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Saladino y sus compañeros, rendidos, desmontaron, y siendo recibidos con alegría por la compañía allí reunida, fueron conducidos a unas cámaras que habían sido suntuosísimamente preparadas para ellos. Una vez que se hubieron quitado las ropas de viaje y se hubieron refrescado un tanto, se dirigieron al salón, donde el banquete estaba espléndidamente dispuesto. Habiéndoseles dado agua a las manos, se sentaron a la mesa con la más noble y ordenada observancia, y fueron servidos magníficamente con muchos manjares, de suerte que, aunque el emperador mismo hubiera venido allí, habría sido imposible hacerle mayor honor. Y aunque Saladino y sus compañeros eran grandes señores y estaban acostumbrados a ver grandísimas cosas, con todo, se maravillaron en gran manera de aquello y les pareció de lo más grande, habida cuenta de la condición del gentilhombre, de quien sabían que era solo un ciudadano y no un señor.
Terminada la cena y levantadas las mesas, conversaron un rato de diversas cosas; luego, a instancias de Micer Torello, siendo grande el calor, los caballeros de Pavía se fueron todos a reposar; mientras él, quedándose solo con sus tres huéspedes, los llevó a una cámara y (para que ninguna de sus cosas preciosas quedara sin que ellos las vieran) hizo llamar allí a su noble dama. Así, ésta, que era muy hermosa y de alta estatura, entró donde ellos estaban, ataviada con ricas vestiduras y flanqueada por dos hijitos suyos, que parecían dos ángeles, y los saludó cortésmente. Los extranjeros, al verla, se pusieron en pie y, recibiéndola con reverencia, la hicieron sentar entre ellos y halagaron mucho a sus dos bellos niños.
Con ello entabló una agradable conversación con ellos, y al poco rato, habiendo salido Messer Torello, les preguntó cortésmente de dónde eran y adónde iban; ellos contestaron lo mismo que habían respondido a su marido; entonces ella dijo con aire jovial: «Entonces veo que mi consejo de mujer será de utilidad; por lo que os ruego, por vuestro especial favor, que no me rechacéis ni desdeñéis un pequeño presente que haré traeros, sino que lo aceptéis, considerando que las mujeres, de su pequeño corazón, dan cosas pequeñas y atienden más a la buena voluntad de quien da que al valor del regalo.»
Entonces, mandando traer para cada uno dos ropas, una forrada de seda y la otra de vair, no ciertamente ropas de ciudadanos ni de mercaderes, sino dignas de que las vistieran grandes señores, y tres jubones de cendal y calzas de lino a juego, dijo:
—Tomad estas; he vestido a mi señor con ropas de igual hechura, y las demás cosas, aunque son de poco valor, os serán aceptables, considerando que estáis lejos de vuestras damas, lo largo del camino que habéis recorrido y el que aún os queda por recorrer, y que los mercaderes son hombres honrados y cuidadosos de sus personas.
Los sarracenos se maravillaron y percibieron manifiestamente que Messer Torello estaba decidido a no dejar de cumplir con ellos pormenor alguno de hospitalidad; antes bien, viendo la magnificencia de unas vestiduras tan poco propias de mercaderes, sospecharon que habían sido reconocidos por él. Sin embargo, uno de ellos respondió a la dama, diciendo: «Señora, estas son cosas muy grandes y tales que no deberían aceptarse a la ligera, si vuestras súplicas, a las que es imposible decir que no, no nos constriñeran a ello». Hecho esto y habiendo ya regresado Messer Torello, la dama, encomendándolos a Dios, se despidió de ellos e hizo proveer a sus criados de cosas semejantes, adecuadas a su condición. Messer Torello, con muchos ruegos, logró que se quedaran con él todo aquel día; por lo cual, tras haber dormido un poco, se vistieron sus ropas y cabalgaron con él algún trecho por la ciudad; luego, llegada la hora de la cena, cenaron magníficamente con muchos honrados compañeros y, a su debido tiempo, se fueron a descansar.
Al día siguiente se levantaron con el alba y hallaron, en lugar de sus cansados rocines, tres palafrenes fuertes y buenos, y asimismo caballos frescos y robustos para sus servidores; lo cual, cuando Saladino vio, se volvió a sus compañeros y dijo: "Juro a Dios que jamás hubo caballero más cumplido ni más cortés y avisado que este; y si los reyes de los cristianos son reyes de tal guisa como este es caballero, el Soldán de Babilonia no podrá jamás esperar resistir a uno solo de ellos, por no hablar de los muchos que vemos aparejarse para caer sobre él." Entonces, sabiendo que sería en vano intentar rehusar este nuevo don, le dieron muy cortésmente las gracias por ello y montaron a caballo.
Messer Torello, con muchos compañeros, los acompañó un buen trecho fuera de la ciudad, hasta que, por penoso que le fuera a Saladino separarse de él (tanto se había ya encariñado con él), la necesidad lo obligaba a seguir adelante, por lo que al punto le rogó que volviera; ante lo cual, aunque de mala gana los dejaba, dijo: —Señores, ya que os place, lo haré; pero una cosa he de deciros: no sé quiénes sois ni pretendo saber más de lo que os plazca decirme; mas, seáis quienes seáis, jamás me haréis creer que sois mercaderes, y así os encomiendo a Dios. —Saladino, habiéndose ya despedido de todos los compañeros de Messer Torello, le respondió: —Señor, quizá aún tengamos ocasión de mostraros algo de nuestras mercancías, con lo que podremos confirmar vuestra creencia; entretanto, Dios sea con vos.
Con esto se partió con sus acompañantes, firmemente resuelto, si la vida le durase y la guerra que esperaba no lo deshiciera, a hacer a Micer Torello no menos honra que la que él le había hecho; y mucho discurrió con sus compañeros sobre él, sobre su dama, y sobre todos sus asuntos, maneras y tratos, alabándolo todo grandemente. Luego, después de haber visitado todo el Occidente con no poca fatiga, se embarcó con sus compañeros y volvió a Alejandría, donde, ya bien informado, se dispuso a su defensa. En cuanto a Micer Torello, volvió a Pavía y estuvo largo tiempo pensando quiénes pudieran ser aquellos, pero nunca dio con la verdad, ni siquiera se acercó a ella.
Habiendo llegado ya el tiempo de la cruzada, y hechos grandes preparativos por todas partes, el señor Torello, no obstante las lágrimas y súplicas de su esposa, estaba del todo resuelto a participar en ella; y hechas todas sus provisiones, estando a punto de montar a caballo, dijo a su dama, a quien amaba por encima de todo:
—Mujer, como ves, voy a esta cruzada, tanto por el honor de mi cuerpo como por la salud de mi alma. Te encomiendo nuestros asuntos y nuestro honor; y por cuanto estoy cierto de la ida, mas no de la vuelta, debido a los mil azares que pueden acontecer, quiero que me otorgues un favor, a saber: que, sea lo que fuere de mí, si no tuvieres noticias ciertas de mi vida, me aguardes un año, un mes y un día antes de contraer nuevas nupcias, contando desde este día de mi partida.
La señora, que lloraba amargamente, respondió: —Micer Torello, no sé cómo podré soportar la pena en que me dejáis con vuestra partida; pero, si mi vida resultare más fuerte que mi dolor y algo os aconteciere, podéis vivir y morir seguro de que yo viviré y moriré como esposa de Micer Torello y de su memoria. —Esposa —replicó Micer Torello—, estoy muy cierto de que, en cuanto en vos está, esto que me prometéis se cumplirá; pero sois una mujer joven y hermosa y de alta familia y vuestro valor es grande y por doquier conocido; por lo cual no dudo de que muchos grandes y nobles caballeros, si algo dudoso se supiera de mí, os pedirán a vuestros hermanos y parientes; de cuyas importunidades, por mucho que lo deseéis, no podréis defenderos y os será forzoso ceder a sus deseos; y por esto os pido este plazo y no uno mayor.
Dijo la dama: —Haré lo que pueda de lo que os he dicho; y si no obstante me conviniere hacer otra cosa, ciertamente os obedeceré en esto que me mandáis; mas ruego a Dios que no os lleve a vos ni a mí a tal extremo en estos días. Dicho esto, le abrazó llorando, y sacándose un anillo del dedo, se lo dio, diciendo: —Y si aconteciere que muera antes de volver a veros, acordaos de mí cuando miréis este anillo.
[Nota 475: _es decir_, si se divulgara algún rumor de muerte.]
Torello tomó el anillo y montó a caballo; luego, despidiéndose de todos los suyos, emprendió su viaje y llegó en breve con su compañía a Génova. Allí se embarcó en un galeón, y llegando poco después a Acre, se unió al otro ejército[476] de los cristianos, en el cual, casi de inmediato, comenzó una grave enfermedad y mortandad. Durante esta, ya fuese por la habilidad de Saladino o por su buena fortuna, casi todos los cristianos que habían escapado con vida fueron capturados por él, sin asestar un solo golpe, y repartidos en muchas ciudades y encarcelados. Micer Torello fue uno de los capturados y fue llevado prisionero a Alejandría, donde, siendo desconocido y temiendo darse a conocer, se dedicó, obligado por la necesidad, a la cetrería, de la que era gran maestro, y por ello llegó al conocimiento de Saladino, quien lo sacó de la prisión y lo tomó como halconero.
Messer Torello, a quien el Soldán no llamaba por otro nombre que el Cristiano, no lo reconoció, ni Saladin lo reconoció a él; antes bien, todos sus pensamientos estaban en Pavía, y más de una vez había intentado huir, pero en vano; por lo cual, habiendo llegado ciertos genoveses como embajadores ante Saladin para tratar del rescate de algunos de sus conciudadanos, y estando a punto de partir, pensó en escribir a su señora, haciéndole saber que estaba vivo y que volvería a ella lo más pronto que pudiese, y pidiéndole que lo esperase. Así, escribió cartas en tal sentido y al instante rogó a uno de los embajadores, a quien conocía, que las hiciese llegar a manos del abad de San Pietro in Ciel d'Oro, que era su tío.
[Nota 476: Sic (_all' altro esercito_). El significado de esto no aparece claro, ya que no se ha mencionado todavía ningún otro ejército cristiano. Quizás deberíamos traducir "el resto del ejército", _es decir_, aquella parte del remanente del ejército cristiano que huyó a Acre y se encerró allí tras el desastroso día de Hittin (23 de junio de 1187). Acre cayó el 29 de julio de 1187.]
Estando las cosas en este punto para él, aconteció un día que, mientras Saladino trataba con él de sus halcones, Micer Torello se sonrió por casualidad e hizo un movimiento con la boca, cosa que aquél había notado mucho, mientras estaba en su casa de Pavía. Esto le trajo a la memoria al caballero y, mirándolo fijamente, le pareció que era él mismo; por lo cual, dejando la conversación anterior, dijo: —Oye, cristiano, ¿de qué tierra de Occidente eres? —Mi señor—respondió Torello—, soy lombardo de una ciudad llamada Pavía, hombre pobre y de humilde condición. Al oír esto, Saladino quedó en cierto modo cerciorado de la verdad de su sospecha y dijo alegremente para sí: —Dios me ha concedido una oportunidad de mostrar a este hombre cuán agradecido estaba yo a su cortesía. En consecuencia, sin decir otra cosa, hizo extender todos sus vestidos en una cámara y, llevándolo allí, le dijo: —Mira, cristiano, si hay entre estas vestiduras alguna que hayas visto antes.
Torello miró y vio aquellas que su señora había dado a Saladino; pero, sin embargo, no concibiendo que pudieran ser las mismas, respondió: «Señor mío, no conozco ninguna de ellas; aunque, en verdad, estas dos se asemejan a ciertos vestidos con que yo, junto con tres mercaderes que vinieron a mi casa, fui investido en otro tiempo.» Entonces Saladino, no pudiendo contenerse más, lo abrazó tiernamente, diciendo: «Vos sois el señor Torello de Istria y yo soy uno de los tres mercaderes a quienes vuestra señora dio estos vestidos; y ahora ha llegado el tiempo de certificaros qué clase de mercancía es la mía, tal como os dije, al despedirme de vos, que podría acontecer.» El señor Torello, al oír esto, se alegró y se avergonzó a la vez; se alegró de haber tenido semejante huésped y se avergonzó de que le parecía que lo había agasajado muy escasamente. Entonces dijo Saladino: «Señor Torello, ya que Dios os ha enviado aquí a mí, de aquí en adelante considerad que no yo, sino vos sois el amo aquí.»
En consecuencia, después de que se hubieran regocijado grandemente el uno en el otro, lo vistió con vestiduras reales y, llevándolo ante la presencia de todos sus principales barones, ordenó, tras decir muchas cosas en alabanza de su valía, que por todos aquellos que tuvieran en aprecio su favor fuera honrado como él mismo, lo cual desde entonces fue hecho por todos, pero sobre todo por los dos gentileshombres que habían sido compañeros de Saladino en su casa.
La súbita altura de gloria a la que Messer Torello se vio así elevado hizo que sus asuntos de Lombardía se le borraran un tanto de la mente, tanto más cuanto que tenía buenas razones para esperar que sus cartas hubieran llegado ya a manos de su tío. Ahora bien, había muerto y sido enterrado en el campamento, o más bien en el ejército de los cristianos, el día en que fueron capturados por Saladino, un gentilhombre provenzal de poca importancia, llamado Messer Torello de Dignes; por lo cual, siendo Messer Torello d'Istria renombrado en todo el ejército por su magnificencia, cualquiera que oía decir: «Messer Torello ha muerto», lo creía de Messer Torello d'Istria, y no del de Dignes. El azar de la captura que sobrevino después no permitió que aquellos que habían sido así engañados fueran desengañados; por lo que muchos italianos regresaron con esta noticia, entre los cuales hubo algunos que no dudaron en afirmar que lo habían visto muerto y que habían asistido a su entierro.
Esto, llegando a oírse de su esposa y de sus parientes, fue causa de dolor grave e inefable, no solo para ellos, sino para todos los que lo habían conocido. Sería prolijo referir cuál y cuán grande fue el duelo, la pena y el llanto de su dama; pero, después de haberse lamentado algunos meses en continua aflicción, y comenzando a sentir menos dolor, siendo solicitada en matrimonio por los principales hombres de Lombardía, empezaron sus hermanos y demás parientes a importunarla para que se casara de nuevo. Tras haberlo rechazado una y otra vez con muchas lágrimas, al fin hubo de consentir por fuerza a la voluntad de sus parientes, con la condición de que permanecería, sin irse con un esposo, tanto tiempo como le había prometido a Messer Torello.
Hallándose los asuntos de la dama en Pavía en este estado y faltando tal vez ocho días para el plazo señalado para su partida al encuentro de su nuevo esposo, sucedió que un día divisó Meser Torello en Alejandría a uno a quien había visto embarcarse con los embajadores genoveses a bordo de la galera que había de llevarlos de regreso a Génova, y llamándole, le preguntó qué clase de viaje habían tenido y cuándo habían llegado a Génova; a lo que el otro respondió: —Señor, la galera (según oí en Creta, donde permanecí) hizo un mal viaje; pues, al acercarse a Sicilia, se levantó un furioso viento del norte que la arrojó a los bancos de arena de Berbería, y no se salvó nadie; y entre los demás, perecieron allí dos hermanos míos.
Messer Torello, dando crédito a sus palabras, que eran en verdad demasiado ciertas, y recordando que el plazo que había pedido a su mujer expiraba de allí a pocos días, concluyó que en Pavía nada podía saberse de su estado, y tuvo por cierto que la dama se habría vuelto a casar; por lo cual cayó en tal pesar que perdió el sueño y el apetito, y metiéndose en la cama, determinó morir. Cuando Saladino, que lo amaba por encima de todo, oyó esto, vino a él y, habiendo sabido por medio de muchas y apremiantes súplicas la causa de su pesar y de su enfermedad, le reprendió duramente porque no se lo hubiera contado antes; y luego le rogó que se consolara, asegurándole que, si tan sólo cobraba ánimo, él haría de modo que estuviese en Pavía en el plazo señalado, y le dijo cómo.
Micer Torello, confiando en las palabras de Saladino y habiendo oído decir muchas veces que aquello era posible y que, en efecto, se había hecho con harto frecuencia, comenzó a tomar aliento e instó a Saladino a que despachase. El Soldán, en consecuencia, encargó a un nigromante suyo, de cuya pericia había hecho ya antes prueba, que buscase la manera de que Micer Torello fuese transportado en una noche, sobre un lecho, a Pavía; a lo que el mago respondió que así se haría, pero que, para el bien del caballero, había de hacerlo dormir.
Hecho esto, Saladino se volvió a Messer Torello, y hallándolo enteramente resuelto a procurar a todo trance hallarse en Pavía en el plazo señalado, si era posible, y, en su defecto, morir, le habló así:
—Messer Torello, Dios sabe que ni quiero ni puedo censuraros en modo alguno si amáis tiernamente a vuestra dama y teméis que llegue a ser de otro, pues, de todas las mujeres que he visto, es ella cuyas maneras, cuyos modales y cuyo porte —dejando aparte su hermosura, que es flor de corta vida— me parecen más dignos de ser alabados y tenidos en estima.
Habíame sido en extremo grato, pues la fortuna os ha enviado aquí, que hubiéramos pasado juntos, como iguales señores en el gobierno de este mi reino, el tiempo que a vos y a mí nos queda de vida, y si esto no me había de ser concedido por Dios, estando decretado que tomarais a pechos buscar la muerte o hallaros en Pavía en el plazo señalado, hubiera deseado sobre todo saberlo a tiempo, para haceros llevar a vuestra casa con tal honor, con tal magnificencia y en tal compañía como vuestro mérito merece. Mas, puesto que esto no me ha sido otorgado y deseáis estar allí de presente, yo os despacharé, como pueda, hacia allá a la manera que os he dicho.
—Mi señor —respondió Messer Torello—, vuestras obras, sin vuestras palabras, me han dado suficiente prueba de vuestro favor, el cual nunca he merecido en tan sumo grado; y de lo que decís, aunque no lo hubierais dicho, viviré y moriré bien seguro; pero, ya que he tomado esta resolución, os ruego que aquello que me decís que haréis se haga con presteza, pues mañana es el último día en que se me ha de esperar.
Saladino respondió que aquello sin falta se llevaría a cabo y, en consecuencia, al día siguiente, queriendo despedirlo esa misma noche, hizo disponer en una gran sala de su palacio una cama muy rica y suntuosa de colchones, todos, según su uso, de terciopelo y tela de oro, y mandó tender sobre ella una colcha primorosamente labrada con diversas figuras de grandes perlas y joyas de gran precio (la cual luego en Italia fue tenida por un tesoro inestimable) y dos almohadas que correspondían a una cama de tal manera. Hecho esto, hizo vestir a Messer Torello, que ya estaba sano y fuerte, con una túnica a la usanza sarracena, la más rica y hermosa que jamás se hubiera visto de nadie, y envolverle en la cabeza, según su costumbre, uno de sus más largos turbantes.
Después, haciéndose tarde, se encaminó con muchos de sus barones a la cámara donde estaba Messer Torello y, sentándose casi llorando a su lado, le habló así: —Messer Torello, se acerca la hora que ha de separarme de vos, y puesto que no puedo haceros compañía ni procurar que seáis acompañado, debido a la naturaleza del viaje que habéis de emprender, que no lo consiente, me es forzoso despedirme de vos aquí en esta cámara, a cuyo fin he venido.
Por lo cual, antes de encomendaros a Dios, os conjuro, por ese amor y esa amistad que entre nosotros hay, que os acordéis de mí, y si fuere posible, antes de que nuestros días lleguen a su fin, que, cuando hayáis ordenado vuestros asuntos en Lombardía, vengáis al menos una vez a verme, a fin de que, mientras me regocijo con vuestra vista, pueda entonces suplir la falta que ahora me es forzoso cometer a causa de vuestra prisa; y hasta que eso acontezca, no os pese visitarme con cartas y pedirme las cosas que os plazcan; que de cierto las haré más gustosamente por vos que por ningún hombre vivo.
[Nota 477: Bien será recordar al lector europeo que el turbante consta de dos partes, es decir, un casquete y un paño de lino, que se enrolla a su alrededor en varios pliegues y formas, para formar el conocido tocado oriental.]
En cuanto a Micer Torello, no pudo contener las lágrimas; por lo cual, impedido por ellas, respondió en pocas palabras que era imposible que sus beneficios y su nobleza se le escaparan jamás de la memoria, y que sin falta haría lo que le mandaba, cuando se le ofreciera la ocasión. Entonces Saladino, tras abrazarlo tiernamente y besarlo, le deseó con muchas lágrimas que Dios le acompañara y salió de la cámara. Los otros barones se despidieron luego todos de él y siguieron al Soldán a la sala donde había mandado preparar el lecho.
Mientras tanto, como se hacía tarde y el nigromante esperaba y apremiaba para que se despachara, llegó un médico a Messer Torello con una poción, y haciéndole creer que se la daba para fortalecerlo, le hizo beberla; y no pasó mucho tiempo antes de que se durmiera, y así, por mandato de Saladino, fue llevado a la sala y puesto sobre el lecho ya dicho, sobre el cual el Sultán colocó una gran y hermosa corona de gran precio, e inscribió en ella de tal manera que después se entendió manifiestamente que era enviada por él a la esposa de Messer Torello; después le puso en el dedo un anillo con un carbunclo engastado, tan resplandeciente que parecía una antorcha encendida, cuyo valor apenas podía estimarse, y le ciñó una espada cuyos adornos no podrían valorarse fácilmente.
Además, hizo colgar un broche en su pecho, en el cual había perlas como nunca se vieron semejantes, junto con otras piedras preciosas en abundancia, y a cada uno de sus lados mandó poner dos grandes vasijas de oro, llenas de doblones, y muchas sartas de perlas, anillos, cinturones y otras cosas que sería tedioso relatar, todo en derredor suyo. Hecho esto, lo besó una vez más y ordenó al nigromante que se diera prisa; y así, en su presencia, la cama fue al punto retirada, con Meser Torello y todo, y Saladino se quedó meditando sobre él con sus barones.