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A la hora señalada regresé a casa de miss Havisham, y mi vacilante llamada en la verja hizo aparecer a Estella. Ella la cerró con llave tras admitirme, como ya lo había hecho antes, y otra vez me precedió por el oscuro pasadizo donde se hallaba su vela. No me hizo caso hasta que tuvo la vela en la mano, momento en que miró por encima del hombro, diciendo con aire desdeñoso: «Hoy has de venir por aquí», y me llevó a todo otro rincón de la casa.
El pasadizo era largo, y parecía recorrer todo el sótano cuadrado de la mansión. No obstante, solo atravesamos un lado del cuadrado, y al final se detuvo, dejó la vela en el suelo y abrió una puerta. Aquí reapareció la luz del día, y me encontré en un pequeño patio empedrado, cuyo lado opuesto lo formaba una casa independiente que parecía haber pertenecido en otro tiempo al administrador o jefe de contabilidad de la cervecería ya extinguida. Había un reloj en la pared exterior de esta casa. Como el reloj de la habitación de miss Havisham, y como el reloj de miss Havisham, se había detenido a veinte minutos para las nueve.
Entramos por la puerta, que estaba abierta, y pasamos a una lúgubre estancia de techo bajo, en la planta baja y hacia atrás. Había algunas personas en la sala, y Estella me dijo al unirse a ellas: «Tú vas a ir y quedarte ahí, muchacho, hasta que te necesiten». «Ahí», siendo la ventana, crucé hasta ella, y me quedé «ahí», en un estado de ánimo muy incómodo, mirando afuera.
Se abría hasta el suelo, y daba a un rincón miserabilísimo del jardín abandonado, sobre un podrido montón de tallos de col, y un boj que tiempo atrás había sido recortado en redondo, como un pudín, y que tenía un nuevo brote en la cima, deforme y de distinto color, como si esa parte del pudín se hubiera pegado a la cacerola y se hubiera quemado. Este fue mi hogareño pensamiento, mientras contemplaba el boj. Había caído algo de nieve la noche anterior, y no se hallaba en ninguna otra parte que yo supiera; pero no se había derretido del todo en la fría sombra de este rincón del jardín, y el viento la levantaba en pequeños remolinos y la arrojaba contra la ventana, como si me apedreara por haber venido allí.
Adiviné que mi llegada había interrumpido la conversación en la sala, y que los demás ocupantes me miraban. No podía ver nada de la estancia salvo el reflejo del fuego en el cristal de la ventana, pero me quedé rígido en todas las articulaciones al consciente de que estaba bajo estrecha observación.
Había tres señoras en la sala y un caballero. Antes de haber estado cinco minutos en la ventana, me hicieron saber de algún modo que todas eran aduladoras y farsantes, pero que cada una fingía no saber que las otras lo eran: porque admitir que sí lo sabía, la habría convertido a ella misma en aduladora y farsante.
Todas tenían un aire apático y lúgubre de esperar el capricho de alguien, y la más habladora de las señoras tenía que hablar con gran rigidez para reprimir un bostezo. Esta señora, cuyo nombre era Camilla, me recordó muchísimo a mi hermana, con la diferencia de que era mayor, y (como comprobé al verla) de rasgos más toscos. De hecho, cuando la conocí mejor, empecé a pensar que era una misericordia que tuviera rasgos siquiera, pues tan lisa y alta era la muerta pared de su rostro.
—¡Pobre alma! —dijo esta señora, con un modo brusco muy de mi hermana—. ¡Enemigo de nadie salvo de sí mismo!
—Sería mucho más loable ser enemigo de otro —dijo el caballero—; mucho más natural.
—Prima Sarah —observó otra señora—, hemos de amar al prójimo.
—Primo Raymond —replicó el primo Raymond—, si un hombre no es su propio prójimo, ¿quién lo es?
Miss Pocket se rio, y Camilla se rio y dijo (reprimiendo un bostezo): «¡Vaya idea!». Pero me pareció que también les parecía una buena idea. La otra señora, que aún no había hablado, dijo grave y enfáticamente: «¡Muy cierto!».
—Pobre alma —prosiguió Camilla al poco (supe que me habían estado mirando todo ese tiempo)—, ¡es tan extraño! ¿Alguien creería que cuando murió la mujer de Tom, en realidad no se le pudo persuadir de ver la importancia de que los niños llevaran los encajes más profundos en su luto? «¡Buen Dios! —dice él—, Camilla, ¿qué puede importar mientras las pobres pequeñas huérfanas vayan de negro?». ¡Tan propio de Matthew! ¡La idea!
—Tiene buenas cualidades, tiene buenas cualidades —dijo el primo Raymond—; el cielo me libre de negarle buenas cualidades; pero nunca tuvo, y nunca tendrá, sentido de las conveniencias.
—Sabes que me vi obligada —dijo Camilla—, me vi obligada a ser firme. Dije: «No puede ser, por el crédito de la familia». Le dije que, sin encajes profundos, la familia quedaba deshonrada. Lloré por ello desde el desayuno hasta la cena. Me dañé la digestión. Y al fin estalló con su manera violenta, y dijo, con una D, «Pues haz lo que quieras». Gracias a Dios será siempre un consuelo para mí saber que salí de inmediato bajo una lluvia torrencial y compré las cosas.
—¿Él pagó por ellas, no? —preguntó Estella.
—No es esa la cuestión, querida niña, quién pagó por ellas —respondió Camilla—. ¡Yo las compré! Y a menudo lo pensaré con paz, cuando despierte de noche.
El tañido de una campana lejana, unido al eco de algún grito o llamado a lo largo del pasadizo por donde había venido, interrumpió la conversación y hizo que Estella me dijera: «¡Ahora, muchacho!». Al volverme, todos me miraron con el mayor desprecio, y al salir oí a Sarah Pocket decir: «¡Pues vaya por Dios! ¡Qué será lo próximo!», y a Camilla añadir, indignada: «¿Se ha visto alguna vez capricho semejante? ¡La i-d_e_-a!».
Mientras íbamos con nuestra vela por el oscuro pasadizo, Estella se detuvo de repente, y volviéndose, dijo con su manera burlona, con el rostro muy cerca del mío:
—Bien.
—¿Bien, señorita? —respondí, casi tropezando con ella y conteniéndome.
Ella se quedó mirándome, y, por supuesto, yo me quedé mirándola.
—¿Soy bonita?
—Sí; creo que es usted muy bonita.
—¿Soy insultante?
—No tanto como la vez pasada —dije yo.
—¿No tanto?
—No.
Ella se encendió al hacer la última pregunta, y me abofeteó con toda la fuerza que tenía, cuando respondí.
—¿Y ahora? —dijo—. Pequeño monstruo grosero, ¿qué piensas de mí ahora?
—No voy a decírtelo.
—Porque vas a ir a contárselo arriba. ¿Es eso?
—No —dije—, no es eso.
—¿Por qué no lloras otra vez, pequeña piltrafa?
—Porque nunca más lloraré por ti —dije yo. Lo cual era, supongo, tan falsa declaración como se haya hecho nunca; pues por dentro lloraba por ella entonces, y sé lo que sé del dolor que me costó después.
Seguimos nuestro camino escaleras arriba tras este episodio; y, mientras subíamos, nos encontramos con un caballero que bajaba a tientas.
—¿A quién tenemos aquí? —preguntó el caballero, deteniéndose y mirándome.
—Un muchacho —dijo Estella.
Era un hombre fornido de tez excesivamente oscura, con una cabeza excesivamente grande, y una mano grande correspondiente. Tomó mi barbilla en su gran mano y volvió mi rostro para mirarme a la luz de la vela. Estaba prematuramente calvo en la coronilla, y tenía espesas cejas negras que no se apoyaban sino que se erguían erizadas. Sus ojos hundidos muy hondo en la cabeza, y eran desagradablemente penetrantes y suspicaces. Tenía una gran cadena de reloj, y fuertes puntos negros donde habrían estado su barba y patillas si las hubiera dejado crecer. No era nada para mí, y no podía prever entonces que llegara a ser algo para mí, pero ocurrió que tuve esta oportunidad de observarlo bien.
—¿Muchacho del vecindario? ¿Eh? —dijo él.
—Sí, señor —dije.
—¿Cómo has venido a parar aquí?
—Miss Havisham me hizo llamar, señor —expliqué.
—¡Pues compórtate! Tengo una experiencia bastante amplia de muchachos, y sois un mal grupo de individuos. ¡Ahí va! —dijo, mordiendo el lado de su gran dedo índice mientras me fruncía el ceño—, ¡compórtate!
Con estas palabras me soltó —lo cual agradecí, pues su mano olía a jabón perfumado— y siguió su camino escaleras abajo. Me pregunté si podría ser un médico; pero no, pensé; no podía ser médico, o tendría un modo más tranquilo y persuasivo. No hubo mucho tiempo para considerar el asunto, pues pronto estuvimos en la habitación de miss Havisham, donde ella y todo lo demás estaban tal como los había dejado. Estella me dejó de pie cerca de la puerta, y allí me quedé hasta que miss Havisham posó sus ojos en mí desde el tocador.
—Así que —dijo, sin sobresaltarse ni sorprenderse—, los días se han desgastado, ¿verdad?
—Sí, señora. Hoy es...
—¡Ah, ah, ah! —con el impaciente movimiento de sus dedos—. No quiero saberlo. ¿Estás listo para jugar?
Me vi obligado a responder con cierta confusión: «Creo que no, señora».
—¿No a las cartas otra vez? —preguntó, con una mirada escrutadora.
—Sí, señora; podría hacer eso, si se me necesitara.
—Puesto que esta casa te parece vieja y seria, muchacho —dijo miss Havisham, impaciente—, y no quieres jugar, ¿estás dispuesto a trabajar?
Pude responder a esta pregunta con mejor ánimo del que había hallado para la otra, y dije que estaba muy dispuesto.
—Pues ve a esa habitación de enfrente —dijo, señalando con su mano marchita la puerta a mis espaldas—, y espera allí hasta que vaya.
Crucé el rellano de la escalera, y entré en la estancia que indicaba. También de esa habitación se excluía por completo la luz del día, y tenía un olor viciado que oprimía. Se había encendido hacía poco un fuego en la húmeda y anticuada chimenea, y estaba más inclinado a apagarse que a arder, y el reacio humo que pendía en la sala parecía más frío que el aire más claro, como nuestra propia neblina del pantano. Ciertas ramas invernales de velas sobre la alta repisa de la chimenea alumbraban débilmente la cámara; o sería más expresivo decir, turbaban débilmente su oscuridad. Era espaciosa, y me atrevo a decir que en otro tiempo fue elegante, pero todo objeto discernible en ella estaba cubierto de polvo y moho, y se caía a pedazos. El objeto más prominente era una larga mesa con un mantel extendido sobre ella, como si un festín se hubiera estado preparando cuando la casa y los relojes se detuvieron todos a la vez. Un epergne o centro de mesa de algún tipo estaba en medio de este mantel; colgaba tan recargado de telarañas que su forma era del todo indistinguible; y, mientras miraba a lo largo de la amarillenta extensión de la cual recuerdo que parecía brotar, como un hongo negro, vi arañas de patas manchadas y cuerpos moteados corriendo hacia él, y saliendo de él, como si alguna circunstancia de la mayor importancia pública acabara de ocurrir en la comunidad de las arañas.
Oí también a los ratones, crujiendo tras los paneles, como si el mismo suceso fuera importante para sus intereses. Pero los escarabajos negros no hicieron caso de la agitación, y andaban a tientas por el hogar de un modo pesado y anciano, como si fueran cortos de vista y duros de oído, y no se llevaran bien unos con otros.
Estas cosas que reptaban habían fascinado mi atención, y las estaba observando desde lejos, cuando miss Havisham puso una mano sobre mi hombro. En la otra mano llevaba un bastón de puño en forma de garfio en el que se apoyaba, y parecía la Bruja del lugar.
—Esto —dijo, señalando la larga mesa con su bastón—, es donde me colocarán cuando muera. Vendrán y me mirarán aquí.
Con un vago temor de que se subiera a la mesa allí mismo y muriera de inmediato, la completa realización del macabro muñeco de cera de la feria, me estremecí bajo su tacto.
—¿Qué crees que es eso? —me preguntó, señalando otra vez con su bastón—; eso, donde están esas telarañas?
—No puedo imaginar qué es, señora.
—Es un gran pastel. Un pastel de boda. ¡Mío!
Miró alrededor de la sala de un modo fulminante, y luego dijo, apoyándose en mí mientras su mano me retorcía el hombro: «Vamos, vamos, vamos. Pasea conmigo, pasea conmigo».
Deduje de esto que el trabajo que había de hacer era pasear a miss Havisham alrededor de la habitación, una y otra vez. En consecuencia, partí de inmediato, y ella se apoyó en mi hombro, y nos fuimos a un paso que podría haber sido una imitación (fundada en mi primer impulso bajo ese techo) del carricoche de mr. Pumblechook.
No estaba fuerte físicamente, y tras un poco de tiempo dijo: «¡Más despacio!». Aun así, íbamos a un paso impaciente e irregular, y mientras íbamos, ella me retorcía la mano sobre el hombro, y movía la boca, y me hizo creer que íbamos rápido porque sus pensamientos iban rápido. Al poco dijo: «¡Llama a Estella!», así que salí al rellano y rugí ese nombre como había hecho en la ocasión anterior. Cuando apareció su luz, volví con miss Havisham, y reanudamos la vuelta alrededor de la sala.
Si tan solo Estella hubiera venido a ser espectadora de nuestros procederes, me habría sentido bastante descontento; pero como trajo consigo a las tres señoras y al caballero que había visto abajo, no supe qué hacer. Por cortesía, me habría detenido; pero miss Havisham me retorció el hombro, y seguimos avanzando, con una vergüenza en mí de que pensarían que todo era obra mía.
—Querida miss Havisham —dijo miss Sarah Pocket—, ¡qué bien se le ve!
—No lo estoy —respondió miss Havisham—, soy piel amarilla y hueso.
Camilla se animó cuando miss Pocket recibió este reproche; y murmuró, mientras contemplaba a miss Havisham con aire lastimero: «Pobre alma. Ciertamente no se puede esperar que se vea bien, pobrecita. ¡La idea!».
—¿Y cómo está usted? —dijo miss Havisham a Camilla. Como estábamos cerca de Camilla entonces, me habría detenido por supuesto, pero miss Havisham no quiso detenerse. Pasamos de largo, y sentí que era sumamente odioso para Camilla.
—Gracias, miss Havisham —respondió—, estoy tan bien como cabe esperar.
—Pues qué, ¿qué le pasa? —preguntó miss Havisham, con extrema aspereza.
—Nada digno de mención —replicó Camilla—. No deseo hacer alarde de mis sentimientos, pero he pensado en usted más de noche de lo que bien puedo soportar.
—Pues no piense en mí —replicó miss Havisham.
—Muy fácil de decir —comentó Camilla, reprimiendo amablemente un sollozo, mientras un tic subía a su labio superior, y sus lágrimas desbordaban—. Raymond es testigo de qué jengibre y sales volátiles me veo obligada a tomar de noche. Raymond es testigo de qué sacudidas nerviosas tengo en las piernas. Ahogos y sacudidas nerviosas, sin embargo, no son nada nuevo para mí cuando pienso con ansiedad en quienes amo. Si pudiera ser menos afectuosa y sensible, tendría mejor digestión y nervios de hierro. Seguro que desearía que así fuera. Pero en cuanto a no pensar en usted de noche, ¡la idea! —Aquí, un estallido de lágrimas.
El Raymond referido, comprendí que era el caballero presente, y a él comprendí que era mr. Camilla. Este acudió al rescate en este punto, y dijo con voz consoladora y cumplida: «Camilla, mi querida, es bien sabido que tus sentimientos familiares te están minando gradualmente hasta el punto de hacerte una pierna más corta que la otra».
—No tengo noticia —observó la señora grave cuya voz solo había oído una vez— de que pensar en alguien sea reclamar mucho de esa persona, querida mía.
Miss Sarah Pocket, a quien ahora vi como una pequeña vieja seca, morena y arrugada, con un rostro menudo que podría haberse hecho de cáscaras de nuez, y una boca grande como la de un gato sin bigotes, apoyó esta postura diciendo: «No, ciertamente, querida mía. ¡Hem!».
—Pensar es bastante fácil —dijo la señora grave.
—Qué más fácil, ya sabe usted —asintió miss Sarah Pocket.
—¡Oh, sí, sí! —exclamó Camilla, cuyos sentimientos fermentados parecían subir de sus piernas a su pecho—. ¡Todo muy cierto! Es una debilidad ser tan afectuosa, pero no puedo evitarlo. Sin duda mi salud estaría mucho mejor si fuera de otro modo, aun así no cambiaría mi carácter aunque pudiera. Es causa de mucho sufrimiento, pero es un consuelo saber que lo poseo, cuando despierto de noche. —Aquí otro estallido de sentimiento.
Miss Havisham y yo no nos habíamos detenido en todo este tiempo, sino que seguíamos dando vueltas por la sala; ahora rozando las faldas de los visitantes, ahora dándoles toda la longitud de la lúgubre cámara.
—Ahí está Matthew —dijo Camilla—, nunca mezclándose con ningún vínculo natural, nunca viniendo aquí a ver cómo está miss Havisham. He tenido que recostarme en el sofá con el cordón del corsé roto, y he yacido allí horas sin sentido, con la cabeza colgando al borde, y el pelo suelto, y los pies no sé dónde...
(—«Bien más alto que tu cabeza, mi amor», dijo mr. Camilla.)
—He caído en ese estado, horas y horas, por causa de la extraña e inexplicable conducta de Matthew, y nadie me ha dado las gracias.
—Realmente debo decir que así lo creo —interpuso la señora grave.
—Ya ve, mi querida —añadió miss Sarah Pocket (una persona blandamente viciosa)—, la cuestión que ha de plantearse es, ¿quién esperaba usted que le diera las gracias, mi amor?
—Sin esperar gracias ni nada por el estilo —prosiguió Camilla—, he permanecido en ese estado, horas y horas, y Raymond es testigo del grado en que me he ahogado, y de la total ineficacia del jengibre, y se me ha oído en la casa del afinador de pianos al otro lado de la calle, donde los pobres niños equivocados han incluso supuesto que eran palomas arrullando a lo lejos, y ahora que me digan... —Aquí Camilla se llevó la mano a la garganta, y empezó a ponerse muy química en cuanto a la formación de nuevas combinaciones allí.
Cuando se mencionó a este mismo Matthew, miss Havisham me detuvo a mí y se detuvo ella, y se quedó mirando a la hablante. Este cambio tuvo gran influencia para poner fin de súbito a la química de Camilla.
—Matthew vendrá a verme al fin —dijo miss Havisham, severa—, cuando me tiendan sobre esa mesa. Ese será su lugar, ahí —golpeando la mesa con su bastón—, ¡a mi cabeza! ¡Y el suyo será ahí! ¡Y el de su marido ahí! ¡Y el de Sarah Pocket ahí! ¡Y el de Georgiana ahí! Ahora ya saben todos dónde tomar sus puestos cuando vengan a festejar sobre mí. ¡Y ahora, fuera!
Al mencionar cada nombre, había golpeado la mesa con su bastón en un sitio nuevo. Ahora dijo: «Pasea conmigo, pasea conmigo», y seguimos otra vez.
—Supongo que no hay nada que hacer —exclamó Camilla— sino complacer y retirarse. Es algo haber visto el objeto de uno amor y deber aunque sea por tan corto tiempo. Lo pensaré con una melancólica satisfacción cuando despierte de noche. Ojalá Matthew tuviera ese consuelo, pero lo desafía. Estoy decidida a no hacer alarde de mis sentimientos, pero es muy duro que se me diga que quiero festejar sobre mis parientes, como si uno fuera un Gigante, y que se me diga que me vaya. ¡La mera idea!
Mr. Camilla interponiéndose, mientras mrs. Camilla se llevaba la mano a su pecho agitado, esa señora asumió una antinatural fortaleza de modo que supuse expresaba la intención de desplomarse y ahogarse fuera de vista, y besando su mano a miss Havisham, fue escoltada afuera. Sarah Pocket y Georgiana disputaron quién debía quedar última; pero Sarah era demasiado astuta para ser vencida, y rodeó a Georgiana con esa resbaladiza artimaña que esta última se vio obligada a precederla. Sarah Pocket hizo entonces su efecto aparte al partir con: «¡Bendita sea, querida miss Havisham!», y con una sonrisa de perdonadora compasión en su rostro de cáscara de nuez por las debilidades de las demás.
Mientras Estella se alejaba para alumbrarles la bajada, miss Havisham siguió caminando con su mano en mi hombro, pero cada vez más despacio. Al fin se detuvo ante el fuego, y dijo, tras murmurar y mirarlo unos segundos:
—Este es mi cumpleaños, Pip.
Iba a desearle muchos felices años, cuando ella alzó su bastón.
—No permito que se hable de ello. No permito que quienes estuvieron aquí hace un momento, ni nadie, hablen de ello. Vienen aquí en el día, pero no se atreven a mencionarlo.
Por supuesto que no hice yo otro esfuerzo por referirme a ello.
—En este día del año, mucho antes de que nacieras, este montón de podredumbre —clavando con su bastón de garfio el montón de telarañas sobre la mesa, sin tocarlo—, fue traído aquí. Él y yo nos hemos desgastado juntos. Los ratones lo han roído, y dientes más agudos que dientes de ratones me han roído a mí.
Sostuvo la cabeza de su bastón contra su corazón mientras estaba mirando la mesa; ella en su vestido antes blanco, todo amarillo y marchito; el mantel antes blanco todo amarillo y marchito; todo a su alrededor en estado de desmoronarse al tacto.
—Cuando la ruina esté completa —dijo, con un aspecto espantoso—, y cuando me tiendan muerta, en mi vestido de novia sobre la mesa de novia, lo cual se hará, y lo cual será la maldición consumada sobre él, ¡tanto mejor si se hace en este día!
Se quedó mirando la mesa como si mirara su propia figura yaciendo allí. Yo permanecí quieto. Estella regresó, y ella también permaneció quieta. Me pareció que así continuamos por largo tiempo. En el pesado aire de la sala, y la pesada oscuridad que acechaba en sus rincones más lejanos, tuve incluso el alarmante capricho de que Estella y yo pronto podríamos empezar a pudrirnos.
Al fin, no saliendo de su estado trastornado por grados, sino de súbito, miss Havisham dijo: «Quiero veros jugar a las cartas; ¿por qué no habéis empezado?». Con eso, volvimos a su cuarto, y nos sentamos como antes; yo estaba arruinado, como antes; y otra vez, como antes, miss Havisham nos observó todo el tiempo, dirigió mi atención a la belleza de Estella, y me hizo notarla más probándole las joyas en el pecho y el cabello de Estella.
Estella, por su parte, me trató igual que antes, salvo que no se dignó hablar. Cuando habíamos jugado unas media docena de partidas, se fijó un día para mi regreso, y fui llevado al patio para ser alimentado de la anterior manera perruna. Allí también fui dejado otra vez a vagar a mi antojo.
No viene mucho al caso si una verja en aquel muro del jardín que yo había trepado para mirar por encima en la ocasión anterior estaba, en esa última ocasión, abierta o cerrada. Basta con que no vi ninguna verja entonces, y que vi una ahora. Como estaba abierta, y como sabía que Estella había dejado salir a los visitantes, pues había vuelto con las llaves en la mano, me interné en el jardín, y vagué por todo él. Era casi un erial, y había en él viejos armazones de melonar y de pepinillo, que en su decadencia parecían haber producido un crecimiento espontáneo de débiles intentos de pedazos de sombreros y botas viejas, con de cuando en cuando un retoño herboso en semejanza de una cacerola aporreada.
Cuando hube agotado el jardín y un invernadero sin otra cosa que una parra caída y algunas botellas, me hallé en el rincón lúgubre sobre el que había mirado desde la ventana. Sin preguntarme un momento siquiera si la casa estaba ahora vacía, miré por otra ventana, y me encontré, para mi gran sorpresa, intercambiando una ancha mirada con un pálido joven caballero de párpados rojos y cabello claro.
Este pálido joven caballero desapareció rápidamente, y reapareció a mi lado. Había estado con sus libros cuando yo me hallé mirándolo, y ahora vi que estaba tintado de tinta.
—¡Hola! —dijo—, ¡muchacho!
Como hola es una observación general que usualmente había observado que es mejor contestar con ella misma, dije yo: «¡Hola!» cortésmente, omitiendo muchacho.
—¿Quién te dejó entrar? —dijo él.
—Miss Estella.
—¿Quién te dio permiso para rondar?
—Miss Estella.
—Ven a pelear —dijo el pálido joven caballero.
¿Qué podía hacer sino seguirlo? A menudo me he hecho esta pregunta desde entonces; pero ¿qué otra cosa podía hacer? Su manera era tan definitiva, y yo estaba tan asombrado, que seguí donde él llevaba, como si estuviera bajo un hechizo.
—Espera un momento, sin embargo —dijo, dando la vuelta antes de haber dado muchos pasos—. Debo darte también una razón para pelear. ¡Ahí está! —De un modo sumamente irritante se palmeó las manos una contra otra al instante, echó una de sus piernas hacia atrás con delicadeza, me tiró del pelo, volvió a palmearse las manos, bajó la cabeza, y la embistió contra mi estómago.
El proceder toro-like últimamente mencionado, además de que indudablemente había de considerarse a la luz de una libertad, fue particularmente desagradable justo después del pan y la carne. Por tanto, le solté un golpe y estaba por soltar otro, cuando dijo: «¿Ah, sí? ¿Lo harías?», y empezó a bailar hacia atrás y adelante de un modo sin paralelo dentro de mi limitada experiencia.
—¡Leyes del juego! —dijo él. Aquí, brincó de su pierna izquierda a la derecha—. ¡Reglas regulares! Aquí, brincó de su pierna derecha a la izquierda—. ¡Ven al suelo, y pasa por los preliminares! Aquí, esquivó hacia atrás y adelante, e hizo toda clase de cosas mientras yo lo miraba sin saber qué hacer.
Secretamente le tuve miedo cuando lo vi tan diestro; pero me sentí moral y físicamente convencido de que su ligera cabeza de cabello no tenía por qué estar en el hoyo de mi estómago, y de que tenía derecho a considerarlo irrelevante cuando así se me imponía en la atención. Por tanto, lo seguí sin una palabra, a un rincón retirado del jardín, formado por la unión de dos muros y resguardado por algunos escombros. Al preguntarme si estaba satisfecho con el terreno, y al responderle que sí, me pidió permiso para ausentarse un momento, y volvió rápido con una botella de agua y una esponja empapada en vinagre. «Disponible para ambos», dijo, colocando esto contra el muro. Y luego se puso a quitarse, no solo la chaqueta y el chaleco, sino también la camisa, de un modo a la vez despreocupado, resuelto y sanguinario.
Aunque no parecía muy sano, teniendo granos en la cara y un sarpullido en la boca, estos temibles preparativos me aterrorizaron. Lo juzgué de aproximadamente mi edad, pero era mucho más alto, y tenía un modo de girar sobre sí mismo que estaba lleno de apariencia. Por lo demás, era un joven caballero en traje gris (cuando no estaba desnudado para la batalla), con codos, rodillas, muñecas y talones considerablemente adelantados al resto de él en cuanto a desarrollo.
Me faltó el corazón cuando lo vi ponerse en guardia con toda demostración de precisión mecánica, y examinar mi anatomía como si escogiera minuciosamente su hueso. Nunca en mi vida me he sorprendido tanto como cuando solté el primer golpe, y lo vi yacer de espaldas, mirándome con la nariz sangrante y el rostro excesivamente acortado en perspectiva.
Pero se puso de pie al instante, y tras esponjearse con gran muestra de destreza, volvió a ponerse en guardia. La segunda mayor sorpresa que he tenido en mi vida fue verlo otra vez de espaldas, mirándome desde un ojo morado.
Su espíritu me inspiró gran respeto. Parecía no tener fuerza, y nunca una vez me golpeó fuerte, y siempre lo derribaban; pero se levantaba en un momento, esponjeándose o bebiendo de la botella de agua, con la mayor satisfacción en secundarse a sí mismo según la forma, y luego venía hacia mí con un aire y una muestra que me hacían creer que de veras iba a acabar conmigo al fin. Se puso muy magullado, pues siento registrar que cuanto más lo golpeaba, más fuerte lo golpeaba; pero se levantaba una y otra y otra vez, hasta que al fin dio con la parte trasera de la cabeza contra el muro en una mala caída. Aun después de esa crisis en nuestros asuntos, se levantó y dio vueltas confusas unas veces, sin saber dónde estaba; pero finalmente se hincó ante su esponja y la arrojó al aire: al mismo tiempo jadeando: «Eso significa que has ganado».
Parecía tan valiente e inocente, que aunque no había propuesto el combate, sentí solo una sombría satisfacción en mi victoria. De hecho, llego a esperar que me consideré a mí mismo mientras me vestía como una especie de joven lobo salvaje u otra bestia fiera. No obstante, me vestí, limpiándome oscuramente el sangriento rostro a intervalos, y dije: «¿Puedo ayudarte?», y él dijo «No, gracias», y dije «Buenas tardes», y él dijo «Igualmente».
Cuando entré en el patio, hallé a Estella esperando con las llaves. Pero ni me preguntó dónde había estado, ni por qué la había hecho esperar; y había un vivo rubor en su rostro, como si algo hubiera ocurrido para deleitarla. En vez de ir directa a la verja, también retrocedió al pasadizo, y me hizo señas.
—Ven aquí. Puedes besarme, si quieres.
Besé su mejilla cuando la volvió hacia mí. Creo que habría pasado por mucho por besar su mejilla. Pero sentí que el beso fue dado al grosero y común muchacho como se le podría haber dado una moneda, y que no valía nada.
Entre los visitantes del cumpleaños, y entre las cartas, y entre la pelea, mi estancia se había alargado tanto, que cuando me acerqué a casa la luz en la lengua de arena frente a la punta de los pantanos brillaba contra un cielo negro de noche, y el horno de Joe arrojaba un sendero de fuego a través del camino.