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Esta respuesta infundió mucho ánimo y placer a Ricciardo, y le dijo:
—Jamás permitiré que cosa alguna que te sea agradable malogre por mí; mas en ti está hallar el medio de salvar tu vida y la mía.
—Ricciardo —respondió ella—, tú ves cuán rigurosamente estoy custodiada; por lo cual, por mi parte, no veo cómo puedas lograr llegar hasta mí; pero, si puedes ver algo que yo pueda hacer sin vergüenza para mí, dímelo, y lo haré.
Ricciardo, habiendo pensado en diversas cosas, respondió de inmediato:
—Mi dulce Caterina, no veo otro camino, salvo que mientas o te las arregles para venir a la galería que linda con el jardín de tu padre; y si supiera que estarías allí de noche, sin falta me las ingeniaría para llegar a ti, por muy alta que sea.
—Si tienes el corazón de venir allí —replicó Caterina—, me parece que bien podré lograr estar allí.
Ricciardo asintió, y se besaron una sola vez, apresuradamente, y se fueron cada uno por su lado.
Capítulo 43: Parte 43 Segmento 2 de 30.
Al día siguiente, hallándose ya cerca del fin de mayo, la muchacha comenzó a quejarse ante su madre de que no había podido dormir aquella noche por el excesivo calor. Dijo la señora: «¿De qué calor hablas, hija? No, de ningún modo hacía calor.» «Madre mía», respondió Caterina, «deberíais decir "a mi parecer", y tal vez diríais la verdad; pero deberíais considerar cuánto más calurosas están las muchachas jóvenes que las damas de edad.» «Hija mía», replicó la señora, «eso es verdad; pero no puedo hacer frío y calor a mi antojo, como tal vez quisieras que hiciera. Hemos de soportar el tiempo, tal como lo hacen las estaciones; quizá esta próxima noche sea más fresca y duermas mejor.» «¡Dios lo quiera!», exclamó Caterina. «Pero no es costumbre que las noches se vayan enfriando, a medida que se acerca el verano.» «¿Entonces, qué querrías que hiciera?»
preguntó la madre; y ella respondió: —Si a mi padre y a vos os place, quisiera de buena gana que me hicieran una camita en la galería, que está junto a su cámara y sobre su jardín, y dormir allí. Allí oiría cantar al ruiseñor, y al tener un lugar más fresco para acostarme, me iría mucho mejor que en vuestra cámara. Dijo la madre: —Hija, consuélate; se lo diré a tu padre, y según él quiera, así haremos.
Messer Lizio, oyendo todo esto de su mujer, dijo, por ser ya un hombre viejo y acaso por ello algo regañón: «¿Qué ruiseñor es este a cuyo canto quisiera dormir? Yo le haré dormir al chirrido de los grillos». Caterina, al saberlo, más por despecho que por el calor, no solo no durmió aquella noche, sino que no dejó dormir a su madre, quejándose siempre del gran calor. Así, a la mañana siguiente, esta se dirigió a su marido y le dijo: «Señor, tenéis poca ternura por esa muchacha; ¿qué os importa que duerma en la galería? No pudo descansar en toda la noche por el calor. Además, ¿os extraña que tenga ganas de oír cantar al ruiseñor, siendo solo una niña? Los jóvenes son curiosos de cosas semejantes a ellos». Messer Lizio, oyendo esto, dijo: «Anda, hazle allí una cama como mejor te parezca, y rodéala con alguna cortina o cosa así, y allí déjala que se acueste y oiga cantar al ruiseñor a su gusto».
La muchacha, al saberlo, hizo hacer en seguida una cama en la galería y, con la intención de acostarse allí esa misma noche, esperó hasta que vio a Ricciardo y le hizo la señal convenida entre ellos, por la cual él entendió lo que había de hacerse. Micer Lizio, al oír que la muchacha se había acostado, cerró con llave una puerta que desde su cámara daba a la galería y se fue asimismo a dormir. En cuanto a Ricciardo, tan pronto como oyó que todo estaba en silencio por todas partes, subió a un muro con la ayuda de una escalera y desde allí, asiéndose a ciertos dientes de otro muro, se abrió camino —con gran trabajo y peligro, si hubiera caído— hasta la galería, donde fue recibido en silencio por la muchacha con grandísima alegría. Luego, después de muchos besos, se acostaron juntos y se gozaron y deleitaron el uno del otro casi toda aquella noche, haciendo cantar muchas veces al ruiseñor.
Siendo las noches cortas y el deleite grande, y estando ya, aunque ellos no lo pensaban, cerca del día, se quedaron dormidos sin ninguna cobertura, tan acalorados estaban, así por el tiempo como por su juego, teniendo Caterina el brazo derecho entrelazado al cuello de Ricciardo y sujetándolo con la mano izquierda por aquello que vosotras, señoras, tenéis por muy vergonzoso nombrar delante de los hombres.
Mientras así dormían, sin despertarse, vino el día y messer Lizio se levantó y, acordándose de que su hija yacía en la galería, abrió la puerta quedamente, diciendo para sí: «Veamos cómo ha hecho el ruiseñor dormir esta noche a Caterina.» Luego, entrando, levantó suavemente la sarga con que estaba cercado el lecho, y vio a su hija y a Ricciardo durmiendo, desnudos y descubiertos, abrazados como antes se ha dicho; por lo cual, habiendo reconocido a Ricciardo, salió de nuevo y, dirigiéndose a la cámara de su mujer, la llamó, diciendo: «Date prisa, mujer, levántate y ven a ver, que tu hija ha sido tan aficionada al ruiseñor que lo ha cogido y lo tiene en la mano.» «¿Cómo puede ser eso?» dijo ella; y él respondió: «Lo verás, si vienes pronto.»
Por lo cual, se apresuró a vestirse y siguió en silencio a su marido hasta la cama, donde, corrida la cortina, la señora Giacomina pudo ver claramente cómo su hija había cogido y tenía el ruiseñor, que tanto había ansiado oír cantar; y la dama, teniéndose por muy engañada de Ricciardo, quiso gritar y vituperarle; pero Messer Lizio le dijo: —Mujer, si te es caro mi amor, mira que no digas palabra, que, en verdad, ya que ella lo ha conseguido, suyo será. Ricciardo es joven, rico y de noble cuna; no puede sernos sino un buen yerno. Si quiere partir de mí en buenos términos, necesario es que primero se case con ella, y así se hallará que ha puesto el ruiseñor en su propia jaula y no en la de otro.
La señora se consoló al ver que su esposo no se había enojado por el asunto, y considerando que su hija había pasado una buena noche y había descansado bien y había atrapado al ruiseñor, por añadidura, se calló la boca. Y no habían pasado mucho tiempo después de estas palabras cuando Ricciardo despertó y, viendo que era pleno día, se dio por perdido y llamó a Caterina, diciendo: —¡Ay, alma mía, qué haremos, que el día ha llegado y me ha sorprendido aquí! Entonces Messer Lizio se adelantó y, levantando la cortina, respondió: —Bien lo haremos. Cuando Ricciardo lo vio, le pareció que le arrancaban el corazón del pecho, y sentándose en la cama, dijo: —Señor mío, os pido perdón por amor de Dios. Reconozco que he merecido la muerte, como hombre desleal y malvado; por tanto, haced de mí lo que más os plazca; pero, os lo ruego, si posible fuere, tened piedad de mi vida y no me dejéis morir.
'Ricciardo,' respondió Messer Lizio, 'el amor que te tenía y la fe que en ti puse no merecían esta recompensa; pero, ya que así es y la juventud te ha arrastrado a semejante falta, haz tú, para salvarte de la muerte y a mí de la vergüenza, tomar a Caterina por legítima esposa, de modo que, así como esta noche ha sido tuya, lo sea también mientras viva. De esta manera podrás alcanzar mi perdón y tu propia seguridad; mas, si no eliges hacer esto, encomienda tu alma a Dios.'
Mientras se decían estas palabras, Caterina soltó el ruiseñor y, cubriéndose, se puso a llorar amargamente y a suplicar a su padre que perdonara a Ricciardo; por su parte, rogaba asimismo a su amante que hiciera lo que Messer Lizio deseaba, a fin de que pudieran pasar juntos en seguridad muchas noches semejantes. Pero no fueron menester demasiadas súplicas, porque, de una parte, la vergüenza de la falta cometida y el deseo de enmendarla y, de otra, el temor a la muerte y el deseo de escapar —por no decir nada de su ardiente amor y del anhelo de poseer la cosa amada— hicieron que Ricciardo, libremente y sin vacilación, se declarara dispuesto a hacer lo que pluguiera a Messer Lizio; con lo cual este pidió prestado a madama Giacomina uno de sus anillos y, allí mismo, sin moverse, Ricciardo, en presencia de ellos, tomó a Caterina por esposa. Hecho esto, Messer Lizio y su mujer se marcharon, diciendo: «Descansad ahora, que probablemente tenéis más necesidad de ello que de levantaros».
Marchados ellos, los dos jóvenes se abrazaron de nuevo, y no habiendo corrido más de media docena de justas durante la noche, corrieron otras dos antes de levantarse, y así dieron fin a las justas del primer día. Levantáronse luego, y Ricciardo, habiendo tenido más ordenada conferencia con Meser Lizio, pocos días después, como convenía, desposó de nuevo a la doncella en presencia de sus amigos y parientes, y la llevó con gran pompa a su casa. Allí celebró bodas buenas y honrosas, y después se fue con ella largo tiempo a cazar ruiseñores a su gusto, en paz y solaz, tanto de noche como de día."
LA QUINTA HISTORIA
[Día Quinto]
GUIDOTTO DA CREMONA DEJA A GIACOMINO DA PAVIA UNA HIJA SUYA Y MUERE. GIANNOLE DI SEVERINO Y MINGHINO DI MINGOLE SE ENAMORAN DE LA MUCHACHA EN FAENZA Y VIENEN A LAS MANOS POR CAUSA DE ELLA. FINALMENTE SE PRUEBA QUE ELLA ES HERMANA DE GIANNOLE Y ES DADA POR ESPOSA A MINGHINO.
Todas las damas, escuchando la historia del ruiseñor, habían reído tanto que, aunque Filostrato había terminado de contarla, aún no podían dejar de reír. Pero, después de haber reído un rato, la reina dijo a Filostrato: «Ciertamente, si ayer nos afligiste, señor, hoy nos has hecho tales cosquillas que ninguna de nosotras puede quejarse de ti con razón». Luego, dirigiéndose a Neifile, le ordenó que contase, y ella, alegremente, comenzó a hablar así: «Ya que Filostrato, discurriendo, ha entrado en Romaña, me place de igual modo ir vagando un poco por allí con mi propia historia».
Afirmo, pues, que en la ciudad de Fano moraron una vez dos lombardos, uno de los cuales se llamaba Guidotto da Cremona y el otro Giacomino da Pavia, ambos hombres de avanzada edad, que en su juventud habían sido casi siempre soldados y dedicados a las armas. Guidotto, hallándose a punto de morir y no teniendo hijo, ni otros parientes, ni amigo en quien confiara más que en Giacomino, le dejó una hijita que tenía, de unos diez años de edad, y cuanto poseía en el mundo; y tras haberle hablado largamente de sus asuntos, murió. En aquellos días aconteció que la ciudad de Faenza, que había estado largo tiempo en guerra y en mal estado, fue restaurada a una condición algo mejor, y se concedió libremente permiso para residir allí a todos los que tuvieran deseo de volver; por lo cual Giacomino, que había morado allí en otro tiempo y sentía apego por el lugar, regresó con todos sus bienes y llevó consigo a la muchacha que Guidotto le había dejado, a la cual amaba y trataba como si fuera hija suya.
Esta creció y se hizo tan hermosa doncella como cualquiera de la ciudad, sí, y tan virtuosa y bien criada como hermosa; por lo que comenzó a ser cortejada de muchos, pero especialmente dos muy apuestos jóvenes de igual mérito y condición le profesaron un amor muy grande, tanto que por celos llegaron a aborrecerse el uno al otro sin medida. Llamábanse el uno Giannole di Severino y el otro Minghino di Mingole; ni había ninguno de ellos que no la tomara de buena gana por esposa, siendo ya la joven de quince años, si sus parientes lo hubieran consentido; así que, viéndosela negada por vía honrosa, cada uno procuró obtenerla por sí como mejor pudo.
Tenía entonces Giacomino en su casa una vieja criada y un criado llamado Crivello, persona muy alegre y complaciente, con quien Giannole trabó gran amistad, y a quien, cuando le pareció el momento, descubrió su pasión, rogándole que le fuese favorable en su empeño de lograr su deseo y prometiéndole grandes cosas si así lo hacía; a lo que respondió Crivello: —Mira, nada puedo hacer por ti en este asunto, salvo que, cuando la próxima vez salga Giacomino a cenar fuera, te llevaré adonde ella esté; pues si yo me ofreciera a decirle una palabra en tu favor, no se detendría siquiera a escucharme. Si esto te place, te lo prometo y lo haré; y haz tú después, si sabes cómo, aquello que juzgues que mejor sirva a tu propósito. —Giannole respondió que nada deseaba más, y así quedaron en ese acuerdo.
Mientras tanto, Minghino, por su parte, había sobornado a la criada y había obrado de tal manera con ella que ésta, en varias ocasiones, le había llevado mensajes a la muchacha y casi la había inflamado de amor por él; además, le había prometido ponerlo en su compañía tan pronto como a Giacomino le ocurriera salir de noche por cualquier motivo.
No mucho después sucedió que, por maquinación de Crivello, Giacomino fue a cenar con un amigo suyo, tras lo cual Crivello hizo saber de ello a Giannole y concertó con él que, cuando hiciese una cierta señal, viniese y encontraría la puerta abierta. La criada, por su parte, ignorando todo esto, hizo saber a Minghino que Giacomino había de cenar fuera y le mandó que permaneciese cerca de la casa, de modo que, cuando viese una señal que ella le haría, pudiese venir y entrar en ella. Llegada la noche, los dos enamorados, ignorando cada uno los designios del otro, pero recelando cada cual de su rival, vinieron, con diversos compañeros armados, a tomar posesión. Minghino, con su tropa, se alojó en casa de un amigo suyo, vecino de la joven; mientras que Giannole y sus amigos se apostaron a poca distancia de la casa. Entretanto, Crivello y la criada, habiéndose ido Giacomino, se afanaban cada uno por enviar al otro fuera.
Díjole él: «¿Por qué no te vas a la cama? ¿Por qué sigues vagando aún por la casa?» —«¿Y tú?», replicó ella, «¿por qué no vas por tu amo? ¿Qué aguardas aquí, ya que has cenado?» Y así no pudo ninguno hacer que el otro dejase el lugar; pero Crivello, viendo llegada la hora que había concertado con Giannole, dijo para sí: «¿Qué se me da a mí de ella? Si no se está quieta, bien puede que le pese.»
En consecuencia, dando la señal convenida, fue a abrir la puerta; con lo cual Giannole, llegando apresuradamente con dos compañeros, entró y, encontrando a la joven en el salón, le echó mano para llevársela. La muchacha comenzó a forcejear y a dar grandes voces, como también la criada; y oyéndolo Minghino, corrió allí con sus compañeros y, viendo que ya arrastraban a la joven fuera por la puerta, desenvainaron las espadas y gritaron todos: «¡Ah, traidores, muertos sois! Esto no ha de pasar así. ¿Qué violencia es esta?» Diciendo esto, se lanzaron a acuchillarlos, mientras los vecinos, saliendo al alboroto con luces y armas, comenzaron a censurar el proceder de Giannole y a secundar a Minghino; por lo cual, tras larga contienda, este último rescató a la joven de su rival y la devolvió a casa de Giacomino.
Pero, antes de que la refriega terminara, llegaron los alguaciles del capitán de la ciudad y arrestaron a muchos de ellos; y entre los demás, Minghino, Giannole y Crivello fueron prendidos y llevados a la cárcel. Una vez que las cosas volvieron a la calma, Giacomino regresó a casa y quedó muy mortificado por lo sucedido; mas, al indagar cómo había ocurrido y hallar que la muchacha no tenía culpa alguna, se sintió algo apaciguado y resolvió casarla lo antes posible, para que semejante desventura no volviese a acaecer.
La mañana siguiente, los parientes de los dos jóvenes, al oír la verdad del caso y conociendo el mal que podría sobrevenir de ello a los mozos encarcelados, si Giacomino eligiese hacer lo que razonablemente podía, acudieron a él y le rogaron con suaves palabras que tuviese en cuenta, no tanto la afrenta que había sufrido por la poca sensatez de los jóvenes, como el amor y la buena voluntad que creían que les profesaba a ellos, que así se lo suplicaban, sometiéndose ellos y los jóvenes que habían hecho el daño a cualquier satisfacción que le pluguiera tomar.
Giacomino, que en su tiempo había visto muchas cosas y era hombre de juicio, respondió brevemente: «Señores, si estuviera en mi propia tierra, como lo estoy en la vuestra, me tengo por tan vuestro amigo que ni en esto ni en otra cosa haría nada salvo en cuanto os pluguiera; además, estoy tanto más obligado a cumplir vuestros deseos en este asunto, en cuanto que en ello habéis ofendido contra vosotros mismos, porque la muchacha en cuestión no es, como quizá muchos suponen, de Cremona ni de Pavía; antes bien, es faentina, aunque ni yo ni ella ni aquel de quien la recibí pudimos jamás saber de quién fuese hija; por lo cual, respecto a aquello de que me rogáis, haré tanto cuanto vosotros mismos me ordenéis.»
Los caballeros, al oír esto, se maravillaron y, dando gracias a Giacomino por su cortés respuesta, le rogaron que tuviera a bien contarles cómo había llegado ella a sus manos y cómo sabía que era faentina; a lo que él respondió: «Guidotto da Cremona, que fue mi amigo y camarada, me contó, en su lecho de muerte, que cuando esta ciudad fue tomada por el emperador Federico y todo fue entregado al saqueo, él entró con sus compañeros en una casa y la encontró llena de botín, pero abandonada por sus habitantes, salvo únicamente esta niña, que tendría entonces unos dos años o poco más, y que, al verlo subir las escaleras, lo llamó "padre"; por lo cual, apiadándose de ella, se la llevó consigo a Fano, junto con todo lo que había en la casa, y muriendo allí, me la dejó a mí con lo que tenía, encargándome que la desposara a su debido tiempo y le diera como dote lo que había sido suyo».
Desde que ha llegado a la edad de casarse, aún no he encontrado ocasión de casarla a mi gusto, aunque lo haría de buena gana, antes que otra desgracia como la de anoche me aconteciera por su causa.
Capítulo 43: Parte 43
Ahora, entre los otros, había un tal Guiglielmino da Medicina, que había estado con Guidotto en aquel asunto y sabía muy bien de quién era la casa que este había saqueado; y viendo allí entre los demás a la persona en cuestión, se le acercó y le dijo: —Bernabuccio, ¿oyes lo que dice Giacomino? —Sí, por cierto —respondió Bernabuccio—, y al punto me puse a pensar en ello, tanto más que recuerdo haber perdido una hija pequeña de la edad de la que habla Giacomino en aquellos mismos disturbios. —Esta es ella, sin duda —dijo Guiglielmino—, pues una vez estuve en compañía de Guidotto, cuando le oí contar dónde había hecho el saqueo y supe que era tu casa la que había saqueado; por lo tanto, piensa si puedes reconocerla de manera fidedigna por alguna señal y manda hacer pesquisas al respecto; porque sin duda hallarás que es tu hija.
En consecuencia, Bernabuccio reflexionó y recordó que ella debía tener una pequeña cicatriz en forma de cruz sobre la oreja izquierda, proveniente de un tumor que le había hecho extirpar poco tiempo antes de aquel suceso; por lo cual, sin más dilación, se acercó a Giacomino, que aún estaba allí, y le rogó que lo llevara a su casa y le permitiera ver a la doncella. A esto accedió de buena gana y, llevándolo allá, hizo traer a la muchacha ante él. Cuando Bernabuccio posó los ojos en ella, le pareció ver el mismísimo rostro de su madre, que todavía era una hermosa dama; sin embargo, no contentándose con esto, dijo a Giacomino que, por su favor, quisiera tener licencia para levantarle un poco el cabello por encima de la oreja izquierda, a lo cual el otro accedió.
Así, dirigiéndose a la muchacha, que permanecía recatada, le alzó los cabellos con la mano derecha y halló la cruz; por lo que, conociendo que ella era en verdad su hija, se puso a llorar tiernamente y a abrazarla, no obstante su resistencia; luego, volviéndose hacia Giacomino: —Hermano mío —dijo—, esta es mi hija; fue mi casa la que saqueó Guidotto, y esta muchacha, en la repentina alarma, fue olvidada allí por mi mujer, su madre; y hasta ahora creímos que había perecido con la casa, que me fue quemada ese mismo día.
La muchacha, oyendo esto y viéndole hombre de años, dio crédito a sus palabras y, abandonándose a sus abrazos, como movida por un oculto instinto, se puso a llorar tiernamente con él. Bernabuccio envió en seguida a buscar a su madre y a otras parientas suyas, así como a sus hermanas y hermanos, y se la presentó a todos, contándoles el caso; luego, tras mil abrazos, la llevó a su casa con grandísimo regocijo, para gran satisfacción de Giacomino. El capitán de la ciudad, que era hombre de valía, sabiendo esto y conociendo que Giannole, a quien tenía en prisión, era hijo de Bernabuccio y, por tanto, hermano de la joven, determinó, indulgente, pasar por alto la ofensa cometida por él y puso en libertad, junto con él, a Minghino, a Crivello y a los demás que estaban implicados en el asunto.
Además, intercedió ante Bernabuccio y Giacomino acerca de estos asuntos y, haciendo las paces entre los dos jóvenes, dio a la muchacha, cuyo nombre era Agnesa, por esposa a Minghino, con gran contentamiento de todos sus parientes; por lo cual Minghino, muy regocijado, celebró una gran y espléndida boda y, llevándola a su casa, vivió con ella muchos años después en paz y prosperidad.
LA SEXTA HISTORIA
[DÍA QUINTO]
GIANNI DE PROCIDA, HABIENDO SIDO ENCONTRADO CON UNA JOVEN, A LA QUE AMABA Y QUE HABÍA SIDO DADA AL REY FEDERICO DE SICILIA, ES ATADO CON ELLA A UN POSTE PARA SER QUEMADOS; PERO, SIENDO RECONOCIDO POR RUGGIERI DELL' ORIA, ESCAPA Y SE CONVIERTE EN SU MARIDO.