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Habiendo ya cada uno de la compañía dado fin a su cuento, Dioneo conoció que a él le tocaba hablar; por lo cual, sin esperar más formal mandamiento, comenzó de esta manera, habiéndose primero impuesto silencio a quienes habían alabado la aguda respuesta de Guido:
—Gráciles damas, aunque tengo el privilegio de hablar de lo que más me place, no me propongo hoy apartarme de la materia sobre la cual todas habéis hablado muy acertadamente; antes bien, siguiendo vuestras huellas, quiero mostraos cuán astutamente un fraile de la orden de San Antonio, llamado fray Cipolla, supo con una repentina salida librarse de un lazo que le habían tendido dos jóvenes; ni debiera pesaros si, para contar cumplidamente la historia, me extiendo algo en el hablar, considerando que el sol está aún en medio del cielo.
Certaldo, como habréis oído, es un burgo del Val d'Elsa situado en nuestra tierra, el cual, aunque pequeño, estuvo antaño habitado por gentileshombres y hombres de pro; y allí, por cuanto hallaba buena pastura, uno de los frailes de la orden de San Antonio solía acudir una vez al año, para recoger las limosnas que los simples le daban a él y a sus hermanos. Llamábase fray Cipolla y era visto allí con agrado, no menos quizá por su nombre[311] que por otras razones, pues estas tierras producen cebollas famosas en toda Toscana. Era este fray Cipolla de pequeña estatura, pelirrojo y de semblante alegre, el más jovial bellaco del mundo; y además, aunque no era letrado, era tan buen hablador y de tan pronto ingenio que quienes no lo conocían no solo lo habrían tenido por gran retórico, sino que lo habrían afirmado como el mismo Tulio o tal vez Quintiliano; y era compadre, amigo o bienqueriente[312] de casi todos los de la tierra.
[Nota 311: _Cipolla_ significa cebolla.]
[Nota 312: El término "well-wisher" (_benivogliente_), cuando se entiende en relación con una mujer, generalmente equivale (al menos en los escritores italianos más antiguos) a "amante". Véase antes, passim.]
Un mes de agosto, entre otros, se dirigió allí según su costumbre, y un domingo por la mañana, habiendo acudido todos los buenos hombres y buenas mujeres de las aldeas circundantes a oír misa a la iglesia parroquial, se adelantó, cuando le pareció momento, y dijo: «Señores y señoras, es, como sabéis, vuestra costumbre enviar cada año a los pobres de nuestro señor barón San Antonio un poco de vuestro trigo y de vuestra avena, un poco y un mucho, según sus medios y su devoción, a fin de que el bendito San Antonio vele por vuestros bueyes, asnos, cerdos y ovejas; y además de esto, soléis pagar, especialmente aquellos de vosotros que estáis inscritos en nuestra hermandad, esa pequeña cuota que se paga una vez al año.»
Para recogerlas me ha enviado mi superior, es decir, mi señor abad; por lo cual, con la bendición de Dios, después de nona, cuando oigáis repicar las campanas, vendréis aquí fuera de la iglesia, donde os haré sermón según la costumbre acostumbrada y besaréis la cruz; además, como sé que todos sois muy devotos de nuestro señor San Antonio, os mostraré, como favor especial, una reliquia muy santa y buena, que yo mismo traje tiempo ha de las tierras santas de allende los mares; y es una de las plumas del ángel Gabriel, que quedó en la cámara de la Virgen María cuando vino a anunciarle en Nazaret.' Dicho esto, se interrumpió y prosiguió con su misa.
Ahora bien, cuando dijo esto, había en la iglesia, entre otros muchos, dos mozos traviesos, llamados el uno Giovanni del Bragioniera y el otro Biagio Pizzini, quienes, después de reírse un rato entre sí por la reliquia de fray Cipolla, acordaron, aunque eran muy amigos y camaradas suyos, de gastarle alguna burla en cuanto a la pluma en cuestión. Así, habiendo sabido que aquella mañana había de comer con un amigo suyo en el burgo, bajaron a la calle tan pronto como supieron que estaba a la mesa, y se encaminaron a la posada donde se había apeado, con el propósito de que Biagio entretuviese a su criado en conversación, mientras Giovanni registraba su equipaje en busca de la dicha pluma, fuese lo que fuese, y se la llevase, para ver qué diría a la gente del asunto.
El fraile Cipolla tenía un criado, a quien unos llamaban Guccio Balena, otros Guccio Imbratta y otros Guccio Porco, y era tan bellaco que Lipo Topo jamás hizo otro semejante, pues su amo solía burlarse de él con sus compadres y decir: "Mi criado tiene en sí nueve defectos tales que, si uno solo de ellos estuviera en Salomón, en Aristóteles o en Séneca, bastaría para echar a perder todo su valor, todo su ingenio y toda su santidad. Considerad, pues, qué hombre será el que los tiene todos nueve y en quien no hay valor, ni ingenio, ni santidad." Y preguntándole a veces cuáles eran esos nueve defectos, y habiéndolos puesto en verso de gaita, respondía: "Os lo diré: es embustero, desaseado, perezoso; desobediente, negligente, mal criado; presumido, malhablado, zote; y además tiene otros diversos pecadillos de los cuales no es menester hablar."
Pero lo más ridículo de todas sus maneras es que, vaya donde vaya, siempre está empeñado en tomar esposa y alquilar una casa; pues, con una gran barba negra y grasienta, le parece que es tan sumamente apuesto y agradable que se figura que todas las mujeres que lo ven se enamoran de él, y si se le dejara a su aire, correría tras todas ellas hasta perder el cinturón.[318] A decir verdad, me es de gran ayuda, pues nadie puede jamás procurar hablar conmigo tan en secreto sin que él oiga su parte; y si acaso me preguntan algo, tiene tanto miedo de que yo no sepa responder, que al instante responde por mí tanto Sí como No, según lo juzga conveniente.
[Nota 318: _Perpendo lo coreggia._ El significado exacto de este pasaje no está claro. Los comentaristas hacen diversas conjeturas al azar, pero, como de costumbre, solo consiguen enredar más la confusión. Quizá pueda traducirse como «hasta que le faltó el aliento».]
Ahora bien, fray Cipolla, al dejarlo en la posada, le había mandado que mirase bien que nadie le tocase sus bártulos, y muy en particular sus alforjas, pues en ellas llevaba las cosas sagradas. Mas Guccio, que más amaba la cocina que el ruiseñor las verdes ramas, sobre todo si olfateaba alguna moza de servicio por allí, y que había visto en la de la posada a una gruesa cocinera, chaparra y mal formada, con un par de tetas que parecían dos cestos de estiércol y una cara de mendigo, toda sudorosa, grasienta y ahumada, dejando la habitación de fray Cipolla y todos sus bártulos al cuidado de nadie, se abalanzó sobre la cocina, como el buitre se abalanza sobre la carroña, y sentándose junto al fuego, aunque era agosto, trabó conversación con la tal moza, que se llamaba Nuta, diciéndole que él era por derecho un gentilhombre y que tenía más de nueve millones de florines, además de lo que había de dar a otros, que era más o menos, y que podía hacer y decir solo Dios sabía qué.
Capítulo 50: Parte 50 Segmento 10 de 25.
Además, sin reparar en su gorra, que tenía grasa suficiente para haber sazonado el caldero de Altopascio,[319] y en su jubón todo roto y remendado y esmaltado de porquería en el cuello y bajo los sobacos, con más manchas y parches de diversos colores que jamás tuvieran telas de Turquía o de las Indias, y sus zapatos todos rotos y las calzas descosidas, le dijo, como si hubiera sido el propio Sieur de Châtillon,[320] que pensaba vestirla y ataviarla de nuevo y librarla de la miseria de vivir al amparo de otros,[321] y hacerle esperar mejor fortuna, si bien no gran riqueza en posesión, y muchas otras cosas que, por más que las dijo con gran solemnidad, todas se tornaron en viento y en nada vinieron a parar, como sucedió con la mayoría de sus empresas.
[Nota 319: Dicen los comentaristas que fue una abadía donde hacían sopa de queso para todos los que llegaban dos veces por semana; de ahí que "el caldero de Altopascio" se convirtiera en proverbio; pero _cuéstase_ si el nombre Altopascio (alto pasto) no será inventado.]
[Nota 320: No parece a qué miembro de esta ilustre casa alude aquí Bocaccio, pero los Châtillon fueron siempre ricos y magníficos caballeros, desde Gaucher de Châtillon, que siguió a Felipe Augusto a la tercera cruzada, hasta el gran almirante de Coligny.]
[Nota 321: Sic (_star con altrui_); pero «estar al servicio de otros o depender de ellos» parece ser el significado probable.]
Los dos jóvenes, pues, encontraron a Guccio ocupado con Nuta, con lo cual se alegraron mucho, pues les ahorraba la mitad de su trabajo, y entrando en la cámara de fray Cipolla, que encontraron abierta, lo primero que examinaron fueron las alforjas donde estaba la pluma. En ellas hallaron, envuelto en un gran envoltorio de tafetán, un cofrecillo, y al abrir este último, descubrieron dentro una pluma de la cola de un papagayo, que concluyeron debía de ser la que el fraile había prometido mostrar a la gente de Certaldo.
Y ciertamente podía fácilmente hacerlo creer en aquellos días, porque los refinamientos de Egipto aún no se habían introducido sino en una pequeña parte de Toscana, como después han hecho en gran abundancia, para perdición de toda Italia; y dondequiera que hubieran sido algo conocidos, en aquellas partes eran casi del todo desconocidos para los habitantes; antes bien, perdurando aún allí la ruda honestidad de los antiguos, no solo nunca habían visto un papagayo, sino que estaban lejos de haber oído hablar jamás de tal ave. Los jóvenes, entonces, se alegraron al hallar la pluma, echaron mano de ella y, para no dejar la cajita vacía, la llenaron con algunos carbones que vieron en un rincón de la habitación y la cerraron de nuevo. Luego, poniendo todas las cosas en orden tal como las habían encontrado, se marcharon muy gozosos con la pluma, sin haber sido vistos, y se pusieron a aguardar lo que Fra Cipolli diría cuando hallara los carbones en lugar de ella.
The simple men and women who were in the church, hearing that they were to see the Angel Gabriel's feather after none, returned home, as soon as mass was over, and neighbor telling it to neighbor and gossip to gossip, no sooner had they all dined than so many men and women flocked to the burgh that it would scarce hold them, all looking eagerly to see the aforesaid feather. Fra Cipolla, having well dined and after slept awhile, arose a little after none and hearing of the great multitude of country folk come to see the feather, sent to bid Guccio Imbratta come thither with the bells and bring his saddle-bags. Guccio, tearing himself with difficulty away from the kitchen and Nuta, betook himself with the things required to the appointed place, whither coming, out of breath, for that the water he had drunken had made his belly swell amain, he repaired, by his master's commandment, to the church door and fell to ringing the bells lustily.
Cuando toda la gente estuvo allí reunida, fray Cipolla, sin advertir que nadie hubiese tocado nada de lo suyo, comenzó su prédica y dijo muchas palabras acerca de sus asuntos; después, pensando en llegar a la exhibición de la pluma del ángel Gabriel, recitó primero el Confiteor con la mayor solemnidad e hizo encender un par de antorchas; luego, quitándose el bonete, desenvolvió delicadamente el envoltorio de tafetán y sacó el estuche. Habiendo pronunciado primero ciertas jaculatorias en alabanza y recomendación del ángel Gabriel y de su reliquia, abrió el estuche y, viéndolo lleno de carbones, no sospechó que Guccio Balena le hubiese jugado aquella treta, pues no lo tenía por hombre capaz de ello; ni lo maldijo por haber guardado mal la vigilancia para que otros no lo hicieran, sino que en silencio se maldijo a sí mismo por haberle confiado el cuidado de sus bártulos, sabiendo, como sabía, que era negligente, desobediente, descuidado y olvidadizo.
No obstante, sin cambiar de color, alzó los ojos y las manos al cielo y dijo, de modo que todos lo oyeran: «¡Oh Dios, alabada sea aún tu potestad!» Luego, cerrando el cofre y volviéndose hacia la gente: «Señores y señoras», dijo, «debéis saber que, siendo yo aún muy joven, fui enviado por mi superior a aquellas partes donde nace el sol, y se me ordenó expresamente que buscara hasta hallar los Privilegios de Porcelana, que, aunque no cuestan nada de sellar, son mucho más útiles para otros que para nosotros. Con esta misión partí de Venecia y pasé por Borgo de' Greci, desde donde, cabalgando por el reino de Algarve y Baldacca, llegué a Parione, y desde allí, no sin sed, vine después de un tiempo a Cerdeña. Pero, ¿de qué sirve detallaros todas las tierras que exploré?»
Pasando los estrechos de San Giorgio,[325] llegué a Truffia[326] y Buffia,[327] países muy habitados y con grandes poblaciones, y de allí a la tierra de Menzogna,[328] donde hallé gran abundancia de nuestros hermanos y de frailes de otras órdenes religiosas, que todos andaban por aquellas partes, rehuyendo toda incomodidad por amor de Dios, preocupándose poco del trabajo ajeno cuando veían que su propio provecho había de seguirse, y no gastando otra moneda que la que no estaba acuñada.[329] De allí pasé a la tierra de los Abruzos, donde los hombres y las mujeres andan con zuecos por las montañas, vistiendo a los puercos con sus propias tripas;[330] y un poco más allá encontré gente que llevaba pan en palos y vino en odres.
Desde aquí llegué a las Montañas de los Bachi, donde todas las aguas corren cuesta abajo; y, en breve, me adentré tanto que al fin llegué hasta la India Pastinaca,[322] donde os juro, por el hábito que visto, que vi volar los podones,[323] cosa increíble para quien no lo hubiere visto. Pero de esto me confirmará Maso del Saggio, a quien encontré allí como gran mercader, cascando nueces y vendiendo las cáscaras al por menor.
[Nota 322: Aparentemente, la ciudad napolitana de ese nombre.]
[Nota 323: El nombre de una famosa taberna de Florencia (_Florio_).]
[Nota 324: Pregúntese: ¿un lugar de Florencia? Uno de los comentaristas, con su característica despreocupación, afirma que los lugares mencionados en la prédica de fray Cipolla (un divertido espécimen del sermón de charlatanería del fraile mendicante de la Edad Media, ese buhonero eclesiástico de su época) son todos nombres de calles o lugares de Florencia, afirmación que, como es evidente para el lector más superficial, es del todo inexacta.]
[Nota 325: Al parecer, la isla de ese nombre cerca de Venecia.]
[Nota 326: es decir, la tierra de las tonterías.]
[Nota 327: es decir, la tierra de las trampas o de los engaños.]
[Nota 328: es decir, la tierra de la falsedad, de la mentira.]
[Nota 329: es decir, pagando su camino con bellas palabras, en lugar de moneda.]
[Nota 330: es decir, haciendo salchichas de ellos.]
[Nota 331: «Bachi», zánganos o gusanos. «Pastinaca» significa «chirivía» y es un añadido sin sentido, al modo de fray Cipolla.]
[Nota 332: Un juego de palabras sobre el significado primario (cosas aladas) de la palabra _pennate_, podaderas.]
Como no pude hallar lo que iba buscando, porque para ir allá se viaja por agua, volví atrás y llegué a aquellas santas tierras, donde, en los veranos, el pan frío se vende a cuatro cuartos la hogaza y el caliente no se cobra. Allí encontré al venerable padre mi señor No Me Culpes Si Os Place, el muy digno Patriarca de Jerusalén, quien, por reverencia del hábito que aún llevaba de mi señor Barón San Antonio, quiso que viese todas las santas reliquias que tenía consigo, las cuales eran tantas que, si me pusiera a contároslas todas, no acabaría en varias millas. Sin embargo, para no dejaros desconsolados, os contaré algunas de ellas. Primeramente me mostró el dedo del Espíritu Santo, tan entero y sano como siempre, y el copete del serafín que se apareció a San
Francisco y uno de los clavos de los Querubines y una de las costillas del Verbum Caro[333] Vete-a-las-ventanas y algunas de las vestiduras de la Santa Fe Católica y diversos rayos de la estrella que apareció a los Tres Reyes Magos en Oriente y una ampolla del sudor de San Miguel, cuando luchó con el diablo, y la quijada de la muerte de San Lázaro y otros. Y porque le hice un don gratuito de las Cuestas[334] de Monte Morello en lengua vulgar y de algunos capítulos del Caprezio,[335] que él había andado buscando largo tiempo, me hizo partícipe de sus santas reliquias y me dio uno de los dientes de la Santa Cruz y algo del sonido de las campanas del Templo de Salomón en una ampolla y la pluma del Ángel Gabriel, de la cual ya os he hablado, y uno de los zuecos de San Gherardo da Villa Magna, el cual no ha mucho di en Florencia a Gherardo di Bonsi, que tiene particular devoción por ese santo; y me dio también de los carbones con que el bienaventurado mártir San
Lorenzo fue asado; todas cuyas cosas traje piadosamente a casa conmigo y aún conservo. Verdad es que mi superior nunca me ha permitido mostrarlas hasta tanto que se cerciorase de si eran las mismas o no. Pero ahora que, por ciertos milagros realizados mediante ellas y por cartas recibidas del patriarca, ha sido cerciorado de ello, me ha concedido permiso para mostrarlas; y yo, temiendo confiarlas a otros, aún las llevo conmigo.
[Nota 333: _es decir,_ el Verbo [hecho] carne. Get-thee-to-the-windows no es sino una coletilla de cantinela.]
[Nota 334: O Pendientes o Costas (_piaggie_).]
[Nota 335: ?]
Capítulo 50: Parte 50 Segmento 22 de 25.
Ahora llevo la pluma del Ángel Gabriel, para que no se deteriore, en un relicario, y los carbones con que fue asado San Lorenzo en otro, los cuales se parecen tanto el uno al otro, que muchas veces me ha acontecido tomar el uno por el otro, y así me ha sucedido en esta ocasión, pues, pensando traer aquí el relicario donde estaba la pluma, he traído aquel donde están los carbones. Lo cual no tengo por error; antes me parece cierto que fue voluntad de Dios y que Él mismo puso el relicario con los carbones en mis manos, especialmente ahora que me acuerdo de que la fiesta de San Lorenzo es de aquí a dos días; por lo cual Dios, queriendo que, mostrándoos los carbones con que fue asado, reavive en vuestros corazones la devoción que le debéis tener, hizo que tomase, no la pluma, como pretendía, sino los benditos carbones apagados con el sudor de aquel santísimo cuerpo.
Pues, oh mis benditos hijos, quitaos los gorros y acercaos devotamente a contemplarlos; mas antes quiero que sepáis que quienquiera que sea marcado con estos carbones, en forma de la señal de la cruz, puede estar seguro, durante todo el año venidero, de que el fuego no le tocará, sino que lo sentirá.
Dicho esto, abrió el cofre, entonando mientras tanto un cántico en alabanza de San Lorenzo, y mostró los carbones; después de que la sencilla multitud los hubo contemplado un rato con reverente admiración, todos se apiñaron alrededor de fray Cipolla y, haciéndole ofrendas mejores de las que solían, le rogaron que los tocara con ellos. En consecuencia, cogiendo los carbones en la mano, se puso a hacer las cruces más grandes que cupieron en sus blancas camisas y jubones y en los velos de las mujeres, afirmando que por mucho que menguaran los carbones al hacer estas cruces, después volvían a crecer en el cofre, como él había comprobado muchas veces.
De esta guisa engañó a toda la gente de Certaldo, con no pequeño provecho suyo, y así, por su pronta agudeza y presencia de ánimo, burló a aquellos que, al quitarle la pluma, habían pensado burlarlo y que, hallándose presentes a su prédica y oyendo el raro artificio que empleara y de cuán lejos lo había sacado y con cuáles palabras, habían reído tanto que les pareció haberse rajado las mandíbulas. Después, cuando la gente común se hubo marchado, se le acercaron y con toda la alegría del mundo le descubrieron lo que habían hecho, y luego le restituyeron su pluma, que al año siguiente le valió tanto como las brasas le habían valido aquel día.
Este cuento proporcionó a toda la compañía por igual el mayor placer y consuelo, y todos se rieron mucho de fray Cipolla, y en particular de su peregrinación y de las reliquias que vio y trajo consigo. La reina, viendo el cuento y asimismo su soberanía llegada a su fin, se puso de pie y se quitó la corona, la cual puso riendo sobre la cabeza de Dioneo, diciendo: —Es hora, Dioneo, de que pruebes un poco qué clase de carga es tener damas que gobernar y guiar; sé tú, pues, rey y gobierna de tal manera que, al final, tengamos motivo para alegrarnos de tu gobierno. Dioneo tomó la corona y respondió riendo: —Bien a menudo habréis visto reyes mucho mejores que yo, me refiero a los reyes del ajedrez; pero, si me obedecéis como en verdad se debe obedecer a un rey, os haré disfrutar de aquello sin lo cual, ciertamente, ninguna diversión es jamás completa en su alegría. Pero dejemos esa charla; gobernaré lo mejor que sepa.