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Luego, enviando a buscar al senescal, según la usanza acostumbrada, le encomendó puntualmente lo que debía hacer durante el tiempo que durara su señorío, y después dijo:
—Nobles damas, en diversas maneras se ha discurrido de la industria humana y de los varios acasos [de la fortuna], tanto que, si Doña Licisca no hubiese venido aquí hace un rato y me hubiese dado materia con su charla para nuestras relaciones de mañana, me temo que habría estado mucho tiempo en apuros para hallar un tema de discurso. Como oísteis, afirmó que no tenía una sola comadre que hubiese llegado doncella a su marido, y añadió que sabía muy bien cuántas y qué suerte de tretas jugaban aún las casadas a sus maridos.
Pero, dejando estar la primera parte, que es cosa de niños, paréceme que la segunda debería ser un tema agradable para el discurso; por lo cual quiero y ordeno que, ya que Licisca nos ha dado ocasión para ello, se diserte mañana SOBRE LOS TRUCOS QUE, O POR AMOR O POR SU PROPIA CONSERVACIÓN, LAS MUJERES HAN HECHO A SUS MARIDOS, CON O SIN CONOCIMIENTO DE ELLOS.
[Nota 336: _Industria_ en el sentido antiguo de ingenio, hábil consecución, etc.]
Pareció a algunas de las damas que sería impropio de ellas discurrir de semejante materia, y le rogaron, por tanto, que cambiase el tema propuesto; a lo que él respondió: «Señoras, no soy menos consciente que vosotras de aquello que he ordenado, y lo que de buen grado querríais alegarme no ha servido para disuadirme de ordenarlo, considerando que los tiempos son tales que, con tal de que hombres y mujeres se cuiden de evitar acciones indecorosas, toda libertad de discurso está permitida. ¿No sabéis que, por la malignidad del tiempo, los jueces han abandonado los tribunales, que las leyes, tanto divinas como humanas, están mudas, y que a todos se concede plena licencia para la preservación de su vida? Por lo cual, si vuestra modestia se permite alguna pequeña libertad en el hablar, no con intención de proseguirla con cosa alguna indecorosa en las obras, sino para procuraros a vosotras mismas y a otros un esparcimiento, no veo con qué plausible razón pueda nadie culparos en el futuro.»
Además, vuestra compañía, desde el primer día en que nos reunimos hasta el presente, ha sido sumamente decorosa, ni, por cuanto aquí se ha dicho, me parece que su honor haya sido en modo alguno mancillado. Asimismo, ¿quién hay que no conozca vuestra virtud? La cual, por no decir con alegres discursos, ni siquiera con el temor de la muerte creo que podría quebrantarse. Y para deciros la verdad, quienquiera que oyese que os habéis abstenido de inventar de cuando en cuando estas bagatelas, sospecharía que erais culpables en el asunto y que por ello no queríais hablar de ello. Por no mencionar el gran honor que me haríais, pues habiendo sido yo obediente a todas, ahora que me habéis hecho vuestro rey, procuráis imponerme la ley y no queréis tratar el tema que yo propongo. Dejad, pues, esa desconfianza, más propia de ánimos mezquinos que del vuestro, y, con buena ventura, que cada una de vosotras piense en alguna hermosa historia que contar.
Cuando las damas oyeron esto, dijeron que se hiciera como él quisiera; por lo cual él les dio a todas permiso para hacer sus varios placeres hasta la hora de la cena.
El sol estaba aún alto, pues el coloquio había sido breve; por lo cual, habiéndose Dioneo puesto a jugar a las tablas con los otros jóvenes, Elisa llamó aparte a las otras damas y les dijo: «Desde que estamos aquí, he deseado llevaros a un lugar muy cercano, adonde me parece que ninguna de vosotras ha ido jamás y que se llama el Valle de las Damas, pero nunca he encontrado ocasión de traeros hasta hoy; por lo tanto, como el sol está aún alto, no dudo de que, si os place venir allí, quedaréis muy complacidas de haber estado». Ellas respondieron que estaban listas y, llamando a una de sus doncellas, se pusieron en camino sin que los jóvenes supieran nada de ello; y no habían andado mucho más de una milla cuando llegaron al Valle de las Damas.
Entraron allí por un camino muy estrecho, a un lado del cual corría un arroyuelo muy claro, y lo vieron tan hermoso y tan deleitoso, sobre todo en aquella estación en que el calor era grande, como más podría concebirse. Según lo que uno de ellos después me contó, la llanura que había en el valle era tan redonda como si hubiera sido trazada con el compás, aunque parecía obra de la naturaleza y no del arte, y tenía en circunferencia un poco más de media milla, rodeada de seis colinas no muy altas, en la cima de cada una de las cuales se alzaba un palacio construido en forma de un hermoso castillo.
Las laderas de estas colinas descendían gradualmente hacia la llanura, de tal manera que, como vemos en los anfiteatros, los grados bajan en ordenada sucesión desde lo más alto hasta lo más bajo, contrayendo siempre su circuito; y de estas laderas, las que miraban al sur estaban todas llenas de vides, olivos, almendros, cerezos e higueras y de muchas otras clases de árboles frutales, sin que se desperdiciara un palmo de ellas; mientras que las que miraban a la estrella del norte[338] estaban cubiertas de matorrales de robles enanos y fresnos y de otros árboles tan verdes y rectos como fuera posible. La llanura central, que no tenía otra entrada que aquella por la cual las damas habían llegado allí, estaba llena de abetos, cipreses y laureles y de diversas clases de pinos, tan bien dispuestos y ordenados como si el mejor artista en ese género los hubiera plantado; y entre estos, poco o ningún sol, incluso en su punto más alto, se abría paso hasta el suelo, que era todo un prado de hierba finísima, densamente sembrado de flores purpúreas y de otras.
Además, lo que no menos deleite causaba que las otras cosas era un arroyuelo que descendía de un valle que dividía dos de los collados susodichos y, cayendo por riscos de roca viva, hacía un murmullo muy deleitable de oír, mientras se mostraba desde lejos, al quebrarse sobre las piedras, como otro tanto azogue que, bajo presión de algo, brotara en fina rociada. Al llegar a la llanura, era recibido en un hermoso cauce y corría muy veloz hacia el centro de ella, donde formaba un laguito, como el que los lugareños solían hacer a veces, a modo de estanque de peces, en sus jardines, cuando tenían de ello oportunidad.
Este laguito no era más profundo que la estatura de un hombre a la altura del pecho, y siendo sus aguas sumamente claras y del todo sin mezcla alguna que las enturbiara, mostraba su fondo de una gravilla muy fina, cuyos granos quien no tuviera otra cosa que hacer podría, si quisiera, haber alcanzado a contar; ni, al mirar en el agua, solo se veía el fondo, sino que tantos peces iban de aquí para allá que, además del placer que ello causaba, era una maravilla de contemplar; ni estaba encerrado por otras riberas que el propio suelo del prado, el cual era tanto más hermoso en aquellos contornos cuanto más humedad recibía. El agua que sobraba, excediendo la capacidad del lago, se vertía en otro canal, por donde, saliendo del vallejo, corría hacia las partes más bajas.
[Nota 337: es decir, el contar cuentos.]
[Nota 338: literalmente, el carro del norte (_carro di tramontana_); _quære_ ¿la Osa Mayor?]
Allí llegaron entonces las doncellas, y después de haber mirado en derredor y alabado mucho el lugar, acordaron entre sí bañarse, porque el calor era grande y veían la laguna ante ellas y no temían ser vistas. Así, mandando a su criada que se quedara frente al camino por donde se entraba y que mirara si alguien venía para avisarles, se desnudaron, todas siete, y entraron en la laguna, que ocultaba sus blancos cuerpos no de otra manera que un vidrio delgado haría con una rosa bermeja. Estando ellas dentro, y sin que el agua se turbara por ello, se dieron, como mejor pudieron, a andar de aquí para allá persiguiendo los peces, que apenas tenían dónde esconderse, y procurando tomarlos con la mano desnuda. Después de haber permanecido un rato en tan alegre pasatiempo y de haber cogido algunos peces, salieron de la laguna y se vistieron de nuevo.
Entonces, no pudiendo alabar el lugar más de lo que ya lo habían hecho, y pareciéndoles que era hora de volver a casa, se pusieron en camino, con paso suave, discurriendo mucho sobre la hermosura del valle.
Llegaron al palacio temprano y hallaron a los jóvenes aún en el juego donde los habían dejado, a quienes dijo Pampinea, riendo: «Hoy os hemos ganado la delantera». «¿Cómo? —preguntó Dioneo—. ¿Empezáis a hacer obras antes de llegar a decir palabras?». «Sí, mi señor —respondió ella—, y le contó por extenso de dónde venían, cómo estaba hecho el lugar, cuán lejos de allí se hallaba y lo que habían hecho. El rey, al oír hablar de la hermosura del lugar y deseoso de verlo, hizo disponer enseguida la cena, la cual, despachada a satisfacción general, los tres jóvenes, dejando a las damas, se fueron con sus criados al valle, y habiéndolo visto en todas sus partes, por cuanto ninguno de ellos había estado nunca allí, lo alabaron como una de las cosas más hermosas del mundo.
Entonces, como se hacía tarde, después de haberse bañado y vestido, volvieron a casa, donde encontraron a las damas bailando una ronda al compás de una canción que Fiammetta cantaba.
Terminado el baile, entraron con ellos en un discurso sobre el Valle de las Damas y dijeron mucho en su alabanza y encomio. Además, el rey, enviando por el senescal, le mandó que procurase que la comida estuviese preparada allí a la mañana siguiente y que hiciese llevar varias camas hasta allí, por si alguno tuviese intención de acostarse o dormir allí para la siesta; después de lo cual hizo traer luces, vino y confites, y habiéndose la compañía algo refrescado, mandó que todos se dispusieran a bailar. Entonces, habiendo Pamfilo, por su mandato, comenzado un baile, el rey se volvió a Elisa y le dijo cortésmente: —Hermosa doncella, hoy me has hecho el honor de la corona y esta noche me propongo hacerte a ti el del canto; por lo cual mira que cantes aquella que más te plazca. —Elisa respondió, sonriendo, que lo haría de buen grado, y con dulce voz comenzó de esta guisa:
Capítulo 51: Parte 51 Segmento 15 de 28.
Amor, si de tus garras me librara, difícil, creo, que otra vez anzuelo alguno en mí se enganchara. Entré en tus guerras doncella jovencita, creyendo tu batalla paz dulce y placentera, y todas mis armas en el suelo dejé, como quien confiada no teme la derrota; mas tú, falso tirano, con rapaz codicia, caíste sobre mí con furia entera con todos los garfios de tu arsenal.
Luego, envuelta y atada con tus cadenas, a aquel que para mi muerte en hora mala nació, me entregaste, cautiva, llena de penas y amargas lágrimas; y desde entonces en su poder me tiene, y su dominio es tan áspero y severo que ni los suspiros mueven al galán, ni mis lamentos que me consumen logran liberarme.
Mis plegarias, los vientos las dispersan; no escucha a nadie ni nadie atiende; por eso cada hora mi aflicción crece; no puedo morir, aunque la vida me es odiosa. ¡Ah, Señor, ten piedad de mi pesar! Haz lo que busco en vano y dale atado con tus cadenas a mí.
Y si no quieres, al menos deshaz los lazos de esperanza que antes se tejieron; ay, Señor, a ti por ello suplico, pues, si lo haces, a florecer hermosa de nuevo confío, como era mi costumbre, y libre ya del dolor con flores blancas y rojas me adornaré.
Elisa terminó su canción con un muy lastimero suspiro, y aunque todos se maravillaron de sus palabras, no hubo quien pudiera concebir qué era lo que la movía a cantar así. Pero el rey, que estaba de buen humor, llamando a Tindaro, le mandó que sacara su gaita, al son de la cual hizo bailar muchas danzas; tras lo cual, siendo ya pasada gran parte de la noche, mandó que cada cual se fuese a dormir.
TERMINA AQUÍ LA SEXTA JORNADA DEL DECAMERÓN
_Jornada Séptima_
COMIENZA AQUÍ LA SÉPTIMA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL, BAJO EL GOBIERNO DE DIONEO, SE DISCURRE SOBRE LOS TRUCOS QUE LAS MUJERES, O POR AMOR O POR SU PROPIA PRESERVACIÓN, HAN HECHO HASTA AHORA A SUS MARIDOS, CON O SIN CONOCIMIENTO DE ELLOS.
Ya habían huido todas las estrellas de las partes de Oriente, salvo únicamente aquella que llamamos Lucero, la cual aún brillaba en el alba que blanqueaba, cuando el senescal, levantándose, se encaminó con un gran tren de bagajes al Valle de las Damas, para disponerlo todo allí, conforme al mandamiento recibido de su señor. El rey, a quien había despertado el ruido de los cargadores y de las bestias, no se demoró mucho tras la partida de éste en levantarse; y, una vez levantado, hizo despertar a todas las damas y asimismo a los jóvenes; y aún no habían despuntado bien los rayos del sol, cuando todos se pusieron en camino. Nunca hasta entonces les habían parecido los ruiseñores y los demás pájaros cantar tan alegremente como aquella mañana, mientras, acompañados por sus gorjeos, se encaminaban al Valle de las Damas, donde fueron recibidos por muchos más, que les parecían regocijarse con su llegada.
Allí, paseando alrededor del lugar y contemplándolo todo de nuevo, les pareció tanto más hermoso que el día anterior cuanto la hora del día se acomodaba mejor a su hermosura. Luego, tras haber desayunado con buen vino y confites, para no quedarse atrás con las aves en materia de canto, se pusieron a cantar, y el valle con ellos, que aún repetía los ecos de aquellas mismas canciones que entonaban, a lo cual todos los pájaros, como si no quisieran ser menos, añadían nuevas y dulces notas. Poco después, llegada la hora de la comida y estando las mesas puestas junto al hermoso lago, bajo los espesos laureles y otros árboles de buena vista, se sentaron allí, como plugo al rey, y comiendo, miraban a los peces nadar en grandes bancos por el lago, lo cual les daba a veces ocasión para la conversación tanto como para la contemplación.
Cuando hubieron terminado de comer y fueron retiradas las carnes y las mesas, volvieron a cantar con más alegría que nunca; después de lo cual, habiéndose tendido camas en diversos lugares del pequeño valle, todas cercadas por el discreto senescal con cortinas y doseles de sarga francesa, quien quisiera podía, con permiso del rey, irse a dormir; mientras que aquellos que no sentían deseos de dormir podían a su antojo disfrutar de sus otras acostumbradas diversiones. Pero, al cabo de un rato, habiéndose levantado ya todos y llegada la hora de reunirse para contar historias, por mandato del rey fueron extendidas alfombras sobre la hierba, no lejos del lugar donde habían comido; y una vez todos se hubieron sentado sobre ellas junto al lago, el rey mandó a Emilia que comenzara; con lo cual ella, sonriendo, procedió a hablar alegremente así:
LA PRIMERA HISTORIA
[Día Séptimo]
GIANNI LOTTERINGHI OYE GOLPES A SU PUERTA DE NOCHE Y DESPIERTA A SU MUJER, QUE LE HACE CREER QUE ES UN FANTASMA; CON LO CUAL VAN A EXORCIZARLO CON CIERTA ORACIÓN Y CESAN LOS GOLPES
"Señor mío, mucho me habría agradado, si tal fuera vuestro gusto, que otro que yo hubiese dado comienzo a tan buena materia como es aquella de que hemos de hablar; mas, pues os place que yo dé a todas las demás damas confianza con mi ejemplo, de buen grado lo haré. Además, amadísimas damas, procuraré contar algo que en el porvenir os sea de provecho, pues si vosotras sois tan medrosas como yo, y en especial de los fantasmas (aunque qué cosa sean, Dios lo sabe, que yo no lo sé, ni jamás hallé mujer que lo supiese, si bien todas por igual les temen), podréis, atendiendo bien a mi historia, aprender una santa y buena oración de gran virtud para conjurarlos, si se os aparecieren."
Hubo una vez en Florencia, en el barrio de San Brancazio, un cardador de lana llamado Gianni Lotteringhi, hombre más afortunado en su oficio que cuerdo en otras cosas, pues, rayando en el simplón, muy a menudo era nombrado capitán de los cantores de laudes de Santa Maria Novella y tenía el gobierno de su cofradía, y muchas veces ocupó otros cargos menores de igual índole, de los cuales se preciaba en gran manera. Esto le acontecía porque, siendo hombre de posibles, daba muchas buenas limosnas al clero, el cual, recibiendo de él a menudo, unos un par de calzas, aquel una túnica y otro un escapulario, le enseñaba en cambio gran cantidad de devotas oraciones y le daba el padrenuestro en lengua vulgar, el Cantar de San Alejo, las Lamentaciones de San Bernardo, los Cánticos de doña Matilde y otras bagatelas semejantes, que él tenía en mucho y guardaba muy diligentemente para la salud de su alma.
Ahora bien, tenía por esposa a una dama muy hermosa y adorable, de nombre la señora Tessa, hija de Mannuccio dalla Cuculia, y era sumamente discreta y prudente. Ella, conociendo la sencillez de su marido y estando enamorada de Federigo di Neri Pegolotti, un joven gallardo y apuesto, y él de ella, se puso de acuerdo con una criada suya para que él viniera a hablar con ella en una muy hermosa casa de campo que su marido tenía en Camerata, donde pasaba todo el verano y adonde Gianni iba a veces a cenar y a dormir, volviendo por la mañana a su tienda y, de cuando en cuando, a sus cantores de laudes.
Federigo, que deseaba esto sobremanera, aprovechando la oportunidad, se encaminó allí el día señalado hacia vísperas; y como Gianni no llegase aquella noche, cenó y pasó la noche en todo regalo y deleite con la dama, quien, estando en sus brazos, le enseñó aquella noche una buena media docena de laudes de su marido.
Entonces, no queriendo ni ella ni Federigo que aquella fuese la última, como lo había sido la primera, se concertaron de esta guisa, para que no fuese menester enviarle cada vez a la criada: que todos los días, yendo y viniendo de un lugar que tenía un poco más adelante, tuviese el ojo puesto en una viña contigua a la casa, donde vería una calavera de asno puesta en una de las estacas de la viña; y cuando la viese con el hocico vuelto hacia Florencia, sin falta y con toda seguridad se encaminaría a ella aquella noche, después del anochecer; y si hallase la puerta cerrada, llamase tres veces suavemente y ella le abriría. Pero cuando viese el hocico del asno vuelto hacia Fiesole, no había de venir, porque allí estaría Gianni. Y haciendo de este modo, se encontraron muchas veces.
Pero una vez, entre otras ocasiones, aconteció que, habiendo Federigo de cenar una noche con la señora Tessa, y habiendo ella mandado cocer dos capones gordos, Gianni, a quien no se esperaba allí aquella noche, llegó muy tarde, con lo cual la señora se disgustó en gran manera; y, habiendo cenado con su marido un trozo de cerdo salado, que ella había hecho hervir aparte, hizo que la criada envolviera los dos capones cocidos en una servilleta blanca y los llevara, junto con buena provisión de huevos recién puestos y un frasco de buen vino, a un jardín que tenía, adonde podía ir sin pasar por la casa, y donde solía cenar a veces con su amante, mandándole que los pusiera al pie de un melocotonero que crecía junto a un césped.
Pero era tal su aflicción y enojo que no se acordó de mandar a la criada que aguardase hasta que llegara Federigo y le dijera que Gianni estaba allí y que tomase los manjares del huerto; por lo cual, yéndose ella y Gianni a acostar, y la criada asimismo, no pasó mucho tiempo antes de que Federigo llegara a la puerta y llamase quedamente una vez. La puerta estaba tan cerca del dormitorio que Gianni la oyó al instante, como también la dama; mas ella fingió estar dormida, para que su marido no pudiera sospechar de ella. Después de esperar un poco, Federigo llamó por segunda vez, con lo cual Gianni, maravillado, dio un leve codazo a su mujer y dijo:
—Tessa, ¿oyes lo que yo oigo? Paréceme que llaman a nuestra puerta.
La señora, que lo había oído mucho mejor que él, hizo como que despertaba y dijo: «¿Eh? ¿Qué dices?» —«Digo», respondió Gianni, «que me parece que llaman a nuestra puerta.» —«¡Llamar!», exclamó ella. «¡Ay, Gianni mío! ¿No sabes lo que es? Es un fantasma, que estas últimas noches me ha dado el mayor susto que jamás he tenido, tanto que, cuando lo oigo, meto la cabeza bajo las sábanas y no me atrevo a sacarla hasta que es bien de día.» Dijo Gianni: «Vamos, mujer; no tengas miedo, si así es; pues he rezado el _Te Lucis_ y la _Intemerata_ y tales y tales otras piadosas oraciones antes de acostarnos, y he santiguado la cama de lado a lado, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, así que no tenemos por qué temer, pues, sea cual sea su poder, no puede dañarnos.»
La dama, temiendo que Federigo acaso sospechase algo distinto y se enojase con ella, determinó arriesgarlo todo y levantarse para hacerle saber que Gianni estaba allí; por lo que dijo a su marido: «Todo eso está muy bien; tú dices tus palabras, tú; pero, por mi parte, jamás me tendré por segura ni por tranquila, si no lo conjuramos, ya que estás aquí.» «¿Y cómo se conjura?», preguntó él; y ella: «Bien sé yo cómo se conjura; porque el otro día, cuando fui a la Indulgencia de Fiesole, cierta anacoreta (la más santa de las criaturas, Gianni mío, solo Dios puede decir cuán santa es), viéndome tan temerosa, me enseñó una piadosa y eficaz oración y me dijo que ella la había probado varias veces, antes de hacerse reclusa, y que siempre le había valido. Dios sabe que jamás me habría atrevido a ir sola a hacer la prueba; pero, ya que estás aquí, quiero que vayamos a conjurar al fantasma.»