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LA CAZA DEL HOMBRE INVISIBLE
Durante un momento, Kemp fue demasiado incoherente para hacer entender a Adye las rápidas cosas que acababan de suceder. Permanecieron en el rellano, Kemp hablando aprisa, con las grotescas vendas de Griffin aún en su brazo. Pero poco a poco Adye empezó a comprender algo de la situación.
—Está loco —dijo Kemp—; es inhumano. Es puro egoísmo. No piensa en nada salvo en su propio provecho, su propia seguridad. He escuchado esta mañana una historia semejante de brutal busca de sí mismo... Ha herido a hombres. Los matará a menos que podamos impedirlo. Causará el pánico. Nada puede detenerlo. ¡Está saliendo ahora, furioso!
—Hay que capturarlo —dijo Adye—. Eso es seguro.
—¡Pero cómo! —exclamó Kemp, y de pronto se llenó de ideas—. Deben comenzar enseguida. Deben poner a trabajar a todo hombre disponible; deben impedir que abandone este distrito. Una vez que escape, podrá recorrer la campiña a su antojo, matando y mutilando. ¡Sueña con un reinado del terror! Un reinado del terror, le digo. Deben vigilar trenes, caminos y puertos. La guarnición debe ayudar. Deben telegrafiar pidiendo auxilio. La única cosa que puede retenerlo aquí es la idea de recuperar unos cuadernos de notas que considera valiosos. ¡Le hablaré de eso! Hay un hombre en su comisaría —Marvel.
—Lo conozco —dijo Adye—, lo conozco. Esos cuadernos... sí. Pero el vagabundo...
—Dice que no los tiene. Pero cree que el vagabundo sí. Y deben impedirle comer o dormir; día y noche la comarca debe estar en pie por su causa. La comida debe encerrarse y asegurarse, toda la comida, de modo que tenga que abrirse paso a la fuerza para obtenerla. Las casas en todas partes deben estar cerradas contra él. ¡El cielo nos envíe noches frías y lluvia! Toda la comarca debe comenzar a cazar y no cesar de cazar. Le digo, Adye, que es un peligro, un desastre; a menos que sea acorralado y asegurado, es espantoso pensar en las cosas que pueden ocurrir.
—¿Qué más podemos hacer? —dijo Adye—. Debo bajar enseguida y empezar a organizar. Pero ¿por qué no viene? Sí, venga también usted. Venga, y debemos celebrar una especie de consejo de guerra, que Hopps ayude, y los jefes de ferrocarril. ¡Por Júpiter! es urgente. Vamos —dígame mientras caminamos. ¿Qué más hay que hacer? Deje eso.
En otro momento Adye encabezaba el descenso por las escaleras. Encontraron la puerta principal abierta y los policías afuera mirando el aire vacío.
—Se ha escapado, señor —dijo uno.
—Debemos ir enseguida a la estación central —dijo Adye—. Uno de ustedes baje y consiga un coche que suba a recibirnos, pronto. Y ahora, Kemp, ¿qué más?
—Perros —dijo Kemp—. Consigan perros. No lo ven, pero lo huelen. Consigan perros.
—Bien —dijo Adye—. No es cosa muy sabida, pero los carceleros de Halstead conocen a un hombre con sabuesos. Perros. ¿Qué más?
—Tenga en cuenta —dijo Kemp— que su comida se nota. Tras comer, su comida se ve hasta que es asimilada. De modo que debe esconderse después de comer. Deben seguir golpeando. Cada matorral, cada rincón tranquilo. Y guarden todas las armas, todos los instrumentos que puedan ser armas. No puede llevar tales cosas por mucho tiempo. Y lo que pueda agarrar y golpear a los hombres debe ser escondido.
—Bien otra vez —dijo Adye—. ¡Lo tendremos todavía!
—Y en los caminos —dijo Kemp, y dudó.
—¿Sí? —dijo Adye.
—Vidrio molido —dijo Kemp—. Es cruel, lo sé. Pero piense en lo que puede hacer.
Adye aspiró el aire bruscamente entre los dientes.
—Es poco deportivo. No sé. Pero haré preparar vidrio molido. Si llega demasiado lejos...
—El hombre se ha vuelto inhumano, le digo —dijo Kemp—. Estoy tan seguro de que establecerá un reinado del terror, tan pronto como se sobreponga a las emociones de esta fuga, como de que estoy hablando con usted. Nuestra única oportunidad es ir por delante. Se ha apartado de su especie. Su sangre sea sobre su propia cabeza.