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Habiendo Federigo llegado a tal extremo, aconteció un día que el marido de la señora Giovanna cayó enfermo, y viéndose próximo a la muerte, hizo su testamento; en el cual, siendo muy rico, dejó por heredero a un hijo suyo, ya crecido, y después, por haber amado mucho a la señora Giovanna, la sustituyó en la herencia para el caso de que su hijo muriese sin descendencia legítima, y murió. La señora Giovanna, quedando así viuda, se retiró aquel verano, como es usanza de nuestras damas, al campo con su hijo, a una posesión suya muy cercana a la de Federigo; por lo cual aconteció que el muchacho trabó conocimiento con éste y comenzó a deleitarse en halcones y perros, y habiendo visto muchas veces volar su halcón y quedando extrañamente prendado de él, deseó ardientemente tenerlo; mas no se atrevía a pedírselo, viendo cuán caro le era.
Estando así las cosas, aconteció que el mozo cayó enfermo, de lo cual su madre quedó muy afligida, como quien no tenía otro hijo sino él y lo amaba con todas sus fuerzas, y permanecía junto a él todo el día, consolándolo sin cesar; y muchas veces le preguntaba si deseaba algo, rogándole que se lo dijera, pues si pudiera conseguirse, ella haría lo posible para que lo tuviera. El mozo, habiendo oído repetir tantas veces aquellas ofertas, dijo: «Madre mía, si pudierais procurarme el halcón de Federigo, creo que pronto sanaría.»
La dama, oyendo esto, quedóse un rato pensativa y comenzó a considerar cómo habría de proceder. Sabía que Federigo la había amado largo tiempo y que nunca había obtenido de ella una sola mirada; por lo cual dijo para sí: «¿Cómo he de enviar o ir yo a pedirle este halcón, que es, por todo lo que oigo, el mejor que jamás voló y que, además, lo mantiene en el mundo? ¿Y cómo puedo ser tan desconsiderada que le quite esto a un caballero que no tiene otro placer en la vida?» Atormentada por este pensamiento y sin saber qué responder, aunque estaba muy segura de conseguir el ave si la pedía, no dio réplica a su hijo, sino que permaneció en silencio. Sin embargo, al fin, el amor de su hijo pudo más que ella, de modo que resolvió satisfacerlo, fuese lo que fuese, y no enviar a nadie, sino ir ella misma a pedir el halcón y traérselo.
En consecuencia, ella le dijo: «Hijo mío, consuélate y piensa en reponerte, porque te prometo que lo primero que haré mañana por la mañana será ir a buscarlo y traértelo». El niño se alegró con esto y mostró alguna mejoría ese mismo día.
A la mañana siguiente, la dama, llevando consigo a otra dama para que le hiciese compañía, se dirigió, por vía de esparcimiento, a la casita de Federigo y preguntó por éste, quien, por cuanto no hacía tiempo para la cetrería ni lo había hecho en los días pasados, se hallaba entonces en un jardín que tenía, supervisando ciertos menesteres suyos; y al oír que madama Giovanna preguntaba por él a la puerta, corrió allá, regocijándose y maravillándose sobremanera. Ella, viéndolo venir, se levantó y, saliendo con femenil gracia a su encuentro, respondió a su respetuoso saludo con «Buen día tengas, Federigo»; y luego prosiguió diciendo: «He venido a hacerte enmienda por lo que has sufrido por mi causa, al haberme amado más de lo que te hubiera convenido; y la enmienda en cuestión es ésta: que pienso comer contigo esta mañana familiarmente, yo y esta dama mi compañera.»
—Señora —respondió Federigo humildemente—, no recuerdo haber recibido jamás mal alguno de vuestras manos, sino, por el contrario, tanto bien que, si alguna vez valí algo, fue por vuestro mérito y por el amor que os tenía; y ciertamente, aunque hayáis venido a un pobre anfitrión, esta vuestra graciosa visita me es mucho más preciosa que si me fuera dado gastar de nuevo todo lo que en otro tiempo gasté. Diciendo esto, avergonzado, la recibió en su casa y de allí la llevó a su jardín, donde, no teniendo a nadie más que le hiciese compañía, le dijo: —Señora, como no hay aquí nadie más, esta buena mujer, esposa de aquel labrador, os hará compañía, mientras yo voy a disponer la mesa.
Nunca hasta aquel momento, por extrema que fuera su pobreza, había sido tan dolorosamente consciente de las estrecheces a que él mismo se había reducido por falta de aquellas riquezas que había derrochado tan desordenadamente. Pero aquella mañana, al hallarse sin nada con que pudiera honradamente agasajar a la dama, por cuyo amor había antaño agasajado a gentes sin número, hubo de percatarse forzosamente de su carencia y corrió de aquí para allá, perplejo en extremo, como un hombre fuera de sí, maldiciendo para sus adentros su mala fortuna, pero no encontró ni dinero ni cosa alguna que pudiera empeñar. Empezaba ya a hacerse tarde y, teniendo él gran deseo de obsequiar a la gentil dama con algo, mas no queriendo recurrir a su propio trabajador, y mucho menos a ningún otro, sus ojos se posaron en su buen halcón, al que vio en su percha en su pequeño salón; por lo cual, no teniendo otro recurso, tomó el ave y, hallándola gorda, la juzgó plato digno de tal dama.
En consecuencia, sin más preámbulos, torció el cuello al halcón e hizo apresuradamente que una criada suya lo desplumara y lo atara, y después lo pusiera en el asador y lo asara diligentemente. Luego, puesta la mesa y cubierta con manteles muy blancos, de los cuales aún tenía provisión, regresó con semblante alegre a donde la dama estaba en el jardín y le dijo que la comida estaba lista, tal como estaba en su poder ofrecerla. En consecuencia, la dama y su amiga, levantándose, se dirigieron a la mesa y, en compañía de Federigo, que las servía con la mayor diligencia, comieron el buen halcón, sin saber lo que hacían.
Pasado un rato, cuando se levantaron de la mesa y hubieron permanecido con él un buen espacio en alegre plática, la señora, creyendo que era hora de declarar el motivo de su venida, se volvió a Federigo y cortésmente le dijo: —Federigo, no dudo ni un instante de que, cuando oigas aquello que es la causa especial de mi llegada aquí, te maravillarás de mi atrevimiento, acordándote de tu vida pasada y de mi virtud, que quizá reputaste crueldad y dureza de corazón; pero, si tuvieras o hubieras tenido hijos, por quienes pudieras conocer cuán poderosa es la fuerza del amor que se les tiene, me parece cosa cierta que en parte me tendrías disculpada.
Pero, aunque tú no tengas ninguno, yo, que tengo un hijo, no puedo escapar a las leyes comunes a las que otras madres están sujetas y cuyos cumplimientos me es forzoso seguir; preciso me es, contra mi voluntad y contra todo derecho y decoro, pedirte un don, que sé que te es supremamente querido (y con buena razón, pues tu triste fortuna no te ha dejado otro deleite, otra distracción, otro consuelo), a saber, tu halcón, del cual mi niño está tan enamorado que, si no se lo llevo, temo que su presente mal se agrave de tal modo que pueda sobrevenirle algo por lo cual lo pierda. Por lo cual te conjuro—no por el amor que me tienes y al que en modo alguno estás obligado, sino por tu propia nobleza, que en hacer cortesía se ha mostrado mayor que en cualquier otro—que te plazca dármelo, para que con este don pueda decir que he mantenido vivo a mi hijo y así lo haya hecho tu deudor para siempre.
Federigo, al oír lo que la dama pedía y sabiendo que no podía complacerla, pues le había dado el halcón para comer, se puso a llorar en su presencia antes de poder responder palabra. La dama, al principio, creyó que sus lágrimas provenían del pesar por tener que desprenderse de su buen halcón, y estuvo a punto de decir que no lo quería.
Sin embargo, se contuvo y aguardó lo que Federigo había de responder; el cual, tras llorar un rato, respondió así: «Señora, ya que a Dios plugo que pusiese mi amor en vos, en muchas cosas he tenido a la fortuna por contraria y me he quejado de ella; mas todos los reveses que me ha dado han sido cosa leve en comparación con lo que me hace en este presente, y por lo cual jamás podré reconciliarme con ella, considerando que habéis venido aquí a mi pobre casa, en tanto que no os dignasteis venir cuando yo era rico, y me pedís una pequeña merced, la cual ella ha dispuesto de tal manera que no puedo otorgárosla; y por qué esto no puede ser, os lo diré brevemente.»
Cuando oí que vos, por vuestra merced, teníais intención de comer conmigo, consideré cosa leve y conveniente, habida cuenta de vuestro valer y de la nobleza de vuestro rango, honraros, en cuanto en mí estuviere, con algún manjar más escogido que el que comúnmente se pone delante de otras gentes; por lo cual, acordándome del halcón que me pedís y de su excelencia, lo juzgué plato digno de vos. Esta misma mañana, pues, lo habéis tenido asado en el plato, y en verdad que lo había tenido por excelentemente empleado; mas ahora, viendo que lo hubierais querido de otra guisa, es tan grande el pesar que siento por no poder serviros en ello, que pienso que jamás me lo perdonaré. Y diciendo esto, en testimonio de ello, hizo arrojar delante de ella las plumas y los pies y el pico del halcón.
La dama, al ver y oír esto, primero le reprendió por haber, para dar de comer a una mujer, muerto semejante halcón, y después alabó en su interior la grandeza de su ánimo, que la pobreza no había podido ni podría de modo alguno abatir. Luego, perdida toda esperanza de obtener el halcón y dudando por ello de la recuperación de su hijo, se despidió y regresó, toda desconsolada, a este último, quien, antes de que pasaran muchos días, ya fuese por el disgusto de no haber podido tener el ave o porque su dolencia estaba destinada a llevarlo a tal desenlace, partió de esta vida, para inexpresable dolor de su madre.
Después de haber permanecido algún tiempo llena de lágrimas y aflicción, siendo dejada muy rica y aún joven, fue más de una vez instada por sus hermanos a casarse de nuevo; y aunque de buena gana no lo hubiera hecho, viéndose importunada y recordando el valor de Federigo y su última magnificencia, es decir, haber sacrificado un halcón semejante para su agasajo, les dijo: «De buena gana, si a vosotros os pluguiera, permanecería como estoy; pero pues es vuestro gusto que tome un segundo esposo, ciertamente no tomaré jamás a otro, si no tengo a Federigo degli Alberighi». Entonces sus hermanos, burlándose de ella, dijeron: «¡Mujer necia, qué es lo que dices? ¿Cómo puedes elegirlo a él, viendo que no tiene nada en el mundo?». «Hermanos míos», respondió ella, «sé muy bien que es como decís; pero preferiría un hombre que carece de riquezas que riquezas que carecen de un hombre».
Sus hermanos, oyendo su voluntad y conociendo a Federigo por hombre de gran mérito, aunque pobre, se la dieron, con todas sus riquezas, a él, tal como ella quería; y él, viéndose casado con una dama de tanto valer, a quien había amado con tan tierno afecto y que, además, era riquísima, se hizo mejor administrador de su hacienda y acabó sus días con ella en gozo y consuelo.
LA DÉCIMA NOVELA
[Jornada Quinta]
PIETRO DI VINCIOLO VA A CENAR FUERA, POR LO CUAL SU MUJER HACE TRAER A UN JOVEN PARA QUE LE HAGA COMPAÑÍA; Y REGRESANDO SU MARIDO, INESPERADAMENTE, ELLA ESCONDE A SU GALÁN DEBAJO DE UN GALLINERO. PIETRO LE CUENTA CÓMO EN LA CASA DE UN TAL ARCOLANO, CON QUIEN HABÍA DE HABER CENADO, SE HABÍA ENCONTRADO A UN JOVEN INTRODUCIDO POR SU MUJER, Y ELLA CULPA A ESTA ÚLTIMA. EN ESTO, UN ASNO, POR CASUALIDAD, PONE EL PIE SOBRE LOS DEDOS DEL QUE ESTÁ DEBAJO DEL GALLINERO, Y ÉL LANZA UN RUGIDO; POR LO CUAL PIETRO CORRE ALLÍ Y, VIÉNDOLO, DESCUBRE LA INFIDELIDAD DE SU MUJER, PERO FINALMENTE LLEGA A UN ACUERDO CON ELLA PARA SUS PROPIOS FINES LASCIVOS.
El relato de la reina llegó a su fin, y todos, alabando a Dios por haber recompensado a Federigo según sus méritos, Dioneo, que jamás esperaba mandato, comenzó de esta manera: «No sé si decir si es un vicio casual, crecido en la humanidad por la perversidad de las costumbres y usanzas, o un defecto inherente a nuestra naturaleza, que nos reímos más de las cosas malas que de las buenas obras, especialmente cuando no nos conciernen. Por lo cual, viendo que las fatigas que otras veces he tomado y ahora estoy por tomar no apuntan a otro fin que libraros de la melancolía y daros ocasión de risa y regocijo,—aunque la materia de mi presente historia pueda ser en parte no del todo decorosa,—no obstante, amables doncellas, por cuanto pueda proporcionar diversión, os la contaré, y haced vosotras, al escucharla, como soléis hacer cuando entráis en los jardines, donde, extendiendo vuestras delicadas manos, cogéis las rosas y dejáis las espinas.»
De esta guisa habréis de hacer con mi historia, dejando al hombre malvado de quien os hablaré a su infamia, y la mala ventura le acompañe, mientras vosotros reís alegremente de las amorosas artimañas de su mujer, teniendo compasión, cuando fuere menester, de las desventuras de los demás.
Hubo, pues, en Perugia, no ha mucho tiempo, un hombre rico llamado Pietro di Vinciolo, el cual, más acaso para engañar a los demás y desvanecer la general sospecha que de él tenían todos los perusinos, que por propio deseo, tomó mujer; y en esto la fortuna se mostró tan conforme a su inclinación, que la mujer que tomó era una moza rechoncha, pelirroja y de ardiente complexión, que antes habría querido dos maridos que uno, mientras que le había cabido en suerte uno cuyo ánimo estaba mucho más dispuesto a otras cosas que a ella. Viniendo con el tiempo a darse cuenta de ello, y viéndose hermosa y fresca y sintiéndose lozana y vigorosa, comenzó a mostrarse muy indignada por ello y llegó una y otra vez a palabras inconvenientes con su marido, con quien casi siempre estaba en discordia.
Entonces, viendo que esto había de redundar más bien en su propio agotamiento que en la enmienda de la depravación de su marido, se dijo para sí: «Aquel bellaco me desampara para irse con sus bellaquerías en chapines por lo seco, y yo me esforzaré en llevar a otros en navío por lo mojado. Yo lo tomé por esposo y le traje una buena y gran dote, sabiendo que era hombre y suponiéndolo deseoso de aquello a que los hombres son y deben ser inclinados; y si no hubiera creído que él había de hacer el papel de un hombre, jamás lo habría tomado. Él sabía que yo era mujer; ¿por qué, entonces, me tomó por esposa, si las mujeres no eran de su gusto? Esto no se ha de sufrir.»
Si estuviera dispuesta a renunciar al mundo, me habría hecho monja; pero, si, eligiendo vivir en el mundo, como hago, busco deleite o placer de aquel sujeto, bien puede ser que envejezca esperando en vano, y cuando sea vieja, en vano me arrepentiré y me lamentaré de haber desperdiciado mi juventud, la cual él mismo es muy buen maestro y demostrador de cómo debo consolarme, mostrándome con su ejemplo cómo debo deleitarme con aquello en lo que él se deleita, tanto más porque esto sería loable en mí, mientras que en él es sumamente censurable, viendo que yo ofendería solo contra las leyes, mientras que él ofende contra la ley y la naturaleza.
Así, pues, la buena señora, habiendo discurrido así consigo misma y quizá más de una vez, para dar efecto en secreto a estas consideraciones, trabó amistad con una vieja que parecía Santa Verdiana, la que da de comer a las serpientes, y que siempre iba a todas las indulgencias, con el rosario en la mano, ni jamás hablaba de otra cosa que de las vidas de los Santos Padres o de las llagas de San Francisco, y a quien casi todos tenían por santa; y cuando le pareció tiempo, le descubrió francamente su intención.
—Hija mía —respondió la vieja—, Dios, que todo lo sabe, sabe que harás en extremo bien, y aunque no fuera por otra cosa, deberías hacerlo, tú y todas las demás mujeres jóvenes, para no perder el tiempo de vuestra juventud, pues para quien tiene entendimiento no hay pena como la de haber perdido el tiempo. ¿Y para qué diablos servimos las mujeres, una vez viejas, sino para guardar las cenizas alrededor del fogón?
Si nadie más lo sabe y puede dar testimonio de ello, yo sí lo sé y puedo; porque, ahora que soy viejo, reconozco sin provecho, pero no sin muy penoso y amargo remordimiento de ánimo, el tiempo que dejé pasar, y aunque no lo perdí del todo (pues no querría que me tuvieses por necio), aun así no hice lo que pude haber hecho; de lo cual, cuando me acuerdo, viéndome hecho como me ves a esta hora, de modo que no hallarías quién me diera fuego para mi yesca, Dios sabe cuánto pesar siento.
Con los hombres no es así; nacen aptos para mil cosas, no solo para esta, y la mayor parte de ellos valen mucho más viejos que jóvenes; pero las mujeres nacen en el mundo para nada más que para hacer esto y parir hijos, y es por esto por lo que son apreciadas; lo cual, si no por otra cosa, puedes comprenderlo de esto, que nosotras las mujeres estamos siempre dispuestas al juego; y más, que una mujer cansaría a muchos hombres en la lid, mientras que muchos hombres no pueden cansar a una mujer; y porque para esto nacimos, te digo de nuevo que harás sumamente bien en devolver a tu marido una hogaza por su torta, para que tu alma no tenga motivo de reprochar a tu carne en tu vejez.
Capítulo 46: Parte 46 Segmento 26 de 29. Traduzca solo este segmento; no resuma ni se refiera a otros segmentos.
Cada cual tiene de este mundo tanto cuanto se toma para sí, y especialmente ocurre esto con las mujeres, a quienes conviene, mucho más que a los hombres, aprovechar el tiempo mientras lo tienen; porque puedes ver cómo, cuando envejecemos, ni marido ni otro nos mira; antes bien, nos envían a la cocina a contar cuentos al gato y a contar ollas y sartenes; y lo que es peor, nos componen coplas y dicen:
"Golosinas para mozas jóvenes; ¡Mordazas[287] para la lengua de la vieja!"
[Nota 286: _es decir_, se había vuelto tan repulsivamente fea en su vejez, que nadie se preocupaba de hacerle ni siquiera un servicio tan insignificante como darle una chispa en el yesca para encender su fuego.]
[Nota 287: O atragantaderas (_stranguglioni_).]
Y otras muchas cosas a este propósito. Y por no tenerte ya más en parlamento, te digo en fin que no podrías haber descubierto tu intención a nadie en el mundo que pueda serte más útil que yo, pues no hay hombre tan alto y poderoso a quien yo no me atreva a decirle lo que conviene, ni tan adusto o rústico que yo no sepa ablandarlo como es debido y traerlo a lo que quiera. Por tanto, muéstrame tú solamente quién te agrada, y después déjame hacer; mas una cosa te encomiendo, hija mía, y es que te acuerdes de mí, pues soy una pobre mujer y querría que de aquí en adelante tuvieras parte en todos mis perdones y en todos los padrenuestros que dijere, para que Dios los vuelva lumbre y candelas para tus difuntos.
Con esto puso fin a su discurso, y la joven dama llegó a un entendimiento con ella: que, cuando acertase a divisar a cierto galán que pasaba a menudo por aquel barrio y cuyas facciones le había descrito punto por punto, sabría lo que había de hacer; luego, dándole un pedazo de carne salada, la despidió con la bendición de Dios. No habían pasado muchos días cuando la vieja le llevó a su cámara, en secreto, a aquel de quien le había hablado; y poco después, otro y otro, según caían en el gusto de la dama, que no se privó de complacerse en ello cuantas veces se le ofreció la ocasión, aunque siempre temerosa de su marido.
Sucedió una tarde que, estando su marido a cenar fuera con un amigo suyo, llamado Ercolano, encargó a la vieja que le trajera a un joven, uno de los más apuestos y agradables de todo Perugia, cosa que la vieja hizo con prontitud; mas apenas la dama se había sentado a la mesa para cenar con su galán, cuando, he aquí, Pietro llamó a la puerta para que le abrieran. Ella, al oírlo, se dio por perdida, pero deseando, si pudiera, ocultar al joven y no teniendo presencia de ánimo para enviarlo lejos ni esconderlo en otro lugar, le hizo refugiarse bajo un gallinero que había en una cobertiza contigua a la cámara donde cenaban, y le echó encima la arpillera de un jergón que aquel día había dejado vacío.