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Debo contaros que el señor Forese y Giotto tenían cada uno su casa de campo en Mugello, y el primero, habiendo ido a visitar sus fincas, en aquella estación del verano en que los tribunales guardan fiesta, y regresando de allí en un mal rocín de labranza, acertó a encontrarse con el citado Giotto, que había ido por el mismo motivo y volvía entonces a Florencia, no mejor pertrechado que él en caballo y arreos. De modo que hicieron compañía y siguieron su camino lentamente, como viejos que eran. Pronto, como suele suceder en verano, les sobrevino un chaparrón repentino, del cual, lo más rápido que pudieron, se refugiaron en la casa de un labrador, amigo y conocido de ambos. Al cabo de un rato, como la lluvia no daba señales de escampar y ellos deseaban llegar a Florencia con luz de día, tomaron prestadas de su huésped dos viejas capas de sayal y dos sombreros, enmohecidos por los años, pues no había otros mejores, y reanudaron su camino.
Cuando hubieron andado un trecho y estaban todos empapados y embarrados por el chapoteo que sus rocines levantaban con los cascos —cosa que no suele añadir honra al aspecto de nadie—, el tiempo comenzó a aclararse un poco y los dos viandantes, que largo rato habían seguido en silencio, se pusieron a conversar. Messer Forese, mientras cabalgaba, escuchando a Giotto, que era muy buen conversador, se puso a considerar a su compañero de pies a cabeza y, viéndolo en todo tan mal pertrechado y en tan ruin estado, se echó a reír a carcajadas y, sin reparar en su propia condición, le dijo:
—¿Qué dices, Giotto? Si nos encontrara aquí un forastero que nunca te hubiera visto, ¿crees que te creería, como eres, el mejor pintor del mundo?
—Sí, señor —respondió Giotto sin titubeos—; me parece que bien podría creerlo cuando, mirándoos a vos, creyera que sabéis el A B C.
Messer Forese, al oír esto, fue consciente de su error y se vio pagado con dinero tal como las mercancías que había vendido.[304]
[304: O, como diríamos, "con su propia moneda."]
LA SEXTA NOVELA
[Día Sexto]
MICHELE SCALZA PRUEBA A CIERTOS JÓVENES QUE LOS PORDIOSEROS DE FLORENCIA SON LOS MEJORES GENTILHOMBRES DEL MUNDO O DE LA MAREMMA Y GANA UNA CENA
Las damas aún reían de la pronta réplica de Giotto, cuando la reina encargó a Fiammetta que continuara, y ella se puso a hablar de esta manera: "Jóvenes damas, la mención hecha por Pamfilo de los pordioseros de Florencia, a quienes por ventura no conocéis como él, me ha traído a la memoria una historia, en la cual, sin desviarnos del tema propuesto, se demuestra cuán grande es su nobleza; y por ello me place referirla."
No ha mucho tiempo que había en nuestra ciudad un joven llamado Michele Scalza, el cual era el hombre más alegre y agradable del mundo, y siempre tenía a mano las historias más raras; por lo cual los jóvenes florentines se holgaban en extremo de tener su compañía cuando entre ellos organizaban alguna fiesta de placer. Aconteció un día, hallándose con ciertas gentes en Monte Ughi, que entre ellos se suscitó la cuestión de quiénes eran los mejores y más antiguos gentilhombres de Florencia. Unos decían que los Uberti, otros que los Lamberti, y uno esta familia y otro aquella, según le venía a las mientes; lo cual, oyéndolo Scalza, se puso a reír y dijo: «¡Andad, majaderos que sois! No sabéis lo que decís.»
Los mejores caballeros y los más antiguos, no solo de Florencia, sino de todo el mundo o de la Maremma, son los Cadgers, cuestión en la que todos los fisófolos y todos aquellos que los conocen, como yo, están de acuerdo; y para que no lo entendáis de otros, hablo de los Cadgers, vuestros vecinos de Santa María la Mayor.'
[305] Un comentarista señala que la adjunción al mundo de la Maremma (cf. Elijer Goff, "La cuestión irlandesa ha sido disfrutada durante algunos siglos por _el universo y otras partes_") produce un efecto risible y da a entender al lector que Scalza plantea la cuestión solo a modo de broma. Lo mismo puede decirse de la inversión burlona de la palabra filósofos (phisopholers, Fisofoli) en la línea siguiente.
Capítulo 49: Parte 49 Segmento 6 de 32. Traduzca solo este segmento; no resuma ni se refiera a otros segmentos.
[Nota 306: _Baronci_, nombre florentino para lo que nosotros llamaríamos mendigos profesionales, "pordioseros, rezadores y falsos peregrinos," llamados _Bari_ y _Barocci_ en otras partes de Italia. Esta historia ha sido un obstáculo prodigioso para los traductores anteriores, ninguno de los cuales parece haber tenido la más mínima idea del significado de Boccaccio.]
Cuando los jóvenes, que esperaban que dijese otra cosa, oyeron esto, se mofaron de él y dijeron: —¿Nos embaucas, como si no conociéramos a los Cadgers, tal como tú los conoces? —Por los Evangelios —respondió Scalza—, no os embauco; antes bien, digo la verdad, y si hay aquí alguno que quiera apostar una cena, que se dará al ganador y a media docena de compañeros que él elija, aceptaré la apuesta de buen grado; y haré aún más por vosotros, pues me atendré al juicio de quienquiera que vosotros queráis. —Dijo uno de ellos, llamado Neri Mannini: —Estoy dispuesto a probar a ganar la cena en cuestión. Por lo cual, habiendo convenido de común acuerdo en tomar como juez a Piero di Fiorentino, en cuya casa se hallaban, se dirigieron a él, seguidos por todos los demás, que esperaban ver perder a Scalza y regocijarse de su descalabro, y le contaron todo lo acontecido.
Piero, que era un joven discreto, habiendo oído primero el argumento de Neri, se volvió a Scalza y le dijo: —¿Y tú, cómo puedes probar lo que afirmas? —¿Cómo, dices? —respondió Scalza—. No, sino que lo probaré con tal razonamiento que no solo tú, sino también quien lo negare, reconocerá que digo verdad. Sabéis que cuanto más antiguos son los hombres, más nobles son; y así se dijo hace un momento entre estos. Pues los Cadgers son más antiguos que cualquier otro, por lo que son más nobles; y mostrándoos cómo son los más antiguos, sin duda habré ganado la apuesta. Debéis saber, entonces, que los Cadgers fueron hechos por Dios el Señor en los días en que Él comenzaba a aprender a dibujar; pero el resto de los hombres fueron hechos después de que Él supo dibujar.
Y para que os aseguréis de que en esto digo verdad, no hagáis sino considerar a los Cadgers en comparación con otra gente; por cuanto veis a todo el resto de los hombres con los rostros bien compuestos y debidamente proporcionados, podéis ver a los Cadgers, uno con un semblante muy largo y estrecho y otro con una cara desmesuradamente ancha; uno tiene la nariz demasiado larga y otro demasiado corta, y un tercero tiene la barbilla saliente y vuelta hacia arriba y unas enormes quijadas que parecen de asno, mientras que hay algunos que tienen un ojo mayor que el otro y otros que lo tienen más bajo que el otro, como las caras que los niños suelen hacer cuando empiezan a aprender a dibujar. Por lo cual, como ya he dicho, es abundantemente evidente que Dios el Señor los hizo cuando estaba aprendiendo a dibujar; de modo que son más antiguos y, por consiguiente, más nobles que el resto de los hombres.'
Ante esto, tanto Piero, que era el juez, como Neri, que había apostado la cena, y todos los demás, oyendo el cómico argumento de Scalza y acordándose de sí mismos,[307] se echaron a reír y afirmaron que él tenía razón y que había ganado la cena, pues los Pordioseros eran, ciertamente, los caballeros más nobles y más antiguos que se podían encontrar no solo en Florencia, sino en el mundo o en la Maremma. Por lo cual se dijo muy justamente de Pamfilo, que buscaba mostrar la fealdad de la fisonomía de Messer Forese, que habría resultado notablemente feo en uno de los Pordioseros.
[307] Es decir, de la cómica condición de los Pordioseros.
LA SÉPTIMA HISTORIA
[Día Sexto]
MADAMA FILIPA, HALLADA POR SU MARIDO CON UN AMANTE SUYO Y LLEVADA ANTE LA JUSTICIA, SE LIBRA CON UNA RESPUESTA PRONTA Y AGRADABLE Y HACE MODIFICAR EL ESTATUTO.
Fiammetta había callado, y aún reían todos del novedoso argumento esgrimido por Scalza para el ennoblecimiento de todos los pordioseros, cuando la reina ordenó a Filostrato que contase, y él, en consecuencia, comenzó a decir: «Es en todo sentido cosa excelente, nobles damas, saber hablar bien, pero tengo aún por más loable saber obrar cuando la necesidad lo requiere, tal como supo hacerlo una gentil dama, de quien me propongo entreteneros; pues no solo dio a sus oyentes motivo de regocijo y risa, sino que además se libró a sí misma de los lazos de una muerte ignominiosa, como oiréis en seguida.»
Hubo, pues, en otro tiempo, en la ciudad de Prato, un estatuto en verdad no menos censurable que cruel, el cual, sin distinción alguna, ordenaba que toda mujer hallada por su marido en adulterio con cualquier amante suyo fuese quemada, al igual que aquella que se descubriera haber vendido sus favores por dinero. Mientras este estatuto estuvo en vigor, aconteció que una dama noble y hermosa, llamada Madama Filippa, de condición singularmente amorosa, fue hallada una noche por Rinaldo de' Pugliesi, su marido, en su propia cámara, entre los brazos de Lazzerino de' Guazzagliotri, un joven noble y apuesto de aquella ciudad, a quien ella amaba como a sí misma. Rinaldo, al ver esto, se encendió en gran ira y apenas pudo contenerse de arrojarse sobre ellos y darles muerte; y de no haber temido por sí mismo, si hubiese seguido los impulsos de su cólera, ciertamente lo habría hecho.
Sin embargo, se abstuvo de ello, pero no pudo refrenarse de solicitar de la ley de Prato aquello que no le estaba permitido llevar a cabo con su propia mano, a saber, la muerte de su esposa. Teniendo, pues, pruebas muy suficientes para demostrar la falta de la dama, apenas llegó el día cuando, sin tomar otro consejo, presentó una acusación contra ella e hizo que la citaran ante el preboste.
Madama Filippa, siendo de gran corazón, como comúnmente lo son las mujeres que están verdaderamente enamoradas, resolvió, aunque muchos de sus amigos y parientes le aconsejaron lo contrario, comparecer, prefiriendo, confesando la verdad, morir con ánimo intrépido, antes que, huyendo vilmente, vivir como proscrita en el exilio y confesarse indigna de tal amante como aquel en cuyos brazos había estado la noche anterior. Por lo cual, presentándose ante el magistrado, acompañada de una gran compañía de hombres y damas y exhortada por todos a negar la acusación, le preguntó con voz firme y aire seguro qué quería de ella. El magistrado, mirándola y viéndola muy hermosa y de porte loable y, según atestiguaban sus palabras, de espíritu elevado, comenzó a compadecerla, temiendo que confesase algo por lo que le sería preciso, por su propio honor, condenarla a muerte.
Sin embargo, no teniendo más remedio que interrogarla acerca de aquello de que se la acusaba, le dijo:
—Señora, como veis, aquí está Rinaldo, vuestro esposo, que se queja de vos, afirmando haberos hallado en adulterio con otro hombre y pidiendo que os castigue por ello con la muerte, conforme al tenor de una ley que aquí se observa; mas esto no puedo hacerlo si no lo confesáis; por tanto, mirad bien lo que respondéis y decidme si es verdad aquello de que vuestro marido os acusa.
La dama, sin turbarse en absoluto, respondió muy alegremente: «Señor, verdad es que Rinaldo es mi marido y que anoche me halló en brazos de Lazzarino, en los cuales, por el grande y perfecto amor que le tengo, muchas veces he estado; ni estoy en modo alguno dispuesta a negarlo. Pero, como estoy segura de que sabéis, las leyes deben ser comunes a todos y hacerse con el consentimiento de aquellos a quienes conciernen; y no es este el caso de este estatuto, que sólo obliga a nosotras, infelices mujeres, que mucho mejor que los hombres podríamos satisfacer a muchos; y más que, cuando se hizo, no sólo ninguna mujer prestó su consentimiento, sino que ni siquiera fuimos convocadas para darlo; por lo cual justamente puede llamársele nula.»
No obstante, si vos elegís, en perjuicio de mi cuerpo y de vuestra propia alma, ser ejecutor de esta ley injusta, en vuestra mano está hacerlo; mas, antes de proceder a juzgar cosa alguna, os ruego me otorguéis un leve favor, a saber: que interroguéis a mi esposo si en todo tiempo y cuantas veces le plugo, sin jamás decirle no, le he concedido o no entera disposición de mí misma.
Rinaldo, sin esperar a ser preguntado por el preboste, respondió al punto que, sin duda, la dama, a cada ruego suyo, le había concedido por sí misma todo su placer; a lo que ella replicó al instante: «Entonces, señor preboste, si él ha tomado de mí aquello que le era menester y placentero, ¿qué, os pregunto, había o he de hacer yo con lo que sobra por encima de sus necesidades? ¿Habíalo de echar a los perros? ¿No era mucho mejor gratificar con ello a un gentilhombre que me ama más que a sí mismo, que dejarlo que se desperdicie o se eche a perder?» Casi todo el pueblo de Prato había acudido allí al juicio de semejante causa y de una dama tan bella y famosa, y al oír tan cómica pregunta, todos, después de muchas risas, exclamaron a una voz que ella tenía razón y que decía bien.
Además, antes de partir de allí, a instancias del preboste, modificaron el cruel estatuto y lo dejaron aplicable solamente a aquellas mujeres que por dinero faltaran a sus maridos. Con esto Rinaldo, habiendo sacado únicamente vergüenza de tan necia empresa, salió de la corte, y la dama volvió triunfante a su propia casa, alegre y libre, y en cierto modo rescatada del fuego.
LA OCTAVA HISTORIA
[Día Sexto]
Fresco exhorta a su sobrina a no mirarse en el espejo, si, como ella dice, le molesta ver gente desagradable.
El cuento narrado por Filostrato tocó al principio los corazones de las damas oyentes con algún recato, y dieron señal de ello con un modesto rubor que asomó a sus rostros; pero, después de mirarse una a otra, lo escucharon riendo entre dientes y apenas pudiendo abstenerse de reír. Apenas hubo llegado al final, la reina se volvió hacia Emilia y le mandó que continuase; entonces, suspirando como si la hubieran despertado de un sueño, comenzó: «Amables doncellas, puesto que un largo pensamiento me ha tenido lejos de aquí, para obedecer a nuestra reina me contentaré con [contar] una historia quizá mucho más ligera de la que hubiera pensado relatar si mi mente hubiera estado presente, refiriéndoos la necia falta de una doncella, corregida por un tío suyo con una réplica jocosa, si ella hubiera sido lo bastante mujer para comprenderla».
Cierto Fresco da Celatico tenía, pues, una sobrina a la que familiarmente llamaban Ciesca, la cual, aunque de rostro y cuerpo agraciados (si bien no de aquellas bellezas angelicales que muchas veces hemos visto anteriormente), se tenía en tan alta estima y se consideraba tan noble que había adquirido la costumbre de murmurar de hombres y mujeres y de todo cuanto veía, sin pensar en modo alguno en sí misma, que era mucho más fastidiosa, obstinada y caprichosa que cualquier otra de su sexo, hasta el punto de que nada se hacía a su gusto. Además de todo esto, era tan soberbia que, de haber sido de la sangre real de Francia, habría resultado presuntuosa; y cuando salía, se daba tantos aires que no hacía sino poner caras raras, como si le llegara un hedor de cualquiera que viera o encontrara.
Pero, dejando aparte otros muchos modos suyos molestos y fastidiosos, aconteció un día que ella volvió a casa, donde estaba Fresco, y sentándose cerca de él, llena de melindres y muecas, no hacía otra cosa que resoplar y suspirar; a lo cual él dijo: «¿Qué significa esto, Ciesca, que, siendo hoy día de fiesta, vuelves a casa tan temprano?» A lo que ella respondió, casi desfallecida de afectación: «Es verdad que he vuelto pronto, porque creo que nunca hubo en esta ciudad tantas personas desagradables y fastidiosas, tanto hombres como mujeres, como las hay hoy; no pasa ninguno por las calles que no me sea odioso como la mala ventura, y no creo que haya mujer en el mundo a quien le sea más molesto ver gente desagradable de lo que lo es para mí; por eso he regresado tan temprano, para no verlos.»
—Muchacha mía —repuso Fresco, a quien los aires y remilgos de su sobrina eran sumamente desagradables—, si las gentes desagradables te son tan odiosas como dices, no te mires nunca al espejo, si quieres vivir alegre. Pero ella, más vacía que una caña, aunque le parecía que era rival de Salomón en ingenio, no entendió el verdadero decir de Fresco mejor que un zoquete; antes bien, dijo que prefería mirarse en el espejo como las demás mujeres; y así permaneció en su necedad, y en ella permanece aún.
[Nota 308: Abreviatura de Francesca.]
NOVELA NONA
[Jornada Sexta]
GUIDO CAVALCANTI CON UN DICHO AGUDO BURLA CORTÉSMENTE A CIERTOS GENTILESHOMBRES FLORENTINOS QUE LO HABÍAN SORPRENDIDO.
La reina, viendo que Emilia había dado fin a su relato y que no correspondía a otra sino a ella el contar, salvo aquel que tenía el privilegio de hablar el último, comenzó así: «Aunque, gentiles damas, me hayáis hoy sacado de la boca al menos dos historias, de las cuales tenía propósito de relatar una, aún me queda una por contar, cuyo final encierra un dicho de tal naturaleza que quizá ninguno de tan oportuna pertinencia nos haya sido aún citado.
Habéis de saber, pues, que hubo en nuestra ciudad, en tiempos pasados, muchas buenas y loables costumbres, de las cuales ninguna queda hoy en ella, gracias a la avaricia que con la riqueza ha crecido y las ha desterrado todas. Entre éstas había una usanza según la cual los gentileshombres de los diversos barrios de Florencia se reunían en distintos lugares de la villa y formaban compañías de cierto número, cuidando de admitir en ellas sólo a quienes pudieran sufragar el gasto, de modo que hoy uno y mañana otro, y así todos por turno, abrían sus puertas, cada cual en su día, a toda la compañía.
En estos banquetes solían agasajar tanto a los caballeros forasteros, cuando alguno llegaba allí, como a los de la ciudad; y asimismo, al menos una vez al año, se vestían todos de igual guisa y cabalgaban en procesión por la ciudad en los días más señalados, y mientras celebraban pasos de armas, especialmente en las fiestas principales o cuando alguna gozosa nueva de victoria o algo semejante llegaba a la ciudad.
Entre estas compañías se contaba una de messer Betto Brunelleschi, a la cual él y sus compañeros habían procurado con gran ahínco atraer a Guido, hijo de messer Cavalcante de' Cavalcanti, y no sin causa; pues, además de ser uno de los mejores lógicos del mundo y un excelente filósofo natural (cosas que, en verdad, les importaban poco), era muy vivaz y bien criado, hablaba muy bien y sabía mejor que ningún otro hacer todo lo que quería y cuanto correspondía a un gentilhombre; máxime porque era muy rico y sabía maravillosamente agasajar a quienquiera que juzgase digno de honor.
Pero Micer Betto nunca había podido ganarlo y tenerlo, y él y sus compañeros creían que esto acontecía porque Guido, ocupado a veces en especulaciones abstractas, se abstraía mucho de los hombres; y porque se inclinaba un tanto a la opinión de los epicúreos, se decía entre el vulgo que tales sus especulaciones no consistían sino en buscar si se pudiese descubrir que Dios no era.
Sucedió un día que Guido partió de Orto San Michele y, por el Corso degli Ademari, que era a menudo su camino, llegó a San Giovanni, en cuyos alrededores había entonces diversas tumbas grandes de mármol (que hoy están en Santa Reparata) y muchas otras. Estando entre las columnas de pórfido de allí, las tumbas en cuestión y la puerta de la iglesia, que estaba cerrada, Messer Betto y su compañía, que venían a caballo por la Piazza di Santa Reparata, lo divisaron entre las tumbas y dijeron: «Vamos a molestarlo». Así que, espoleando sus caballos, cargaron todos contra él en broma y, alcanzándolo antes de que se diera cuenta, le dijeron: «Guido, te niegas a ser de nuestra compañía; pero, escucha, cuando hayas encontrado que Dios no existe, ¿qué habrás logrado?»
Guido, viéndose acorralado por ellos, respondió de inmediato: —Señores, podéis decir de mí lo que queráis en vuestra propia casa—; luego, poniendo la mano sobre uno de los grandes sepulcros mencionados y siendo muy ágil de cuerpo, dio un salto y, cayendo al otro lado, se alejó, librándose así de ellos.
Los caballeros se quedaron mirándose unos a otros y se pusieron a decir que era un chiflado y que aquello que les había respondido no valía nada, pues allí donde estaban no tenían más que ver que todos los demás ciudadanos, ni Guido mismo menos que cualquiera de ellos. Pero messer Betto se volvió hacia ellos y les dijo: «Chiflados sois vosotros, si no lo habéis comprendido. Él nos ha dado cortésmente y en pocas palabras la más aguda reprimenda del mundo; pues, si bien lo consideráis, estas tumbas son las casas de los muertos, ya que en ellas yacen y permanecen, y estas, dice él, son nuestra casa, queriendo así darnos a entender que nosotros y otros hombres necios y sin letras somos, comparados con él y otros hombres de saber, peores que muertos; por lo cual, estando aquí, estamos en nuestra propia casa». Entonces cada uno comprendió lo que Guido había querido decir y se sintió avergonzado, y nunca más lo importunaron, sino que desde entonces tuvieron a messer Betto por caballero de sutil ingenio y entendimiento.
LA DÉCIMA HISTORIA
[Día Sexto]
FRA CIPOLLA PROMETE A CIERTOS CAMPESINOS MOSTRARLES UNA DE LAS PLUMAS DEL ÁNGEL GABRIEL, Y HALLANDO CARBONES EN SU LUGAR, AFIRMA QUE ESTOS ÚLTIMOS SON DE AQUELLOS QUE ASARON A SAN LORENZO.