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Pero sea eso por el presente; el tiempo ha llegado que no esperaba aún, a saber: mi padre ha muerto y me es menester volver a Roma; por lo cual, con ánimo de llevar a Sofronia conmigo, os he descubierto aquello que de otro modo quizá aún os habría tenido oculto, y con lo cual, si sois prudentes, os conformaréis de buen grado, porque, si hubiese querido engañaros u ofenderos, podría habérosla dejado, despreciada y deshonrada; pero Dios me libre de que tal bajeza pueda jamás albergarse en un pecho romano.
Ella, pues, es decir, Sofronia, por consentimiento de los dioses y obra de las leyes humanas, no menos que por la admirable maña de mi Gisipo y mi propia astucia amorosa, es ya mía; y esto, según parece, vosotros, teniéndoos por más sabios que los dioses y que los demás hombres, condenáis brutalmente, mostrando vuestro desagrado de dos maneras sumamente enojosas para mí: primero, reteniendo a Sofronia, sobre quien no tenéis derecho alguno, salvo en cuanto me plazca permitirlo; y segundo, tratando a Gisipo, a quien justamente estáis en deuda, como a enemigo.
Cuán neciamente procedéis en ambas cosas, las cuales no me propongo ahora manifestaros más claramente, sino solamente aconsejaros, como amigo, que dejéis a un lado vuestros desdenes y, abandonando del todo vuestros rencores y los enojos que habéis concebido, me devolváis a Sofronia, para que así yo pueda partir alegremente como vuestro pariente y vivir como vuestro amigo; pues de esto, ya os plazca o no lo hecho, podéis estar seguro de que, si intentáis hacer otra cosa, os quitaré a Gisipo, y si consigo llegar a Roma, sin falta, por mal que lo toméis, volveré a tener a la que es justamente mía, y mostrándome en adelante vuestro enemigo, os haré conocer por experiencia de lo que es capaz el despecho de las almas romanas.
Tito, habiendo dicho esto, se puso en pie con el semblante todo descompuesto por la ira, y tomando de la mano a Gisipo, salió del templo, sacudiendo la cabeza amenazadoramente y mostrando que poco le importaba cuantos allí estaban. Éstos, en parte reconciliados por sus razones con la alianza y deseosos de su amistad, y en parte aterrorizados por sus últimas palabras, de común acuerdo determinaron que era mejor tenerlo por pariente, ya que Gisipo no lo había querido, que haber perdido a éste como pariente y haber conseguido a aquél como enemigo. Por lo tanto, yendo en busca de Tito, le dijeron que consentían en que Sofronia fuese suya, y en tenerlo por querido pariente y a Gisipo por querido amigo; luego, habiéndose hecho mutuamente los honores y cortesías que convienen entre parientes y amigos, se despidieron y le enviaron de vuelta a Sofronia.
Ella, como mujer prudente, haciendo de la necesidad virtud, transfirió de buen grado a Tito el afecto que sentía por Gisipo y se marchó con él a Roma, donde fue recibida con gran honor.
Mientras tanto, Gisipo permaneció en Atenas, tenido en poca estima por casi todos, y no mucho tiempo después, a causa de ciertas discordias internas, fue expulsado de Atenas, con todos los de su casa, en la pobreza y la miseria, y condenado a destierro perpetuo. Hallándose en tal situación y habiendo llegado a ser no solo pobre, sino mendigo, se encaminó, como menos mal pudo, a Roma, para probar si Tito se acordaría de él.
Allí, enterado de que éste vivía y gozaba de gran favor entre los romanos, y preguntando por su morada, se apostó ante la puerta y permaneció allí hasta que Tito llegó; a quien, por la miserable condición en que se hallaba, no osó decir palabra, sino que procuró hacerse ver de él, para que lo reconociera y lo mandara llamar; mas Tito pasó de largo, sin reparar en él, y Gisipo, creyendo que lo había visto y rehuido, y acordándose de lo que él mismo había hecho por él en otro tiempo, se alejó lleno de despecho y desesperación. Llegada la noche, hallándose en ayunas y sin dinero, vagó sin saber adónde, con más deseo de muerte que de otra cosa, y pronto dio en una parte muy desierta de la ciudad, donde, viendo una gran caverna, se dispuso a pasar en ella la noche; y luego, agotado por el largo llanto, se durmió sobre la desnuda tierra y en mal estado.
A esta caverna dos, que habían ido a robar juntos aquella noche, llegaron hacia el amanecer con el botín que habían obtenido, y, riñendo por el reparto, uno, que era el más fuerte, dio muerte al otro y se marchó. Gisipo había visto y oído todo, y le pareció haber hallado el camino hacia la muerte tan ardientemente deseada por él, sin tener que matarse; por lo cual permaneció sin moverse, hasta que los alguaciles de la guardia, que para entonces ya habían tenido noticia del hecho, llegaron allí y, echándole mano con furia, lo llevaron preso. Gisipo, interrogado, confesó que él había asesinado al hombre y que desde entonces no había logrado salir de la caverna; por lo cual el pretor, llamado Marco Varrón, mandó que fuera condenado a muerte en la cruz, según era entonces la costumbre.
Hallábase Tito por casualidad en aquella ocasión en el pretorio, y al mirar el rostro del miserable condenado y oír por qué había sido sentenciado a muerte, de pronto lo reconoció como Gisipo; entonces, maravillándose de su desdichada suerte y de cómo había llegado a Roma, y deseando ardientemente socorrerle, pero no viendo otro medio de salvarlo que acusarse a sí mismo y así excusarlo, se adelantó apresuradamente y gritó, diciendo: «Marco Varo, haz volver al pobre hombre a quien has condenado, porque es inocente. Bastante he ofendido a los dioses con un crimen, al matar a aquel a quien tu oficial encontró muerto esta mañana, sin querer ofenderlos ahora con la muerte de otro inocente.»
Varro se maravilló y le pesó que todo el pretorio lo hubiera oído; mas, no pudiendo, por su propio honor, dejar de hacer lo que las leyes mandaban, hizo traer de vuelta a Gisipo y, en presencia de Tito, le dijo: «¿Cómo pudiste estar tan loco que, sin sufrir tormento alguno, confesaste aquello que no habías hecho, siendo asunto capital? Te declaraste ser quien mató al hombre anoche, y ahora este hombre viene y dice que no fuiste tú, sino él quien lo mató.»
Gisipo miró y, viendo que era Tito, comprendió perfectamente que lo hacía para salvarle, agradecido por el servicio que de él había recibido tiempo atrás; por lo cual, llorando de compasión, dijo:
—Varo, en verdad fui yo quien lo mató, y la solicitud de Tito por mi seguridad llega demasiado tarde.
Tito, por su parte, dijo:
—Pretor, haz lo que veas; este hombre es un extraño y fue hallado sin armas junto al hombre asesinado, y bien puedes ver que su desdicha le da ocasión de desear la muerte; por tanto, libéralo a él y castígame a mí, que lo he merecido.
Varro se maravilló de la insistencia de aquellos dos, y comenzando ya a presumir que ninguno de ellos pudiera ser culpable, andaba buscando un medio para absolverlos, cuando he aquí que se presentó un joven llamado Publio Ambusto, hombre de vida notoriamente infame y conocido de todos los romanos como un bellaco redomado, que en realidad había cometido el asesinato y, sabiendo que ninguno de los dos era culpable de aquello de lo que cada uno se acusaba, tal fue la piedad que embargó su corazón ante la inocencia de los dos amigos que, movido por una compasión suprema, se presentó ante Varro y dijo: «Pretor, mis hados me impelen a resolver la grave contienda de estos dos, y no sé qué dios dentro de mí me espolea y me importuna a descubrirte mi pecado. Sabe, pues, que ninguno de estos hombres es culpable de aquello de lo que cada uno se acusa. Yo soy en verdad quien dio muerte a aquel hombre esta mañana hacia el alba, y vi a este pobre desdichado dormido allí, mientras me disponía a repartir el botín conseguido con aquel a quien maté.»
No hay necesidad de que yo excuse a Tito; su renombre es manifiesto por doquier, y todos saben que no es hombre de tal condición. Liberadle, pues, y tomad de mí la pena que las leyes me imponen.»
Con esto, Octaviano tuvo noticia del asunto, y haciendo traer a los tres ante él, quiso oír qué causa había movido a cada uno a buscar ser el condenado. Así, cada uno relató su propia historia, por lo cual Octaviano liberó a los dos amigos, por ser inocentes, y perdonó al otro por amor a ellos. Entonces Tito tomó a su Gisipo y, reprochándole primero duramente su tibieza[469] y desconfianza, se regocijó con él con maravillosa gran alegría y lo llevó a su casa, donde Sofronia, con lágrimas de compasión, lo recibió como a un hermano.
Entonces, habiéndolo repuesto un tanto con descanso y refrigerio, vestido de nuevo y restituido a una vestidura conforme a su dignidad y mérito, compartió primero con él todos sus tesoros y bienes, y después le dio por esposa a una hermana menor suya, llamada Fulvia, diciendo: «Gisippus, en adelante queda en ti si quieres permanecer aquí conmigo o volver a Achaia con todo lo que te he dado». Gisippus, obligado por una parte por el destierro de su tierra natal y por otra por el amor que con justicia profesaba a la querida amistad de Titus, consintió en hacerse romano y, en consecuencia, fijó su residencia en la ciudad, donde él con su Fulvia y Titus con su Sophronia vivieron largo y felizmente, morando aún en la misma casa y haciéndose más amigos (si es que podían serlo más) cada día.
Es, pues, la amistad cosa sacratísima, digna no sólo de especial reverencia, sino de ser encomiada con perpetua alabanza, como discretísima madre de la magnanimidad y del honor, hermana de la gratitud y de la caridad, y enemiga del odio y de la avaricia, siempre, sin aguardar a ser rogada, pronta virtuosamente a hacer a otros aquello que querría para sí. Hoy en día sus divinos efectos rarísimamente se ven entre dos personas, por culpa y vergüenza de la miserable codicia humana, que, mirando sólo su propio provecho, la ha relegado a perpetuo destierro, más allá de los extremos confines de la tierra. ¿Qué amor, qué riquezas, qué parentesco, qué otra cosa que la amistad, habría podido hacer sentir a Gisipo en su corazón el ardor, las lágrimas y los suspiros de Tito, con tal eficacia que le moviera a ceder a su amigo su desposada, bella, gentil y amada por él?
¿Qué leyes, qué amenazas, qué temores podrían haber obligado a los jóvenes brazos de Gisipo a abstenerse, en lugares solitarios y en la oscuridad, más aún, en su propio lecho, de los abrazos de la bella doncella, cuando quizás ella, en ocasiones, lo invitaba, si la amistad no lo hubiera hecho? ¿Qué honores, qué recompensas, qué adelantamientos, qué, en verdad, sino la amistad, habrían podido hacer que Gisipo no hiciese caso de la pérdida de sus propios parientes y de los de Sofronia, ni de los groseros clamores del populacho, ni de las mofas e insultos, para complacer a su amigo? Por otra parte, ¿qué, sino la amistad, podría haber inducido a Tito, cuando pudo muy bien fingir no verlo, a procurar sin vacilación su propia muerte, para librar a Gisipo de la cruz a la que él mismo, por su propia iniciativa, se había hecho condenar? ¿Qué otra cosa podría haber hecho que Tito, sin oponer la menor objeción, fuese tan liberal en compartir su amplísimo patrimonio con Gisipo, a quien la fortuna había privado del suyo?
¿Qué otra cosa pudo haberlo hecho tan presto a conceder su hermana a su amigo, aunque lo viera muy pobre y reducido al extremo de la miseria? Codicien, pues, los hombres una multitud de camaradas, tropas de hermanos e hijos en abundancia, y aumenten, a fuerza de dinero, el número de sus servidores, sin considerar que cada uno de éstos, quienquiera que sea, es más temeroso de cualquier peligro mínimo propio que solícito en apartar los grandes peligros de su padre, de su hermano o de su amo; mientras que vemos que un amigo hace todo lo contrario.
Saladino, disfrazado de mercader, es honrosamente agasajado por Messer Torello d’Istria, quien, al emprender la [Tercera] Cruzada, señala a su mujer un plazo para volver a casarse. Es apresado [por los sarracenos] y llega, por su destreza en adiestrar halcones, a ser conocido del Soldán, el cual lo reconoce y, dándose a conocer, le trata con los mayores honores. Luego, cayendo Torello enfermo de nostalgia, es transportado por arte mágica en una noche [desde Alejandría] a Pavía, donde, reconocido por su mujer en el banquete de bodas celebrado para su segundo matrimonio, regresa con ella a su propia casa.
Habiendo Filomena dado fin a su discurso y habiendo sido de todos por igual alabada la magnífica gratitud de Tito, el rey, reservando el último lugar a Dioneo, procedió a hablar de esta guisa:
—Ciertamente, amables damas, Filomena dice verdad en cuanto afirma de la amistad, y con razón se queja, al concluir su discurso, de que sea tan poco favorecida por el género humano.
Si estuviéramos aquí con el propósito de corregir los defectos de la época, o incluso de reprenderlos, podría seguir sus palabras con un discurso extenso sobre la materia; mas, pues aspiramos a otra cosa, se me ha ocurrido exponeros, en una historia acaso algo demasiado larga, pero con todo enteramente placentera, una de las magnificencias de Saladino, a fin de que, si por nuestros defectos la amistad de alguno no puede ser del todo adquirida, podamos, al menos, ser inducidos, por las cosas que oiréis en mi historia, a deleitarnos en hacer servicio, con la esperanza de que, cuandoquiera que sea, nos sobrevenga de ello recompensa.
Debo deciros, entonces, que, según afirman diversas gentes, una cruzada general fue, en los días del emperador Federico Primero, emprendida por los cristianos para la recuperación de la Tierra Santa; y de ella, Saladino, príncipe muy noble y valiente, que era entonces Soldán de Babilonia, habiendo tenido noticia con antelación, pensó en ir en persona a ver los preparativos de los príncipes cristianos para dicha empresa, a fin de poder proveerse mejor. Así pues, habiendo ordenado todos sus asuntos en Egipto, hizo ademán de ir en peregrinación y partió disfrazado de mercader, acompañado solamente de dos de sus más principales y sagaces oficiales y de tres sirvientes.
Después de haber visitado muchos países cristianos, aconteció que, mientras cabalgaban por Lombardía, pensando en pasar más allá de los montes, encontraron, cerca de vísperas, en el camino de Milán a Pavía, a un gentilhombre de este último lugar, llamado Micer Torello de Istria, que iba de camino, con sus criados y perros y halcones, a pasar una temporada en una buena quinta que tenía junto al Tesino. No bien hubo puesto los ojos en Saladino y su compañía, cuando los reconoció por gentileshombres y extranjeros; por lo cual, preguntando el Soldán a uno de sus criados cuánto distaban aún de Pavía y si podrían llegar a tiempo para entrar en la ciudad, no permitió que el hombre respondiera, sino que él mismo contestó: —Señores, no podéis llegar a Pavía a tiempo de entrar en ella. —Entonces —dijo Saladino—, ¿os placería indicarnos, ya que somos extranjeros, dónde podremos alojarnos mejor esta noche? —Eso haré yo de buen grado —respondió Micer Torello.
Tenía ahora en mente despachar a uno de mis hombres aquí cerca de Pavía para cierto asunto: lo enviaré con vosotros y os llevará a un lugar donde podréis alojaros con bastante comodidad.' Entonces, volviéndose al más discreto de sus hombres, le encargó secretamente lo que debía hacer y lo envió con ellos, mientras él, dirigiéndose a su casa de campo, hizo preparar, lo mejor que pudo, una buena cena y dispuso las mesas en el jardín; hecho lo cual, se apostó en la puerta para esperar a sus huéspedes.
Mientras tanto, el criado, entreteniendo a los caballeros con una cosa y otra, los llevó por ciertos caminos apartados y los condujo, sin que ellos lo sospecharan, a la residencia de su señor, donde, en cuanto Messer Torello los vio, salió a su encuentro a pie y dijo, sonriendo: —Caballeros, sed muy bienvenidos. Saladino, que era muy perspicaz, comprendió que el caballero había temido que no aceptaran su invitación si se la hubiera hecho cuando se encontró con ellos, y que, por lo tanto, los había llevado con artimañas a su casa, para que no pudieran negarse a pasar la noche con él; y así, correspondiendo a su saludo, dijo: —Señor, si alguien pudiera quejarse de los hombres corteses, podríamos quejarnos de vos, pues (dejando aparte que nos habéis estorbado algo el camino) nos habéis, sin que hayamos merecido vuestra benevolencia más que con un simple saludo, obligado a aceptar tan noble hospitalidad como es la vuestra.
—Señores —respondió Messer Torello, que era hombre discreto y bien hablado—, no es sino una pobre hospitalidad la que recibiréis de nosotros, en atención a lo que os sería debido, si he de juzgar por lo que percibo de vuestro porte y del de vuestros compañeros; mas en verdad que fuera de Pavía no hubierais podido hallar lugar decente donde hospedaros; por lo cual no os pese haberos desviado un poco de vuestro camino para tener un poco menos de incomodidad.
Mientras tanto, sus criados rodearon a los viajeros y, ayudándoles a descabalgar, aliviaron sus caballos.
Messer Torello llevó entonces a los tres gentileshombres forasteros a las cámaras que les tenía preparadas, donde les hizo descalzar y refrescarse un tanto con vinos muy frescos, y los entretuvo en agradable conversación hasta la hora de la cena. Saladino y sus compañeros y sirvientes sabían todos latín, por lo que entendían muy bien y eran entendidos, y a cada uno de ellos le pareció que este gentilhombre era el hombre más agradable y de mejores modales que jamás hubieran visto, y también el de mejor palabra. A Messer Torello, por otra parte, le pareció que eran hombres de maneras magníficas y de mucho mayor valía de lo que en un principio había imaginado, por lo que en su interior sintió pesar de no poder honrarlos aquella noche con acompañantes y con un entretenimiento más considerable.
Pero para ello se propuso compensarlos al día siguiente; y, en consecuencia, habiendo instruido a uno de sus criados acerca de lo que quería que se hiciese, lo despachó a Pavía, que estaba muy cercana y donde jamás se cerraba puerta alguna, para su señora, que era sumamente discreta y de gran corazón. Luego, conduciendo a los caballeros al jardín, les preguntó cortésmente quiénes eran; a lo cual respondió Saladino: «Somos mercaderes de Chipre y vamos a París por nuestros asuntos». «¡Plegue a Dios —exclamó el señor Torello— que este nuestro país produjera caballeros de tal guisa como veo que Chipre produce mercaderes!»
En estos y otros discursos permanecieron hasta la hora de cenar, y entonces él les dejó que se acomodasen a la mesa según sus respectivas dignidades; y allí, para una cena improvisada, fueron servidos muy bien y con mucho orden; ni habían pasado mucho tiempo después de haber alzado los manteles, cuando Messer Torello, juzgándolos cansados, los hizo acostar en muy buenas camas, y él mismo, un poco después, de igual manera se fue a descansar.
Entre tanto, el criado enviado a Pavía cumplió su mandado ante la dama, la cual, con espíritu no mujeril sino regio, hizo llamar apresuradamente a un gran número de amigos y servidores de Messer Torello y dispuso todo lo que convenía para un magnífico banquete. Asimismo, a la luz de las antorchas, hizo convidar a muchos de los más nobles ciudadanos al banquete y, sacando paños, sedas y pieles, hizo ordenar cumplidamente aquello que su marido le había enviado a mandar. Llegado el día, Saladín y sus compañeros se levantaron, y Messer Torello, montando a caballo con ellos y haciendo venir sus halcones, los llevó a un vado cercano y allí les mostró cómo volaban; entonces, preguntando Saladín por alguien que lo llevara a Pavía y a la mejor posada, su huésped dijo: «Yo seré vuestro guía, pues me es forzoso ir allá».
Los demás, creyendo esto, se dieron por contentos y partieron en su compañía hacia la ciudad, a la que llegaron alrededor de la hora de tercia; y, creyendo que se encaminaban a la mejor posada, fueron llevados por Micer Torello a su propia casa, donde una buena media centena de los ciudadanos más notables había ya acudido a recibir a los gentileshombres forasteros y estaban prestos a sus bridas y estribos. Saladino y sus compañeros, viendo esto, comprendieron demasiado bien lo que se avecinaba y dijeron:
—Micer Torello, esto no es lo que os pedimos; bastante habéis hecho por nosotros esta noche pasada, sí, y mucho más de lo que merecemos; por lo tanto, bien podéis ahora dejarnos seguir nuestro camino.
—Señores —respondió Messer Torello—, por mi trato de anoche con vosotros estoy más agradecido a la fortuna que a vosotros, pues ella os tomó en el camino a una hora en que os convenía venir a mi pobre casa; pero por vuestra visita de esta mañana quedaré agradecido a vosotros, y conmigo todos estos caballeros que os rodean, y si os parece cortés rehusar a comer con ellos, podéis hacerlo, si queréis.