Español
El rey, que era un príncipe sabio, se complació con el consejo de Martuccio y, siguiéndolo puntualmente, se halló con ello vencedor de su guerra. Por lo cual Martuccio cayó en gran gracia ante él y, en consecuencia, ascendió a una posición grande y rica. La noticia de tales cosas se difundió por la tierra y llegó luego a oídos de Costanza que Martuccio Gomito, a quien ella había tenido por muerto durante largo tiempo, estaba vivo; por lo cual el amor que le tenía, ya enfriado en su corazón, brotó de súbito en nueva llama y creció más que nunca, mientras la esperanza muerta revivía en ella. Con ello descubrió por entero todas sus aventuras a la buena señora con quien moraba, y le dijo que de buen grado iría a Túnez, para poder satisfacer sus ojos de aquello que sus oídos les habían hecho desear, a través de las noticias recibidas.
La anciana señora alabó mucho su propósito y, embarcándose con ella, la llevó, como si hubiera sido su madre, a Túnez, donde fueron honrosamente recibidas en casa de una parienta suya. Allí despachó a Carapresa, que había venido con ellas, para ver qué podía saber de Martuccio, y ella, hallándolo vivo y en gran estado y refiriéndolo a la anciana señora, plugo a ésta querer ser quien significase a Martuccio que su Costanza había llegado allí en su busca; por lo cual, yéndose un día a donde él estaba, le dijo: «Martuccio, ha llegado a mi casa un siervo tuyo de Lipari, que querría hablarte en secreto allí; por lo cual, no fiándome de otros, yo misma, por deseo suyo, he venido a avisarte de ello.»
Él le dio las gracias y la siguió hasta su casa, donde en cuanto Costanza lo vio, estuvo a punto de morir de alegría, y no pudiendo contenerse, corrió derechamente con los brazos abiertos a echarse a su cuello; luego, abrazándole, sin que le valiese decir palabra, se puso a llorar tiernamente, tanto por compasión de sus pasadas desgracias como por el gozo presente.
Martuccio, al ver a su amada, permaneció un rato mudo de asombro, y luego dijo suspirando: —¡Oh, mi Costanza! ¿Aún vives? Hace mucho que oí que te habías perdido; ni en nuestra tierra se supo nada de ti. —Y diciendo esto, la abrazó llorando y la besó tiernamente. Costanza le contó entonces todo lo que le había acontecido y el honroso trato que había recibido de la gentil señora con quien moraba; y Martuccio, tras mucho conversar, despidiéndose de ella, se dirigió al rey su señor y le contó todo, a saber, sus propias aventuras y las de la doncella, añadiendo que, con su permiso, pensaba tomarla por esposa, según nuestra ley. El rey se maravilló de estas cosas y, haciendo venir a la doncella y oyendo de ella que era tal como Martuccio había afirmado, le dijo: —Entonces has ganado bien tenerlo por esposo.
Entonces, haciendo traer grandísimos y magníficos dones, dio parte de ellos a ella y parte a Martuccio, dándoles licencia para que hiciesen el uno con el otro lo que más a cada uno pluguiese; por lo que Martuccio, habiendo tratado a la gentil mujer que había hospedado a Costanza con sumo honor, y agradeciéndole lo que había hecho por servirla, y habiéndole otorgado dones conformes a su calidad, la encomendó a Dios, y se despidieron de ella él y su amada, no sin muchas lágrimas de ésta. Luego, con licencia del rey, embarcaron con Carapresa en una pequeña nave y regresaron con viento favorable a Lipari, donde fue tan grande el regocijo que jamás se podría contar. Allí Martuccio tomó a Costanza por esposa y celebraron grandes y espléndidas nupcias, después de lo cual gozaron largo tiempo, en paz y reposo, de sus amores.
TERCERA NOVELA
[Jornada quinta]
CAPÍTULO 42: PARTE 42 Segmento 6 de 30. Traduzca solamente este segmento; no resuma ni haga referencia a otros segmentos.
PIETRO BOCCAMAZZA, HUYENDO CON AGNOLELLA, CAE ENTRE LADRONES; LA DONCELLA ESCAPA POR UN BOSQUE Y ES LLEVADA [POR LA FORTUNA] A UN CASTILLO, MIENTRAS PIETRO ES CAPTURADO POR LOS LADRONES, PERO LUEGO, ESCAPANDO DE SUS MANOS, LLEGA, TRAS DIVERSAS AVENTURAS, AL CASTILLO DONDE ESTÁ SU AMADA Y, DESPOSÁNDOSE CON ELLA, REGRESA CON ELLA A ROMA
No hubo nadie en toda la compañía que no elogiara la historia de Emilia; y la reina, viendo que había terminado, se volvió hacia Elisa y le ordenó que continuara. Así pues, solícita por obedecer, comenzó: «Viene a mi memoria, gentiles damas, una mala noche que pasaron dos jóvenes amantes indiscretos; pero, como de ella se siguieron muchos días felices, me place contar la historia, como quien se ajusta a nuestra propuesta».
Hubo, no ha mucho tiempo, en Roma—otrora cabeza, como ahora es cola del mundo—, un joven llamado Pietro Boccamazza, de muy honorable familia entre las de la ciudad, que se enamoró de una doncella muy gentil y hermosa, llamada Agnolella, hija de un tal Gigliuozzo Saullo, plebeyo, pero muy querido de los romanos; y amándola, supo ingeniárselas para que la moza comenzase a amarlo no menos de lo que él la amaba; por lo cual, constreñido por el ferviente amor y pareciéndole que ya no podía sufrir el cruel dolor que el deseo que de ella tenía le causaba, la pidió por esposa; y no bien lo supieron sus parientes, todos acudieron a él y le reprendieron duramente por lo que quería hacer; y por otra parte dieron a entender a Gigliuozzo que no hiciese caso de las palabras de Pietro, pues, si lo hacía, jamás le tendrían por amigo ni pariente.
Pietro, viendo cerrado el único camino por el cual creía poder alcanzar su deseo, estuvo a punto de morir de pesar; y si Gigliuozzo hubiese consentido, se habría llevado a su hija por esposa, a despecho de todos sus parientes. Sin embargo, determinó, si a la muchacha le placía, ingeniárselas para dar efecto a sus deseos; y habiéndose asegurado, por medio de un intermediario, de que ello era del agrado de ella, acordó con la misma que huyese con él de Roma.
Así pues, habiendo tomado disposiciones para ello, Pietro se levantó muy temprano una mañana y, montando a caballo con la doncella, partió hacia Anagni, donde tenía ciertos amigos en quienes confiaba mucho. No tuvieron tiempo de celebrar boda alguna, pues temían ser seguidos, sino que siguieron cabalgando, hablando de su amor y besándose de cuando en cuando. Sucedió que, cuando llegaron tal vez a ocho millas de Roma, no siendo el camino muy conocido para Pietro, tomaron un sendero a la izquierda, cuando debían haber mantenido la derecha; y apenas habían recorrido más de dos millas cuando se hallaron cerca de un pequeño castillo, del cual, tan pronto como fueron vistos, salieron de repente una docena de soldados de a pie.
La muchacha, al divisarlos, cuando ya estaban cerca de ellos, gritó, diciendo: —Pietro, vámonos, que nos atacan—; luego, volviendo la cabeza de su rocín, como mejor supo, hacia un gran bosque cercano, clavó las espuelas en sus ijares y se aferró al arzón, con lo cual el rocín, sintiéndose aguijoneado, la llevó al bosque a galope.
Pietro, que iba mirando más el rostro de ella que el camino, no habiendo advertido tan pronto como ella la llegada de los recién venidos, fue alcanzado y apresado por ellos, mientras aún miraba, sin verlos todavía, para ver de dónde habían de venir. Le hicieron apear del caballo de alquiler y le preguntaron quién era, y habiéndolo dicho, tomaron consejo entre sí y dijeron: «Este es de los amigos de nuestros enemigos; ¿qué otra cosa hemos de hacer sino quitarle estas ropas y este rocín y ahorcarlo de uno de aquellos robles, para despecho de los Orsini?» Todos convinieron en este parecer y mandaron a Pietro que se quitase la ropa; y mientras lo hacía, lo cual le hizo presentir la mala suerte que le aguardaba, aconteció que una emboscada de veinticinco infantes bien contados salió de repente sobre ellos, gritando: «¡Matad! ¡Matad!»
Los pícaros, sorprendidos, dejaron a Pietro en paz y se volvieron para defenderse; pero, viéndose muy superados en número por sus asaltantes, se dieron a la fuga, mientras los otros los perseguían.
Pietro, viendo esto, recogió apresuradamente sus avíos y, saltando sobre su caballo, se dispuso, como mejor pudo, a huir por donde había visto que tomaba su dama; pero no hallándola, y no viendo camino ni senda en el bosque, ni percibiendo huella de cascos de caballo, era el hombre más desdichado del mundo; y apenas le pareció estar a salvo y fuera del alcance de aquellos que lo habían tomado, así como de los otros por quienes habían sido asaltados, comenzó a vagar de aquí para allá por el bosque, llorando y llamando; mas nadie le respondía y no se atrevía a volver atrás, ni sabía a dónde podría llegar si seguía adelante, más porque temía a las bestias salvajes que suelen habitar en los bosques, tanto por sí mismo como por su dama, a quien esperaba de un momento a otro ver estrangulada por algún oso o algún lobo.
De esta suerte, pues, el desdichado Pietro anduvo todo el día por el bosque, llorando y llamando, yendo hacia atrás cuando pensaba ir hacia adelante, hasta que, entre gritos, llantos, miedo y largo ayuno, quedó tan rendido que no pudo más; y viendo venir la noche y sin saber qué otro partido tomar, se apeó de su rocín y lo ató a una gran encina, a la cual se subió para no ser devorado por las fieras durante la noche.
Poco después salió la luna, y siendo la noche muy clara y brillante, permaneció allí despierto, suspirando y llorando y maldiciendo su mala suerte, pues no osaba dormirse, no fuera a caerse; aunque, si hubiera tenido mayor comodidad para ello, el dolor y la preocupación en que por su dama se hallaba no le habrían permitido dormir.
Mientras tanto, la doncella, huyendo, como ya hemos dicho, y sin saber adónde dirigirse, sino adonde a su palafrén plugo llevarla, siguió avanzando tan adentro del bosque que no podía ver por dónde había entrado, y anduvo vagando todo el día por aquel lugar desierto, no de manera distinta a como había hecho Pietro, ora deteniéndose [para escuchar], ora continuando, llorando mientras tanto, llamando y lamentándose de su mala ventura. Al fin, viendo que Pietro no acudía y siendo ya el atardecer, dio con un pequeño sendero, en el cual se metió su palafrén, y siguiéndolo, después de cabalgar unas dos millas o más, vio a lo lejos una casita. Hacia allá se encaminó lo más pronto que pudo, y encontró allí a un buen hombre, muy cargado de años, y a una mujer, su esposa, no menos anciana, quienes, al verla sola, le dijeron: «Hija, ¿qué haces tú sola a estas horas por estos contornos?» La doncella respondió, llorando, que había perdido a su compañía en el bosque y preguntó cuán cerca estaba de Anagni.
—Hija mía —respondió el buen hombre—, este no es el camino para ir a Anagni; dista más de doce millas de aquí. —¿Y cuánto dista de aquí a alguna habitación donde pueda hallar alojamiento para la noche? —dijo la muchacha. A lo que el buen hombre respondió: —No hay ninguna tan cerca que puedas llegar allí con luz del día. Entonces dijo la doncella: —Pues no puedo ir a otro lugar, ¿os placerá albergarme aquí esta noche por amor de Dios? —Doncella —respondió el viejo—, muy bienvenida eres a morar con nosotros esta noche; empero, hemos de advertirte que hay muchas malas compañías, tanto de amigos como de enemigos, que van y vienen por estos contornos de día y de noche, y que muchas veces nos causan grave pesar y gran daño; y si, por desventura, estando tú aquí, llegara alguno de ellos y, viéndote hermosa y joven como eres, osara hacerte afrenta y deshonra, no podríamos librarte de ello.
Tenemos a bien informarte de ello, para que, si acaeciere, no puedas quejarte de nosotros.
La muchacha, viendo que era tarde, aunque las palabras del anciano la habían atemorizado, dijo: —Si a Dios place, Él nos guardará a vos y a mí de ese daño; y aun cuando me sucediera, sería mucho menor mal ser maltratada por los hombres que ser despedazada por las fieras del bosque. Diciendo esto, se apeó del rocín y entró en la casa del pobre hombre, donde cenó con él de la escasa comida que tenían, y luego, tal como iba vestida, se echó con ellos en un pequeño lecho que poseían. No cesó de suspirar y lamentar su desdicha y la de Pietro toda la noche, sin saber si podía esperar otra cosa que no fuera mala de él; y cuando se acercaba la mañana, oyó un gran tropel de gente que se acercaba, por lo que se levantó y, dirigiéndose a un gran corral que había detrás de la casita, vio en un rincón un gran montón de heno, en el cual se escondió, para no ser hallada tan pronto, si aquella gente llegara allí.
Apenas había terminado de ocultarse, cuando aquellos, que eran una gran compañía de bellacos malvados, llegaron a la puerta de la casita y, haciendo que les abrieran, entraron y hallaron el rocín de Agnolella aún ensillado y embridado; por lo que preguntaron quién estaba allí, y el buen hombre, no viendo a la muchacha, respondió: «Aquí no hay nadie sino nosotros; pero este rocín, de quienquiera que se haya escapado, llegó aquí anoche y lo metimos en casa, no sea que los lobos lo comieran.» —Entonces —dijo el capitán de la tropa—, puesto que no tiene otro dueño, es justa presa para nosotros.
Con esto, todos se dispersaron por la casita y algunos entraron en el patio, donde, dejando sus lanzas y escudos, aconteció que uno de ellos, sin saber qué otra cosa hacer, arrojó su lanza al heno y estuvo muy cerca de matar a la doncella escondida y de que ella se descubriera, porque la lanza pasó tan cerca de su pecho izquierdo que el acero desgarró parte de su vestido, por lo cual estuvo a punto de dar un gran grito, temiendo ser herida; pero, acordándose de dónde estaba, permaneció quieta, toda temerosa. Luego los pícaros, habiendo aderezado los cabritos y otra carne que traían, y comido y bebido, se fueron, unos acá y otros acullá, a sus asuntos, y se llevaron consigo la hacanea de la muchacha. Cuando hubieron andado algún trecho, el buen hombre preguntó a su mujer: «¿Qué fue de nuestra moza, que vino aquí anoche? No la he visto desde que nos levantamos.»
La buena mujer respondió que no lo sabía y se puso a buscarla, y la muchacha, al oír que los pícaros se habían ido, salió del heno, para no pequeña satisfacción de su huésped, quien, alegre de ver que no había caído en sus manos, le dijo, acercándose el día: «Ya que viene el día, si os place, os acompañaremos a un castillo que está a cinco millas de aquí, donde estaréis a salvo; pero habréis de ir a pie, pues esa mala gente, que de aquí se ha ido, se ha llevado vuestro rocín.» La muchacha se preocupó poco del caballo, pero les rogó por Dios que la llevaran al castillo en cuestión, y así partieron y llegaron allí cerca de media tercio.
Ahora bien, este castillo pertenecía a uno de la familia Orsini, de nombre Lionello di Campodifiore, y allí se hallaba por azar su esposa, una dama muy piadosa y buena, la cual, al ver a la muchacha, la reconoció al punto y la recibió con alegría y quiso saber ordenadamente cómo había llegado allí. Agnolella le contó todo, y la dama, que conocía asimismo a Pietro por ser amigo de su marido, se dolió de la mala ventura que le había acontecido y, al oír dónde lo habían llevado, no dudó de que estuviera muerto; por lo cual dijo a Agnolella: «Puesto que no sabes qué ha sido de Pietro, te quedarás aquí hasta que tenga ocasión de enviarte a salvo a Roma.»
Entretanto, Pietro permanecía en el roble, tan abatido como cabía, y hacia la hora del primer sueño vio aparecer una buena veintena de lobos, que, en cuanto lo vieron, se acercaron todos a su caballo. El caballo, al olfatearlos, tiró de la brida hasta romperla, y habría huido, pero, viéndose cercado e incapaz de escapar, se defendió largo tiempo con los dientes y los cascos. Al fin, sin embargo, fue derribado, estrangulado y rápidamente destripado por los lobos, que se hartaron de su carne y, tras devorarlo, se marcharon sin dejar más que los huesos; ante lo cual Pietro, a quien le parecía tener en el rocín un compañero y un apoyo en sus desdichas, quedó muy consternado y temió no poder salir jamás del bosque.
Sin embargo, hacia el amanecer, aterido de frío en el roble y mirando aún en derredor, divisó un gran fuego delante de él, quizá a una milla de distancia; por lo cual, tan pronto como fue pleno día, bajó del roble, no sin temor, y encaminándose hacia el fuego, siguió andando hasta llegar al lugar, donde halló a unos pastores que comían y se regocijaban alrededor, por quienes fue recibido con compasión.
Después de comer y calentarse, les contó su desventura y, diciéndoles cómo había llegado allí solo, les preguntó si en aquellos parajes había alguna aldea o castillo adonde pudiera dirigirse. Los pastores respondieron que a unas tres millas de allí había un castillo perteneciente a Lionello di Campodifiore, cuya señora se hallaba entonces en él; ante lo cual Pietro se alegró mucho y les rogó que uno de ellos lo acompañara al castillo, cosa que dos de ellos hicieron de buena gana. Allí encontró a algunos que lo conocían y se disponía a preguntar cómo podría mandar buscar a la doncella por el bosque, cuando fue llamado a presencia de la señora y acudió a ella al instante. Jamás hubo alegría semejante a la suya cuando vio a Agnolella con ella, y ardía en deseos de abrazarla, pero se contuvo por respeto a la señora; y si él se alegraba, no era menor la alegría de la muchacha.
La gentil dama, después de acogerle, agasajarle mucho y oír de él lo que le había acaecido, reprendióle con vehemencia por lo que se proponía hacer contra la voluntad de sus parientes; pero, viendo que estaba ya resuelto en ello y que a la muchacha también le placía, dijo para sí: «¿Por qué me fatigo en vano? Estos dos se aman y se conocen, y ambos son amigos de mi marido. Su deseo es honroso y me parece grato a Dios, pues uno de ellos ha escapado de la horca, el otro de la lanzada, y ambos de las fieras del bosque; por lo cual, sea como ellos quieran.» Luego, volviéndose a los enamorados, les dijo: «Si aún tenéis en el corazón ser marido y mujer, también me place; así sea, y que las nupcias se celebren aquí a expensas de Lionello. Yo me encargaré después de hacer las paces entre vosotros y vuestras familias.»
Así, fueron casados allí mismo, con gran contentamiento de Pietro y aún mayor satisfacción de Agnolella, y la gentil dama les hizo unas honrosas nupcias, en cuanto era posible en las montañas. Allí, con sumo deleite, gozaron de las primicias de su amor, y pocos días después, acompañados de la dama, tomaron caballos y regresaron, bajo buena escolta, a Roma, donde ella halló a los parientes de Pietro muy indignados por lo que él había hecho, pero logró reconciliarlo con ellos, y él vivió con su Agnolella en toda paz y placer hasta una vejez feliz.
CUARTA NOVELA
[Jornada Quinta]
RICCIARDO MANARDI, ENCONTRADO POR MICER LIZIO DA VALBONA CON SU HIJA, LA DESPOSA Y VIVE EN PAZ CON SU PADRE
Elisa, guardando silencio y escuchando las alabanzas que las damas, sus compañeras, prodigaban a su relato, la Reina encargó a Filostrato que contara uno propio, y él, riendo, comenzó: "Tan a menudo me han censurado tantas de vosotras, damas, por haberos impuesto materia de luctuoso discurso y tal que os hacía llorar, que me parece que estoy en deuda, si en alguna medida quisiera resarcirlas de esa molestia, de relatar algo que os haga reír un poco; y quiero por tanto contaros, en una historia muy breve, un amor que, tras ningún peor obstáculo que algunos suspiros y un breve susto, mezclado con vergüenza, llegó a feliz término.
Es, pues, nobles damas, que no ha mucho tiempo vivió en Romaña un gentilhombre de gran valía y buenas maneras, llamado Messer Lizio da Valbona, a quien, ya casi en su vejez, le aconteció que de su esposa, llamada doña Giacomina, le naciera una hija, que creció hermosa y agraciada más que ninguna otra de la comarca; y por ser la única hija que les quedaba a su padre y a su madre, la amaban y querían con extremo cariño y la guardaban con maravillosa diligencia, con la esperanza de lograr mediante ella alguna gran alianza. Había entonces un joven de los Manardi de Brettinoro, hermoso y lozano de su persona, llamado Ricciardo, que frecuentaba mucho la casa de Messer Lizio y departía a menudo con él, y de quien el tal y su esposa no hacían más caso que el que habrían hecho de un hijo suyo.
Ahora, este Ricciardo, mirando una y otra vez a la joven y viéndola muy bella y gallarda y digna de alabanza por sus maneras y modales, se enamoró perdidamente de ella, pero tuvo mucho cuidado de mantener su amor en secreto. La doncella pronto se dio cuenta de ello y, sin buscar en modo alguno esquivar el golpe, comenzó a amarlo de igual manera; con lo cual Ricciardo se alegró sobremanera. Muchas veces tuvo intención de hablarle, pero guardó silencio por desconfianza; sin embargo, un día, cobrando ánimo y hallando la ocasión, le dijo: —Te ruego, Caterina, que no me hagas morir de amor. A lo que ella respondió al punto: —¡Quiera Dios que no seas tú quien me hagas morir a mí!