Español
Segmento 1 de 22. Traduzca solo este segmento; no resuma ni se refiera a otros segmentos.
Por fin, pasados algunos años desde el nacimiento de la niña, Gualtieri, juzgando que era tiempo de hacer la prueba suprema de su paciencia, declaró, en presencia de su pueblo, que ya no podía soportar tener a Griselda por esposa y que percibía que había obrado mal y puerilmente al tomarla, por lo que se proponía, en cuanto en él estuviera, gestionar ante el Papa que le concediera una dispensa, para poder repudiarla y tomar otra esposa. Por ello fue duramente censurado por muchos hombres de valía, pero a todos no respondió nada salvo que así había de ser por fuerza. La dama, oyendo estas cosas y pareciéndole que debía esperar volver a casa de su padre y quizá guardar ovejas de nuevo como había hecho en otro tiempo, mientras veía a otra mujer en posesión de aquel a quien quería todo su bien, se afligió en su interior; pero aun así, así como había sobrellevado las otras afrentas de la fortuna, así también, con firme semblante, se dispuso a sobrellevar esta.
Gualtieri, no mucho tiempo después, hizo venir de Roma cartas falsas de dispensa y dio a sus vasallos a entender que el Papa le había concedido por ellas tomar otra mujer y dejar a Griselda; luego, haciendo llamar a ésta, le dijo en presencia de muchos:
—Mujer, por concesión que me ha hecho el Papa, soy libre de tomar otra mujer y repudiarte; y por tanto, ya que mis antepasados han sido grandes caballeros y señores de esta tierra, mientras que los tuyos siempre han sido labradores, quiero que no seas más mi mujer, sino que vuelvas a casa de Giannucolo con la dote que me trajiste, y después traeré aquí a otra mujer, pues he encontrado una más adecuada para mí.
La dama, oyendo esto, contuvo sus lágrimas, contra la naturaleza de la mujer, aunque no sin gran desazón, y respondió: 'Mi señor, siempre supe que mi humilde condición no era en modo alguno comparable con vuestra nobleza, y por lo que con vos he estado, siempre me he confesado deudora vuestra y de Dios, ni nunca lo he tenido ni considerado como mío, como cosa dada, sino que siempre lo he tenido por prestado. A vos os place reclamarlo de nuevo, y a mí debe y place devolvéroslo. Aquí está vuestro anillo con el que me desposasteis; tomadlo.'
Me mandáis que me lleve conmigo la dote que aquí traje, para lo cual no necesitaréis pagador ni yo bolsa ni cabalgadura, pues no he olvidado que me tuvisteis desnuda, y si tenéis por conveniente que este mi cuerpo, en el cual he llevado hijos engendrados por vos, sea visto de todos, desnuda me iré; pero os ruego que, en recompensa de mi doncellez, que aquí traje y no me llevo de aquí, os plazca que me pueda llevar al menos una sola camisa además de mi dote. Gualtieri, que tenía más ganas de llorar que de otra cosa, mantuvo no obstante un semblante severo y dijo: «Sea así; llevad una camisa.»
Cuantos allí estaban le rogaron que le diese un vestido, para que aquella que había sido su esposa durante más de trece años no fuera vista salir de su casa de manera tan humilde y vergonzosa como era partir en camisa; pero todas sus súplicas fueron en vano; por lo que la dama, encomendándolos a Dios, salió de su casa en camisa, descalza y sin nada en la cabeza, y volvió junto a su padre, seguida de las lágrimas y lamentaciones de todos los que la vieron. Giannucolo, que nunca había podido creer verdadero que Gualtieri tomase a su hija por esposa y esperaba este acontecimiento de un día para otro, le había guardado las ropas que ella se había quitado la mañana en que Gualtieri la desposó y ahora se las trajo; entonces ella se las puso y se dedicó, como solía, a las pequeñas tareas de la casa de su padre, soportando con corazón firme el cruel embate de la fortuna adversa.
Gualtieri, hecho esto, hizo saber a los suyos que había elegido a una hija de uno de los condes de Panago y, mandando hacer grandes preparativos para las nupcias, mandó llamar a Griselda para que viniese a él y le dijo: «Estoy a punto de traer a casa a esta dama, a quien recién he tomado por esposa, y quiero, en esta su primera llegada, hacerle honor. Tú sabes que no tengo mujeres conmigo que sepan arreglarme las habitaciones ni hacer muchas de las cosas que convienen a semejante fiesta; por tanto, tú, que estás más versada que ninguna otra en estos asuntos domésticos, ordena lo que se ha de hacer aquí, e invita a las damas que te plazca y recíbelas como si fueras la señora de este lugar; luego, cuando las nupcias hayan terminado, podrás volver a tu casa.» Aunque estas palabras fueron como puñales para el corazón de Griselda, que no había podido dejar el amor que le tenía como había dejado su buena fortuna, respondió: «Mi señor, estoy lista y dispuesta.»
Entonces, con sus toscas ropas de sayal, entrando en la casa de donde poco antes había salido en camisa, se puso a barrer y ordenar las estancias, mandando poner colgaduras y paños por los salones y preparar los manjares, poniendo mano a todo como si fuera alguna pobre sirvienta de la casa, y no cesó hasta que hubo dispuesto y ordenado todo como convenía. Después, habiendo hecho invitar de parte de Gualtieri a todas las damas de la comarca, aguardó el día de la fiesta, y llegado este, con alegre semblante y el ánimo y porte de una dama de alto rango, aunque llevase humildes ropas sobre sus espaldas, recibió a todas las damas que allí acudieron.
Mientras tanto, Gualtieri, que había hecho criar diligentemente a los dos niños en Bolonia por su parienta (casada con un gentilhombre de la familia Panago), teniendo la muchacha ya doce años y siendo la criatura más hermosa que jamás se vio, y el niño seis, había enviado a su pariente[482] a Bolonia, rogándole que tuviera a bien venir a Saluzzo con su hijo e hija, y que dispusiera traer consigo una compañía digna y honorable, encargándole que dijera a todos que llevaba a la joven para que fuera su esposa, sin revelar a nadie nada acerca de quién era ella. El gentilhombre hizo como el marqués le rogaba y, partiendo con la muchacha, el niño y una buena compañía de nobles, tras varios días de viaje llegó, a la hora de comer, a Saluzzo, donde encontró a toda la gente del campo y a muchos otros de la comarca aguardando a la nueva esposa de Gualtieri.
Ésta, recibida por las damas y llegada al salón donde estaban puestas las mesas, Griselda vino a su encuentro, tal cual estaba vestida, y la saludó alegremente, diciendo: «Bienvenida y muy bienvenida sea mi señora». Acto seguido, las damas (que habían rogado a Gualtieri con insistencia, pero en vano, que permitiera a Griselda quedarse en una cámara o le prestara uno de los vestidos que habían sido suyos, para que no compareciera así ante sus huéspedes) se sentaron a la mesa, y se procedió a servirlas. La muchacha fue mirada por todos, y todos declararon que Gualtieri había hecho un buen trueque; y entre los demás, Griselda la elogió grandemente, tanto a ella como a su hermanito.
Gualtieri, viendo que la extrañeza del caso no la cambiaba en modo alguno, y estando seguro de que aquello no procedía de falta de entendimiento, pues sabía que era de muy agudo ingenio, le pareció que ya había visto todo cuanto deseaba de la paciencia de su esposa, y juzgó que era hora de librarla de la amargura que, no lo dudaba, guardaba oculta bajo su constante semblante; por lo cual, llamándola hacia sí, le dijo sonriendo, en presencia de todos: —¿Qué te parece nuestra desposada?
—Mi señor —respondió ella—, la tengo en muy alta estima, y si, como creo, es tan discreta como hermosa, no dudo en absoluto que viviréis con ella el más dichoso caballero del mundo; mas os ruego, con la mayor insistencia de que soy capaz, que no le inflijáis aquellos tormentos que en otro tiempo infligisteis a la que fue vuestra; pues me parece que apenas podría soportarlos, tanto porque es más joven como porque ha sido criada con delicadeza, mientras que la otra había vivido en fatigas continuas desde muy niña.
Gualtieri, viendo que ella firmemente creía que la joven había de ser su esposa y que por ello no hablaba de ella sino bien, la sentó junto a sí y le dijo: «Griselda, tiempo es ya de que coseches los frutos de tu larga paciencia, y de que aquellos que me han tenido por cruel, injusto y brutal sepan que cuanto he hecho lo hice con un fin previsto, queriendo enseñarte a ser esposa y mostrarles a ellos cómo se toma y se guarda una, y al mismo tiempo procurarme perpetua quietud mientras hubiera de vivir contigo; la cual, cuando vine a tomar esposa, temí mucho que no me pudiese acaecer; y por eso, para hacer prueba de ello, te probé y afligí de la manera que sabes».
Y pareciéndome que jamás he percibido que ni en palabra ni en obra te hayas apartado de mi voluntad, y que de ti tengo aquel consuelo que deseaba, me propongo restituirte ahora, de un solo golpe, aquello que te quité en muchas veces, y recompensarte con un deleite supremo las penas que te he infligido. Por lo cual, con corazón gozoso, recibe a esta que tú crees mi esposa y a su hermano como hijos tuyos y míos; porque estos son aquellos que tú y muchos otros habéis tenido largo tiempo por muertos y mandados matar bárbaramente por mí; y yo soy tu esposo, que te amo sobre todas las cosas, creyendo poder vanagloriarme de que no hay otro que pueda estar tan contento de su mujer como yo lo estoy.
Así diciendo, la abrazó y la besó; luego, levantándose, se encaminó con Griselda, que lloraba de alegría, mientras la hija, al oír estas cosas, permanecía sentada, atónita, y abrazando tiernamente a ella y a su hermano, la desengañó a ella y a muchos otros que allí estaban. Entonces las damas se levantaron de la mesa, llenas de gozo, y se retiraron con Griselda a una cámara, donde, con mejor augurio, quitándole sus humildes vestiduras, la vistieron de nuevo con un magnífico traje suyo y la trajeron otra vez al salón, como una gentil dama, que en verdad parecía, incluso en harapos. Allí se regocijó con sus hijos con alegría maravillosa, y todos, regocijados por tan feliz desenlace, redoblaron los banquetes y las fiestas y prolongaron las celebraciones varios días, teniendo a Gualtieri por hombre muy sabio, aunque consideraban las pruebas a que había sometido a su dama demasiado duras, por no decir intolerables; pero sobre todas las cosas tenían a Griselda por muy prudente.
El Conde de Panago regresó, después de algunos días, a Bolonia, y Gualtieri, sacando a Giannucolo de su trabajo, lo puso en tal estado como convenía a su suegro, de modo que vivió con honor y gran solaz, y así acabó sus días; mientras él, habiendo casado noblemente a su hija, vivió largo tiempo y felizmente con Griselda, honrándola cuanto era posible. ¿Qué más se puede decir aquí, sino que aun en las pobres chozas llueven del cielo espíritus divinos, como en los palacios principescos los hay que fueron más dignos de guardar puercos que de tener señorío sobre los hombres? ¿Quién sino Griselda pudo, con semblante no sólo seco, sino alegre, soportar las bárbaras e inauditas pruebas hechas por Gualtieri? El cual quizá no habría sido mal recompensado, si hubiera topado con una que, cuando él la echó de casa en camisa, hubiera dejado que otro le revolviera las faldas de tal manera que de ello hubiera salido un buen vestido.
Terminado el cuento de Dioneo y habiendo las damas discurrido largamente sobre él, inclinándose unas a un lado y otras a otro, censurando ésta una cosa y alabando aquélla otra, el rey, alzando los ojos al cielo y viendo que el sol estaba ya bajo y que se acercaba la hora de vísperas, sin levantarse de su asiento, procedió a hablar así: «Encantadoras damas, como no dudo que sepáis, el entendimiento de los mortales no consiste solamente en tener memoria de las cosas pasadas y en tomar conocimiento de las presentes, sino que saber prever las futuras por medio de las unas y de las otras es reputado por los hombres de mérito como la mayor sabiduría. Mañana, como sabéis, hará quince días que partimos de Florencia para tomar alguna diversión que preserve nuestra salud y nuestras vidas, huyendo de las penas, dolores y miserias que, desde que comenzó esta estación pestilencial, se ven continuamente por nuestra ciudad.»
Esto, a mi juicio, lo hemos hecho bien y honradamente; pues, si no me engaño, aunque se hayan contado aquí historias alegres y quizá incentivo a la concupiscencia, y hayamos comido y bebido bien continuamente, y bailado, cantado y hecho música, cosas todas aptas para incitar los ánimos débiles a cosas menos decorosas, no he notado acto, palabra, en fin, nada censurable, ni de vuestra parte ni de la nuestra, los hombres; antes bien, me parece haber visto y sentido aquí una continua decencia, una concordia sin quiebra y una constante familiaridad fraterna; lo cual, a la vez por vuestro honor y servicio y por el mío propio, es, ciertamente, muy grato para mí.
No obstante, para que del demasiado prolongado uso no haya de surgir algo que pueda resultar en tedio, y para que nadie pueda tachar nuestra larga permanencia,—habiendo tenido, además, cada uno de nosotros su parte del honor que aún reside en mí,—considero conveniente, si es de vuestro agrado, que regresemos ahora de donde vinimos; tanto más cuanto que, si bien lo consideráis, nuestra compañía, ya conocida por algunos otros de la vecindad, podría multiplicarse de modo que nos privara de toda comodidad. Por lo cual, si aprobáis mi consejo, conservaré la corona que me fue conferida hasta nuestra partida, que pienso será mañana por la mañana; mas si determináis otra cosa, ya tengo presente a quién he de investir con ella para el día siguiente.
Mucho fue el debate entre las damas y los jóvenes; pero finalmente todos tomaron el consejo del rey por útil y conveniente y determinaron hacer lo que él proponía; por lo cual, llamando al senescal, le habló de la manera que debía tener a la mañana siguiente y después, habiendo despedido a la compañía hasta la hora de la cena, se puso en pie. Las damas y los jóvenes, siguiendo su ejemplo, se dieron, unos a un tipo de diversión y otros a otro, no de otra manera que la acostumbrada; y llegada la hora de la cena, se sentaron a la mesa con sumo placer y después se pusieron a cantar, a danzar y a hacer música. En seguida, guiando Lauretta una danza, el rey mandó a Fiammetta que cantase una canción, por lo cual ella, muy alegremente, se puso a cantar así:
Si el amor viniera mas sin celos, No conozco dama nacida Tan alegre como yo, quienquiera que sea. Si la juventud gozosa En un bello amante contentara a una doncella, La virtud y el valer discreto, La valentía o gentileza, El ingenio y el dulce hablar y las maneras todas adornadas En completa cortesía, Ciertamente, yo soy aquella para cuyo bien estos se aúnan En uno; pues, vencida de amor, Todo esto en él, que es mi esperanza, veo.
Mas porque percibo Que otras mujeres son tan sabias como yo, Tiemblo de espanto Y, propensa a creer Lo peor, en otras veo el deseo De aquel que roba mi espíritu; Así esto, que es mi bien y principal deleite, Me obliga, desolada, A suspirar hondo y vivir en duelo y miseria.
Si yo en mi señor viera tal fe como en él sé que hay merecimiento, no estaría celosa; mas tánto se me ofrece de amantes tentación, aunque leales, que todo lo hallo falso; y por eso desconsolada estoy y quiero morir, de dudas desgarrada por cada una que le mira, no sea que le lleve lejos de mí.
Sea, pues, cada dama rogada por Dios que en esto no pretenda hacerme algún agravio; que, a buen seguro, si alguna doncella con palabras, o gestos, o halagos, buscare o procurare mi perjuicio y yo lo llegare a saber, por cierto, reniego de mis encantos si no le hago pagarlo con amargura.
Apenas hubo terminado Fiammetta su canción, cuando Dioneo, que estaba junto a ella, dijo, riendo: —Señora, haríais gran cortesía en dar a conocer a todas las damas quién es él, no sea que, por ignorancia, seáis desposeída de su posesión, pues os enojaríais sobremanera por ello. Después de esto, se cantaron diversas otras canciones, y estando ya la noche casi medio pasada, todos, por mandato del rey, se retiraron a reposar. En cuanto apareció el nuevo día, se levantaron y, habiendo el senescal enviado ya por delante todo su equipaje, volvieron, guiados por su discreto rey, a Florencia; allí los tres jóvenes se despidieron de las siete damas y, dejándolas en Santa María Novella, de donde habían partido con ellas, se fueron a atender a otros placeres, mientras las damas, cuando les pareció tiempo, regresaron a sus casas.
AQUÍ TERMINA EL DÉCIMO Y ÚLTIMO DÍA DEL DECAMERÓN
_Conclusión del autor_