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Mientras tanto, Micer Torello había sido depositado, tal como él había pedido, en la iglesia de San Pietro in Ciel d'Oro de Pavía, con todas las joyas y ornamentos antedichos, y aún dormía cuando, habiendo sonado maitines, el sacristán de la iglesia entró con una luz en la mano y, topándose de pronto con el rico lecho, no solo se maravilló, sino que, presa de un terrible espanto, se volvió y huyó. El abad y los monjes, al verlo huir, se maravillaron y le preguntaron la causa, la cual él les contó; ante lo cual el abad dijo: «A fe mía, no eres un niño ni eres nuevo en la iglesia para que así te asustes tan a la ligera; vayamos a ver quién te ha hecho de coco.»
En consecuencia, encendiendo varias luces, el abad y todos sus monjes entraron en la iglesia y vieron aquel lecho maravilloso y hermoso, y en él dormido al caballero; y mientras, recelosos y temerosos, contemplaban las nobles joyas, sin acercarse de ningún modo al lecho, aconteció que, pasada la virtud de la poción, el señor Torello despertó y lanzó un gran suspiro. Lo cual, cuando los monjes vieron y oyeron, se dieron a la fuga, abad y todos, aterrados y gritando: «¡Señor, ayúdanos!». El señor Torello abrió los ojos y, mirando a su alrededor, claramente se vio donde había pedido a Saladino que lo hiciera llevar, con lo cual quedó sumamente contento. Luego, sentándose, examinó detenidamente lo que tenía consigo, y aunque antes había conocido la magnificencia de Saladino, ahora le pareció mayor y la conoció más.
No obstante, sin avanzar más, al ver huir a los monjes y adivinar la razón, se puso a llamar al abad por su nombre, rogándole que no tuviese miedo, pues él era Torello, su sobrino. El abad, al oír esto, se llenó de todavía más temor, pues lo tenía por muerto desde hacía muchos meses; mas, al cabo de un rato, cobrando seguridad por verdaderas razones y oyéndose llamar, hizo la señal de la cruz y se acercó a él; en esto dijo Micer Torello: —¿Cómo estáis, padre mío, y de qué tenéis miedo? Gracias a Dios, estoy vivo y he vuelto aquí de allende los mares.
El abad, aunque tenía gran barba y vestía a la usanza sarracena, al punto lo reconoció y, del todo tranquilizado, lo tomó de la mano, diciendo: «Hijo mío, bienvenido de nuevo.» Luego continuó: «No debes maravillarte de nuestro espanto, pues no hay hombre en estas tierras que no crea firmemente que estás muerto; tanto es así que debo decirte que la señora Adalieta, tu esposa, vencida por los ruegos y amenazas de sus parientes y contra su propia voluntad, se ha vuelto a casar, y esta mañana ha de ir a su nuevo esposo; sí, y el banquete de bodas y todo cuanto concierne a los festejos nupciales está preparado.»
Con esto, Micer Torello se levantó del rico lecho y, saludando al abad y a los monjes con maravillosa alegría, les rogó a todos que no hablaran con nadie de su regreso, hasta que hubiese despachado un asunto suyo; después de lo cual, habiendo mandado poner a buen recaudo las costosas joyas, contó a su tío todo cuanto le había acontecido hasta aquel momento.
El abad se alegró de su buena fortuna y juntamente con él dio gracias a Dios, tras lo cual Meser Torello le preguntó quién era el nuevo esposo de su dama. El abad se lo dijo y Torello replicó: «Tengo intención, antes de que se sepa mi regreso, de ver qué semblante muestra mi esposa en estas nupcias; por lo cual, aunque no es costumbre de los hombres de vuestro hábito asistir a semejantes festejos, querría que vos, por amor a mí, dispusiereis que fuéramos allá, vos y yo». El abad respondió que lo haría de buen grado y, así, apenas fue de día, envió a decir al nuevo desposado que desearía hallarse en sus bodas con un amigo suyo, a lo cual el gentilhombre respondió que le placía en extremo.
Venida, pues, la hora de comer, Micer Torello, tal y como iba vestido, se encaminó con su tío a casa del novio, contemplado con asombro por cuantos le veían, pero de ninguno reconocido; y el abad dijo a todos que era un sarraceno enviado como embajador del Soldán al rey de Francia. Fue, por tanto, sentado a una mesa justo enfrente de su mujer, a quien contempló con sumo placer, y parecíale que ella tenía el semblante turbado por aquellas nuevas nupcias. Ella, por su parte, le miraba a veces, mas no por conocimiento alguno que de él tuviese, porque su gran barba, su extraño atuendo y la firme certeza de que estaba muerto se lo impedían.
Luego, cuando le pareció que era tiempo de probar si ella se acordaba de él, tomó el anillo que ella le había dado al despedirse y, llamando a un mozo que servía ante ella, le dijo: —Di a la novia, de mi parte, que es usanza en mi país que, cuando un extranjero, como yo lo soy aquí, come en el banquete de bodas de una dama recién casada, como ella, ella, en señal de que lo tiene por bienvenido en su mesa, le envíe la copa en que bebe, llena de vino; y que, después de que el extranjero haya bebido lo que quiera, cubierta de nuevo la copa, la novia beba el resto.
El paje llevó su recado a la dama, la cual, como mujer bien criada y discreta, creyendo que fuese algún gran caballero, mandó, para mostrarle que tenía en grado su venida, que una gran copa dorada, que ante ella estaba, fuese lavada y llenada de vino y llevada al caballero; y así se hizo. Meser Torello, tomando en la boca el anillo de ella, al beber procuró dejarlo caer, sin que nadie lo viese, en la copa, y habiendo dejado en ella un poco de vino, la volvió a cubrir y la envió a la dama.
Doña Adalieta, tomando la copa y destapándola para cumplir con su costumbre, se la llevó a los labios y, al ver el anillo, lo contempló un rato sin decir palabra; luego, reconociéndolo como el que ella había dado a Messer Torello al despedirse, lo tomó y, mirando fijamente a aquel a quien creía un extraño, al punto lo reconoció; con lo cual, como si hubiese enloquecido, derribó la mesa que tenía delante y gritó diciendo: «¡Es mi señor, es en verdad Messer Torello!». Entonces, corriendo al lugar donde él estaba sentado, se lanzó hacia adelante cuanto pudo, sin reparar en sus ropas ni en nada de lo que había sobre la mesa, y lo abrazó estrechamente, ni por palabra ni por gesto de los presentes pudo ser desprendida de su cuello hasta que Messer Torello le mandó que se contuviese un poco, pues tiempo suficiente le sería aún concedido para abrazarlo.
Habiéndose ella, pues, levantado, y estando con esto las nupcias todas turbadas, aunque en parte más gozosas que nunca por la recuperación de tan gentil caballero, todos, a ruego de Messer Torello, permanecieron quietos; con lo cual él les relató todo lo que le había acaecido desde el día de su partida hasta aquel momento, concluyendo que el caballero que, teniéndole por muerto, había tomado a su dama por esposa, no debía llevar a mal que él, estando vivo, la volviese a tomar para sí.
El novio, aunque algo mortificado, respondió con franqueza y como amigo que de él dependía hacer de lo suyo lo que más le agradara. Así que la dama se quitó el anillo y la corona que había recibido de su nuevo esposo y se puso el anillo que había tomado de la copa y la corona que le había enviado el Soldán; luego, saliendo de la casa donde estaban, se encaminaron, con todo el cortejo nupcial, a casa de Messer Torello, y allí reconfortaron a sus desconsolados amigos y parientes y a todos los ciudadanos, que consideraban su regreso casi un milagro, con una larga y gozosa fiesta. En cuanto a Messer Torello, después de repartir sus joyas preciosas entre aquel que había costeado las nupcias, así como al abad y a muchos otros, y de comunicar su feliz regreso a Saladino por más de un mensaje, de quien aún se declaraba amigo y servidor, vivió muchos años después con su noble dama, y desde entonces prodigó más hospitalidad y cortesía que nunca.
Tal fue, pues, el desenlace de las cuitas de Messer Torello y de su amada dama, y la recompensa de sus alegres y prontas hospitalidades, las cuales muchos procuran practicar, quienes, aunque tienen con qué, lo arreglan tan mal que hacen que aquellos a quienes otorgan sus cortesías las compren, antes de que hayan terminado con ellos, por más de su valor; por lo cual, si de ello no se les sigue recompensa alguna, ni ellos mismos ni otros deberían maravillarse.
LA DÉCIMA HISTORIA
[Día Décimo]
EL MARQUÉS DE SALUZZO, OBLIGADO POR LAS PLEGARIAS DE SUS VASALLOS A CASARSE, PERO DECIDIDO A HACERLO A SU MANERA, TOMA POR ESPOSA A LA HIJA DE UN CAMPESINO Y TIENE DE ELLA DOS HIJOS, A LOS QUE LE HACE CREER QUE LOS MATA; DESPUÉS, FINGIENDO ESTAR CANSADO DE ELLA Y HABER TOMADO OTRA ESPOSA, HACE TRAER A SU PROPIA HIJA A SU CASA COMO SI FUERA SU NUEVA NOVIA, Y DESPIDE A SU MUJER EN CAMISA; PERO, ENCONTRÁNDOLA PACIENTE ANTE TODO, LA TRAE DE VUELTA A CASA, MÁS QUERIDA QUE NUNCA, Y MOSTRÁNDOLE A SUS HIJOS YA CRECIDOS, LA HONRA Y HACE HONRAR COMO MARQUESA.
Capítulo 80: Parte 80 Segmento 14 de 29. Traduzca solo este segmento; no resuma ni se refiera a otros segmentos.
Habiendo terminado el largo relato del rey y habiendo, al parecer, complacido a todos en gran medida, Dioneo dijo, riendo: «El buen hombre,[478] que aquella noche esperaba abatir la cola erguida del fantasma,[479] no habría dado un par de cuartos por todas las alabanzas que vosotros prodigáis al señor Torello». Luego, sabiendo que a él solo le correspondía contar, prosiguió: «Gentiles damas mías, me parece que este día ha estado dedicado a Reyes y Soldanes y gentes semejantes; por lo cual, para no alejarme demasiado de vosotras, me propongo relataros la historia de un marqués, no un acto de magnificencia, sino una monstruosa locura, de la cual, aunque al final le sobrevino un bien, no aconsejo a nadie que la imite, pues fue una lástima mil veces que de ella le viniera ventura alguna.
[Nota 478: _es decir_, el que había de casarse con la señora Adalieta.]
[Nota 479: Véase pág. 325.]»
Capítulo 80: Parte 80 Segmento 15 de 29. Traduzca solo este segmento; no resuma ni se refiera a otros segmentos.
Ya hace mucho tiempo que el señor de la casa de los marqueses de Saluzzo era un joven llamado Gualtieri, que, no teniendo ni mujer ni hijos, pasaba su tiempo en nada más que en cazar y cetrería, sin tener pensamiento alguno de tomar esposa ni de tener hijos; en lo cual merecía ser tenido por muy sabio. Pero esto no agradaba a sus vasallos, y le rogaron muchas veces que tomara esposa, para que él no quedara sin heredero ni ellos sin señor, y se ofrecieron a buscarle una de tal condición y nacida de tales padres que se pudieran tener buenas esperanzas de ella y él quedara muy contento; a lo cual respondió: «Amigos míos, me constreñís a aquello que estaba del todo resuelto a no hacer jamás, considerando cuán difícil cosa es hallar una esposa cuyas costumbres se avengan bien con el propio humor y cuán grande abundancia hay de la clase contraria, y cuán dura es la vida de aquel que tropieza con una mujer que no le conviene».
Decir que pensáis, por las maneras y costumbres de los padres, conocer a las hijas, de donde argüís para darme una mujer que me plazca, es necedad, pues no sé de dónde podéis saber quiénes son sus padres ni aun los secretos de sus madres; y aunque todo eso supiérais, las hijas suelen ser muy desemejantes de sus padres. Pero, pues os place atarme en estas cadenas, estoy contento de hacer vuestra voluntad; mas, por no tener ocasión de quejarme de otro que de mí mismo, si saliere mal, entiendo buscar una mujer para mí, certificándoos que, a quienquiera que yo tomare, si no fuere honrada de vos como vuestra señora y ama, probaréis a vuestra costa cuánto me pesa haber tomado mujer contra mi voluntad a vuestro ruego.
Los buenos y honestos hombres respondieron que estaban contentos, con tal de que él se dignara tomar esposa. Ahora bien, las maneras de una muchacha pobre, que era de una aldea cercana a su casa, habían complacido durante mucho tiempo a Gualtieri, y pareciéndole que era bastante hermosa, juzgó que podría llevar una vida muy cómoda con ella; por lo cual, sin buscar más lejos, determinó casarse con ella y, enviando a buscar a su padre, que era un hombre muy pobre, acordó con él tomarla por esposa. Hecho esto, reunió a todos sus amigos de la comarca y les dijo: «Amigos míos, os ha placido y os place que me disponga a tomar esposa, y me he resignado a ello, más para complaceros que por deseo alguno que tenga de casarme. Sabéis lo que me prometisteis, a saber, que estaríais contentos y honraríais como a vuestra dama y señora a aquella que yo tomase, quienquiera que fuese; por lo cual, ha llegado el tiempo en que debo cumplir mi promesa con vosotros y en que querría que vosotros cumplierais la vuestra conmigo.»
He hallado una doncella a mi gusto, y me propongo, dentro de pocos días, casarme con ella y traerla a mi casa; por lo cual pensad vosotros cómo pueda ser la fiesta de bodas espléndida y cómo podáis recibirla con honor, de manera que yo pueda darme por satisfecho de vuestra promesa, así como vosotros tendréis motivo de estarlo de la mía. Las buenas gentes respondieron todas alegremente que esto les placía mucho y que, fuese quien fuese, la tendrían por señora y ama y la honrarían como tal en todas las cosas; después de lo cual todos se dispusieron a celebrar una fiesta hermosa, solemne y alegre, y de igual manera hizo Gualtieri, que mandó preparar unas bodas muy grandes y suntuosas, e invitó a ellas a muchos de sus amigos y parientes, y a grandes caballeros y a otros de la vecindad.
Además, hizo cortar y confeccionar gran provisión de ricas y hermosas vestiduras, según la medida de una doncella que en su persona le parecía semejante a la joven que se proponía desposar, y proveyó también anillos y cinturones y una rica y hermosa corona y todo cuanto conviene a una novia.
El día que había señalado para las bodas, Gualtieri, hacia media tercia, montó a caballo, él y todos los que habían venido a hacerle honor, y habiendo ordenado todo lo necesario. «Señores —dijo—, es hora de ir a buscar a la novia.» Entonces, partiendo con toda su compañía, cabalgó hasta la aldea y, dirigiéndose a la casa del padre de la muchacha, la halló volviendo apresuradamente con agua de la fuente, para poder ir luego con las otras mujeres a ver llegar a la novia de Gualtieri. Cuando el marqués la vio, la llamó por su nombre, es decir, Griselda, y le preguntó dónde estaba su padre; a lo que ella respondió con timidez: «Señor mío, está dentro de la casa.» Entonces Gualtieri desmontó y, mandando que todos lo esperaran, entró solo en la pobre casa, donde encontró al padre de ella, cuyo nombre era Giannucolo, y le dijo: «He venido a casarme con Griselda, pero antes querría saber de ella algo en tu presencia.»
Así, pues, le preguntó si, en caso de tomarla por esposa, procuraría todavía complacerle, ni se ofendería de cosa alguna que él dijera o hiciera, y si sería obediente, y muchas otras cosas semejantes; a todo lo cual respondió que sí. En esto, Gualtieri, tomándola de la mano, la hizo salir y, en presencia de toda su compañía y de todos los demás, la hizo desnudar. Luego, mandando traer los vestidos que había mandado hacer, al punto la hizo vestir y calzar, y quiso que se pusiera la corona sobre sus cabellos, así, enmarañados como estaban; después de lo cual, maravillándose todos de ello, dijo: «Señores, esta es la que me propongo que sea mi esposa, si ella me quiere por marido». Entonces, volviéndose hacia ella, que permanecía toda avergonzada y confusa, le dijo: «Griselda, ¿me quieres por esposo?» A lo cual ella respondió: «Sí, mi señor». Dijo él: «Y yo te quiero por esposa»; y la desposó en presencia de todos.
Entonces, montándola en un palafrén, la llevó, honorablemente acompañado, a su mansión, donde las nupcias se celebraron con la mayor suntuosidad y regocijo, no de otra manera que si hubiese tomado por esposa a la hija del rey de Francia.
La joven esposa parecía haber cambiado, junto con sus vestidos, su mente y sus modales. Era, como ya hemos dicho, hermosa de persona y de rostro, y así como era bella, de igual manera se volvió tan atractiva, tan agradable y tan bien educada que parecía más bien hija de algún noble caballero que de Giannucolo y de una pastora de ovejas; de lo cual hizo maravillarse a todos los que la habían conocido anteriormente.
Además, era tan obediente a su esposo y tan diligente en su servicio, que él se tenía por el hombre más dichoso y satisfecho del mundo; y asimismo se conducía con tal gracia y tan amorosa bondad hacia los súbditos de su marido, que no había ninguno que no la amara y honrara de todo corazón, rogando todos por su bienestar, prosperidad y ventura; y mientras antes solían decir que Gualtieri había obrado como hombre de poco entendimiento al tomarla por esposa, ahora con unánime acuerdo declaraban que era el hombre más sagaz y mejor aconsejado del mundo, pues nadie más que él habría podido conocer su alta valía, oculta como estaba bajo pobres vestiduras y un hábito rústico.
En suma, no pasó mucho tiempo antes de que ella supiera obrar de tal modo que, no sólo en el marquesado de su esposo, sino en todas partes, hiciera hablar a las gentes de sus virtudes y de sus buenas obras, y tornara en contrario todo cuanto se había dicho contra su marido a causa de ella, cuando la desposó.
No había permanecido mucho tiempo con Gualtieri cuando concibió, y a su tiempo dio a luz una hija, de lo cual él se alegró grandemente. Pero poco después, habiéndole venido al pensamiento un nuevo propósito, a saber, poner a prueba su paciencia mediante largas tribulaciones y cosas insoportables, primero la hostigó con palabras, fingiéndose afligido y diciendo que sus vasallos estaban muy descontentos de ella por causa de su humilde origen, especialmente desde que veían que daba hijos, y que no hacían sino murmurar, muy contrariados por el nacimiento de su hija. La dama, oyendo esto, respondió sin mudar en modo alguno el semblante ni mostrar la menor alteración: "Señor mío, haz de mí lo que creas más conveniente para tu honor y tu consuelo, que yo estaré contenta con todo, sabiendo, como sé, que soy de menos valía que ellos y que no era digna de esta dignidad a la que por tu cortesía me has elevado."
Fue esta respuesta muy grata a Gualtieri, porque vio que ella no se había envanecido por honra alguna que él ni otros le hubieran hecho; mas, poco después, habiéndole manifestado en términos generales que sus vasallos no podían sufrir a aquella niña que de ella había nacido, le envió a uno de sus servidores, a quien había instruido, y que le dijo con semblante muy afligido: —Señora, si no he de morir, forzoso me es hacer lo que mi señor me manda. Me ha mandado tomar a esta vuestra hija y.... Y no dijo más.
La dama, oyendo esto y viendo el aspecto del criado y recordando las palabras de su marido, concluyó que le había ordenado dar muerte a la niña; ante lo cual, sin cambiar de semblante, aunque sintiera gran angustia en el corazón, tomó inmediatamente a la niña de la cuna y, tras besarla y bendecirla, la puso en brazos del criado, diciendo: «Tómala y haz puntualmente lo que tu señor te ha ordenado; pero no la dejes que sea devorada por las bestias y las aves, salvo que él te lo mande.» El criado tomó a la niña y refirió a Gualtieri lo que la dama había dicho; él se maravilló de su constancia y lo envió con la niña a una parienta suya en Bolonia, rogándole que la criara y educara diligentemente, sin decir jamás de quién era hija.
Con el tiempo, la dama concibió de nuevo y, a su debido tiempo, dio a luz un varón, para gran alegría de su marido; pero, no contentándose él con lo que ya había hecho, se dispuso a herirla en lo más vivo con un golpe aún más doloroso, y así le dijo un día con aire preocupado: "Mujer, ya que has dado a luz este varón, no he podido en modo alguno vivir en paz con estas mis gentes, tan amargamente murmuran que un nieto de Giannucolo deba convertirse en su señor después de mí; por lo cual me temo que, si no quiero ser expulsado de mis dominios, me será necesario hacer en este caso lo que hice en otra ocasión y, finalmente, repudiarte y tomar otra esposa." La dama le prestó oído con ánimo paciente y no respondió otra cosa sino: "Mi señor, procura contentarte y satisfacer tu voluntad y no pienses en mí, pues nada me es querido sino en cuanto veo que a ti te agrada."
Pocos días después, Gualtieri mandó buscar al hijo, tal como había mandado buscar a la hija, y haciendo igual demostración de mandarlo matar, lo envió a Bolonia para que allí fuese criado, como había hecho con la niña; pero la señora no mostró otro semblante ni dijo otras palabras que las que había mostrado y dicho por la niña; de lo cual Gualtieri se maravilló en gran manera y afirmó para sí que ninguna otra mujer habría podido hacer lo que ella hacía; y si no la hubiera visto cuidar de sus hijos con extremada ternura mientras a él le placía, habría creído que lo hacía porque no se preocupaba de ellos; mas, en realidad, sabía que lo hacía por su prudencia.
Sus vasallos, creyendo que él había hecho dar muerte a los niños, le culparon duramente, teniéndole por hombre bárbaro, y tuvieron suma compasión de su esposa, la cual nunca respondió otra cosa a las damas que la condolían por sus hijos así muertos, sino que aquello que le placía a él que los había engendrado, le placía también a ella.