemigo, rehuyendo vuestra alianza, tenerla de otro modo que no fuera honroso; sino que, estando ardientemente inflamado por su encantadora hermosura y por su valía, y sabiendo que, de haberla pretendido con aquel proceder que quizá diréis que debí emplear, no la habría obtenido, siendo ella muy amada de vos, por temor de llevármela a Roma, usé de los medios ocultos que ahora se os pueden descubrir, e hice que Gisipo, en mi persona, consintiese en aquello que él mismo no estaba dispuesto a hacer.
Además, por ardientemente que la amara, busqué sus abrazos no como amante, sino como esposo, y, como ella misma puede atestiguar en verdad, no me acerqué a ella hasta que primero la desposé con las debidas palabras y con el anillo, preguntándole si me quería por marido, a lo que respondió que sí. Si a ella le parece que ha sido engañada, no soy yo quien ha de culparse por ello, sino ella, que no me preguntó quién era. Esta es, pues, la gran fechoría, el grave crimen, la grave falta cometida por Gisipo como amigo y por mí como amante, a saber, que Sofronia se haya convertido en secreto en esposa de Tito Quincio, y esto es por lo que lo difamáis, lo amenazáis y conspiráis contra él. ¿Qué más podríais hacer si la hubiera entregado a un villano, a un miserable o a un esclavo? ¿Qué cadenas, qué prisión, qué horcas habrían bastado para ello?